Teleología
I.K:
Teleología y Teleonomía
en las ciencias de la vida - Alfredo Marcos - Depto.
de Filosofía Univ. de Valladolid
INTRODUCCIÓN
Las
consideraciones etimológicas pueden guiarnos en el comienzo de la exploración
conceptual.
Teleología
procede del término griego, telos, que puede traducirse
como fin. En el sentido de acabamiento tanto espacial como temporal (de ahí
telón como fin de una obra teatral). También puede
entenderse telos como meta o fin intentado. Es este sentido el
que, para nosotros, parece relevante.
Más
intrincado resulta el significado de logos, pues, históricamente,
ha cubierto un muy amplio campo semántico para el que, en castellano,
no nos basta con razón, palabra, verbo, ley, racionalidad, conocimiento,
ciencia... Sin embargo, en el tema que nos ocupa sirve de ayuda suficiente
saber que, ya desde los primeros filósofos, la raíz logos
transmite connotaciones de objetividad. El logos está en el mundo, hace
de él un cosmos, es la ley o la razón del Universo. Y es suficiente,
decimos, porque en el presente contexto va a oponerse a nomos;
también ley, pero convencional, pactada y humana, subjetiva o intersubjetiva.
Hasta
aquí nos ha traído la etimología; daremos el siguiente
paso de la mano de la historia. Sabemos que el empleo del término teleología
se remonta a la Philosophia Rationalis sive Logica de Wolff;
que allí se acuña como tecnicismo filosófico y que viene
a nombrar la parte de la filosofía natural que investiga los fines de
las cosas.
El
concepto tiene más larga historia que el término. Las explicaciones
en clave finalística se remontan a la primera filosofía; al menos
hasta Anaxágoras. Aparecen también en Platón. Con Aristóteles,
la finalidad se integra de modo coherente en la estructura causal del mundo.
Desde
el momento en que se acuña el término teleología,
se emplea, retrospectivamente, para designar todo tipo de explicación
en función de causas finales (por ejemplo, llámase prueba o argumento
teleológico a la quinta vía de las propuestas por Sto. Tomás
para la demostración de la existencia de Dios). Seguir en detalle y hasta
el presente la historia del sesgo teleológico es, a buen seguro, propósito
en exceso ambicioso. Cabe pues establecer ciertas restricciones esbozadas ya
en el título:
Cierto
es que la explicación teleológica puede aplicarse a objetos y
procesos diversos. El Universo, en su conjunto, puede ser visto como un organismo
o sistema estructurado conforme a un fin, el cual daría cuenta, por ende,
de su existencia e historia. Cada parte o proceso del Universo puede ser, conforme
a fines, explicado y, en concreto, la acción humana es susceptible de
dicho enfoque.
Nos
interesa, no obstante, la teleología en tanto parte de la explicación
biológica y a dicho aspecto nos restringiremos.
LA
EXPLICACIÓN TELEOLÓGICA EN BIOLOGÍA
La
explicación teleológica desaparece de la ciencia física
con Galileo y Newton (podría hacerse alguna salvedad por lo que hace
a la óptica, y al principio de acción derivado de la física
de Leibniz).
El
movimiento de los cuerpos no se atiene ya al objetivo de recuperar su lugar
natural sino que es guiado por fuerzas y, en su defecto, es inercial. El prestigio
de la ciencia física, desde Newton, hace que su metodología tienda
a ser imitada en otros ámbitos del saber. Desde la filosofía a
la biología. La física cumple, a partir de Newton, análoga
función a la desempeñada por la geometría en la antigüedad,
paradigma de todo saber y de la racionalidad misma.
En
biología, la batalla por la eliminación de las causas finales
se prolongaría aún por algún tiempo. Teorías como
las del Equilibrio dinámico (Lyell), Progreso trascendentalista (Agassiz),
Teoría del arquetipo (Owen), Adaptacionismo (Lamarck), Argumento del
diseño (Whewell), aristogénesis (Osborn), monogénesis (Berg),
Ortogénesis... presentan de una u otra forma elementos teleológicos
(ver a este respecto Ruse, 1979, versión española de 1983; Bowler,
1983, versión española de 1985; Ayala y otros, 1983*, pg. 500).
También
desde un plano más filosófico que estrictamente biológico
se han sugerido explicaciones teleológicas para los sistemas vivos y
procesos con ellos relacionados: Siguiendo a Monod (1970, en castellano 1981),
podemos distinguir entre las diversas tendencias teleológicas que pretenden
dar cuenta del fenómeno que llamamos vida:
-Vitalismo
científico (Elsässer y Polanyi): Las propiedades de los
seres vivos no violan las leyes físicas, pero estas son insuficientes
para explicar aquéllas. Deben ser admitidos ciertos principios añadidos,
a saber, leyes biotónicas. Estos principios son necesarios, por ejemplo,
para explicar la embriogénesis. (No interesa en el presente contexto
el vitalismo metafísico de Bergson, ya que es explícitamente no-finalista).
-Progresismo
cientista (Teilhard de Chardin): La fuerza evolutiva actúa
en el Universo entero, desde las partículas a las galaxias. Redefine
la energía en dos vectores: la energía ordinaria y la fuerza para
el ascenso evolutivo. Toda la energía será finalmente de este
tipo, es el punto omega. El fin es, en realidad, la idea central del progresismo
cientista del siglo XIX. Se encuentra en el centro del positivismo de Spencer
(con su fuerza diferenciante) y del materialismo dialéctico de Marx y
Engels. El hombre ocupa un lugar intermedio, eje de la evolución cósmica,
paso de la evolución genética a la cultural (en lenguaje más
sociobiológico)
-Materialismo
dialéctico (Marx; Engels). Conservan las leyes
de la dialéctica hegeliana, que en Hegel afectan al espíritu,
y las proyectan en la naturaleza material. La dialéctica de la naturaleza
es constructiva, su más alta expresión es la sociedad humana y
ésta tiende hacia un fin, la sociedad socialista.
-A
la anterior relación añadiríamos, en consecuencia, el Idealismo
(Hegel): Explicación de la evolución, incluso de la vida, en términos
de un estatus final de autoconciencia o reunificación sujeto-objeto.
El
motivo de la resistencia de lo biológico a la eliminación de toda
teleología está en su propia estructura y complejidad, pero también
(quizá, sobre todo) en el apego que el hombre tiene al hogar, a la Naturaleza
como hogar, como casa cálida y en orden, de la que, de alguna forma,
pueda sentirse hijo, dueño y conocedor. Un mundo natural sin finalidad,
fruto del libre juego del azar, rompe "la antigua alianza", la del
animismo, la que consideraba a todo ser sustancialmente igual, dotado de ánima.
La que consideraba el cosmos en su totalidad como un organismo. Roto este viejo
pacto, el universo queda desencantado, sin vida y sin música y el hombre
perdido en un mar caótico, frío (apenas a tres grados en la escala
absoluta). Un ser con hambre de entender en un magma incognoscible del que es
resultado aleatorio, condenado a la soledad radical.
"Para
dar un sentido a la naturaleza, para que el hombre no esté separado por
un insondable abismo, para volverla al fin, descifrable e inteligente, era preciso
darle un proyecto. A falta de un alma que alimente ese proyecto, se inserta,
entonces, un "fuerza" evolutiva ascendente" (Monod, 1981, pg.
43).
A
pesar de las dificultades mencionadas, Darwin, al formular su teoría
de la evolución, pretendió cumplir la exigencia metodológica
newtoniana de restringir la explicación a vera causa,
o lo que es igual, utilizar en ella únicamente causas (eficientes) observables.
En la teoría de la evolución por selección natural debida
a Darwin y Wallace, algunos han querido ver una eliminación radical de
la explicación teleológica.
Lo
cierto es que, por más newtoniano que se reputase Darwin (deficiencias
en el criterio de vera causa fueron ya sugeridas por Huxley
( Ver, a este respecto, Ruse, 1983)), no desaparece un cierto sesgo finalista
en el adaptacionisno que de su teoría se ha derivado y algunos
autores optan por una revisión del propio concepto de teleología.
Monod
(1981, pg. 20), que aboga por el reconocimiento realista de que se ha roto la
antigua alianza (la del hombre con una Naturaleza teleológica concebida
al modo humano), señala, no obstante, "lo estéril y arbitrario
de querer negar que el órgano natural, el ojo, representa el término
de un "proyecto"... Una de las propiedades fundamentales que caracterizan
sin excepción a todos los seres vivos: la de ser objetos dotados
de un proyecto... En vez de rehusar esta noción, como ciertos
biólogos han intentado hacer, es por el contrario indispensable reconocerla
como esencial a la definición misma de los seres vivos. Diremos que estos
se distinguen de todas las demás estructuras, de todos los sistemas presentes
en el universo por esta propiedad que llamaremos teleonomía".
(1)
A
partir de la revisión del concepto de teleología, se observa que
dicha noción es excesivamente amplia como para excluirla, o no, en su
totalidad, de la explicación biológica. La noción de teleología
refiere a procesos y acciones tendentes a un fin del cual el agente es consciente;
en este sentido no cabe en la ciencia de la vida. Pero hace también referencia
a procesos orientados a metas determinadas, en relación a los cuales
no se presupone la existencia de sujeto consciente (programador o diseñador)
alguno. Además, la explicación teleológica no excluye la
explicación en función de causas eficientes. Así, se reconoce
que el embrión tiende a alcanzar un cierto estado adulto, sin que por
ello se excluya la posibilidad de una explicación de la ontogénesis
en razón de causas eficientes. Explicación compleja pero,
en modo alguno impensable.
Sucede,
asimismo, que la explicación en función de causas eficientes nos
produce una cierta insatisfacción intelectual dado que no da cuenta del
sentido que los órganos, procesos o comportamientos adquieren
en su contexto habitual. Algunos procesos (ontogénesis, homeostasis)
presentan muy marcada tendencia a alcanzar ciertos estados finales o de equilibrio
a pesar de las perturbaciones externas.
Dadas
las antedichas consideraciones, son varios los autores que reponen en el discurso
biológico la terminología finalista pero, esta vez, bajo severos
matices. El término teleología es sustituido
en muchos casos por el de teleonomía y ello a fin
de evitar las connotaciones vitalistas, animistas, subjetivistas y antropomórficas
que aquél tenía adheridas. La raíz nomos
sugiere que el compromiso ontológico con una causa final real y actuante
es más débil y que no se ve implicada, necesariamente, una conciencia
diseñadora de la estructura y conocedora de la función como propósito.
Así,
se extiende el término teleonomía, desde
que fue utilizado por primera vez en 1958 por Pittendrigh:
"Parece
desafortunado resucitar el término 'teleología', y creo que se
ha abusado de él. La confusión en que han permanecido los biólogos
durante largo tiempo se eliminaría más completamente si todos
los sistemas dirigidos a un fin fueran descritos mediante algún otro
término, como 'teleonómico', con el fin de poner
de relieve que el reconocimiento y descripción de una dirección
hacia un fin, no conlleva una aceptación de la teleología como
un principio causal eficiente".
En
1961, Mayr escribe:
"Sería
útil restringir el término 'teleonómico'
rígidamente a sistemas que operan a base de un programa, un código
de información".
En
1970, los término 'teleonomía' y 'teleonómico', son utilizados
con profusión por Monod en su influyente ensayo sobre El Azar
y la Necesidad. También en los libros de K.Lorentz podemos encontrar
la misma terminología... La situación, en palabras de F.Ayala
(1983) es la siguiente:
"Darwin
reconoció que los organismos estaban organizados teleológicamente.
Los organismos están adaptados a ciertos modos de vida y sus partes están
adaptadas para llevar a cabo determinadas funciones... Darwin aceptó
la adaptación y entonces dio una explicación natural de dichas
adaptaciones. Introdujo el aspecto teleológico de los seres vivos en
el campo de la ciencia".
"[No
obstante] Algunos evolucionistas han rechazado las explicaciones teleológicas
porque no han reconocido los diversos significados que puede tener el término
"teleología" (Pittendrigh, 1958; Mayr, 1965, 1974; Williams,
1966; Ghiselin, 1974). Estos biólogos actúan correctamente al
excluir ciertas formas de teleología de las explicaciones evolutivas,
pero se equivocan al afirmar que todas las explicaciones teleológicas
tendrían que ser excluidas de la teoría evolutiva. Estos mismos
autores utilizan en realidad explicaciones teleológicas en sus trabajos,
pero no quieren reconocerlas como tales o bien prefieren llamarlas de alguna
otra forma como por ejemplo "teleonómicas" (Ayala, Dobzhansky,
Stebbins y Valentine, 1983, pgs. 494 y 499).
Las
explicaciones teleológicas en biología son consideradas (explícitamente)
correctas por diversos biólogos y filósofos (Simpson, 1964; Dobzhansky,
1970; Ayala, 1970; Hull, 1974...). Habría que añadir, a éstos,
la nómina de los autores que las consideran (implícitamente) correctas,
tal y como se deduce del párrafo de Ayala citado, pero optan por el cambio
terminológico de teleología por teleonomía.
Cabe
matizar, en consecuencia, qué tipos de explicación teleológica
son para ellos aceptables y cuáles no, y en qué sentido se relacionan
las nociones de teleología y teleonomía.
TELEOLOGÍA
Y TELEONOMÍA
Seguiremos
varios análisis de la explicación télica, relevantes en
biología.
Aludiremos,
en primer lugar, a los diferentes tipos de finalismo descritos por Brooks y
O'Grady; estos autores consideran que la selección natural es un factor
secundario (no necesario) en la dinámica evolutiva (ver Brooks and Wiley,
1986; Wiley, 1988; Brooks, Cumming and LeBlond, 1988).
Hemos
tomado, a continuación, varios casos en los que se supone la presión
selectiva como condición sine qua non de la evolución.
Ello porque el estatus causal atribuido a la selección natural condiciona
el modo de intelección de la explicación teleológica. Finalmente
haremos referencia al Principio Antrópico formulado
por Barrow y Tipler, ya que introduce elementos finalistas en la explicación
de la evolución cósmica y, por tanto, en su fase biológica:
Daniel
Brooks y Richard O'Grady (1988) distinguen tres tipos de actividades dirigidas
de una u otra forma a un fin:
Las
actividades teleomáticas (el término procede
de Mayr (1974) y llega a Brooks y O'Grady a través de Wicken (1981),
donde se utiliza para destacar el carácter no-mecánico de los
procesos irreversibles regidos por las leyes termodinámicas) son aquellas
de las que resulta un estado final sin que, en relación al mismo, tenga
relevancia el hecho de que las entidades implicadas sean o no vivas, sean o
no fruto de un proyecto. El proceso alcanza un determinado estado final únicamente
en virtud de que las entidades en él implicadas son objetos físicos.
Como ejemplos podemos citar los procesos sometidos a la fuerza gravitatoria,
el aumento general de la entropía en sistemas aislados, la inexorable
desintegración radiactiva...El estado final (punto más bajo en
la caída de un cuerpo, estado de equilibrio termodinámico...)
es meramente un resultado, independiente, por lo demás, de las peculiaridades
de las entidades implicadas.
Las
actividades teleonómicas son aquellas en que el estado
final se alcanza en virtud de la estructura (forma) de las entidades implicadas.
Actividades de los seres vivos, como el mantenimiento de la homeostasis o el
desarrollo ontogenético, conducen al sistema a estados determinados en
función de cierta información estructural residente en el mismo
sistema (información genética o epigenética). La actividad
en cuestión está sometida a control. Y la estructura
del sistema denota que éste se dirige a un fin.
Las
actividades propiamente teleológicas son aquellas fruto
del comportamiento con propósito consciente. Los objetos en ellas implicados
(artificiales) están conscientemente diseñados para que cumplan
una determinada función.
Todos
los sistemas físicos realizan actividades teleomáticas. Un subconjunto
de los mismos, a saber, los seres vivos, además, realizan actividades
teleonómicas. Un subconjunto de estos últimos, los seres vivos
conscientes, son capaces de actividad teleológica.
Los
procesos de mutación y deriva genética son teleomáticos,
la ontogénesis es un proceso teleonómico y la evolución
en general es de carácter teleomático. Son, por otra parte, inaceptables
en biología explicaciones de procesos (en los que no hay seres conscientes
implicados o no lo están en tanto que tales) en clave teleológica.
La
relación con la teoría de la causalidad aristotélica es
como sigue: Los tres tipos de actividad tienen causa eficiente. Lo teleonómico
presenta, además, causa formal, y lo teleológico, además
de la dos anteriores, causa final.
En
Ayala, Dobzhansky, Stebbins y Valentine (1983) se hace una triple distinción:
-Teleología
artificial o externa: Los objetos que resultan de un
comportamiento intencionado presentan teleología artificial o externa.
Sus características teleológicas son el resultado de la intención
consciente de algún agente (2).
-Teleología
natural (o interna) determinada (o
necesaria): Existe teleología natural determinada cuando se
alcanza un estado final específico a pesar de las fluctuaciones del ambiente.
Señaladamente en los procesos ontogenéticos y homeostáticos.
-Teleología
natural (o interna) indeterminada
(o inespecífica): Se da teleología indeterminada cuando
el estado final al que se tiende no está determinado específicamente,
sino que más bien es el resultado de la selección entre varias
alternativas posibles; bien entendido, que para que se de teleología
tal selección ha de ser determinística y no estocástica.
Pero las alternativas presentes pueden depender de factores aleatorios. Por
tanto la teleología indeterminada es el resultado de una mezcla de factores
estocásticos y determinísticos. Las adaptaciones de los organismos
presentan este tipo de teleología.
Como
puede verse la distinción tripartita propuesta por Ayala y la de Brooks
y O'Grady no se superponen estrictamente. Puede pensarse, no obstante, que la
teleología externa de Ayala equivale a la teleología
de Brooks y O'Grady, y que la teleología interna viene
a ser, aproximadamente, lo que éstos se denominan teleonomía.
Una
importante diferencia entre Ayala, por un lado, y Brooks y O'Grady, por otro,
es el reconocimiento de la actividad de la selección natural. Sin la
misma todo el proceso evolutivo cabe bajo la explicación teleomática;
mientras que con selección, la formación de los órganos
en manera específica (adaptada) es un proceso teleonómico. Así,
en Ayala, la aparición de alas u ojos en determinadas líneas evolutivas
(en algún caso de modo independiente) es un puro efecto de la teleología
interna indeterminada; la forma concreta del órgano está condicionada
por su funcionalidad. El ala o el ojo evolucionan de modo que resulten funcionales
y ello implica una determinada configuración no aleatoria. En Brooks
y O'Grady la evolución, en su conjunto, es considerada como teleomática
(consecuentemente con su rechazo de la selección natural como fuerza
rectora del proceso evolutivo).
Grene
(1974) ha distinguido entre teleología instrumental
(explicativa de la funcionalidad de los distintos órganos), del
desarrollo (que explica los procesos ontogenéticos y de maduración),
e histórica (que da cuenta del proceso selectivo
generador de los sistemas teleológicamente organizados).
Hull
(1973) diferencia entre teleología Platónica
y Teleología Aristotélica. La primera puede
asociarse a lo que O'Grady y Brooks denominan teleología
y Ayala teleología externa o artificial.
La segunda es asimilable a la teleonomía de Brooks y O'Grady
y a la teleología interna de Ayala. Es interesante esta
nomenclatura ya que tiende a poner de manifiesto el hecho de que la explicación
teleológica, en el sentido en que aparece en Aristóteles, no implica
(al menos no implica trivialmente) la existencia de un agente-diseñador
consciente y externo al objeto o proceso teleológico en cuestión
(para una discusión actualizada sobre la teleología aristotélica,
puede verse: A.Gotthelf and J.G.Lennox Eds., Philosophical Issues in
Aristotle's Biology, Cambridge University Press, 1987) (3).
En
la literatura sobre el tema, suele considerarse la evolución biológica
como un proceso teleonómico (o de teleología interna), diferenciado
de otros que también lo son, como la ontogénesis o las diversas
homeostasis. La diferencia reside en el carácter determinístico
de éstos, frente a la semi-aleatoriedad de la evolución en su
conjunto. Brooks y O'Grady constituyen, en este sentido, una excepción,
al considerar la evolución, en su conjunto, como un proceso puramente
teleomático.
Una
de las pocas reivindicaciones actuales de la causalidad teleológica en
sentido fuerte, puede hallarse en la obra de J.D.Barrow y F.J.Tipler (1986)
titulada The Anthropic Cosmological Principle.
El ámbito de la explicación teleológica, en este caso,
rebasa lo puramente biológico; la teleología antrópica
es aplicada a la entera evolución cósmica que, evidentemente,
incluye la fase biológica.
Barrow
y Tipler formulan una versión débil del principio antrópico
(Weak Anthropic Principle; W.A.P.):
"Since
humans exist, all condition necessary to their existence necessarily must exist"
(Barrow & Tipler, 1986, pg. 16).
El
hecho de que en el universo se halle incluido el hombre hace evidente que se
han tenido que dar las condiciones necesarias para la evolución de la
vida y de la inteligencia. Se puede adoptar, por tanto, el finalismo antrópico
como perspectiva heurística o metodológica. La teleología
implicada por el W.A.P. queda en el plano metodológico o, como máximo,
en el epistemológico.
No
obstante, y en base a consideraciones históricas, se hace inevitable
indagar sobre el porqué del buen funcionamiento de las explicaciones
y orientaciones metodológicas de carácter teleológico.
La respuesta sugerida, como bien se puede adivinar, es: la teleología
funciona bien desde el punto de vista heurístico (en física tanto
como en biología), porque refleja un componente causal que existe realmente
en el mundo. La teleología del "como si" constituye, así,
un puente entre el ámbito epistemológico y el ontológico.
Se
formula, en consecuencia, el "Strong Anhtropic Principle" (S.A.P.),
según el cual, el Universo debe (en un sentido fuerte,
no sólo "dado-que-el-hombre-existe", sino en absoluto) tener
las propiedades necesarias para el surgimiento, en él, de vida inteligente.
(Una revisión ponderada de los puntos de vista de Barrow y Tipler, puede
verse en Gale, 1987).
PROBLEMAS
FILOSÓFICOS
No
se ha pretendido, en el trayecto seguido hasta aquí, dar solución
a los problemas filosóficos relativos a la explicación teleológica,
ni siquiera en el restringido campo de la Biología. Antes bien, la intención
ha sido contribuir al planteamiento de nuevas cuestiones así como a una
formulación más precisa de las ya clásicas. El sentido
de la teleología y teleonomía en la ciencia biológica actual,
una vez precisado, no hace sino sugerir e inquietar:
-Las
explicaciones funcionales nos dan el sentido y la identidad de los sistemas
vivos y de los procesos que realizan (ver Varela, 1979), mientras que las explicaciones
operacionales nos muestran la cadena causal de la que dependen. Sigue abierta,
por tanto la cuestión de la relación entre el plano eficiente
y el final en la explicación de los sistemas vivos; si pertenecen o no
a distintos niveles causativos, si la explicación funcional afecta al
plano ontológico o permanece meramente en el epistemológico...
Ayala, por ejemplo, señala que
"las
explicaciones teleológicas son perfectamente compatibles con las explicaciones
causales" (1983, pg. 501).
Parece
colegirse que lo teleológico no es estrictamente causativo, pues por
"causa" se entiende, en este contexto, únicamente causa eficiente.
La cuestión es, entonces, en qué sentido se pude decir que las
explicaciones teleológicas son explicaciones. ¿Seguimos entendiendo
"explicar" como explicar-por-causas? ¿Cuál es la raíz
de la necesidad intelectual de "explicaciones" teleológicas?
-¿Cómo
explicar las "tendencias evolutivas" hacia más complejidad,
más información, más integración? (Raup & Sepkosky,
1982; Ayala, 1983, pg. 505-513; Ayala, 1983*, pgs. 431 y ss.; Bresch, 1987).
-El
fin último de la actividad de los sistemas vivos, parece sensato pensar
que sea el automantenimiento; pero el individuo no existe antes de la actividad
que conduce a su formación. Existen, eso sí, sus genes; pero en
el origen, difícil resulta abogar por la tendencia a mantenerse en el
ser de un individuo inexistente. De otra forma: la organización funcional
supone un individuo que mantener (y viceversa). La organización funcional
exige organización funcional previa o bien la aceptación de su
surgimiento ex novo a partir de un una naturaleza desorganizada
(este problema fue objetado ya por Kant quien veía en él un punto
inaceptable de la visión evolutiva del mundo).
-En
los ámbitos en que la explicación puramente teleológica
es admitida (en relación con la acción humana), la conexión
causativa entre el fin y la acción (o el artefacto en que ésta
puede sustanciarse) no está tampoco bien establecida, y ello afecta al
problema del libre albedrío. Puede parecer que los seres conscientes
realizamos muchas acciones no-conscientes y (sin embargo) finalísticamente
(en este momento pulso teclas para escribir, para comunicar o para ser feliz,
para deleitarme con el tacto del teclado o para saborear su rítmico trasteo;
puedo asegurar, no obstante, que no me propongo conscientemente cada una de
las pulsaciones). Queda por esclarecer la relación entre finalidad y
conciencia. ¿Puedo ser consciente de una acción, incluso libre,
y en absoluto dirigida a fin? ¿Puedo realizar acciones de cuyo fin no
soy (o no soy actualmente) consciente, y que, no obstante, lo tengan?.
-Parece
existir la sugerencia implícita de que lo teleonómico tiene su
origen (causa formal) en la información acumulada a nivel genético
y lo teleológico a nivel neuronal. Cuando no se halla un soporte estable
y aislable de la información necesaria para la realización de
objetos o acciones (artificiales o naturales), nos resistimos a considerar dichos
objetos o acciones como teleológicos o teleonómicos, pues su causa
formal no está presente desde el principio. A falta de soporte informacional
identificable, tendemos a suponer gratuidad en la acción. No obstante,
como muestra J.Wicken (1987), la misma estructura ecológica (del entorno)
o poblacional (de la especie), puede contener información, difícilmente
aislable y, por ello, poco tenida en cuenta. La tesis puede hacerse aún
más fuerte si se piensa que la evolución, en su conjunto, puede
ser vista como un proceso de sucesión ecológica y que la propia
información genética podría tener su origen en información
ecológica dispersa y posteriormente interiorizada y fijada en soporte
genético.
-Acerca
de la (supuesta) futureidad del fin ha de apuntarse que: el concepto de causa
ha derivado, en algunos ámbitos de la ciencia, hacia el de correlación
estadística, en relación al cual y desde el punto de vista matemático,
tanto da que la correlación se establezca con un suceso anterior como
con uno posterior. De otro lado, los seres vivos se repiten cíclicamente,
con lo que el estado final para un organismo actual se realizó ya en
el pasado y resultó adaptativo; por lo cual el actual organismo existe.
No es, por tanto, un estado meramente futuro (sí en lo material pero
no en lo formal). Tampoco es meramente futuro el entorno con el que los sistemas
vivos se enfrentan, lo es únicamente en relación al individuo,
pero no a la especie y a su acervo genético. En general puede afirmarse
que todo fin que se pretenda actuante se sitúa ya, de hecho, en el principio
de la acción: Dios es el principio y el fin, el motor aristotélico
(que actúa desde el principio como causa final); también el diseño
artificial parte de la idea previamente realizada en la mente, el desarrollo
ontogenético está prefigurado en la información genética
y citoplasmática heredada... En todo caso el fin está presente
desde el principio.
La
cuestión radical estriba en determinar (caso de que exista) el modo especial
de causación finalista (programa aristotélico). La cuestión
complementaria (negada la condición) consiste en determinar la raíz
de la necesidad intelectual de explicaciones finalísticas, necesidad
especialmente acuciante en biología (programa kantiano).
NOTAS:
(1)
En 1979, Prigogine y Stengers publican "La nueva Alianza". En una
década (recuérdese que Azar y Necesidad data de
1970), la ciencia ha sufrido una metamórfosis tal, que se encuentra en
disposición de establecer un nuevo acuerdo entre hombre y naturaleza,
de proceder al re-encanto de la misma, mostrando cómo las estructuras
ordenadas y las organizadas son fruto de la dinámica propia del devenir
natural y no meros productos del azar ciego. Pero esto, seguramente, es otra
historia.
(2)
Ayala incluye como resultados de operaciones "al menos aparentemente intencionadas"
los nidos de los pájaros. La identificación que parece apuntarse
entre intencionado y consciente reclama un más cuidadoso análisis.
Monod (1981, pg. 21) incluye entre los objetos artificiales los panales de las
abejas. Hablar en este caso de consciencia parece más que forzado. Por
otra parte, como se señala en el texto, los seres conscientes realizan
actos intencionados de cuya intención pueden no ser (simultáneamente)
conscientes.
(3)
La distinción que aparece en La Física entre suerte
y azar sugiere la existencia de dos tipos de acción télica,
con sus correspondientes desviaciones. La suerte hace relación a la finalidad
conscientemente intentada por un agente humano, mientras que el azar es la desviación
aleatoria de la meta perseguida en los procesos naturales.
<pág.ant._____________________________________________________________________________________________pág.sgte>