Gardner
I.G:
Del libro "Orden
y Sorpresa"(1983), de Martin Gardner
El
"solipsismo cuántico" es una respuesta al hecho de que la mecánica
cuántica (MC) -una teoría matemática universalmente aceptada
que describe y predice las propiedades y la conducta de la materia- está
saturada de sorprendentes paradojas, las cuales
parecen indicar que el mundo externo no tiene una estructura bien definida hasta
que la mente lo observa. Fue la teoría cuántica la que estableció,
por ejemplo, la doble naturaleza de la luz, que puede ser descrita o bien como
una onda energética, o bien como una corriente de cuantos (diminutos
paquetes de energía). La MC reemplazó el estricto determinismo
causal de la física clásica por leyes estadísticas sobre
los sucesos en las que el azar es tan importante que Einstein se vio obligado
a protestar, alegando que él no creía que Dios jugase a los dados
con el Universo. Aunque las leyes de la MC han sido confirmadas con gran exactitud,
también manifiestan lo que el físico Heinz Pagels, en su maravilloso
nuevo libro "El código cósmico" llama «el enigma
cuántico», que surge del oscuro misterio de lo que sucede cuando
la función de onda de un sistema cuántico es «reducida»
o «derrumbada» por el acto de la medición.
En
la MC, la función de onda es una expresión matemática que
describe una partícula (un electrón o un fotón, por ejemplo)
o un sistema de partículas (una mo-lécula, o un árbol,
o un sistema solar) y cómo cambia en el tiempo. La función de
las probabilidades de que, cuando el sistema es medido, ciertas variables -como
la posición, la velocidad, el momento, la energía y el spin-
adquieran ciertos valores. Las probabilidades no son las mismas que, por ejemplo,
arrojar al aire un penique; es sólo nuestra ignorancia de las muchas
fuerzas que actúan sobre el penique lo que hace imposible predecir si
saldrá cara o cruz con más del 40 por 100 de exactitud. En el
caso de la partícula no hay fuerzas en o cerca de la partícula
ni «variables ocultas» que le hagan adquirir propiedades definidas
cuando es medida. Es como si la naturaleza no tomase ninguna decisión
sobre esas propiedades hasta el instante de la medición, y entonces la
decisión se toma por puro azar.

Desgraciadamente,
la MC también nos dice que tan pronto como una función de onda
es reducida a valores definidos por la medición, todo el sistema, que
ahora incluye el aparato de medición, adquiere
una nueva función de onda que sólo da probabilidades para las
propiedades que se hallarán si se mide todo el sistema. Esto conduce
directamente a un famoso experimento imaginario conocido como la "paradoja
del gato de Schrödinger" (por Erwin Schrödinger, uno de los grandes
arquitectos de la MC, quien la planteó por primera vez).
Imaginemos
un gato dentro de una caja opaca cerrada. La caja contiene una sustancia radiactiva
que tiene un 50 por 100 de probabilidades de emitir un electrón en un
intervalo de tiempo determinado. El electrón producirá un clic
en un contador Geiger, que a su vez disparará un mecanismo que matará
al gato. Puesto que todo el sistema tiene una función de onda que sólo
da probabilidades hasta que el sistema es observado, la MC parece decir que
al final del intervalo dado el gato no está vivo ni muerto hasta que
alguien mire en la caja. Esta observación, entonces, destruye la función
de onda, y en ese instante el gato adquiere la propiedad definida de estar vivo
o muerto. Antes de la observación, la vida y la muerte están de
algún modo, un modo que nadie comprende, mezcladas con igual probabilidad
en la ecuación de onda que describe el sistema gato-caja.
Supongamos
que la caja es abierta por un amigo de Wigner, quien ve si el gato está
vivo o muerto. La caja el gato y el amigo forman ahora un sistema cuántico
mayor con una función de onda más compleja en la que el estado
del gato y el estado de la mente del amigo son indefinidos hasta que son observados
por Wigner o algún otro. Los físicos llaman a esto "la paradoja
de amigo de Wigner". Conduce a un regreso infinito. Si Wigner observa a
un amigo que observa al gato, el sistema total de caja-gato-amigo-Wigner sigue
siendo indefinido (el gato aún no está vivo o muerto) hasta que
es observado por una tercera persona, y así sucesivamente. El regreso
a veces es llamado "la catástrofe de Neumann" porque parece
seguirse de una formalización clásica de la
MC por el gran matemático húngaro John von Neumann.
En
su colección de ensayos "Simetrías y reflexiones" (1967),
Wigner arguye que el regreso no es infinito. Termina tan pronto como una mente
consciente interrumpe la cadena de reducciones de funciones de onda. Sólo
una mente, reza su razonamiento, tiene la facultad de introspección que
permite saber que «yo estoy en tal o cual estado. Para ser aún
más laboriosamente preciso», añade Wigner, es «mi
propia conciencia, puesto que soy el único observador, y todas las otras
personas son el objeto de mis observaciones». Un amigo que observa al
gato sabrá si el animal está vivo o muerto, pero hasta que Wigner
observa a su amigo, el gato, para Wigner, aún se halla en un estado indefinido.
Wigner
confiesa que encuentra hasta la permanencia de cosas como árboles «profundamente
desconcertante». Puesto que un árbol es un sistema cuántico,
tampoco parece tener propiedades definidas hasta que su función de onda
es reducida por la observación. Ya que para Wigner su propia conciencia
es la realidad fundamental, los objetos que están «allí
fuera» son poco más que construcciones mentales útiles inferidas
de las regularidades de su experiencia. Y cita con aprobación una afirmación
de Schrödinger: «¿Sería [el mundo] de otro modo [sin
observadores conscientes], una obra representada ante asientos vacíos,
sin existir para nadie, y por ende sin existir propiamente?».
La
mayoría de los físicos no admiten este solipsismo colectivo. Creen
que hay reducciones finales de funciones de onda siempre que se produce un macrosuceso
que no puede ser invertido en el tiempo, como la muerte de un gato, el registro
en una película de la trayectoria de una partícula en una cámara
de burbujas, el sonido que registra el clic de un contador Geiger.
Aunque
Wigner raramente invoca a Berkeley, ni a ningún otro filósofo
que hubiese abordado problemas similares, sus ideas lo obligan a decir que un
árbol no tiene propiedades definidas, y por tanto sólo posee una
existencia vaga, hasta que una mente consciente lo percibe.
Wheeler,
en numerosos artículos, ha adoptado una posición similar, aunque
menos extrema. La MC, dice, en verdad no nos obliga a negar que en el plano
subatómico haya un mundo externo de naturaleza precisa, independiente
de las mentes. «Ningún fenómeno elemental es un fenómeno
mientras no sea un fenómeno observado.» En algún extraño
sentido, el Universo es lo que Wheeler llama un «universo participante».
No observamos algo allí fuera, detrás de
un grueso muro de cristal, dice Wheeler. Debemos hacer añicos el cristal
e influir en el estado de lo que vemos.
En
la grandiosa visión cosmológica de Wheeler, hay una infinidad
de universos oscilantes que nacen continuamente de grandes explosiones y con
el tiempo mueren en grandes momentos decisivos. Cada universo tiene su propio
conjunto de constantes físicas que surgen por azar de su bola de fuego.
Estas constantes deben ser finamente armonizadas para permitir la formación
de soles y planetas, y más cuidadosamente aún para permitir la
vida. Wheeler cree que, en verdad, la vida es tan improbable que quizá
seamos la única vida inteligente que hay en todo el Cosmos. Además,
a menos que un universo esté tan finamente armonizado como para permitir
la evolución de mentes conscientes, no puede ser observado y, por ende,
no es verdaderamente real en ningún sentido fuerte. Un fotón no
observado tiene un vago género de realidad, sí; mas para Wheeler
es una realidad de un «matiz más pálido y teórico»
que la realidad de un fotón observado.
La
última cita es del libro de Wheeler "Fronteras del tiempo"
(1978). En este libro y en otras partes, propone un nuevo y fantástico
experimento imaginario conocido como "la prueba de la elección postergada".
Es una variación del famoso experimento de una pantalla con dos ranuras.
Un fotón pasa por una ranura (como una partícula) si es medido
por un tipo de detector, o por dos ranuras (como una onda) si es medido por
otro detector, un experimento que demuestra la
doble naturaleza de la luz. Supongamos, dice Wheeler, que esperamos a que el
fotón haya pasado por la pantalla y luego decidimos rápidamente
cuál detector usar. ¿No determinará nuestra decisión
cuál de dos sucesos (el paso por una o por dos ranuras) tuvo lugar en
el pasado?
No
hay ninguna alteración del pasado, aclara Wheeler, sino una creación
del pasado. Nuestra elección del instrumento de medida determina si el
fotón ha penetrado en la pantalla como una partícula que pasa
por una ranura o como una onda que pasa por dos ranuras. Pero esto, dice Wheeler,
es un modo engañoso de plantearlo. ¡El fotón no tiene ningún
pasado preciso hasta que lo medimos! Quizá todo el Universo es como un
experimento de elección postergada. Comienza con la singularidad de la
Gran Explosión, luego crece y se hace más complejo hasta que finalmente
crea un ojo gigantesco (nuestra conciencia) mediante el cual se observa a sí
mismo, y de este modo «imparte una realidad tangible aun a los primeros
días del Universo».
En
los últimos años, Wheeler ha declarado su creencia de que la «observación»
en MC no necesita involucrar una mente. Puede hacerse con instrumentos, como
un contador Geiger, una cámara de burbujas, un grano de bromuro de plata,
la retina de un ojo, etc. Los registros dejados por tales mediciones son macroestructuras
tan inalterables por las mentes como las rocas y los árboles. Sólo
en el micronivel una estructura no observada tiene una realidad de un matiz
más pálido y mas teórico. Como Niels Bohr antes que él,
Wheeler no lleva su solipsismo hasta el punto wigneriano de sentirse desconcertado
por la persistencia de rocas y arboles. Sin embargo, en el plano cuántico,
que es subyacente a toda otra cosa, para Bohr y para Wheeler la realidad sigue
siendo algo sin forma hasta que entra en interacción con macroobjetos
que finalmente serán observados por mentes.
Ningún
físico niega que una partícula cuántica es una cosa fantasmal
para la que es imposible construir modelos coherentes usando el espacio-tiempo
de la física einsteiniana clásica. Hay un sentido en el que un
electrón no «existe» hasta que no es medido. Nadie sabe si
su función de onda está ligada a ondas tan reales como las ondas
de agua o de sonido, o si la función es tan ficticia como la función
de probabilidad que nos dice que un dado presentará cualquier cara con
igual probabilidad cuando se lo arroja, o si la función describe un tercer
tipo de cosa que todavía nadie comprende. Pero del carácter fantasmal
de un electrón no se sigue, al menos para la mayoría de los físicos,
que una piedra o un árbol sean igualmente fantasmales.
La
idea de Wheeler y Wigner según la cual de un universo sin observadores
conscientes no puede decirse que existe en un sentido fuerte, en su nivel fundamental,
sin duda plantea muchas dificultades. ¿Tiene un chimpancé suficiente
conciencia para dar plena realidad a un universo? Y si la tiene un chimpancé,
¿por que no un pájaro o un pez? Como señaló Einstein
en uno de los seminarios de Wheeler en Princeton, «es difícil creer
que tal descripción [la MC] sea completa. Parece dar al mundo
un carácter totalmente nebuloso a menos que alguien, como un ratón,
lo esté mirando».
Supongamos
que el mecanismo de la caja de Schrödinger no mata al gato sino que sólo
le corta una oreja. ¿Es la conciencia del gato bastante fuerte para cortar
la cadena de las reducciones de la función de onda o se necesita una
mente humana para hacer definido lo que le ocurrió al gato? ¿Debemos
decir que el Universo sólo era parcialmente real antes de que apareciera
la vida y que se está haciendo lentamente cada vez más real a
medida que la vida evoluciona hacia formas superiores de conciencia?
En
años recientes, como resultado de nuevos experimentos, se ha producido
un acentuado renacimiento del interés por otra famosa paradoja de la
MC. Se la conoce como "la paradoja de EPR", por las iniciales de Einstein
y dos jóvenes amigos suyos, Boris Podolsky y Nathan Rosen, quienes escribieron
en colaboración un artículo sobre ella en 1935. La paradoja de
EPR tiene muchas variantes. Una de las más simples involucra a dos fotones
que se alejan velozmente en direcciones opuestas cuando un electrón y
su equivalente de antimateria, un positrón, se aniquilan mutuamente.
Por mucho que se alejen -pueden estar a millones de años-luz- permanecen
«correlacionados», en el sentido de que algunas de sus propiedades
tienen valores opuestos. Por ejemplo, si se mide el spin del fotón A
y el resultado es 1, el spin del fotón B debe ser -1. Recuérdese
que una partícula no tiene un spin definido antes de ser medido. De acuerdo
con la MC, la función de onda del fotón establece que en el momento
de la medición la naturaleza decide darle un spin más o menos,
con igual probabilidad. Así, si medimos una corriente de fotones, obtenemos
una serie de spins más y menos que se hallan tan distribuidos al azar
como las series de caras y cruces obtenidas lanzando al aire una moneda.
Estamos ahora en una terrible situación. ¿Cómo
puede la medición del fotón A destruir la función de onda
de B (dándole un spin opuesto al de A), que puede hallarse a millones
de años-luz y no está conectado de ningún modo causal conocido
con su gemelo?
Muchos
físicos esperaban y creían que las dos partículas seguían
correlacionadas a causa de variables ocultas en el interior o cerca de ellas,
como la correlación entre dos discos en rotación que son arrojados
simultáneamente en direcciones opuestas, uno con cada mano. ¡Ay!,
experimentos que contradicen un hermoso pero sumamente complejo teorema descubierto
en 1965 por John Bell han descartado todas las variables ocultas como explicación
de la correlación de partículas.
El
teorema de Bell brindaba un modo de poner a prueba la paradoja de EPR en el
laboratorio, y desde 1965 muchas de tales pruebas han confirmado la paradoja.
Una de ellas era un nuevo y complicado experimento de un científico francés
del que se informó en el número del 30 de julio de Science.
Ya no se trata de un experimento imaginario. De algún modo una partícula
«sabe» instantáneamente (o casi instantáneamente)
el resultado de una medición de la otra partícula. Esto no viola
en modo alguno la regla de la relatividad de que la energía y las señales
no pueden ir más rápidamente que la luz. No se puede enviar un
mensaje codificado mediante fotones correlacionados, como no se puede enviar
un mensaje transmitiendo una sucesión de caras y cruces obtenidas lanzando
al aire una moneda. Si hubiese algún modo de obligar a un fotón
a adquirir un spin deseado cuando se lo mide, sería fácil usar
las correlaciones de fotones para enviar mensajes cifrados más rápido
que la luz. Pero la MC prohibe tal imposición porque destruiría
el carácter irreductiblemente fortuito que está en el corazón
de la teoría cuántica.
Sin
embargo, la paradoja de EPR sugiere que partes distantes del Universo están
conectadas de algún modo peculiar aún no conocido, modo que permite
a la información cuántica desplazarse a mayor velocidad que la
de la luz. La explicación más extraña propuesta hasta ahora
la dio Costa de Beauregard, un respetado físico francés que comparte
con Brian Josephson (el ganador irlandés del Premio Nobel que abandonó
la física hace muchos años para investigar la Meditación
Trascendental y los fenómenos paranormales) la creencia de que la MC
es la clave de los presuntos fenómenos de la parapsicología. La
información cuántica, dice Beauregard, viaja hacia atrás
en el tiempo desde el fotón A, cuando es medido, al instante en que las
dos partículas fueron creadas. Luego avanza en el tiempo hasta el fotón
B, ¡y llega a él en el preciso momento en que abandona a A!
La
paradoja de EPR perturbó profundamente a Einstein. Que la medición
de una partícula pudiese destruir la función de onda de otra partícula
situada a muchos kilómetros de distancia le parecía tan absurdo
como la muerte de una persona en París cuando un brujo de Haití
apuñala una muñeca. Y había otros aspectos de la MC que
lo perturbaban. Como discípulo de Spinoza, quien creía que todo
suceso de la naturaleza está completamente determinado por causas anteriores,
Einstein no podía tolerar el azar absoluto en el corazón de la
MC. Pero sobre todo objetaba a la MC que pareciese implicar en su nivel fundamental
que el Universo no tiene una estructura independiente de las mentes humanas.
Durante
las últimas décadas de la vida de Einstein, sus recelos hacia
la MC lo aislaron de sus colegas, quienes hablaban con tristeza de su «líder
perdido». Hoy, cuando la paradoja de EPR está siendo espectacularmente
confirmada en el mundo, algunos físicos están empezando a preocuparse
por ella tanto como Einstein. ¿Es posible que las intuiciones del viejo
maestro no fuesen tan descabelladas, después
de todo? En todo caso, muchos jóvenes físicos están trabajando
ahora en ingeniosas teorías destinadas a reemplazar a la MC por una teoría
más profunda en la que la MC se convierta en un caso límite, un
poco como la teoría de la gravitación de Newton se convirtió
en un caso límite de la relatividad general. Las leyes de Newton son
adecuadas para las velocidades y masas ordinarias de la Tierra. Pero no son
suficientemente exactas para explicar fenómenos donde intervienen estrellas
masivas y velocidades cercanas a la velocidad de la luz.
En
varios artículos recientes Wheeler ha comparado el problema de la medición
en la MC con un juego de Veinte Preguntas que antaño jugaba con un grupo
de divertidos amigos. Sin saberlo Wheeler, habían convenido no tener
ninguna palabra en la mente cuando él empezase a preguntar. Respondían
sí o no al azar, pero con la condición de que cada uno tuviese
al menos una palabra en la mente que se adecuase a todas las preguntas anteriores.
Luego Wheeler y el grupo llegaron a aislar la palabra «nube». El
quid es que, en los términos del juego, la palabra no existía
hasta que era creada por la interacción de Wheeler con sus amigos.
Me
parece que la analogía sólo se aplica a propiedades de partículas,
no a la realidad que está detrás de esas propiedades. En verdad,
una partícula puede no tener ninguna posición o momento precisos
hasta que es medida. Hasta puede no tener un camino exacto en el pasado. Pero
a menos que se sea un solipsista extremo, uno debe creer en algún tipo
de realidad estructurada que da soporte a las propiedades y que sea tan independiente
de la mente como los árboles que nadie observa.
Consideremos
un arco iris. Es tan dependiente de un observador como un electrón. No
hay nada «allí fuera» que merezca ser llamado el arco iris.
Cada persona ve un arco diferente, un arco que no tiene ninguna posición
en el espacio hasta que es observado. En cierto sentido, el arco no tiene ninguna
realidad aparte de su observación. Por otro lado, el arco es independiente
de la mente, en el sentido de que puede ser fotografiado. Es una forma que reposa
firmemente en una estructura de relaciones entre gotas de lluvia que caen, luz
del sol y un ojo o la lente de una cámara fotográfica. Aun el
verde de una hoja depende de un conjunto de relaciones entre la hoja, la luz
y un observador. Esto en modo alguno justifica un solipsismo que afirme la irrealidad
de la hoja hasta que sea observada, o que las ondas y partículas cuánticas
no tienen realidad alguna mientras no son observadas.
He
aquí cómo consideraba Einstein, en un ensayo sobre «Física
y Realidad», el modo en que los científicos elegían sus
palabras cuando jugaban al juego de las preguntas con la naturaleza: «Pero
la libertad de elección es de un tipo especial; no es en modo alguno
similar a la libertad de un escritor de ficción. En cambio, es semejante
a la de un hombre empeñado en resolver un crucigrama bien elaborado.
Puede, es verdad, proponer como solución cualquier palabra; pero sólo
una palabra que realmente resuelve el acertijo en todas sus formas. Es un acto
de fe el que la naturaleza -tal como es perceptible por nuestros cinco sentidos-
adopte el carácter de un crucigrama tan bien formulado. Los éxitos
alcanzados hasta ahora por la ciencia, en verdad, dan cierto estímulo
a esa fe».
Ningún
físico duda de que en los microniveles abundan los enigmas cuánticos.
Ello surge del hecho de que las ondas de la MC son ficciones matemáticas,
ondas abstractas de probabilidad en espacios multidimensionales construidos
exclusivamente para describir sistemas cuánticos. Qué tipo de
realidad está detrás de esas ondas y cómo está estructurada,
nadie lo sabe. Pero la mayoría de los físicos están de
acuerdo con Pagels en que sólo el micromundo es misterioso. «Una
vez que la información sobre el mundo cuántico es irreversible
en el mundo macroscópico -escribe-, podemos a buen seguro atribuirle
una significación objetiva: no puede volver sigilosamente al país
de fantasía del cuanto.»
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Una
de las grandes sorpresas del juicio sobre creacionismo y ciencia de Arkansas,
en diciembre de 1981, fue la aparición, como testigo clave contra la
evolución darwiniana, de Chandra Wickramasinghe, un distinguido astrofísico
del University College de Cardiff, Gales. Más sorprendente aún
fue su revelación de que él y su más eminente colaborador,
el astrónomo británico Sir Fred Hoyle, ambos ex incrédulos
en lo concerniente a un dios creador de la vida, están ahora convencidos
de que tal dios existe. Y no sólo eso, sino que la existencia de un creador
se puede demostrar mediante la matemática, con una probabilidad mayor
que 10exp40000 (1 seguido de 40.000 ceros) a 1.
Hoyle
y Wickramasinghe han escrito un pintoresco libro sobre todo esto: "Evolution
from Space" [Evolución desde el Espacio] (Simón and Schuster,
1982). En una conferencia dada en la Royal Institution en Londres, Hoyle hizo
una sorprendente exposición de su revolucionaria nueva teoría.
Ya promete despertar más antagonismo que la cosmología -ahora
abandonada- del estado estable de Hoyle, un modelo del Universo que defendió
vigorosamente hasta que las pruebas a favor de una Gran Explosión se
hicieron abrumadoras.
Hoyle
y su amigo no niegan que la mayor parte de la vida sobre la Tierra, incluidos
los seres humanos, evolucionó a partir de formas simples que aparecieron
por primera vez en el planeta hace varios miles de millones de años.
Lo que sostienen es que las leyes naturales no pueden explicar el origen de
la vida y que la selección natural darviniana no puede explicar su desarrollo.
Su
argumentación es una forma matemáticamente compleja de la antigua
prueba de la existencia de Dios por el designio. Poned todas las partes de un
reloj en un barril, reza una versión conocida, y podéis sacudir
el barril hasta el día del juicio sin producir un reloj. La analogía
favorita de Hoyle utiliza el cubo de Rubik: dad un cubo desordenado a una persona
con los ojos vendados, dejad que haga una movida al azar en cada segundo, y
necesitará cien veces más tiempo que la edad de la Tierra para
ordenar el cubo. La vida depende de largas cadenas de aminoácidos, y
cada eslabón es seleccionado entre veinte aminoácidos. Los cálculos
demuestran, informó Hoyle, que las probabilidades de formar una cadena
típica combinando aminoácidos al azar son casi las mismas que
las de ordenar el cubo de Rubik por giros al azar.
La
teoría evolucionista clásica dice: dadas las dimensiones de los
mares primitivos de la Tierra y millones de años para que las moléculas
den vueltas por esta «sopa orgánica», las cadenas de aminoácidos
podrían formarse por puro azar solamente. De ningún modo, dice
Hoyle. Aunque usted suponga que todo el espacio es una sopa orgánica,
el Universo es aún demasiado joven para hacer probable que las necesarias
cadenas de aminoácidos pudiesen haberse formado mediante una mezcla ciega.
Además, las mutaciones al azar no pueden explicar en modo alguno la rapidez
con que surgieron nuevas especies después de comenzar la vida sobre la
Tierra.
Entonces,
¿cómo puede explicarse la vida? Debemos suponer, declara Hoyle,
que una inteligencia dentro del Universo está dirigiendo la constante
creación de microorganismos en el gas interestelar. Estos organismos
andan por la galaxia en ondas de luz. Hace unos miles de millones de años
algunos de ellos fueron llevados a la Tierra por cometas, según una teoría
propuesta por Hoyle y Wickramasinghe en su libro anterior: "Nube vital",
y más recientemente defendida, en una forma un poco diferente, por Francis
Crick en "La vida misma".
Pero
esto es sólo la mitad de la historia. Para dirigir el curso de la evolución,
la inteligencia ha estado durante miles de millones de años derramando
microorganismos (quizás hasta insectos) sobre la Tierra, donde interaccionan
con formas de vida para promover las grandes mutaciones necesarias para explicar
los que parecen saltos repentinos en los registros fósiles. Las pequeñas
mutaciones con errores de copia del ADN no hacen más que refinar una
especie. El último gran salto, de los animales a los seres humanos, es
tan enorme que Hoyle no puede concebirlo como el resultado de errores de copia
de ADN. Dice que no hay modo alguno de que la lucha darviniana por la supervivencia
pueda explicar «el surgimiento de un Mozart, un Shakespeare o un Karl
Friedrich Gauss».
A
veces los virus del espacio exterior causan epidemias de gripe y otras enfermedades
temibles, audaz hipótesis propuesta por Hoyle y Wickramasinghe en "Viajes
del espacio" y en un libro anterior. Enfermedades del espacio. ¿Por
qué una deidad permitiría el sufrimiento? O bien Dios quiere que
suframos y por ende no es bueno, o Dios es incapaz de impedir el dolor y, por
consiguiente, no es todopoderoso. Hoyle contesta estos argumentos, los más
antiguos a favor del ateísmo, con una idea que se remonta a David Hume:
en verdad, Dios es bueno, pero no es omnipotente. «El creador de la vida
carbonosa -decía Hoyle- fue motivado por una dura necesidad, a partir
de la cual la presente situación bien puede ser tan óptima como
se podía lograr.»
Pero
si una inteligencia interior a nuestro Universo dirigió todo esto, ¿mediante
qué proceso surgió esta inteligencia? ¿Surgió de
las acciones de alguna inteligencia ahora extinguida en un ciclo del Universo
que precedió a la Gran Explosión, o de la acción de una
inteligencia superior exterior al Universo? ¿Hay una jerarquía
infinita de inteligencias? Hoyle no tiene respuestas para estas cuestiones trascendentales.
¿Qué
puede decir un escéptico de esta última bomba del mayor disidente
entre los astrónomos vivientes? Sobre las lagunas aparentes en el registro
fósil, Stephen Jay Gould y otros «puntuacionistas» (ninguno
de los cuales es mencionado por Sir Fred) están proporcionando hipótesis
plausibles. En cuanto al viejo argumento de que el ciego azar no puede explicar
el origen de la vida, ¿quién imaginó alguna vez, como Isaac
Asimov preguntó hace muchos años, que las moléculas se
combinan por ciego azar? Volcad mil caramelos sobre una alfombra, y la probabilidad
de que adopten bellas formas hexagonales es, en verdad, cercana a cero. Pero
cuando cae nieve, se constituyen innumerables cantidades de estas
formas. Cuando eran agitadas por una energía externa, decía Asimov,
las moléculas orgánicas en la sopa primigenia de la Tierra podían
formar los ladrillos necesarios para la vida mediante la acción del «ciego
azar». Sería un azar guiado por leyes naturales, leyes sobre las
cuales se sabe tan poco todavía que nadie puede siquiera empezar a calcular
sus probabilidades. Ni siquiera Hoyle.
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«¡Un
triste espectáculo! », exclamó Thomas Carlyle al contemplar
la posibilidad de que millones de planetas giraran alrededor de otros soles.
«Si están habitados, ¡qué campo de acción para
el dolor y la locura!; y si no lo están, ¡qué pérdida
de espacio!» Ahora se sabe mucho más sobre el Universo que
en tiempos de Carlyle pero la cuestión de si ETI (un nuevo acrónimo
de moda para designar la Inteligencia Extraterrestre [Extraterrestrial Inteligence,
en inglés]) existe se halla tan poco resuelta como siempre. Sin embargo,
un hecho increíble y nuevo ha entrado en el cuadro. Por primera vez en
la historia, disponemos de la tecnología para responder, quizá,
a la pregunta.
Esta
mera posibilidad tiene implicaciones tan enormes que una nueva ciencia llamada
la «exobiología» ya existe aunque todavía no exista
su objeto de estudio. Sabemos que nuestra galaxia, la Vía Láctea,
contiene más de 200 mil millones de soles, y que hay miles de millones
de otras galaxias. ¿Hay otros planetas? Hace cincuenta años, las
dos teorías más populares sobre el origen del Sistema Solar hacían
ambas tan improbables tales sistemas planetarios que los astrónomos de
alto rango consideraban el nuestro como el único de la galaxia. Después
de encontrarse fallos en esas teorías, los astrónomos volvieron
a un modelo propuesto por Immanuel Kant (y más tarde por Laplace) en
el que los sistemas solares son tan probables que la mayoría de las estrellas
de la Vía Láctea deben tenerlos. Las oscilaciones de algunos soles
cercanos parecen indicar que había grandes planetas cerca de ellos, pero
nadie lo sabe con certeza.
Si
los sistemas solares abundan, nuestra galaxia podría contener miles de
millones de planetas suficientemente similares a la Tierra para contener vida
basada en el carbono. Los biólogos tienen sólidas razones para
limitar la vida a los compuestos del carbono (el silicio y el boro son los mejores
candidatos siguientes), pero nadie tiene la menor idea de cómo un planeta
semejante a la Tierra puede dar origen a la vida basada en el carbono. Nuestros
dos vecinos más cercanos, Venus y Marte, probablemente se formaron al
mismo tiempo que la Tierra, pero sus atmósferas son muy diferentes entre
sí y de la nuestra. Aunque un planeta pase por una historia exactamente
igual a la de nuestra Tierra, nadie conoce la probabilidad de que en su superficie
pueda surgir la vida. Y si surge, nadie conoce la probabilidad de que pueda
evolucionar hasta algo tan inteligente como un pez.
(...)
El
último libro de Nigel Calder, "Naves espaciales de la Mente"
(Viking, 1978), está escrito desde un punto de vista que es casi el opuesto
al de Carl Sagan. No es que sea un entusiasta de explorar el Sistema Solar,
desembarcar astronautas en Marte y fundar colonias en el espacio. Es sólo
que Sagan ha concentrado su atención en SETI (Search of ETI), CETI (Communication
with ETI) y ETI, en el supuesto de que las ETIS están realmente allí
fuera. Puede sorprender al lector que haya un cuerpo creciente de respetables
opiniones científicas para las que las ETIS pueden no estar allí
en absoluto. Para empezar, algunos astrónomos, descontentos con los modelos
aceptados sobre la historia del Sistema Solar, están considerando nuevos
modelos en los cuales los planetas, nuevamente, son excepcionales. En segundo
lugar, la mayoría de los biólogos están convencidos de
que la vida es imposible sin proteínas, y esto implica una gama muy estrecha
de condiciones que deben darse en un planeta para que la vida pueda siquiera
empezar. Finalmente, si la vida se inicia, consideran su evolución en
la Tierra como una sucesión de sucesos tan improbables que es grande
la probabilidad contra el surgimiento de la inteligencia.
El físico
John Wheeler ha llevado esta opinión hasta las últimas consecuencias.
En su visión cósmica, un número infinito de grandes explosiones
se están produciendo constantemente en el «superespacio»,
y en cada explosión factores de azar producen diferentes constantes
físicas. Como resultado de esto, cada universo tiene su peculiar conjunto
de partículas y leyes matemáticas coherentes. En la mayoría
de estos universos no es posible la formación de soles, y menos aún
la de planetas. El universo tiene que estar «finamente armonizado»
para permitir la existencia de planetas, y más aún para permitir
la vida. Para Wheeler, surgen miles de millones de universos sin vida. Puesto
que no contienen seres que los «observen», en un sentido berkeleyano
-que Wheeler, Eugene Wigner y unos pocos físicos más creen fundado
en la mecánica cuántica- ni siquiera existen. (En la medida
de mi conocimiento, Wheeler y Wigner nunca han seguido al obispo Berkeley
en la restauración de la existencia de objetos inobservados permitiendo
que Dios los observe.) Cuando los factores de azar forman un universo
que la permite, la vida apenas aparece en un planeta. «Son abrumadoras
las probabilidades -escribió Wheeler en 1973- de que la Tierra sea
el único asiento de la vida en el Universo.»
Los cosmólogos
han acuñado una nueva expresión llamada el «principio
entrópico». Como lo explica el físico P. C. W. Davies
en «El Universo Hecho a Medida» (The Sciences, mayo de 1978),
la esencia del principio es que «observamos el mundo que observamos
porque estamos aquí. Esto no pretende implicar que nuestra existencia
causa el surgimiento de las características observadas, sino sólo
que depende decisivamente de que hayan surgido». El aspecto más
sorprendente del principio es que permite contestar a ciertos interrogantes
sobre cosmología y microfísica considerando la naturaleza de
la vida. En vez de preguntar qué tipo de vida puede evolucionar en
un universo, invertimos la cuestión y preguntamos qué leyes
de un universo nos permiten existir. ¿Por qué nuestras leyes
son como son? ¡Porque si fuesen diferentes no estaríamos aquí
para descubrirlas!
Nigel
Calder, el principal divulgador científico de Inglaterra, revela en "Naves
espaciales de la mente" que se adhiere a esta nueva concepción
y, por lo tanto, se inclina a pensar que somos los únicos ETIS de la
galaxia. Como admite Calder, es una opinión minoritaria, pero probablemente
se fortalezca si resulta que Marte está totalmente desprovisto de vida
y si no se detectan mensajes de radio de las estrellas en las próximas
décadas. Es divertido que el péndulo parezca volver a un punto
de vista que era el dominante en el pensamiento occidental durante siglos, antes
de que Bruno fuese quemado por (entre otras cosas) ¡sostener que el Cosmos
abunda en mundos habitados! "Naves espaciales de la mente",
basado en una serie de televisión que Calder presentó en la BBC,
trata principalmente del gran salto de la humanidad al espacio no habitado.
El libro examina lo que Calder llama las «Grandes Ideas» sobre este
salto, las audaces extrapolaciones. ¿Construiremos pronto «máquinas
de Santa Claus», fábricas automáticas del espacio que lleven
materiales de la Luna, los planetas o los asteroides y los procesen para elaborar
sustancias necesarias para una colonia espacial? ¿Construiremos en alguna
fecha futura «esferas de Dyson» (propuestas por el físico
Freeman Dyson), ciudades espaciales que se acumulen en un masivo caparazón
alrededor de una estrella para aprovechar al máximo la energía
de ésta? ¿Colonizaremos grandes asteroides, exploraremos las lunas
de Saturno, iremos al encuentro de los cometas? ¿Obtendrán las
naves espaciales un empuje económico mediante motores de iones que emitan
átomos electrizados? ¿Desplegarán enormes velas de laminillas
metálicas para captar la débil presión de la luz solar
y viajar por el Sistema Solar?
(...)
"En
el centro de las inmensidades" (Harper & Row, 1978), de Sir Bernard
Lovell, el eminente radioastrónomo británico, es el libro más
erudito de los tres. Es esencialmente una historia de la cosmología,
escrita con sabiduría y gracia, con un sólido conocimiento de
la historia de la ciencia y la filosofía, y desde la perspectiva de la
preparación de hoy para el Gran Salto de mañana.
También
Lovell se adhiere al principio entrópico. Nuestra presencia en la Tierra,
cree, es el resultado de sucesos que tienen probabilidad cercana a cero. «Parece
que las probabilidades de la existencia del hombre sobre la Tierra en la actualidad,
o de vida inteligente en cualquier parte del Universo, son pequeñísimas.»
Hasta el ritmo de expansión del Cosmos tiene que ser exactamente el que
es para permitir la vida.
Si
el ritmo hubiese sido menor en una cantidad casi insignificante en el primer
segundo [después de la explosión primitiva], el Universo se habría
desplomado mucho antes de que hubiese podido producirse la evolución
biológica. Y a la inversa, si el ritmo hubiese sido marginalmente mayor,
la expansión habría alcanzado tales magnitudes que ningún
sistema ligado a la gravitación (esto es, galaxias y estrellas) podría
haberse formado.
"No
estamos solos" es el título de un libro sobre ETI del autor científico
Walter Sullivan. Estamos solos, dicen Wheeler, Lovell y Calder. El mensaje del
Voyager elaborado por Sagan sólo será oído por nosotros.
¿Quién tiene razón? ¿Es triste y desolador el resurgimiento
de esta antigua idea o debemos recibirlo con júbilo? Yo no lo sé.
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