Heisenberg
I.J:
"La verdad
habita en las profundidades", por Werner Heisenberg (1901-1976); capítulo
de "Cuestiones cuánticas", libro editado por Ken Wilber
La
reanudación de los contactos internacionales reunió de nuevo a
unos viejos amigos. Así, a principios del verano de 1952, los cultivadores
de la física atómica se reunieron en Copenhague para tratar de
la construcción de un acelerador de partículas europeo. Yo estaba
sumamente interesado en este proyecto, pues esperaba que un acelerador de suficientes
magnitudes podría ayudamos a determinar si la colisión de alta
energía entre dos partículas elementales podría llevar
a producir una legión de partículas ulteriores, como yo había
supuesto, o no; es decir, a decidir si de hecho estábamos legitimados
para dar por supuesta la existencia de otras muchas partículas nuevas,
y si, por tanto, a semejanza de los estados estacionarios de los átomos
y las moléculas, solamente diferian en cuanto a su masa, su simetría
y su duración. El tema fundamental del encuentro tenía, pues,
para mí un interés personal, y si no me extiendo más sobre
ello aquí, es porque quiero referir una conversación que tuve
con Niels (Bohr) y con Wolfgang (Pauli) en aquella ocasión.
Wolfgang
había venido desde Zurich, y los tres estábamos sentados en el
pequeño invernadero que conducía al parque desde la residencia
oficial de Bohr. Estábamos hablando del viejo tema de si nuestra interpretación
de la teoría cuántica en este mismo lugar veinticinco años
antes había sido correcta, y de si nuestras ideas habían pasado
o no desde entonces a formar parte del acervo intelectual de la totalidad de
los físicos. Niels vino a decir lo siguiente:
-Hace
algún tiempo, hubo aquí en Copenhague un encuentro de filósofos,
la mayoría de ellos positivistas, durante el cual los miembros del Círculo
de Viena jugaron un papel sobresaliente. Me pidieron que les expusiera la interpretación
de la teoría cuántica. Al terminar mi conferencia, nadie planteó
ninguna objeción ni me dirigió ningún tipo de pregunta
embarazosa, pero debo decir que este mismo hecho fue para mí fuente de
un tremendo desencanto. Porque quienes no se sienten profundamente extrañados
al entrar en contacto por vez primera con la teoría cuántica,
la única explicación es que no la han entendido. Probablemente
hablé tan mal, que nadie se enteró de qué estaba hablando.
-La
culpa no tiene por qué haber sido necesariamente suya -objetó
Wolfgang-. Forma parte importante del credo positivista el aceptar los hechos
tal cual son, a ojos cerrados, por así decirlo. Si no recuerdo mal, Wittgenstein
afirma: «El mundo es todo aquello que sucede.» «El mundo es
la totalidad de los hechos, no de las cosas.» Si se parte de esa premisa,
uno siempre está dispuesto a dar la bienvenida a cualquier teoría
que represente «lo que sucede». Los positivistas han comprendido
que la mecánica cuántica describe correctamente los fenómenos
atómicos, y no encuentran por ello ningún motivo para quejarse
de que así sea. Todo lo que a esto podamos añadir (complementariedad,
interferencia de posibilidades, relaciones de incertidumbre, separación
de sujeto y objeto, etc.) no les impresionan más que como otros tantos
añadidos estéticos, como meras recaídas en el pensamiento
precientífico, retazos de charla ociosa que no deben ser tomados en serio.
Tal vez esta actitud sea lógicamente defendible, pero si lo es, me declaro
incapaz de entender qué es lo que queremos decir cuando afirmamos que
hemos comprendido a la naturaleza.
-Por
mi parte -comentó Niels-, puedo estar muy de acuerdo con los positivistas
acerca de lo que pretenden, pero no acerca de lo que rechazan. Todo lo que intentan
hacer los positivistas es dotar a los procedimientos de que se vale la ciencia
moderna de una base filosófica, o si se prefiere, de una justificación.
Ponen de relieve que las antiguas filosofías carecían de una auténtica
precisión de conceptos científicos, y piensan que la mayor parte
de las cuestiones que plantean y tratan los filósofos convencionales
no tienen ningún sentido en absoluto, que no son más que pseudoproblemas,
y que, como tales, lo mejor es ignorarlos. Por supuesto, esta insistencia de
los positivistas en la claridad conceptual es algo que yo respaldo plenamente,
pero el hecho de considerar prohibida toda disquisición en tomo a temas
más amplios, sencillamente porque estos dominios carezcan de conceptos
lo suficientemente definidos, no me parece demasiado útil: esa misma
prohibición podría impedimos comprender la teoría cuántica.
-Los
positivistas -intenté puntualizar- son extraordinariamente puntillosos
en todas las cuestiones que tengan lo que ellos llaman carácter precientífico.
Recuerdo un libro de Philipp Frank sobre la causalidad, en el que rechaza toda
una serie de problemas y formulaciones, sobre la base de considerarlos a todos
ellos reliquias de la antigua metafísica, vestigios del periodo del pensamiento
precientífico o animista. Rechaza por ejemplo los conceptos biológicos
de «totalidad» y «entelequia» como ideas precientíficas,
e intenta demostrar que todas las afirmaciones en que se usan comúnmente
estos conceptos carecen de un significado verificable. «Metafísica»
es para él sinónimo de «libre pensamiento», y por
tanto fuente de abuso conceptual.
-Tampoco
a mí me parece útil esa forma de restringir el lenguaje -dijo
Niels-. Todos conocéis el poema de Schiller "Sentencias de Confucio",
que contiene aquella frase memorable: "Sólo una mente plena es clara,
y la verdad habita en las profundidades." En nuestro caso, una mente plena
no se compone sólo de una abundancia de experiencia, sino también
de una abundancia de conceptos con los que poder hablar de nuestros problemas
y de todos los fenómenos en general. Solamente empleando toda una diversidad
de conceptos para intentar describir las extrañas relaciones que tienen
lugar entre las leyes formales de la teoría cuántica y los fenómenos
observados, tratando de iluminar esa relación desde todos los ángulos
y sacar a la luz sus aparentes contradicciones, podemos esperar un cambio en
nuestros procesos mentales, lo que constituye una condición sine qua
non de toda auténtica comprensión de la teoría cuántica.
»Has
mencionado el libro de Philipp Frank sobre la causalidad. Philipp Frank fue
uno de los filósofos que asistió al congreso de Copenhague, y
dio una conferencia en la que usó el término "metafísica"
puramente como un insulto, o a lo sumo como un eufemismo para designar el pensamiento
precientífico. Cuando terminó, yo tuve que explicar mi propia
postura, lo que hice más o menos como sigue:
»Comencé
puntualizando que no veía razón alguna por la que hubiera que
reservar el prefijo "meta" para la lógica y para las matemáticas
(Frank había hablado de "metalógica" y de "metamatemática")
y anatematizar, en cambio, su aplicación a la física. Después
de todo, ese prefijo meramente sugiere que nos estamos planteando cuestiones
ulteriores, esto es, cuestiones que se refieren a los conceptos fundamentales
de una determinada disciplina, ¿y por qué habría de estar
prohibido plantearse tales cuestiones en el campo de la física?
Pero
tal vez debería empezar por el extremo opuesto: Partamos de la pregunta
"¿qué significa ser un experto?" Para mucha gente, un
experto es alguien que sabe mucho acerca de su tema específico. Pero
a esto yo objetaría que nadie puede saber mucho acerca de ningún
tema. Yo preferiría decididamente dar la siguiente definición:
un experto es alguien que conoce cuáles son los peores errores que pueden
cometerse en el tema de su especialidad, y que sabe cómo evitarlos. De
aquí que debiéramos considerar a Philipp Frank -dije- como un
experto en metafísica, alguien que sabe cómo evitar el caer en
algunas de las peores equivocaciones que pueden cometerse en este campo. No
estoy del todo seguro de que Frank se quedase muy contento de mi cumplido, aunque
en verdad yo no lo había dicho por fastidiarle. En todo este tipo de
discusiones, lo que a mí fundamentalmente me importa es que no eliminemos
simplemente de la existencia esas "profundidades en las que habita la verdad".
Ello significaría estamos moviendo sólo en la superficie.
Esa
misma tarde Wolfgang y yo seguimos hablando del tema los dos solos. Era la estación
en que las noches son largas. El aire estaba lleno de fragancias, la luz del
crepúsculo se prolongaba hasta casi la medianoche, y cuando el sol se
decidía a ocultarse tras el horizonte, la ciudad quedaba bañada
por una débil luz de tonos azulados. Decidimos dar un paseo a lo largo
de la Langelinie, un hermoso recorrido por el puerto, donde los mercantes descargaban
su mercancía a uno y otro lado. Por el lado sur, la Langelinie comienza
más o menos junto a la roca sobre la playa donde descansa la pequeña
sirena de Hans Christian Andersen; por el norte, continúa por el malecón
que se adentra en el recinto del puerto y señala la entrada a Frihavn
con una pequeña baliza. Tras contemplar durante un largo rato el ir y
venir de los barcos en la incierta luz del atardecer, Wolfgang me preguntó:
-¿Te
dejó del todo satisfecho lo que dijo Niels de los positivistas? Tengo
la impresión de que tú los criticas aún más fuertemente
que el propio Niels, o más bien, que tu criterio acerca de la verdad
difiere radicalmente del que ellos tienen.
-Consideraría
completamente absurdo (y Niels por su parte estaría de acuerdo) el tener
que cerrar mi mente a los problemas planteados y a las ideas expuestas por los
filósofos antiguos, simplemente por el hecho de que no puedan expresarse
en un lenguaje más preciso. Es verdad que frecuentemente me encuentro
con grandes dificultades para captar lo que tales ideas querían realmente
decir, pero cuando esto me sucede, siempre intento traducirlas a una terminología
moderna y ver si así me proporcionan alguna respuesta fresca. Pero no
tengo objeciones de principio que me impidan reexaminar cuestiones antiguas,
como tampoco siento objeción alguna contra el empleo del lenguaje de
cualquiera de las antiguas religiones. Ya sabemos que las religiones hablan
en imágenes y en parábolas, y que éstas nunca pueden corresponderse
plenamente con los significados que tratan de expresar. Pero pienso que todas
las viejas religiones, en un último análisis, intentan expresar
unos mismos contenidos, unas mismas relaciones, y que tanto éstas como
aquéllos, en su totalidad, giran en tomo a cuestiones relativas a valores.
Es posible que los positivistas tengan razón al pensar que hoy en día
resulta difícil asignar un significado a tales parábolas. Sin
embargo, no deberíamos escatimar ningún esfuerzo para tratar de
captar su sentido, pues con toda evidencia se refieren a un aspecto crucial
de la realidad; o tal vez deberíamos intentar verterlas en un lenguaje
moderno, si ya el antiguo no se presta a trasmitirnos su contenido.
-Si
ésa es tu forma de pensar en estas cuestiones, entonces es evidente que
no puedes aceptar la equivalencia entre verdad y capacidad de predicción.
Pero ¿cuál es entonces tu propio criterio de verdad en el campo
de la ciencia?
-Puede
que nos resulte más útil volver a la vieja comparación
entre la astronomía de Ptolomeo y la concepción de Newton sobre
el movimiento de los planetas. Si el único criterio de verdad fuera la
capacidad de predicción, la astronomía de Ptolomeo no sería
peor que la de Newton. Pero si comparamos retrospectivamente a Newton con Ptolomeo,
obtenemos claramente la impresión de que las ecuaciones de Newton expresan
los senderos que siguen los planetas con mucha mayor integridad y corrección
de lo que había hecho Ptolomeo, de que Newton, por así decir,
llegó a describir los planos de construcción de la misma naturaleza.
O también, tomando un ejemplo de la física moderna, cuando aprendemos
que los principios de conservación de la energía, la inercia,
etc., tienen un carácter absolutamente universal, que son aplicables
en todas las ramas de la física y provienen de la simetría inherente
a las leyes fundamentales, entonces nos sentimos tentados a afirmar que la simetría
constituye un elemento decisivo del plan según el cual la naturaleza
ha sido creada. Al decir esto, me doy perfecta cuenta de que, una vez más,
hemos tomado las palabras «plan» y «creada» de los dominios
de la experiencia humana, y que, a lo sumo, constituyen otras tantas metáforas.
Pero es del todo fácil comprender que el lenguaje cotidiano tiene aquí
que quedársenos necesariamente corto. Supongo que esto es todo cuanto
puedo decir de mi propia concepción sobre la verdad científica.
-Estoy
de acuerdo, pero los positivistas pueden acusarte de estar emitiendo solamente
ruidos oscuros y sin sentido, mientras que ellos por su parte son modelos de
claridad analítica. Pero ¿dónde debemos buscar la verdad,
en la claridad o en la oscuridad? Niels ha citado antes la frase de Schiller:
«La verdad habita en las profundidades.» ¿Existen esas profundidades?
¿Se encuentra en ellas alguna verdad? ¿Ocultan tal vez esas profundidades
el sentido de la vida y de la muerte?
Unos
cientos de metros más allá se deslizaba silenciosamente un barco
grande de pasajeros, y el brillo de sus luces producía una mágica
sensación de irrealidad en medio del azulado resplandor crepuscular.
Durante unos momentos me puse a cavilar sobre los destinos humanos que estaban
poniéndose en juego en cada uno de los camarotes que estaban detrás
de aquellas ventanitas iluminadas, y de pronto las preguntas de Wolfgang vinieron
a mezclarse con mis especulaciones. ¿Qué era en realidad este
barco? ¿Una masa de hierro con una fuente central de energía y
luz eléctrica? ¿Era expresión de unas intenciones humanas,
una forma que era resultado de una relación interhumana? ¿O era
una consecuencia de leyes biológicas capaces de dar forma no sólo
a moléculas proteínicas, sino también al acero y a la corriente
eléctrica? ¿O acaso la palabra «intención»
no era meramente más que un reflejo de la existencia de esos poderes
conformadores o de esas leyes biológicas en la conciencia humana? ¿Y
qué significaba en este contexto la palabra «meramente»?
Mi
silencioso soliloquio se centraba ahora en cuestiones de índole más
general: ¿Era completamente absurdo buscar tras las estructuras conformantes
de este mundo una «conciencia» cuyas «intenciones» ponían
de manifiesto esas mismas estructuras? Por supuesto, el mero hecho de plantear
esta pregunta suponía ya caer en el antropomorfismo, ya que después
de todo la palabra «conciencia» estaba basada únicamente
en la experiencia humana, por lo que su uso debería quedar restringido
a los dominios de lo humano. Pero en este caso sería también erróneo
hablar de conciencia animal, siendo así que nos sentimos muy inclinados
a pensar que obrar así tiene realmente sentido. Lo único es que
el significado de «conciencia» se amplía, a la vez que adquiere
un sentido más vago, cuando tratamos de aplicarla fuera de los dominios
de lo humano.
La
solución de los positivistas es muy simple: debemos dividir el mundo
en dos partes, aquello que podemos decir de él con toda claridad, y el
resto, con respecto a lo cual lo mejor que podemos hacer es no decir nada. ¿Pero
puede acaso nadie concebir una filosofía más inútil, cuando
vemos que lo que podemos afirmar con claridad es poco menos que nada? Si tuviésemos
que dejar de lado todo lo que no está claro, muy probablemente nos veríamos
reducidos a una serie de tautologías triviales desprovistas completamente
de interés.
Seguimos
caminando en silencio y pronto alcanzamos el extremo norte de la Langelinie,
desde donde continuamos siguiendo el malecón hasta donde estaba situada
la pequeña baliza. Hacia el norte aún podía verse una brillante
franja roja; en estas latitudes el sol no desciende demasiado por debajo del
horizonte. Los contornos de las instalaciones portuarias se destacaban con nitidez.
Cuando llevábamos un rato parados en el extremo del malecón, Wolfgang
inesperadamente me espetó:
-¿Crees
en un Dios personal? Ya, ya sé lo difícil que es darle un significado
claro a esta pregunta, pero seguramente puedes entender en general a qué
me refiero.
-¿Puedo
formular tu pregunta de otra manera? -le pregunté-. Yo preferiría
formularla así: ¿Podemos, o puede alguien, alcanzar la razón
central de las cosas o de los sucesos, de cuya existencia no parece haber duda,
de un modo tan directo como podemos alcanzar el alma de otro ser humano? Empleo
el término «alma» deliberadamente, para que se entienda lo
que quiero decir.
Así
planteada la pregunta, mi respuesta seria «sí». Y puesto
que mi propia experiencia no importa demasiado, me gustaría recordarte
el famoso texto de Pascal, aquel que llevaba cosido por dentro en su chaqueta:
«El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, y no el de los
filósofos y los sabios.»
-Con
otras palabras, ¿piensas que podemos hacernos conscientes del orden central
con la misma intensidad con que podemos captar el alma de otra persona?
-Posiblemente.
-¿Por
qué empleaste la palabra «alma», en vez de hablar sencillamente
de «otra persona»?
-Justamente
porque la palabra «alma» se refiere al orden central, al núcleo
interior de un ser cuyas manifestaciones externas pueden ser enormemente diversas
y sobrepasar nuestra comprensión.
-Si
la fuerza magnética que orienta en concreto a esta brújula (¿y
cuál otra puede ser su fuente sino el orden central de cuanto existe?)
llegara alguna vez a extinguirse, podrían sucederle a la humanidad cosas
terribles, mucho más terribles que los campos de concentración
o las bombas atómicas. Pero no estamos aquí para investigar esos
oscuros arcanos; esperemos que el reino central ilumine de nuevo nuestro camino,
tal vez de las formas más insospechadas. Por lo que respecta a la ciencia,
sin embargo, Niels hace muy bien en suscribir las exigencias de una meticulosa
atención al detalle y de claridad semántica que plantean los pragmatistas
y positivistas. Lo único que podemos objetar al positivismo son sus tabúes,
pues si hemos de dejar de hablar, e incluso de pensar, acerca de otro tipo de
conexiones más amplias que también están ahí, corremos
el riesgo de quedarnos sin brújula, y por tanto en peligro de perdernos.
A pesar de lo tardío
de la hora, una pequeña motora se acercó brevemente al malecón
y nos condujo de regreso a Kongens Nytorv, desde donde resultaba fácil
volver a casa de Niels.
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