Iglesia
XII.J.
La diversidad de imágenes de Iglesia en
el cristianismo primitivo. - Jürgen Roloff (Tradujo
y condensó: Ana Rubio)
Hemos de abandonar
la imagen de que la Iglesia se desarrolló de forma lineal y pautada
a partir de Jesús hasta alcanzar la forma determinante que ha llegado
hasta nuestros días. La diversidad de modelos de comunidad existentes
al principio muestra más bien que la diferente auto comprensión
de los creyentes, por un lado, y el entorno social, por otro, podían
conducir a soluciones diferentes.
El
análisis crítico de los testimonios del Nuevo Testamento contradice
la imagen tradicional según la cual Jesús mismo fundó
la Iglesia y la dotó de estructuras organizativas. Jesús de
Nazaret no fue el fundador, sino el fundamento de la Iglesia. Su mensaje y
su actuación constituyeron el punto de partida de unos acontecimientos
que llevaron a la formación de la misma.
Los
escritos de los primeros cristianos no transmiten una imagen unitaria de los
acontecimientos que llevaron a la formación de la Iglesia. Más
bien nos muestran una representación que contradice la creencia romántica
del crecimiento de una Iglesia, que nace de un embrión que contiene los
pasos que hay que seguir en el transcurso de todo su camino, presente entonces
y futuro ahora. En su lugar tenemos una serie de modelos diversos de Iglesia
que coexistieron y que, en algunos casos, compitieron unos con otros.
Esta
multiplicidad no es, sin embargo, el producto de un crecimiento no controlado,
sin planificación alguna, sino que responde a la exigencia que se impuso
desde los comienzos del Cristianismo: para vivirlo auténticamente se
hacía necesaria una estructura de la comunidad que estuviese ligada a
su entorno social, y además, que el sentido de su misión correspondiese
a una situación específica, en un marco concreto.
Paradigma:
Los discípulos de Jesús. Comunidad de servicio en señal
del Reino de Dios que se acerca.
Como
punto de partida, tenemos la constitución de la comunidad postpascual
de discípulos, no ya como medida o regla de un modelo primitivo de Iglesia,
sino como magnitud que dio muchos y variados impulsos al desarrollo posterior.
En
el anuncio del inicio del Reino de Dios proclamado por Jesús, fue determinante
la relación entre el Reino de Dios y el Pueblo de Dios. Este pueblo era
Israel. La comunidad de los últimos tiempos que Jesús se esforzó
en reunir tenía que realizar nuclearmente el pueblo de las doce tribus.
Una figura lo hace patente: los doce hombres a los que llamó, como núcleo
de su grupo de seguidores. En unos tiempos en los que de las doce tribus primitivas
quedaban escasamente dos, cobró un valor simbólico muy importante,
como señal del plan de Dios, la aparición de doce hombres a su
alrededor que simbolizaban la restitución de las doce tribus. La fuerza
simbólica de este número en la sociedad del momento es indudable,
aunque los doce no eran más que una pequeña parte de sus numerosos
seguidores.
La
denominación de discípulo para nombrar a sus seguidores dice poco
acerca de su naturaleza y de su estructura. Eran discípulos y Jesús
era el maestro, pero se desmarcaba claramente de la figura de un Rabí.
La función principal de los discípulos era colaborar con la misión
de Jesús, hacer presente en Israel la cercanía del Reino de Dios
(Mc 3,14).
El
movimiento de Jesús se parecía externamente al de los filósofos
cínicos de la época que, con sus seguidores, recorrían
las tierras criticando las formas sociales vigentes. Pero el movimiento de Jesús
no era un movimiento de protesta, sino que se fundaba en motivaciones profético
escatológicas. En determinados aspectos se relacionaba con algunos de
los primeros profetas de Israel, ya que invitó a sus discípulos
a abandonar las formas sociales establecidas para seguirle en su misión
divina (1R 19,19 21), conformando una comunidad de servicio y destino con él
en señal de la cercanía del Reino de Dios (Mc 1, 16 20).
Sus
seguidores pertenecían, pues, a un círculo abierto con múltiples
posibilidades. No sólo estaba constituido por hombres, sino también
por mujeres. No sólo lo formaban los que vivían dentro del círculo,
según las leyes del Reino de Dios, sino también aquellos que podríamos
denominar "simpatizantes", que proporcionaban dinero, comida, alojamiento...
Así cada uno hallaba su propio sitio: en la parte más alejada
del núcleo o en la más cercana, según su propio criterio
y como muestra de la comprensión del Reino de Dios como un espacio de
libertad.
Modelo
I: Los mensajeros carismáticos de la resurrección.
En
primer lugar, nos encontramos con un grupo que podríamos denominar "misioneros
itinerantes", que actuaban en Galilea y Siria en los primeros años
después de la muerte de Jesús, y que se pueden considerar como
un primer modelo de Iglesia primitiva por sus conexiones con la comunidad de
discípulos. Se trataba de carismáticos itinerantes que llevaban
una existencia marcada por la cercanía del Reino de Dios, quienes lo
dejaban todo por seguir su labor misionera, presentando a Jesús como
el legítimo portador del mensaje mesiánico.
La
huella más clara de este grupo es la llamada "Fuentes de dichos
o sentencias (Q)", que es una colección de dichos de Jesús
utilizada por los evangelios de Mt y Lc. No se trata de "escrituras sagradas"
para la comunidad, propiamente este círculo no constituía una
comunidad , sino que era como un manual del misionero, que contenía materiales
para la predicación y un conjunto de instrucciones para el servicio de
los itinerantes (Lc 10,1 12; Mt 10,7 16). Estas instrucciones contienen una
impresión directa del estilo de este círculo: cómo debían
ir vestidos al moverse de un lado a otro, sin dinero ni provisiones. No podían
llevar nada (Lc 10,4), e incluso debían mostrar externamente que su servicio
al Reino de Dios no les hacía menester de ningún tipo de seguridad,
y no sólo se dedicaban a la tarea del anuncio sino también a la
curación de enfermos. Además, debían tener cuidado de no
ser confundidos con los charlatanes y curanderos que existían en aquellos
momentos.
Por
su comportamiento y el de las personas de las casas que los acogían,
podemos constatar las diferencias entre aquellos seguidores más radicales
de Jesús, en el círculo más estrecho, y aquellos otros
que denominamos "simpatizantes", que seguían las enseñanzas
de Jesús, pero sin llegar a adquirir la forma de vida de los radicales.
Entre las diversas "casas de acogida" es muy improbable que hubiera
enlace institucional. Es más probable que mantuvieran contacto con las
comunidades judías y sus sinagogas.
El
radicalismo "itinerante" desapareció entre los siglos I y II,
pero es una herencia que la Iglesia ha mantenido y que ha aparecido de vez en
cuando, como una exigencia interpelante y renovadora para la "normalidad"
eclesial.
Modelo
II: Jerusalén lugar de reunión del pueblo de Dios.
Al
mismo tiempo que se desarrollaba el modelo anterior (galileo), se creó
un nuevo modelo enlazado a un punto geográfico: Jerusalén, la
ciudad santa de Israel. Allí volvió el círculo de los doce,
guiados por Pedro, una vez ya se había aparecido Jesús resucitado
en Galilea y había sido revelado como el Señor hasta fin de los
tiempos, por la acción de Dios. Y es su carácter de ciudad santa
lo que justifica la vuelta de los discípulos, incluso siendo como era
el lugar donde se encontraban los enemigos de Jesús.
Los
doce interpretaron la resurrección de Jesús como la señal
del inicio del fin de los tiempos, y esperaban que en Jerusalén se llevase
a cabo la reunificaci6n de las doce tribus de Israel. Y como era aquí
donde se debía consumar su misión, llegaron a Jerusalén
en peregrinación durante la fiesta de Pentecostés, la que se celebraba
después de la Pasión de Jesús (Hch 2).
Para
la comunidad primitiva de Jerusalén, el tema de la Reunión del
Pueblo de Dios era el factor institucionalizador determinante y fue siempre,
mientras existió, el programa teológico que la caracterizó.
Ahora bien, el término "comunidad primitiva" puede llevar a
confusión, pues no era el modelo que había que seguir por las
siguientes comunidades que se formaron. Era más bien, desde su auto comprensión,
un modelo único, porque era especial el significado teológico
de Jerusalén como punto central del fenómeno del fin de los tiempos
asociado al pueblo de Dios. Por ello no consideró que tuviese la tarea
de anuncio misionero hacia fuera, sino más bien la de testigo en aquel
lugar.
Con
la desaparición de las tensiones escatológicas de los comienzos,
Jerusalén se fue concibiendo como centro y lugar de referencia para la
expansión de la Iglesia. Todo ello legitimado por la posición
central de la ciudad santa, así como por unos dirigentes de gran autoridad
como fueron "los tres pilares": Santiago, Kefas (Pedro) y Juan (Ga
2,9) y, finalmente, por el hermano de Jesús, Santiago, hasta su martirio.
La posición de todos estos hombres se fundamentó en su llamada
por el Resucitado a ser apóstoles. Fueron los portadores de la tradición
y los guías de la Iglesia que autorizaban la misión de Jesús
(1Co 15,5 8). Como tales, tuvieron un significado que va más allá
del lugar geográfico.
Esta
organización tenía, además, estructuras tomadas de la tradición
judía. Los denominados "presbíteros" (junto con "los
tres pilares" y los apóstoles cf. Hch 15,4.6) tenían la tarea
de dirigentes. Esta estructura, es un reflejo de la tradición de las
sinagogas, cuyos "presbíteros" eran personas maduras y con
un lugar preeminente en la estructura social además de ser sus dirigentes.
No eran escogidos por sus conocimientos teológicos o por sus calificaciones
morales, sino por su prestigio y, de esta forma, eran dignos representantes
de las mismas hacia fuera. La comunidad primitiva buscaba en sus "presbíteros"
unas funciones similares. Dicha "comunidad primitiva" mantuvo su lugar
preeminente por lo menos hasta la muerte de Santiago, ya que incluso Pablo,
que desarrolló un modelo de Iglesia diferente a la de Jerusalén,
fue a ver a Santiago con una delegación de gentiles para hacer entrega
de una colecta (Ga 2, 10), acordada en la asamblea apostólica de Jerusalén
(Hch 15). Era un signo de comunión. De esta forma las comunidades paulinas
formaban parte del pueblo de Dios en el mundo entero, gracias a su comunión
con Jerusalén, el centro del pueblo de Dios.
Con
la destrucción de la "comunidad primitiva" del año 70,
no desapareció el trazo eclesial de un modelo de Iglesia que estaba en
el punto central. Antioquía destacó, a comienzos del siglo II,
como centro de la provincia de Asia y con su sede episcopal reivindicó
una autoridad más allá de sus límites geográficos.
Y ya a mitad del siglo II, fue la Iglesia de Roma la que, basada en su ubicación
central, fundó y reivindicó la autoridad eclesial para todas las
iglesias.
Modelo
III: Comunidad de conocimiento dirigida por el Espíritu.
Los
escritos de Juan, su evangelio y sus tres cartas nos trasladan a un mundo totalmente
diferente. Múltiples indicios de la investigación exegética
nos llevan a la conclusión de que estamos ante grupos cristianos que
tenían una base literaria, de lenguaje y de pensamiento propios y distintos.
A
pesar de que hay muchos puntos que clarificar y que no tenemos indicios claros
de dónde hay que situar esta tradición, podemos decir que este
grupo tenía la estructura de una escuela impregnada del espíritu
profético. Se trataba de una reunión de sus miembros en torno
a una figura de maestro, que mostraba con libertad una explicación propia
de la historia de Jesús. Dicho maestro reclamaba conocer y entender mejor
el mensaje de Jesús que los portadores oficiales de la tradición,
e incluso que Pedro. Esta figura es la que se esconde tras la imagen del "discípulo
amado" que aparece en lugares clave del cuarto evangelio (p.ej. Jn 13,23
25; 21,20 23). Ser amado por Jesús quería decir encontrarse cerca
de Él, y ello sólo era concedido por el Espíritu de Dios.
Es decir, era el Espíritu el encargado de conferir dicha proximidad.
El Espíritu era el continuador de Jesús y quien tenía que
transmitir la verdad a sus miembros (Jn 16,13ss). Con lo que el grupo de Juan
propugnaba profundizar en el conocimiento de Jesús a través de
la acción del espíritu profético.
El
trazo individualista es inequívoco. Así como todo sarmiento está
ligado a su vid, así lo está todo creyente con Cristo (Jn 15,1
8). Jesús, el buen pastor conoce a cada una de las ovejas y ellas le
conocen a Él (Jn 10,4). Así también es al creyente a quien
se promete la vida eterna (Jn 6,53) y la comunión (Jn 6,56). Ahora bien,
en los escritos de Juan se echa de menos la consideración de la Iglesia
como pueblo de Dios, su constitución y su estructura. La comunión
de los creyentes no desaparece, pero es algo secundario: porque los creyentes
están unidos con Cristo, por ello están unidos entre sí
por el amor fraternal (Jn 15,12). La Iglesia era para Juan la "Comunión
de los amigos de Jesús", que también son amigos entre sí
(Jn 15, 15).
Sin
duda la dimensión misionera experimenta aquí un retroceso. El
factor institucional de Juan es, pues, la profundización individual en
el conocimiento de Cristo y la salvación, lo que conlleva un elitismo
de base esotérica que comporta el atractivo y, al mismo tiempo, la problemática
del modelo joánico.
Modelo
IV: Reunión de los creyentes como "Cuerpo de Cristo".
Hacia
mediados del siglo I d.C. aparecen dos factores que van a cambiar la autocomprensión
cristiana y su imagen externa: a) la fe cristiana se abrió al resto de
pueblos del mundo, sin que fuesen éstos miembros del pueblo de Dios,
Israel; b) también se produjo el paso del campo a la ciudad, pasando
el Cristianismo a ser religión de las ciudades. El Cristianismo ganó
rápidamente adeptos en las grandes metrópolis del Imperio Romano,
desde Antioquía hacia el Oeste, donde los judíos eran una minoría
que no mantenían ya los lazos de unión con la comunidades sinagogales.
De aquí que los nuevos grupos de cristianos, tan heterogéneos,
buscasen formas y lugares que les ofrecieran la pertenencia a un grupo social
determinado.
De
aquí que se encontrara atractivo el adoptar modelos colectivos antiguos,
en los que Dios era erigido en patrón, en honor del cual se celebraban
con regularidad determinadas comidas festivas, y que se podían celebrar
o bien en lugares sagrados o bien en domicilios privados. En este segundo caso,
los propietarios de las casas pasaban a ocupar un lugar preeminente. Tales celebraciones
se realizaron por los cristianos como formas de reunión, como sabemos
por la primera carta de Pablo a los Corintios y podemos suponer para otras ciudades.
Pablo
no cuestionó dichas celebraciones, sino que buscó crear un modelo
a partir de ellas, teniendo como base la fe cristiana, una fuerza irresistible
en su constitución como comunidad. Este modelo decía: "la
Iglesia es toda comunidad situada en la mesa del Señor", y allí
recibían todos los hombres (independientemente de su condición)
el "cuerpo de Cristo". Con ello pasaban a formar parte de una comunidad
unida por el pan, como cuerpo de Cristo, y siendo parte del mismo. La Iglesia
está, por tanto, constituida en la comunidad de servicio y vida que le
viene por el servicio religioso eucarístico, confiriéndole así
a través del hecho cristiano una estructura social. El Cristo vivo muestra
su grandiosidad en la historia presente a través de la hermandad de sus
miembros(1Co 12,12 27).
De
este modelo de Pablo, extraemos tres consecuencias: 1) la primera es que la
reunión eucarística es el evento central para la existencia de
la Iglesia. "Iglesia" está presente allá donde acuden
los cristianos a escuchar la Palabra y a participar de la eucaristía
en la mesa del Señor, y es aquí donde, para Pablo, toma la Iglesia
su forma histórica. 2) Iglesia es, en este modelo, una realidad prioritariamente
relacionada con un lugar. Es lo que tenemos cuando el propio Pablo habla de
Iglesia: no pierde de vista el sitio concreto donde se realizan las reuniones
de creyentes. La Iglesia se hace realidad viviente mediante la actuación
del Cristo viviente. La comprensión de la Iglesia como pueblo de Dios
no desaparece, pero queda subordinada al concepto de cuerpo de Cristo. Es por
ello que no se han de dar grupos locales. Donde, como en Corinto, existen diversas
comunidades familiares, Pablo establece que, además de las comunidades
existentes, debe de haber lugares de comunión eucarística que
hagan visible la unidad en cada lugar (1Co 14,23). 3) Y, finalmente, se crea
en las comunidades de Pablo un sistema de oficiantes que dirigen a la comunidad,
siendo el epíscopo, que preside la reunión eucarística,
el responsable de la dirección de las comunidades locales, a quien ayudaban
los diáconos en tareas caritativas y organizativas (Fip 1, 1).
Modelo
V: La Casa de Dios organizada de forma patriarcal.
El
modelo de Iglesia propugnado por Pablo se impuso en comunidades mayoritariamente
de miembros no judíos. Aunque básicamente se mantuvo, sufrió
múltiples cambios adaptados a los nuevos tiempos y a las nuevas realidades
que le tocaba vivir. Por una parte, el retraso de la Parusía impuso un
enfoque de futuro. Pero, además, hay que tener en cuenta que, poco a
poco, fueron desapareciendo todos los testigos y representantes de las comunidades
cristianas primitivas. Además aparecieron movimientos gnósticos
que creaban inseguridad en las comunidades, y se consideró como inviable
la continuidad del modelo de Iglesia atada a un lugar en relación con
las formas de vida de la sociedad helenístico romana.
Se
produjeron impulsos institucionalizadores (que tenemos plasmados en las llamadas
cartas pastorales y en la carta a los Efesios) que propugnaron un modelo de
Iglesia paulino, pero con tantos cambios, que no nos queda más remedio
que hablar de un nuevo paradigma.
La
característica principal es la orientación hacia la figura patriarcal
de las instituciones de la antigüedad. La comunidad aparece como la "Casa
de Dios" (1Tm 3,15), en el sentido de una gran familia, con derechos y
competencias de los miembros. La estructura jerárquica es claramente
de arriba abajo. Arriba del todo aparece la figura del epíscopo, que
es el responsable y que tiene el papel de Padre de la casa (1Tm 3,4). Es el
representante de la comunidad hacia fuera y vigila el orden en su interior.
Por debajo de él, se encuentra la figura del diácono (1Tm 3,8
13) y en un escalafón más inferior aparecen las mujeres a quienes
se les retira toda posibilidad de pertenecer activamente a la comunidad (1Tm
2,9 15).
El
factor central de la vida en comunidad ya no es el comportamiento cristiano
de los creyentes entre sí, sino el comportamiento de los dirigentes de
la comunidad hacia ellos. Se introduce la figura de los cargos oficiales de
las comunidades, habilitados por Cristo, no directamente, sino por sus apóstoles,
como sucesores de Él y que recibieron el encargo de edificar la Iglesia
de Cristo. Los cargos oficiales deben regirse por las normas establecidas por
los apóstoles y las comunidades que siguen el modelo de Pablo, por las
normas establecidas por éste.
La
sucesión apostólica es difícil de entender en el sentido
de mostrar una continuidad histórica externa: se trata de una correspondencia
interna, mediante la cual se muestra la ininterrumpida continuidad de la Iglesia
entendida desde sus inicios.
Este
modelo patriarcal de Iglesia no es la cima a la que conducen las líneas
de la eclesiología neotestamentaria. Es demasiado unilateral. Pero tampoco
se puede considerar una apostasía de la imagen inicial de la Iglesia.
Es un intento de solventar ciertos problemas y de reestructurarlos de forma
institucional. Si lo ha conseguido y hasta dónde, es una cuestión
que, supuesto su influjo en la historia de la Iglesia, pide urgentemente un
debate.
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