Kenosis
XII.S. Capítulo
8 de "El diálogo Teología-Ciencias
hoy" - Manuel García Doncel
LA KÉNOSIS DEL CREADOR
Entre
las ideas teológicas que destacan en el moderno diálogo teología-ciencias,
comenzamos por tratar esta de la "kénosis" o "auto-repliegue"
amoroso del Creador en favor de las creaturas. Siendo relativamente reciente
en la teología cristiana, nos aporta una nueva imagen de Dios y de su
relación con la creación, a la vez bíblica y existencialmente
profunda.
Partiremos
del fundamento bíblico del término "kénosis"
en Flp 2,6-11, tradicionalmente atribuido a la Encarnación de Cristo
y veremos cómo, bajo la inspiración de la idea judía del
"tsimtsum", este concepto se aplica actualmente en la teología
cristiana a la Creación y aun a la vida intra-trinitaria de Dios. Analizaremos
luego cuatro elementos que suelen distinguirse en esa kénosis, relacionándolos
con nuestro espacio y tiempo (Dios omnipresente y "temporal"), y con
nuestra libertad humana y la autonomía de los procesos del universo (Dios
tolerando el pecado y el mal físico). Presentaremos por fin el carácter
interino de esa kénosis, que ha de concluir en el momento escatológico
con el "auto-despliegue" epifánico de Dios en una "nueva
creación", en la que ya no habrá mal, ni regirán las
leyes de nuestra naturaleza. Pero, conscientes de que este nuevo concepto teológico
de la kénosis divina modifica nuestra tradicional concepción filosófica
sobre Dios y su relación con la creación, antepondremos una breve
síntesis de esa concepción tradicional, y de las dificultades
que hoy sugiere.
El
tema de la kénosis de Dios es seriamente introducido por Hans Urs von
Balthasar en su "Mysterium Paschale", especialmente en su sección
"La 'kénosis' y la nueva imagen de Dios", (BALTHASAR 1969,
§1.4; trad. castellana de 1971, pp. 153-163); en ella presenta la tradición
histórica del tema, y bibliografía entonces reciente sobre sus
aspectos bíblicos y dogmáticos. Decisivo para su aceptación
en la teología cristiana ha sido el libro de la antigua trilogía
de Jürgen Moltmann, "El Dios crucificado"; especialmente su capítulo
"El 'Dios crucificado'" desarrolla el tema en toda su dureza teológica
y metafísica (MOLTMANN 1972, cap. 6; trad.castellana de 1975, pp. 275-399).
Esta obra ocasionó una interesante discusión (WELKER 1979). En
su ulterior pentalogía Moltmann trata ocasionalmente el tema, en relación
a los momentos primordial o escatológico del mundo (MOLTMANN 1980, "La
autolimitación de Dios", trad. cast.pp. 124-128; 1985, "Creación
de la nada", trad. cast. pp. 100-107; 1989, "El instante original
y el instante escatológico", trad. cast. pp. 441-443; 1991, "La
visión del mundo en Dios", trad.cast. pp 231-233; 1995, "La
consumación del tiempo", trad. inglesa pp. 292-295). En el reciente
diálogo teología-ciencias, el tema aflora continuamente, y ha
sido tratado especialmente en relación a la visión evolutiva (PEACOCKE
1993), al problema del mal físico (POLKINGHORNE 1996) y al carácter
moral del universo (MURPHY & ELLIS 1997). Una sugestiva colección
de once trabajos sobre "La creación como kénosis" es
POLKINGHORNE (ed.) 2001.
1. Concepto de Dios: de actualidad inmutable a interpersonalidad
fiel
La
elaboración conceptual de nuestra tradición cristiana sobre Dios
y sobre la creación alcanzó un punto culminante en las formulaciones
de Santo Tomás de Aquino, recogidas fundamentalmente en su "Suma
Teológica" (1265-1273). Utiliza en ellas el paradigma conceptual
de la filosofía aristotélica (siglo IV a.C.), que era entonces
descubierto en su plenitud.
Principio
básico de este paradigma aristotélico, que pretende explicar a
la vez el ser y el cambio, es el hilemorfismo. Recordemos sus ideas centrales.
Aristóteles supone que toda "substancia" (todo verdadero ser)
consta de un elemento material (en griego, "hyle" o materia), que
es indeterminado y que recibe toda su determinación de la forma ("morfé")
substancial y de las formas accidentales. Perfeccionarse consiste así
en recibir "en acto" una forma perfectiva, que previamente sólo
se poseía "en potencia". Así que a Dios, a quien como
Ser necesario (en virtud de su "aseidad") corresponden todas las perfecciones
en grado sumo, habíamos de concebirle como "pura actualidad",
en latín, como "actus purus". Consiguientemente habíamos
de concebirle también como absolutamente inmutable, pues cualquier cambio
exigiría -anterior o posteriormente- una imperfección en Él.
Una
consecuencia ulterior de esta concepción tomista nos resulta hoy especialmente
chocante. El concepto cristiano de "creación" establece una
clara relación óntica de las creaturas respecto a Dios, que las
constituye en su existencia contingente. Pero, según Santo Tomás,
la relación inversa de Dios respecto a las creaturas no existe realmente
en Dios, sino que es una pura "relación de razón" imaginada
por nosotros, desde nuestra relación a Él. Es inevitable afirmarlo
así, en esa concepción tomista de Dios como "actus purus",
que es necesariamente inmutable e impasible (pues poner en Dios una relación
real, supondría introducir cambio e imperfección en Él).
Pero
tal concepción tradicional, en la que resulta muy difícil hablar
de la kénosis de Dios, parece hoy superada, tanto en el diálogo
teología-ciencias, como en la mayor parte de la teología cristiana.
Son
hoy muchos los teólogos que insisten en que la metáfora básica
para hablar de Dios no puede seguir siendo la del "actus purus", sino
la propia del Dios tri-uno, "personas-en-comunión". Y ven a
esas personas en relación real con nuestro mundo. El teólogo católico
australiano Denis Edwards defiende con firmeza esas ideas al desarrollar temas
esenciales de la kénosis del Creador:
DENIS
EDWARDS, "La interacción de la Trinidad con las creaturas"
(1995):
<<Y,
puesto que la metáfora básica del Dios trinitario -que estoy defendiendo-
no es la del actus purus, sino la de personas-en-comunión, esta concepción
de Dios elimina la fuerza del argumento teológico de que el que es acto
puro no puede sufrir. El Dios trinitario es entendido ahora como aquel en que
existen auto-posesión y auto-donación, libertad y vulnerabilidad,
de un modo que supera toda comprensión. Esto sugiere, en contraposición
a lo que dice el Aquinate, que se debe entender a Dios como quien tiene una
relación real con el mundo ··· En la metafísica
relacional utilizada aquí, creo que es posible y es esencial afirmar
ambas cosas: (1) que la creación es un acto libre del amor de Dios, y
(2) que, a través de ese amor libremente elegido, Dios entra en una relación
real con la creación, lo cual significa que Dios acepta libremente la
limitación y vulnerabilidad de tal relación (Flp. 2,6-11).>>
Veamos
un tercer problema de nuestra tradición conceptual, esta vez teológico-agustiniana.
Hemos de utilizar nuestro "modelo trinitario" de la acción
divina, como nos decía Moltmann. Pero nuestra formulación del
misterio de la Trinidad -una naturaleza en tres personas-, no suele distinguir
aspectos trinitarios en la acción creadora, según lo expresaba
el antiguo adagio de San Agustín (354-430): «Las acciones de la
Trinidad [realizadas] hacia fuera [de ella] son indivisibles» («Opera
Trinitatis ad extra indivisa sunt»). Según eso, la creación
habría de concebirse como una acción global de la naturaleza divina,
que sólo "por apropiación" aplicamos a la persona del
Padre. Como estudia Edwards, la tradición trinitaria de Hugo de San Víctor
y San Buenaventura nos permite adoptar hoy una posición teológica
más equilibrada:
DENIS
EDWARDS, "La creación como acción trinitaria" (1995):
<<La
teología contemporánea ha recuperado la comprensión de
que debemos atribuir un papel propio a las personas trinitarias en las misiones
salvíficas del Verbo y del Espíritu Santo. Esto tiene que ser
extendido, para incluir una noción de la creación propiamente
trinitaria. Esto no niega la unidad de la acción divina en la creación,
pero indica distinciones propias de las personas dentro de esta acción
común. Sugiere que el universo es la auto-expresión del Dios trinitario:
La Plenitud originaria es la Fuente de la existencia de cada creatura; la divina
Sabiduría es el Ejemplar para la identidad única de cada creatura;
el Espíritu es la Presencia inmanente de Dios en todas las creaturas,
y el Lazo de Amor que lleva a la unidad todas las cosas.>>
Así
que, inspirados por esa tradición de San Buenaventura, atribuiremos papeles
propios a cada una de las personas divinas, dentro de esa acción creadora
común. Edwards expone a continuación hasta tres razones para apoyar
esa atribución:(1) esos distintivos de las tres personas son precisamente
los que intervienen en la acción creativa, (2) los textos bíblicos
subrayan la creación en y mediante Cristo-Logos/Sabiduría encarnada-
y sugieren una implicación propia del Espíritu, y (3) la íntima
conexión teológica entre creación y redención extiende
a aquella las misiones propias del Logos y el Espíritu en la historia
de ésta.
Desde
esta perspectiva de vida divina interpersonal interna y aun externa, que habremos
de concebir como rebosante de dinamismo y realización mutua, nos resulta
hoy muy difícil imaginar un Dios "inmutable" e "impasible".
Evidentemente excluimos toda mutación y pasión impuesta por las
creaturas, la cual le haría dependiente de ellas. Pero nos parece concebible
que Dios libérrimamente quiera interesarse por, y abrirse a, las realidades,
acontecimientos y decisiones de sus creaturas, aunque resulten vulnerativos
de su realidad divina.
Máxime
cuando la Biblia y la liturgia nos exhortan a invocar la "compasión"
de un «Dios clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de
amor» (Sal 86,15;103,8; 145,8). No nos resulta fácil compaginar
impasibilidad con "compasión"; ni inmutabilidad con esa "clemencia",
que exige otra decisión tras la de la justicia, y lleva a Dios a «disimular
los pecados de los hombres para que se conviertan»(Sb 11,23). Es la historia
repetida, en que Dios "se arrepiente" y suprime el castigo que "había
decidido" imponer (Jr 26,3; en particular a los adoradores del becerro
Ex 33,12-17, a los ninivitas Jon 3,10).
Yo
creo que, desde esta perspectiva del Dios interpersonal, hemos de reinterpretar
su inmutabilidad como "fidelidad". Así es como se revela el
«Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor
y fidelidad»(Ex 34,5-6). Fidelidad para consigo mismo, su promesa, su
llamada, su gracia. No se trata de una simple virtud ética, sino de algo
que constituye su esencia. Como Juan parece definir que "Dios es amor"
(1Jn 1,5), Pablo insiste en que "Dios es fiel" ("pistós":
1Co 1,9 y 10,13; 1Ts 5,24; cf. Rm 11,29 y 2Co 1,18). Y un breve himno paulino
nos asegura que Cristo siempre «permanece fiel, pues no puede negarse
a sí mismo» (2Tm 2,13; cf. Hb 2,17 y 3,2). Como pálido reflejo
de esa fidelidad, el Creador nos ha dado las leyes que rigen su creación.
2.
La idea cristiana de "kénosis" en la Encarnación
y en la Creación
El
término "kénosis" como "auto-vaciamiento"
es claramente cristológico. Se funda en un texto bíblico importante,
que parece constituir un himno litúrgico conservado por San Pablo en
su carta a los filipenses (carta escrita probablemente desde Éfeso el
año 56). Transcribámoslo nosotros íntegramente:
Himno
a Jesucristo humillado-exaltado (Flp 2,6-11):
<<
6 El cual [Cristo Jesús], siendo de condición divina, no retuvo
ávidamente el ser igual a Dios.
7 Sino que se vació a sí mismo
[heautón ekénosen] tomando condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres; y apareciendo
en su porte como hombre,
8 se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte <y muerte de cruz>.
9 Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó
el Nombre, que está sobre todo nombre.
10 Para que al nombre de Jesús toda rodilla se
doble en los cielos, en la tierra y en los abismos,
11 y toda lengua confiese [Is 45,23] que Cristo Jesús
es SEÑOR [Kyrios Iesûs Christós] para gloria de Dios Padre.
>>
La
alusión a la cruz que transcribimos entre paréntesis angulares,
< >, parece un añadido de Pablo. Destacamos -separándolas-
las dos estrofas del himno, que presentan respectivamente la humillación
y la exaltación de Jesucristo. En la primera subrayamos la doble humillación
de su auto-vaciamiento y de su obediencia hasta la muerte. Ese "se vació",
en griego "ekénosen" constituye la base bíblica de nuestro
término "kénosis". En la estrofa de la exaltación
transcribimos en cursiva un verso del segundo Isaías (siglo VI a.C.)
atribuido allí a Dios (Yahwéh), al que se añade en esta
atribución cristológica del himno una bella alusión cósmica:
"en los cielos, en la tierra y en los abismos".
Sendas
escuelas, luterana y anglicana, del siglo XIX reflexionaban sobre la"teología
kenótica" en el cuadro tradicional de la persona de Cristo con sus
dos naturalezas, divina y humana. La kénosis se atribuía a Cristo
encarnado, en su naturaleza humana (y sólo por la llamada "communicatio
idiómatum" podía atribuirse a la divina). Así que
la obra de Jürgen Moltmann, "El Dios crucificado" (1972), ha
introducido una perspectiva novedosa en este tema.
Pero
el aplicar a Dios Creador este concepto cristiano de la kénosis, está
ciertamente inspirado por una antigua reflexión de la tradición
judía. Su idea de "tsimtsum", o auto-replegamiento del Creador
para "dejar espacio" a la creación, tiene su origen en la "Kábbala"
o "Tradición secreta" del misticismo judío medieval
(Girona, siglo XIII), pero fue elaborada en el siglo XVI por el gran místico
kabbalista Isaac Luria (1534-1572, en Safed, pequeña ciudad de Galilea).
Nos ha llegado indirectamente, a través de los escritos de sus discípulos.
Gershom Scholem (1897-1982), un gran estudioso de la tradición conceptual
y mística judía, ha investigado en detalle esta escuela de Luria,
y en especial la génesis y aun la evolución ulterior de su concepción
del tsimtsum. Veamos cómo la presenta concisamente, en relación
a la problemática filosófica de la creación "ex nihilo"
("a partir de la nada"):
GERSHOM
SCHOLEM, "Creación de la nada y autolimitación de Dios"
(1956):
<<
Si Dios representa el ser pleno, entonces por su misma naturaleza no permite
ninguna nada. Donde estuviese esa nada, ahí tendría que estar
Dios. Con mayor razón habremos de preguntarnos: ¿cómo pueden
existir cosas que no son Dios mismo? Este planteamiento llevó a Isaac
Luria, el más importante de los cabalistas posteriores, y a sus discípulos,
a la idea de tsimtsum. La palabra hebrea tsimtsum significa literalmente "contracción".
Quiere expresar una concentración del ser divino en sí mismo,
un descenso a sus propias profundidades, una autolimitación de su esencia
en sí misma; autolimitación que, según esta teoría,
es lo único que permite describir el contenido de una posible creación
de la nada. Sólo allí donde Dios se retira "de sí
mismo a sí mismo" (como dice la formulación común
a muchos cabalistas), puede Él producir algo que no sea la misma esencia
y ser divinos. En este sentido se da un acto por el que Dios renuncia a algo
de sí mismo, aunque tan sólo sea en alguna manera a un punto de
sí mismo. Ese "punto" del ser divino, al que se refiere este
acto de autorrenuncia, sería el verdadero espacio místico primordial
de toda la creación y todos los procesos del mundo. Los cabalistas englobaban
en un nuevo símbolo importante -que habría de representar un papel
central en la historia del pensamiento de los místicos judíos
posteriores- el posible contenido de lo que pueda significar "creación
de la nada". La nada aparece en un acto de autolimitación de la
esencia divina que, en vez de obrar hacia fuera en su primer acto, más
bien se repliega sobre sí misma. Éste es el acto en que es producida
la nada. >>
Tales
ideas de la tradición judía son hoy patrimonio común entre
los teólogos cristianos. Jürgen Moltmann las presenta ampliamente
en su tratado "Dios en la creación", aludiendo repetidamente
al anterior texto de Scholem. Pero Moltmann las presenta allí en su contexto
cristiano y trinitario, a partir de la contraposición entre la acción
creadora de Dios "ad extra" ("hacia fuera") y sus acciones
intratrinitarias ("ad intra", "hacia dentro"):
JÜRGEN
MOLTMANN, "Creación de la nada" (1985):
<<
Desde los tiempos de San Agustín, la teología cristiana llama
a la obra de la creación de Dios una actuación de Dios hacia fuera
··· Jamás se formuló la pregunta crítica:
¿cabe la posibilidad de que exista un "fuera" en el Dios omnipotente
y omnipresente? ¿Acaso un hipotético "extra Deum" no
traza un límite a Dios? ··· A pesar de todo, existe
una posibilidad de concebir un extra Deum: sólo la hipótesis de
una autodelimitación de Dios que precede a su creación, es compatible
con la divinidad de Dios. Para crear un mundo "fuera" de sí
mismo, el Dios infinito ha tenido que asignar previamente un espacio a una finitud
dentro de sí mismo. Sólo un tal repliegue de Dios sobre sí
mismo deja libre el espacio en el que Dios puede entrar para ejercer una actividad
creadora. Sólo en la medida en que Dios omnipotente y omnipresente retira
su presencia y delimita su poder nace aquel "nihil" para su "creatio
ex nihilo".
Isaac
Luria fue el primero que desarrolló estas ideas en su doctrina del tsimtsum.
Tsimtsum significa concentración y contracción, e indica un replegarse
sobre sí mismo. Luria tomó la antigua doctrina judía de
la shekiná, según la cual Dios puede contraer su presencia hasta
el punto de habitar en el templo. Pero él la aplica a Dios y a la creación.
La existencia de un mundo fuera de Dios es posible por una inversión
de Dios. Mediante ella queda libre una "especie de espacio místico
primordial", en el que entra Dios saliendo de sí mismo y en el que
puede revelarse. "Cuando Dios se retira de sí mismo a sí
mismo puede producir algo que no es esencia ni ser divinos". El Creador
no es un "motor inmóvil" del universo. Más bien, antecede
a la creación este automovimiento de Dios que permite a aquélla
el espacio de su propio ser. Dios entra en sí para salir de sí.
"Crea" las condiciones necesarias para la existencia de su creación
retirando él su presencia y su poder. "En la autolimitación
de la esencia divina que, en lugar de actuar hacia fuera en su primer acto,
se vuelve más bien sobre sí misma, emerge la nada". La fuerza
afirmativa de la autonegación de Dios se convierte en la fuerza creadora
en la creación y en la salvación.
La
doctrina cabalística de la autolimitación de Dios ha entrado también
en la teología cristiana: Nicolás de Cusa, J.G. Hamann, Fr. Oetinger,
F.W.J. Schelling, A. von Oettingen, E. Brunner y otros vieron en los "preparativos"
de Dios para la creación el primer acto de aquel auto-anonadamiento de
Dios que alcanza su punto más profundo en la cruz de Cristo. >>
Moltmann
continúa ahí con interesantes reflexiones sobre "la nada"
como no-ser de la creatura, de la creación y aun del Creador, y sobre
la raíz de ese anonadamiento de Dios, que encuentra en el "amor
creador" de Dios y relaciona con el himno a los filipenses. En el diálogo
con los científicos, Moltmann introdujo con una gran concisión
estas ideas en el contexto de los "modelos de la relación Dios-mundo".
A propósito de la Creación y de la Encarnación alude a
la auto-limitación del "tsimtsum", para explicar que «el
Dios eterno y omnipresente se auto-limita de forma que Dios pueda inhabitar
la creación temporal y finita, e impulsarla desde dentro sin destruirla,
··· hacia su eternalización y divinización».
3.
Elementos kenóticos: espacio, tiempo, libertad y autonomía
creadas
Comencemos
por reflexionar sobre los elementos kenóticos cósmicos, la entrada
de Dios en nuestro espacio y tiempo, en el ámbito de nuestra historia.
Ya hemos visto que la imagen mística luriana del auto-repliegue de Dios,
más que espacial es óntica. Pero un atributo tradicional de Dios
es su "omnipresencia" o "presencia en todas partes". Esto
relaciona a Dios con nuestro espacio creado, en el supuesto contingente de que
Dios decidiere crearlo. Y este espacio lo concebimos filosóficamente
como "extenso" (con partes externas a partes) y hoy científicamente
como "en expansión". Esto parece exigir que Dios acepte libremente,
en su realidad simplicísima, el impacto de esa "parcialización"
y "dilatación". Además, esa presencia de Dios, que hemos
de concebir como dinámica (como principio conservador en el ser y el
causar creados), no trasluce la dignidad y gloria divinas, por respeto a la
autonomía creada.
Análogamente,
la "eternidad" propia de Dios se relaciona con nuestro tiempo creado,
tanto si concebimos científicamente un "universo en bloque"(según
sugiere el concepto de espacio-tiempo propio de la relatividad especial), como
si concebimos un "universo auto-creativo" (según sugieren la
cosmología y aun la impredictibilidad cuántica). Los teólogos
hablan hoy de una cierta "temporalidad de Dios" (quizás mejor,
"en Dios"). Como argumenta filosóficamente William Alston,
si se toma en serio la libertad humana, parece que Dios debería dirigir
la historia a través de decisiones sucesivas en el tiempo. John R. Lucas
argumenta así desde la teología a favor de esa temporalidad:
JOHN
R. LUCAS, "La temporalidad de Dios" (1993):
<<
Si creemos que cuando Jesús oraba "Abbá", el Padre oía
su oración y respondía a ella, hemos de datar el oír y
el responder con el mismo tiempo que Jesús orando y recibiendo la respuesta.
Aunque pudiera tener sentido el Dios de los deístas, para nosotros -si
es que aceptamos la voluntad humana libre- no puede tener sentido pensar que
tal Divinidad habló por los profetas, fue el Padre de Jesús y
pudo comunicarse con nosotros o actuar a la luz de lo que libremente decidimos
hacer. >>
Pero,
por supuesto, Lucas también subraya que, habiendo sido cocreado con el
mundo, «el tiempo depende de Dios, y no Dios del tiempo». En su
artículo "La Trinidad en y más allá del tiempo",
Ted Peters, teólogo luterano del CTNS, busca las raíces teológicas
de esta temporalidad. Hace ver que "la eterna Trinidad inmanente incluye
ya relacionalidad y dinamismo". Pero subraya que es en su manifestación
histórica, en la llamada "Trinidad salvífico-económica"
-es decir, en la encarnación del Logos en Jesucristo, y en la efusión
del Espíritu sobre la humanidad y sobre el mundo- donde hemos de buscar
la raíz de la temporalidad divina:
TED
PETERS, "La Trinidad en y más allá del tiempo" (1993):
<<
Dios entra en el mundo en la Encarnación de Jesucristo, tomando en su
misma Divinidad las limitaciones de la finitud temporal y espacial. Dios se
hace un ser físico entre otros, sometido a las mismas leyes de la física
y la biología que gobiernan el resto de las creaturas. Además,
como Espíritu, Dios continúa influyendo el curso de los acontecimientos
dentro de la historia ··· y tiene el poder de transformar
este mundo ··· al final de los tiempos ···
>>
Más
allá de esos elementos espacio-temporales de la kénosis del Creador,
están los elementos antrópicos, relacionados con los seres humanos
-o en general con creaturas libres y responsables-. Sin duda, el elemento más
radical de esta kénosis es la aceptación de que tales creaturas
no correspondan a su plan amoroso, sino que le rechacen como Dios, es decir,
la permisión del pecado.Tal permisión parece condición
necesaria, para que pueda existir una verdadera libertad creada.
Para
fundamentar la relativa libertad e independencia del ser humano William Stoeger
da la motivación metafísica de esta auto-limitación de
Dios de la siguiente manera: El "concurso divino" es condición
necesaria para toda acción de un agente creado; pero no es suficiente,
porque «indudablemente, un aspecto de la kénosis (o auto-vaciamiento)
de Dios y de su ocultamiento en la realidad creada es éste: que Dios
renuncia a su capacidad de ser condición suficiente de efectos particulares.»
Como
explica Denis Edwards, la relación interpersonal de Dios con la creación
es la del amante, cuya «verdadera libertad es la libertad de enamorarse,
de arriesgarse a sí mismo con el otro», en el riesgo de no ser
correspondido. Esto constituye el género supremo de "auto-donación
en vulnerabilidad", y está incluido en la relación del Dios
trinitario con las personas humanas:
DENIS
EDWARDS, "La interacción de la Trinidad con las creaturas"
(1995):
<<
En respuesta a los problemas de la teología clásica, puede decirse
lo primero que, si se ve a Dios bajo la idea de personas-en-mutuo-amor, el ideal
de libertad no es el de aislamiento y auto-suficiencia. La libertad real es
la de comprometerse en el amor, de arriesgarse uno mismo con el otro, de comprometerse
en la apertura al otro. Este género de libertad exige ambas cosas: auto-posesión
y auto-donación en vulnerabilidad. Y tenemos todos los motivos para suponer
que el Dios trinitario es supremo en libertad personal, y es libre hasta lo
incomprensible para entrar en la vulnerabilidad de la comunión amorosa.
Esta suposición se verifica de modo asombroso en el amor revelado en
la cruz de Jesús. ··· >>
Otro
elemento de la kénosis se relaciona con el respeto divino para con los
procesos autónomos de nuestro universo infrapersonal. John Polkinghorne,
poniendo en paralelo las voluntades libres y los procesos autónomos,
ha expresado con fuerza esa auto-limitación de Dios, al otorgar autonomía
al conjunto del universo, para que éste pueda "realizarse él
mismo":
JOHN
POLKINGHORNE, "Acción divina" (1993):
<<
Es una gran intuición de la teología el que, en el acto de la
creación, se otorga libertad ["freedom"] a la totalidad del
cosmos para ser y para realizarse él mismo. He tomado eso como base para
una defensa del proceso-libre ["free-process"] en relación
al mal físico, en paralelo con la defensa de la voluntad-libre ["free-will"]
en relación al mal moral. Dios no quiere ni el acto de un criminal ni
la incidencia de un cáncer, pero permite que ambos ocurran en un mundo
al que Dios ha dotado de la capacidad de ser él mismo. >>
Este
elemento de la kénosis consiste, pues, en permitir el mal físico
por respeto al orden mundano, a las leyes que Él mismo le dio -diseñadas
por su Logos, y necesarias para el desarrollo personal, responsable-. Como ya
indiqué en la cuestión filosófica sobre la evolución
darwiniana y el dolor, su respuesta más radical ha de ser teológica.
Ella nos obliga a profesar que Dios sufre con el dolor de la creación.
John Haught, teólogo de Georgetown (Washington), desarrolla esta idea
en su amplio contexto:
JOHN
F. HAUGHT, "El regalo de Darwin a la teología" (1998):
<<
La angustia moderna de la muerte de Dios, la enorme escala de sufrimiento y
dolor en nuestro siglo y la destrucción tan difundida de los bio-sistemas
de la tierra ··· han forzado a la teología a poner
ante nuestros ojos, con una intensidad sin precedentes, la imagen de Dios como
amor "que se auto-vacía", o kenótico. ···
Las explicaciones científicas recientes sobre la naturaleza de la evolución
nos animan ahora a enfocar aún más nítidamente esa imagen
de Dios. Es en ese sentido que la evolución puede resultar no tanto un
peligro cuanto un regalo a la teología. En el centro mismo de la fe cristiana
se asienta una confianza de que en la pasión y crucifixión de
Jesús somos obsequiados con el misterio de un Dios vulnerable, que derrama
su mismidad divina sobre el mundo, en un acto de completo abandono. Esta imagen
ha llevado incluso a algunos teólogos a hablar provocativamente de la
"impotencia" de Dios. ··· Edward Schillebeeckx,
en cambio, ha propuesto que no hablemos de debilidad o impotencia divinas, sino
más bien de la "indefensión" o "vulnerabilidad"
de Dios. ··· [Pues Dios] se muestra como poder de amor
···¿En qué contribuye esta imagen del Dios
humilde a nuestro conocimiento de la evolución? ···
Los caminos de la naturaleza cobran una importancia característica nueva,
cuando los miramos a la luz de la indefensión de Dios. ···
Una teología de la evolución ha de considerar como central la
idea de un Dios que se auto-vacía, y que se opone al tipo dominante de
poder, proyectado con frecuencia por la religión sobre lo divino. El
mismo auto-repliegue amoroso de Dios que en la presentación de Moltmann
hace posible la creación inicial (creatio originalis) permite también
la creación continuada (creatio continua) del mundo a través de
la evolución. >>
4.
Éscaton como final de la kénosis divina y de las leyes de
la naturaleza
En
la concepción cristiana, nuestro mundo no durará para siempre,
habrá un "final de los tiempos", un "éscaton".
El proyecto divino sobre la creación, superados la muerte y el juicio,
es la presencia inefable, epifánica y personal de Dios mismo ("lo
veremos cara a cara"). Nuestra esperanza es seguir a Cristo, resucitado
y exaltado a la derecha del Padre. Es entrar como Él, con un cuerpo glorioso
y un contexto interpersonal, en esa presencia epifánica de Dios, que
«será todo en todos» (1Co 15,28).
Esa
doctrina tradicional cobra nueva fuerza cósmica, al relacionarla con
la idea moderna de kénosis del Creador. Así Jürgen Moltmann,
sobre todo en su reciente libro de Escatología, desarrolla la idea de
que la kénosis del Creador no es para siempre, sino que es también
interina. Porque al momento primordial del "auto-repliegue" del Creador
-para dejar a la inminente creación "juego metafísico",
"espacio-tiempo" y "autonomía-libertad"- corresponderá,
"tras" el final de los tiempos, un momento escatológico de
"auto-despliegue" divino. Tal auto-despliegue es el que corresponde
a la glorificación de la humanidad y conjuntamente de todo el cosmos.
Transcribamos este texto importante de Moltmann:
JÜRGEN
MOLTMANN, "La consumación del tiempo" (1995):
<<
El momento escatológico mismo ha de ser pensado, más allá
del fin y consumación de la historia, como la consumación de la-creación-en-el-principio,
y por consiguiente como la salida del tiempo a la eternidad. Corresponde al
momento primordial, que describimos al comienzo de esta sección. El fin
del tiempo es el inverso del comienzo temporal. Como el momento primordial brota
de la decisión creativa de Dios, y del auto-repliege ["selbstverschränkung"]
determinado por Dios en esta decisión, el momento escatológico
brotará de su decisión de redimir y del auto-despliegue ["selbstentschränkung"]
determinado por Dios en ella. Dios no se despliega a sí mismo para aniquilar
su creación, y ponerse Él en su lugar y su tiempo; su designio
es habitar en su creación, y ser en ella "todo en todos".
El
tiempo primordial y el espacio primordial de la creación acabarán
cuando la creación se convierta en el templo destinado a la eterna Shekinah
de Dios. La creación temporal se convertirá entonces en una creación
eterna, porque todos los seres creados participarán en la eternidad de
Dios. La creación espacial se convertirá entonces en creación
omnipresente, porque todos los seres creados participarán en la omnipresencia
de Dios. La transformación de la creación, pasando del tiempo
al eón de gloria, sucede mediante la aniquilación de la muerte
y la resurrección de los muertos. Una vez que no haya muerte, tampoco
habrá ya tiempo, ni el tiempo de lo transitorio ni el tiempo del futuro.
"La muerte es consumida en la victoria", la victoria de la vida que
es eterna, porque posee una participación indestructible en la vida divina.
>>
Analicemos
sobre el texto de Moltmann lo que supondrá en abstracto ese auto-despliegue
divino, para cada uno de los elementos kenóticos que hemos ido considerando.
Se acabará el tiempo, quedando para las creaturas esa huella de eternidad
que llamamos "evo". Desaparecerá el espacio, al verse las creaturas
envueltas en la presencia epifánica de Dios. Ya no habrá mal físico,
¡no habrá muerte!, en aquella consumación gloriosa del universo.
Ni podrá haber pecado, habiendo sido consagrados los humanos en su opción
por la gracia y el bien, opción consumada en su muerte anterior.
El
libro del Apocalipsis alude, en su lenguaje simbólico, a la desaparición
de nuestro tiempo y de nuestro espacio: "el primer cielo y la primera tierra".Y
sobre todo subraya la supresión del mal, con la imagen: "el mar
no existe ya"(haciendo alusión al mar bíblico del maligno
Leviatán y los monstruos marinos). No habrá ni mal moral o pecado,
ni mal físico -especialmente, no habrá muerte. Transcribamos el
párrafo inicial de este importante capítulo escatológico,
el penúltimo de nuestra Biblia:
Cielo
nuevo y tierra nueva (Ap 21,1-4):
<< 1 Luego
vi un cielo nuevo y una tierra nueva [Is 65,17]
-porque el primer cielo
y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya.
2
Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de
junto a Dios,
engalanada como una novia
ataviada para su esposo.
3
Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: "Esta es
la morada de Dios con los hombres.
Pondrá su morada entre
ellos y ellos serán su pueblo [Ez 37,27] y él, Dios-con-ellos,
[Is 8,8] será su Dios.
4
Y enjugará toda lágrima de sus ojos, [Is 25,8] y no habrá
ya muerte ni habrá llanto,
ni gritos ni fatigas, porque el
mundo viejo ha pasado. >>
Ese
paso escatológico del mundo viejo al nuevo es llamado por Pablo creación
nueva (2Co 5,17; cf. Ga 6,15). Supone una ruptura ("creación"),
pero permanece una profunda relación con la creación antigua,
relación sobre todo de carácter vital, personal e interpersonal.
A mí me gusta subrayar que en esa creación nueva tampoco hemos
de buscar nuestras leyes de la naturaleza. Porque ellas son también interinas,
diseñadas para la constitución y conservación de este mundo.
Y del mismo modo que no podían estar vigentes "antes" del momento
primordial o, en lenguaje científico, "antes" del big-bang
-cuando no existían ni espacio, ni tiempo, ni materia-energía,
ni nada-, tampoco lo podrán estar "después" del momento
escatológico de la creación nueva. Si siguieran vigentes, necesariamente
seguiría existiendo la muerte y el mal.
Por
otra parte, la Biblia recoge una abundante literatura apocalíptica, que
los evangelios ponen incluso en boca de Jesús. En ellos se nos dice,
por ejemplo: «el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor,
las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos serán
sacudidas» (Mt 24,29, citando en parte Is 13,10). Inspirándonos
en esta última frase y usando un anacrónico lenguaje newtoniano,
podríamos decir que, más que de meros cambios en las condiciones
de contorno cósmicas -que a nuestras actuales concepciones astrofísicas
nos resultan triviales, se trata del cambio mucho más profundo de los
enunciados y conceptualizaciones de las leyes mismas.
Estamos
destinados a resucitar, como el Cristo proto-escatológico, con un "cuerpo"
que Pablo llama "espiritual" ("soma pneumaticós",
1Co 15,44-46). Y ciertamente no hemos de confiar para ello en nuestras leyes
de la naturaleza, sino directamente en la Fidelidad del Dios vivo, de la cual,
como dice bellamente John Polkinghorne, esas leyes actuales de la naturaleza
son un pálido reflejo. Concluyamos recogiendo, con sus propias palabras,
las ideas centrales sobre esta creación nueva y su relación con
la antigua:
JOHN
POLKINGHORNE, "Escatología" (1996):
<<
··· Hemos de dirigirnos sólo a Dios como base de
nuestra esperanza final, de forma que el destino nuestro y de nuestro universo
espera un acto transformador de la redención divina. En el pensamiento
cristiano, esto se expresa en términos de una creación nueva (2Co
5,17), un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1-4). La resurrección
de Cristo dentro de la historia es entendida entonces como la anticipación
de este gran suceso que se sitúa más allá de la historia,
como la semilla a partir de la cual la consumación escatológica
florecerá eventualmente para todos (1Co 15,20-28). ······
La nueva creación no es una segunda tentativa hecha por Dios de lo que
ya había intentado en la creación. Es un tipo de acción
totalmente distinta, y la diferencia puede resumirse diciendo que, la primera
creación fue ex nihilo [a partirde la nada], mientras que la creación
nueva será ex vétere [a partir de la (creación) antigua].
En otras palabras, la creación antigua es la acción divina de
traer a la existencia un universo libre de existir "por sí mismo",
en el espacio ontológico que le proporciona el acto kenótico de
Dios que consiste en permitir la existencia de algo totalmente distinto de sí;
la creación nueva es la redención divina de la antigua. ···Como
dice Gabriel Daly, ··· "La creación nueva es
lo que el Espíritu de Dios hace con la creación primera".
>>
Según
Polkinghorne hay pues una profunda discontinuidad, entre nuestro mundo y esa
"creación" nueva. Pero hay también una profunda continuidad,
al tratarse de una creación "ex vétere", que consiste
en la redención divina de la antigua. Ello otorga un valor de eternidad
escatológica a las decisiones serias de nuestra existencia y nuestra
historia. No nos ha de asustar esa interinidad de las leyes, ni aunque las
creamos diseñadas por el Logos divino. Ellas ya han cumplido su misión
de constituir este mundo, de vida e interpersonalidad creadas. Otras realidades
muy valiosas, como la fe y la esperanza teologales que nos salvan, han sido
diseñadas por Él, y según San Pablo, tan sólo
"la caridad no acaba nunca" (1Co 13.8).
De los capítulos 7 y 10 de "El diálogo
Teología-Ciencias hoy"
- Manuel García Doncel
La auto-superación de Rahner y el modelo trinitario de Moltmann
A propósito de la evolución biológica, indicábamos
en el capítulo anterior el problema metafísico básico,
especialmente patente en el proceso de la hominización: «de lo
menos no puede salir lo más». Y nos preguntábamos allí,
si se requieren especiales intervenciones creativas de Dios en el mundo, que
den cuenta de la enorme riqueza de ser que ahí aparece, y la tradición
cristiana expresa como “creación” del alma humana. Este
tema metafísico lo atacó seriamente Karl Rahner a partir de
1960, inspirado por la concepción grandiosa de Teilhard de Chardin
y reflexionando sobre la hominización en colaboración con el
antropólogo Paul Overhage.
Rahner distinguía dos tipos de acción de Dios en el
mundo: la trascendental, heredera de la conservación y el concurso
ordinarios, y la categorial, que supone una irrupción milagrosa de
Dios en el curso del mundo, y viene a coincidir con la que el moderno diálogo
denomina “intervencionista”. En su intento por minimizar las acciones
categoriales, llega a explicar como acción trascendental incluso la
“creación del alma”, tanto en el proceso singular de la
hominización como en el ordinario de la generación humana actual.
Desarrolla para ello en una primera parte su concepción de
la relación entre espíritu y materia. Comienza señalando
la clara distinción entre ambos, a partir de su metafísica trascendental
(el ser como “ser cabe sí”), y de la prioridad, óntica
y lógica, del espíritu. Pero desarrolla ampliamente la unidad
entre ambos, a partir de esa metafísica trascendental, de la tomista
y de temas teológicos centrales (creación del mundo, consumación
escatológica, Encarnación). En una segunda parte desarrolla
su concepto de causalidad como realización auto-superante (selbsüberbietendes
Werden). Desde su metafísica trascendental, el prototipo de causalidad
es el inmanente (como la producción de un conocimiento nuevo), más
que el transeunte aristotélico (como la producción de una estatua,
con sus causas material, formal, eficiente y ejemplar patentes). Para esta
causalidad inmanente desarrolla el concepto de la auto-superación,
o “auto-trascendencia dinámica”. La relaciona con ideas
tomistas (educción, concurso, premoción), pero la desarrolla
a partir de su concepción trascendental del proceso del conocer (necesidad
de un “horizonte” de objetos posibles, sobre el que se trasciende
el cognoscente; horizonte que es intrínseco al movimiento cognoscitivo,
pero le supera, y es lo que mueve). Esta “auto-superación”
es una acción del sujeto mismo (“auto”), pero éste
se trasciende en ella (“superación”). Y aunque esta superación
tenga evidentemente sus límites, no hemos de excluir la posibilidad
de una “auto-superación esencial”.
Tal concepto de realización auto-superante armoniza bien con
el proceso evolutivo, y puede explicar el enriquecimiento de ser que en él
aparece, mediante la sola acción trascendental divina. Y, a juicio
de Rahner, cabe entender así incluso la doctrina tradicional de “la
creación inmediata del alma espiritual”, en el proceso evolutivo
de la hominización, como también en la generación actual
de vidas humanas.
Transcribamos las palabras mismas de Karl Rahner, por su interés
para ambas temáticas:
KARL RAHNER, Sobre la hominización y la creación del alma (1961):
<< Si aceptamos lo inmediatamente dicho [sobre la realización
auto-superante] y recordamos lo anteriormente indicado sobre la unidad de
espíritu y materia –a pesar de su diferencia esencial–,
hemos de afirmar entonces sin ambages: los principios enunciados pueden aplicarse
también a la evolución del ser material hacia el espíritu.
Pues si realizarse es realmente autotrascenderse, a veces incluso hacia una
esencia nueva –aunque sólo en virtud de la dinámica del
Ser absoluto (lo que, repetimos, no quita que se trate de una autotrascendencia)–,
y si materia y espíritu no son dos magnitudes dispares, sino que materia
es, por así decir, “espíritu congelado” cuyo único
sentido es posibilitar el verdadero espíritu, entonces una evolución
de la materia hasta el espíritu no resulta ningún concepto irrealizable.
Y si es que, bajo el impulso del Ser absoluto, existe en el ser material
un verdadero realizarse por el que se autosupera a sí mismo, tal autosuperación,
puesto que el Ser absoluto es espíritu, sólo puede darse en
dirección al espíritu. Por lo demás, el concepto que
acabamos de declarar realizable no es en absoluto ajeno a la tradición
cristiana y eclesiástica. Pues esta tradición ha declarado siempre
que la acción generativa de los padres, aunque sea una acción
“puramente” biológica, está orientada hacia el ser
humano; de suerte que los padres engendran un ser humano. ······
La frase “Dios crea inmediatamente el alma humana” no implica
negar la frase “los padres engendran todo un ser humano”, sino
precisarla. Indica que tal generación pertenece a esa clase de causalidad
creada en la que el agente sobrepasa esencialmente, en virtud de la causalidad
divina, los límites fijados en su esencia.
Cuando en la doctrina de la Iglesia se subraya esta causalidad divina
precisamente en el caso de realizarse el alma humana, no se afirma con ello
que tal causalidad nose dé en ningún otro caso. Naturalmente,
los diversos casos de esa acción divina difieren “terminativamente”
y, al tratarse en la creación del alma humana de una realidad estrictamente
espiritual, el caso es único en su género. Pero esto no excluye
que la acepción del concepto de “creación” aquí
empleada no se presente en otros casos con sentido formalmente idéntico
··· .··· Al concebir de este modo
la “creación del alma” por Dios como un caso más
(aunque singular) de realización autosuperante, desaparece su aspecto
milagroso y categorial. Esta creación resulta un caso de acción
de Dios, así la vemos siempre. Pero esta acción de Dios, según
ya hemos dicho, no es propiamente “categorial”, pues no causa
nada que no cause la creatura, ni actúa junto a la acción de
la creatura, sino que actúa en el actuar de la creatura, el cual excede
y supera sus posibilidades.
Y esta es la situación en que está la creatura siempre,
por principio: le es esencial. La trascendentalidad de la acción divina
sobre el mundo nunca y en ningún lugar debe imaginarse como un mero
sostenerle estáticamente. Esta fundamentación trascendental
divina consiste en fundamentar este mundo como un mundo que se realiza por
autosuperación. Tales autosuperaciones acontecen necesariamente en
instantes de la historia de la autorealización mundana, sin que por
ello la acción divina, que posibilita esa autosuperación, sea
instantánea en cuanto tal acción divina o constituya una “irrupción
en el mundo”, categorial y maravillosa. >>
Por otra parte, Jürgen Moltmann, en una breve y eficaz intervención
en este diálogo científico sobre la acción de Dios en
el mundo, ha impuesto su “perspectiva trinitaria”. Según
él asegura, la reacción actual a nuestro tradicional “modelo
teísta” de la acción divina (el del Dios que interviene
en la historia “con brazo poderoso”), ya no es el “modelo
deísta” (de un Dios creador en reposo sabático) que parece
ser la raíz del ateísmo y el agnosticismo modernos. La reacción
actual va más bien en la dirección “pan-en-teísta”,
y le amenaza constantemente el peligro de desembocar en el “modelo panteísta”,
según el cual “la materia auto-organizante y la vida auto-evolutiva
son divinas”. Moltmann cree, pues, llegado el momento de que los cristianos
demos a conocer nuestro modelo trinitario, que presenta así:
JÜRGEN MOLTMANN, “El modelo trinitario de acción
divina” (1995):
<< Este [modelo] nos permite hablar de “Dios y el mundo”
de una triple manera: Dios Padre crea mediante el Logos/Sabiduría en
el poder del Espíritu Santo. Todas las cosas existen “a partir
de” Dios, “mediante” Dios y “en” Dios, y Dios
no sólo transciende el mundo, sino que es también inmanente
a él. Mediante el Espíritu creador divino (ruah), Dios es presente
y activo en todas las creaturas (Sb 12,1), entretejiendo los paradigmas de
afinidad dentro de la comunidad de la creación. «Al trasfundir
su energía a todas las cosas, e inspirar en ellas ser, vida y movimiento,
es en efecto totalmente divino» (Calvino, Institutiones, I, 13, 14).
«El Espíritu Santo es Vida dadora-de-vida, el Motor del universo
y la Raíz de todo ser creado» (Hildegard von Bingen). Por “Espíritu
cósmico” entendemos ese poder y espacio en el que campos de energía
y conglomerados de materia forman, ellos mismos, las simetrías de la
materia y los ritmos de la vida, los sistemas abiertos en su complejidad creciente.
Según este modelo podemos decir que Dios actúa sobre el mundo,
no tanto mediante intervenciones o interacciones, cuanto mediante la presencia
de Dios en todas las cosas y su pericoresis con todas ellas. ···
>>
Son ideas que Moltmann había expuesto previamente, sobre todo
en su “Dios en la Creación” (1985). Desarrolla allí
la “Doctrina trinitaria de la creación”, y se detiene especialmente
en el papel inmanente de “El Espíritu cósmico”.
Él es: principio de creatividad a todos los niveles de materia y vida,
principio holístico que establece las recíprocas pericoresis
comunitarias, principio de individuación y peculiariedad personal,
y principio de intencionalidad hacia el futuro escatológico de la nueva
creación.
Notemos finalmente que la teología cristiana ha desarrollado
en estos últimos decenios el llamado “nuevo trinitarismo”.
Parte de la regla rahneriana: «la Trinidad inmanente es la Trinidad
económica», la de la historia salvífica. Y elabora el
nuevo concepto de persona como relación interpersonal. Éste
resulta próximo (¡dentro de la analogía y apofatismo teológicos!)
al concepto tradicional de las personas trinitarias, y da una imagen muy viva
del Dios para nosotros.
(.........................................................................................................................................................................................................................)
La relación del Espíritu santo con la creación
aparece ya en el AntiguoTestamento, donde se usa la expresión “el
Espíritu de Dios”, “la Ruáh Yahwéh”(palabra
en hebreo femenina, que podríamos traducir por “la brisa o ventolera”,“la
exhalación o respiración” de Dios). Su actividad aparece
en el primer relato de la creación de cielos y tierra: «El Espíritu
de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas» (Gn 1,2). Y aparece
solemnemente dando vida al primer hombre, según el segundo relato de
la creación: «Yahwé Dios formó al hombre con barro
e insufló en sus narices espíritu de vida, y resultó
el hombre un ser viviente» (Gn 2,7).
Un salmo que canta a Dios, como Soberano y Providente para con todas
las criaturas, resalta el papel vivificador de su Espíritu, en un texto
bien conocido: «Envías tu Espíritu y [todos los vivientes]
son creados [o recobrados], y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104,30).
Isaías describe su influjo en la vida “espiritual” del
Mesías davídico, enumerando los llamados “dones del Espíritu
santo”: «Reposará sobre él el Espíritu de
Yahwé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu
de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahwé»
(Is 11,2).
En nuestra visión rahneriana de la evolución como creación
continua dinámicamente auto-transcendente, ha de atribuirse al Espíritu
santo el dinamismo divino que soporta esa auto-trascendencia hacia la vida
y aun hacia la filiación sobrenatural. Veamos cómo lo expresa
el buen teólogo católico Denis Edwards, en su obra “El
Dios de la evolución”:
DENIS EDWARDS, “El Espíritu vivificador como poder ···
evolutivo” (1999):
<< Karl Rahner ha discutido esta idea [de la actividad creativa de Dios
a través de la auto-transcendencia dinámica], especialmente
en su Cristología evolutiva. Ve a los seres humanos como la auto-transcendencia
de la materia hacia la auto-conciencia ante Dios. Ve a Jesús como aquél
en quien la auto-transcendencia del universo hacia Dios alcanza su estadio
final e irrevocable. Él es ambas cosas: la auto-transcendencia del
universo hacia Dios y la absoluta auto-comunicación de Dios a la creación.
Veo el pensamiento de Rahner rico y estimulante, y creo que puede ser desarrollado
añadiendo la idea de que el proceso de auto-transcendencia puede verse
como la obra del Espíritu Santo, en y mediante el cual el Dios tri-uno
es inmanente a todas las cosas. Basilio, haciendo eco de las Escrituras, describe
al Espíritu como el Dador-de-vida y el que perfecciona. En un marco
evolutivo, yo sugeriría que es el Espíritu dador-de-vida y perfeccionador
el que constituye el poder que permite a las creaturas transcenderse a sí
mismas. Es el Dador-de-vida el que permite el movimiento de despliegue del
universo primitivo desde el big-bang, el comienzo de los procesos nucleares
en las estrellas, la formación de nuestro sistema planetario, la emergencia
de vida sobre la tierra, y la evolución de los seres humanos auto-conscientes.
Es este mismo Espíritu el que hace posible la vida y ministerio de
Jesús de Nazaret dentro de nuestra historia evolutiva y cultural, como
el ser humano radicalmente lleno-de-Espíritu. >>
Con esta última frase pone Edwards la acción creadora
del Espíritu en la misma línea de su acción salvadora
en Cristo, tal como suele desarrollarse hoy en el cuadro de una “cristología
pneumática”. En ella se pondera la acción del Espíritu
en Cristo, desde su concepción y su bautismo, sus misiones universales
y su “Abbá”, hasta su resurrección y exaltación
(Lc 1,35; 3,22; 4,1.14.18; 10,21;Hch 1,2; Rm 1,4).
Tzimtzum – Entrada de la enciclopedia Wikipedia
En el misticismo judío, el Tzimtzum (“contracción”
o “constricción”) hace referencia a una noción de
la teoría cabalística sobre la Creación, según
la cual Dios ha “contraído” su esencia infinita para admitir
un “espacio conceptual” en donde pueda existir un mundo finito
independiente. Esta contracción se conoce como Tzimtzum. La
función del tzimtzum fue “esconder de las criaturas la fuerza
activadora que llevan dentro, capacitándolas para existir como entidades
tangibles, en vez de quedar completamente anuladas en su fuente”. El
tzimtzum produjo el requerido “espacio vacío” (chalal panui,
chalal), desprovisto de conciencia directa de la presencia de Dios.
Debido a que del tzimtzum resulta un “espacio” conceptual
en donde pueden existir el universo físico y la libre voluntad, en
la literatura rabínica se hace referencia a Dios como “Ha-Makom”
(lit. “el lugar”, “el omnipresente”). En relación
a esto, la palabra hebrea olam –para mundo o universo- se deriva
de la raíz que significa “ocultamiento”. Esta etimología
es complementaria al concepto de tzimtzum, en el sentido de que el universo
físico oculta la naturaleza espiritual de la Creación.
Se entiende que el concepto de tzimtzum contiene una paradoja, al
requerir que Dios sea trascendente e inmanente simultáneamente.
- Por una parte, si el “Infinito” no se hubiera restringido a
Sí mismo, entonces nada hubiera podido existir, todo hubiera sido arrollado
por la totalidad de Dios. De modo que la existencia de algo requiere de la
trascendencia de Dios, como se ha dicho.
- Por otra parte, Dios mantiene continuamente la existencia del universo creado,
y así no está ausente de él. “La fuerza-vital divina
que trae a la existencia a todas las criaturas, debe estar constantemente
presente dentro de ellas... pues si esta fuerza-vital se apartara de cualquier
criatura por siquiera un breve momento, ella recaería a un estado de
completa aniquilación, como antes de su creación...”.
Por eso se dice en la Biblia: “Tú has hecho los cielos... la
tierra y cuanto ella contiene... y Tú les das vida a todos ellos”
(Nehemías 9:6); “Toda la tierra está llena de la gloria
de Dios” (Números 14:21); “La gloria de Dios llena el universo”
(Isaías 6:3). Por lo tanto, la Creación requiere la inmanencia
de Dios.
En un bien conocido comentario, el Rabí Nachman de Breslav
discute la paradoja implícita como sigue: “Sólo en el
futuro será posible entender el Tzimtzum que produjo el “Espacio
Vacío”, porque tenemos que afirmar de él dos cosas contradictorias...
[1] el Espacio Vacío surgió del Tzimtzum, donde, al parecer,
Él “limitó” Su Divinidad y se contrajo de allí,
y es como si en ese lugar no hubiese Divinidad... [2] la verdad absoluta es
que la Divinidad debe sin embargo estar presente allí, porque ciertamente
nada puede existir sin que Él le dé la vida.”
<pág.ant._____________________________________________________________________________________________pág.sgte>