Noemi
XII.Q._
"En torno al
fin del mundo". Reflexión sistemática. - Juan Noemi C.
Son
muchos los problemas que se han mencionado a lo largo de este seminario "En
torno al fin del mundo". Son todavía más las preguntas que
han quedado planteadas. Por eso, una "reflexión sistemática"
conclusiva como la que se me ha pedido, comporta aventurarse en una tarea más
que atrevida. La asumo no con la pretensión de cerrar una discusión
sino de profundizar en lo que Heidegger considera la piedad del pensar, a saber,
el preguntar. Mi intención no es responder a cada una de las preguntas
que han surgido, sino tratar de asumirlas en una pregunta todavía más
fundamental para pensar esa realidad tan concreta como inasible que llamamos
tiempo desde nuestra fe en Jesús, quien no solo anuncia una plenificación
(Mc. 1, 15), sino que conforma e instaura el pleroma o plenitud del tiempo (Gal
4, 4; Ef 1, 10).
Ya
en las primeras sesiones de nuestro seminario se evidenció que al hablar
de fin lo hacíamos con un significado elemental triple: en cuanto plenitud,
como finalidad o sentido y en cuanto acabamiento o término cronológico.
En este triple significado de la misma palabra fin es posible consignar algo
más que imprecisión del lenguaje o falencia idiomática.
Puede descubrirse en este hecho un requerimiento latente a la unidad y coincidencia
entre lo que sea plenitud, finalidad y acabamiento de alguien o algo. Ahora
bien, a mi parecer, este requerimiento o intuición subyacente a nuestra
manera de expresarnos es, al menos teológicamente, consistente si se
valida la siguiente hipótesis: el fin del mundo que cabe afirmar a partir
de la fe en Jesús resucitado es plenitud objetiva del mundo que no se
da arbitrariamente sino en correlación con la finalidad y sentido al
que apunta el mundo en cuanto creación de Dios; la consecución
de dicha plenitud y finalidad resulta impensable sin un término o acabamiento
temporal de la realidad mundana.
Para
fundamentar la hipótesis anterior parto por el último punto, porque,
aunque dependendiente de los anteriores, surgió en nuestro seminario
como una prima quaestio disputata.
LA
RELEVANCIA TEOLÓGICA DEL TÉRMINO DE LA HISTORIA
En
la discusión que suscitaron las ponencias bíblicas con que se
inició este seminario se plantearon -como relacionados entre sí-
dos problemas. Uno referente al significado teológico de afirmar un término
de la historia humana en cuanto tal y otro sobre el nexo entre dicho término
con la muerte de cada persona humana.
A
mi parecer son asuntos de distinto calibre teológico el de un término
del mundo humano y de su historia y el de si este sea o no distinto de la muerte
individual de sus miembros. La primera compromete el corazón de la escatología
cristiana. La segunda es una cuestión periférica que, consecuentemente,
ocupa un lugar distinto en el "orden o jerarquía de las verdades
de la doctrina católica" (U.R.11). Pienso que no se requiere el
constructo imaginativo, de cuestionada consistencia dogmática, de un
estado intermedio de almas separadas para salvaguardar la realidad de un "último
día" del mundo y de su historia. Sin embargo, opino que tampoco
se requiere reducir la dimensión futura universal y cósmica del
fin que esperamos en la fe al horizonte inmediato de la muerte de cada individuo
humano. En ambos casos, lo que parece estar en cuestión es una distinta
temporalidad, difícilmente representable imaginativamente pero pensable,
que atañe a los vivos y los muertos. No porque el fin cósmico
y universal de la historia de la humanidad deje de ser futuro para los muertos,
se requiere que los vivos, en aras de la futuridad que tal fin mantiene para
nosotros, le neguemos su carácter universal y cósmico. La privatización
y desmundanización no son el modo adecuado de salvaguardar la futuridad
que la resurrección tiene para los que estamos vivos. Aunque la aporía
imaginativa que implica afirmar simultáneamente una plenitud ya dada
para unos -los difuntos- y por darse o futura para nosotros -los vivos- constituye
un escollo no resuelto por la escatología que rechaza un estado intermedio,
es posible pensar en una diversa experiencia de temporalidad para el hombre
vivo y el ya muerto como una solución hipotética.
En
todo caso, y al margen del nexo que se quiera establecer entre término
del mundo humano y de la historia y la muerte de cada individuo, me parece que
sin un acabamiento cronológico del mundo humano y su historia, queda
comprometida la esperanza cristiana en que la finalidad, conque el Creador dotó
al mundo, alcanzará su plenitud objetiva como don del Plenificador. Sin
un "último día" queda comprometido el mismo designio
creacional, salvífico y plenificador de Dios que revela Jesucristo.
Para
entender bien el aserto anterior es preciso, en primer lugar, no confundir ni
identificar, sin más, acabamiento temporal con la descripción
que del mismo ha hecho la literatura apocalíptica. Al respecto, me parece
que el planteo de la primera tesis de K. Rahner, que explicita los "principios
teológicos de la hermenéutica de las afirmaciones escatológicas"
como requerimiento a desmitologizar pero sin desescatologizar, mantiene plena
vigencia. A diferencia de Bultmann que en History and Eschatology
había hecho una propuesta de desmitologización de la escatología
cristiana reduciéndola al presente existencial del individuo creyente,
Rahner parte diciendo que: "en la comprensión cristiana de la fe
y en su enunciación tiene que existir una escatología que se refiera
verdaderamente a lo futuro (das Zukünftige),
a lo temporalmente todavía no realizado, en un sentido totalmente usual
y empírico".
El
imperativo de no sacrificar la objetividad de un fin del mundo como acabamiento
temporal de la historia humana no se debería malinterpretar como apego
ingenuo a un presupuesto injustificable de añejas y entusiáticas
representaciones apocalípticas. Tampoco podría considerársele
como atentatorio y en contradicción con las hipótesis que la física
actual plantea sobre el futuro de nuestro planeta. Por el contrario, sin caer
en concordismos fáciles o apresurados con una determinada hipótesis
científica sino, más bien, acogiendo el llamado que en este mismo
seminario nos hiciera F. Claro de escuchar a los físicos, el planteo
global de la física contemporánea parecería dar por sentado
que las actuales condiciones que hacen posible la vida del hombre están
destinadas a desaparecer en un determinado -aunque remoto- momento futuro. De
allí que contar con un acabamiento del mundo y la historia del hombre
en el universo no parece ser un postulado teológico fantasmagórico;
fantasiosa más bien podría ser la alternativa planteada de que
el hombre pueda adelantarse al colapso del sistema solar y emigrar a algún
planeta o galaxia para sobrevivir en otro espacio cósmico.
Wolfhart
Pannenberg es, a mi parecer, quien con mayor consecuencia ha planteado en esta
década el imperativo que se le impone al teólogo cristiano de
no disociar fin del mundo en cuanto plenitud y como término cronológico
del mismo. A su juicio, "ambos aspectos en el concepto del eschaton
no constituyen una alternativa sino que se requieren": "ciertamente
es pensable un término sin plenitud pero no lo es una plenitud que no
fuese término". Está dispuesto a reconocer con Kant que pensar
en un fin de este tiempo es una "representación que choca con nuestra
capacidad imaginativa" (eine die Einbildungskraft empörende
Vorstellung). Sin embargo, reafirma que: "La existencia del hombre
en cuanto ser histórico solo tiene una finalidad (Zweck)
y una meta (Ziel) cuando la plenitud (Vollendung)
de su historia en cuanto tal sea el término (Ende) de la
historia. Si la idea de plenitud (Vollendung) solo pende sobre
la historia sin hundirse en ésta como acontecimiento terminalizante (beendendes
Ereignis), entonces, no cabe hablar de una plenitud (Vollendung)
para la existencia histórica del hombre y de la humanidad". Para
Pannenberg no cabe una parcialización y resolución del fin de
la historia en el horizonte de la muerte de cada individuo. Ello contradice
"la lógica interna de la historicidad de nuestra conciencia de sentido".
Piensa más bien que "la aceptación de un término (Ende)
de la historia se establece como condición trascendental (condición
de posibilidad) de la experiencia de historicidad". A juicio de Pannenberg,
cuando se disocia la experiencia de historicidad (Geschichtichkeit)
que hace el individuo de la historia universal (Geschichte), como
lo hace Bultmann, se está poniendo en cuestión que el Creador
sea realmente el sujeto de la historia.
La
necesidad de hacerse cargo real y concretamente de la pregunta sobre el acabamiento
de la historia de nuestro mundo, ha surgido positivamente a lo largo de este
seminario cuando hemos sido confrontados con la tradición milenarista.
De la representación objetivada y concreta de un milenio intrahistórico,
como el postulado -aunque con diversas acentuaciones- por Ireneo de Lyon y Manuel
Lacunza, rescato la opción de un realismo cristiano que se resiste a
volatilizar la fe en el mundo como creación de Dios, la promesa en su
plenificación futura, y el significado universalmente-concreto del mismo
credo cristológico. Las dos primeras dimensiones, es decir, la creacional
y escatológica emergían nítidamente en la reseña
hecha sobre el planteo de Lacunza. A ellas nos referimos a continuación.
DEL
MILENARISMO AL REALISMO CREYENTE

F.
Parra anota "que la tesis central del sistema lacunzista es que ha de haber
un espacio de tiempo entre la venida del Señor y la Resurrección
y Juicio universal, condición necesaria para el establecimiento del Reino
de Cristo en la historia". Ahora bien, a mi parecer, la idea que sostiene
el planteo de Lacunza es mucho más consistente que su representación
objetivada como un determinado espacio-tiempo intermedio entre este mundo y
la plenitud que espera un cristiano. Como se señala en la misma exposición
de Parra, la cuestión fundamental es la exclusión de un "fin
de mundo" como aniquilación del mismo. Por eso Lacunza prefiere
hablar de "fin de siglo" y no de "fin de mundo" para referirse
"al término del día actual de la humanidad, del actual tiempo
histórico o siglo presente". La misma idea y el mismo afán
de excluir una aniquilación que establezca una discontinuidad absoluta
entre historia y eschaton futuro vuelve a reiterarse cuando en
el esquema representivo de Lacunza se trata del paso del "reino mesiánico
de Cristo" a "la eternidad". Nuevamente aquí se excluye
una aniquilación y se postula, eso sí, "un cambio notable,
una transformación de mal en bien, o de bien en mejor", según
anota Parra.
Sin
entrar a discutir la pertinencia y solidez de los argumentos exegéticos
utilizados, la idea fundamental defendida por Lacunza es congruente con lo que
sobre "la tierra nueva y el cielo nuevo" nos enseña el Concilio
Vaticano II: "La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero
Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde
habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos
los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida
la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado
bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá
de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán
libres de la servidumbre de la vanidad todas las creaturas que Dios creó
pensando en el hombre" (Gaudium et Spes 39). Debe notarse
cómo en este texto conciliar se especifica que lo que "pasa"
o "acaba" (transit) no es el mundo sin más, sino
su "figura afeada por el pecado", y que además se acota positivamente
el elemento de continuidad entre este mundo y el futuro al afirmarse que permanecen
"la caridad y sus obras".
El
texto anteriormente referido de Gaudium et Spes no constituye
un cuerpo extraño en el planteo escatológico de los diversos documentos
conciliares, sino que en el mismo precipita el enfoque o talante eclesiológico
fundamental que se impuso en el aula conciliar. Más específicamente
resulta coincidente con su perspectiva histórico-salvífica sintética,
con el nexo que se establece entre plenitud con término temporal y finalización
o meta de la historia y el mundo y la continuidad radical entre creación
presente y futuro prometido.
Hasta
donde he podido revisar quien ha recogido y proyectado con mayor coherencia
el planteo conciliar, es Dieter Wiederkehr. Brevemente reseñamos sus
ideas. En primer lugar, este teólogo nos recuerda que tanto el Antiguo
como el Nuevo Testamento se refieren al futuro de manera complexiva, sin distinciones;
en la perspectiva bíblica no cabe hablar de dos futuros. La disociación
entre futuro intra-histórico y futuro absoluto
-esta es la nomenclatura que este autor, siguiendo a K. Rahner, prefiere utilizar-
se ha producido, a su juicio, en un largo proceso que prácticamente abarca
toda la historia de la teología. Esta evolución desencadena una
reacción, y la escatología cristiana será cuestionada por
la razón secularizada como ideología y alienación. Los
mismos teólogos han terminado por reconocer una unilateralización
o parcialización de la escatología. De hecho, al hombre secularizado
una escatología trascendentalista le resulta necesariamente insignificante
y extraña.
Wiederkehr
piensa que la solución a la impasse histórica antes
descrita no pasa por el camino de una desmitologización como la que propone
Bultmann, puesto que ella desmundaniza definitivamente al sujeto. Tampoco se
trata de volver a la ingenuidad preconceptual e imaginativa de los inicios.
Lo que se requiere es una integración crítica. Esta integración
se articula en dos momentos. El primero consiste en la reactualización
de los símbolos tradicionales de la escatología. Con ello se recupera
la dimensión intramundana que se había descuidado y de la cual
había terminado por desentenderse la escatología. El segundo momento
consiste en la integración propiamente crítico-conceptual del
futuro absoluto y el futuro intrahistórico. Lo reseñamos muy sucintamente.
Como ya se indicó, Wiederkehr no pretende restablecer una unidad acríticamente
ni tampoco una superación que sacrifica uno de los aspectos en aras del
otro. Cuando por afirmar el futuro absoluto se diluye el horizonte intramundano,
o, al revés, cuando por afirmar el futuro mundano se presenta a este
como horizonte absoluto, en ambos casos se queda a medio camino. Ambos futuros
se requieren. El futuro intramundano se sostiene en el absoluto y no a la inversa:
"Futuro absoluto no es simplemente Dios en y para sí, sino Dios
en su autodonación al hombre corporal, mundano y social". La autodonación
de Dios sería sin sentido si no tocase la realidad personal, corporal,
histórica y social del hombre. El futuro absoluto no sería nuestro
futuro. El futuro absoluto remite al presente, puesto que "de manera crítica
prohíbe ahora la amenaza de destrucción de la existencia humana,
de los derechos de la persona humana, de la destrucción de la comunidad,
de la destrucción de la naturaleza". Sería una "mística
del pecado" si el futuro absoluto se tomara como promesa que permite desentenderse
de la contrucción de la sociedad y adjudicar a la historia humana como
una necesidad su aniquilamiento. Sería la postulación de una trascendencia
perversa. El futuro absoluto, en cambio, se sitúa como promesa y crítica,
a la vez que sostienen al hombre en su compromiso histórico concreto.
El
planteo que acabamos de esbozar nos merece las siguientes reflexiones:
La
disociación o contraposición entre futuro absoluto y futuro intramundano,
que Wiederkehr con toda razón cuestiona, presupone una comprensión
demasiado burda del carácter trascendente del reino de Dios. Los cristianos
esperamos el cielo como una realidad trascendente o, si se quiere, transhistórica.
Es decir, como una plenitud que se instaurará no en base a nuestra acción,
no como nuestra obra ni como el fruto de nuestra acción, sino como el
don de Dios al hombre. Ahora bien, el carácter trascendente y transhistórico
del reino de Dios no se debe entender como una mera negación del ser
del hombre y de la historia humana, sino como "un más allá",
pero precisamente del ser del hombre y de su historia. Este "más
allá" (epekeina ) del actual ser dado -de donde proviene
el adjetivo "transcendente" (más allá-del ser)- es una
dimensión a la cual se recurre frecuentemente en el lenguaje religioso
que se pretende más elaborado. Y sin embargo, pocas veces se entiende
adecuadamente.
La
postulación de una esfera trascendente -el "más allá"-
remite a una experiencia primigenia y fundamental de realidad. Dicha experiencia
es la de un "límite" que atraviesa esa realidad vivida. Lo
que está más allá de ese límite se determina como
una realidad heterogénea, diversa. De ella depende, precisamente, la
realidad que está más acá de ese límite. A la luz
de la comprensión del más allá y apoyado en la esperanza
que le suscita, el hombre puede descubrir que el "más acá"
se le presenta como algo homogéneo a él -por ser palpable e inmediatamente
dado-, pero que en definitiva no agota la realidad en su totalidad.
Por
todo lo anterior, postular lo trascendente como negación absoluta e indistinta
de lo inmanente es simplemente un contrasentido. No se da el más allá,
sin un "más acá" y viceversa. La trascendencia no es
pensable ni postulable sin la inmanencia. Trascendencia e inmanencia no son
dos dimensiones excluyentes entre sí, sino que se requieren como dimensiones
de una misma realidad, o, en otras palabras, de un mismo ser. Si no se entienden
así, se cae en un dualismo craso, si no lisa y llanamente en la negación
misma de la posibilidad de pensar la realidad como ser.
Por
eso mismo, es un contrasentido entender el carácter trascendente del
Reino de Dios o cielo como simple negación de la creación y de
la historia. Cuando ello sucede, se remitologiza el Evangelio, es decir, se
lo retrotrae al borde del irracionalismo, condenándolo así a la
insignificancia.
El
adjetivo "trascendente" quiere indicar una función ontológica.
Por su parte, la expresión "transhistórico" comporta
una función histórica. La trascendencia no es un más allá
arbitrario del ser, sino que se establece como fundamento que permite pensar
lo inmanente. De manera semejante, cuando se habla con sentido de lo "transhistórico",
no se está postulando un más allá arbitrario de la historia,
sino una dimensión que, precisamente, permite pensar lo histórico,
por cuanto lo funda y le da sentido.
No
es respuesta suficiente el decir que lo trascendente permite fundar lo inmanente
en la medida en que lo niega; o que lo transhistórico es sentido de lo
intrahistórico en la medida en que comporta una afirmación del
sin sentido de la historia. Una referencia puramente negativa es una falacia,
un sofisma que olvida que solo tiene sentido postular ese "más allá"
cuando se lo establece con algún nexo positivo al ser y a la historia.
En caso contrario, se trataría de un postulado formal arbitrario y sin
contenido ontológico real. Trascendencia no es simple negación
de la inmanencia, sino fundamentación de la misma. Lo inmanente queda
religado en su ser a lo trascendente.
Se
podría objetar que entender el carácter trascendente del reino
de Dios, en el horizonte antes señalado, comporta hacer dependiente el
futuro absoluto del futuro intramundano. A esta objeción se puede responder
con la siguiente aclaración: si por dependiente se entiende "condicionado"
por la historia intramundana, a merced de lo que pueda o no lograr el hombre,
en este caso se debe negar tal dependencia, pues precisamente invierte el significado
fundante del ser "más allá" que comporta el concepto
trascendente. Si, en cambio, por dependiente entiendo "relacionado"
con la historia, en este caso se debe afirmar tal dependencia.
En
realidad, el reino de Dios, el cielo, es un regalo de Dios. Pero es la autodonación
de Dios a la humanidad histórica concreta. Afirmar el carácter
gratuito del reino de Dios no se debe confundir con una negación del
destinatario concreto, que es el hombre. No se trata de una gracia en el aire,
abstracta, sino de un don trascendente que se ofrece -en el trascendente-concreto
que es Jesús- a nuestra realidad concreta e inmanente. El misterio de
Dios que confesamos y esperamos como nuestro futuro de plenitud no es el de
un motor inmóvil, cerrado en su absolutez o aséptico a nuestra
historia. Es el misterio de un Dios que se regala, que nos ama incondicionalmente
en nuestra condición de condicionados.
Las
búsquedas de solución que tienden a dualizar la vida eterna como
"otra vida", o que parcializan y cuantifican su significado trascendente
a determinadas esferas, se evitan muchos problemas y pueden tener la apariencia
de dar razón de la esperanza cristiana, todavía más en
épocas de desesperanza generalizada como la nuestra. Sin embargo, son
insuficientes, porque se olvidan de un dato fundamental del credo cristiano:
la fe en un único Dios de la vida, en un Dios que es el Señor
tanto de "esta vida" como de "la otra", en un Creador que
es, Él mismo, el Consumador.
Afirmar
que la esperanza en la vida eterna como futuro absoluto de la humanidad implica
también una afirmación de sentido positivo para el futuro intramundano,
no significa profesión de fe en el progreso. Nada tiene que ver con un
ingenuo optimismo progresista. La negación del pesimismo nihilista, que
ve en la autodestrucción de la humanidad un prerrequisito para el establecimiento
del reino definitivo, no se hace en base a un optimismo que piensa que la historia
describe un paulatino progreso que culminaría en una especie de antesala
paradisíaca a la intervención escatológica de Dios. Nada
de eso. La necesidad de establecer un nexo positivo entre futuro absoluto y
futuro intramundano se funda no en un optimismo intramundano, sino en el realismo
cristiano.
Realismo
cristiano quiere decir aquí afirmación del Dios de Jesucristo
como Consumador escatológico y Creador a la vez. Es decir, implica la
afirmación, no de un dieu de mon âme et mon histoire,
sino de un solo Dios de todo lo que es y de toda la historia y en ello de lo
que soy y es mi historia. No cabe un sentido de mi historia sin un sentido de
la historia. De allí que el sentido del futuro trascendente esperado
no pueda significar de suyo la negación de un sentido del futuro inmanente,
a menos que pensemos en una divinidad perversa. Tampoco se excluye la posibilidad
de un holocausto nuclear, como catástrofe a la que puede conducir nuestro
pecado. El que dicho realismo sea "cristiano" significa que no se
trata de un postulado que se fundamenta solo en un análisis ontológico
que permite entender lo que significa trascendente, sino que se apoya en el
Dios que se revela en Jesús. El futuro intramundano de Jesús,
el fin de su historia mundana fue la cruz. Del realismo que se trata, pues,
es de un realismo de la cruz que excluye todo optimismo ingenuo. Por lo tanto,
una teología de la historia que se olvida de la cruz no es una teología
cristiana. Como dice Lutero: "Con propiedad no debe ser llamado teólogo
aquel que a partir de las cosas creadas entiende la realidad invisible de Dios,
sino aquel que entiende la realidad visible y concreta de Dios gracias a la
contemplación de la pasión y la cruz de Jesucristo". Así
como el realismo de la cruz no da pie al optimismo intramundano, así
tampoco debe mal entenderse como una sanción cristológica del
pesimismo y menos del nihilismo. Y esto, simplemente porque el Resucitado es
el mismo Crucificado; además, el Padre, al resucitar a Jesús,
no establece un anacoluto, es decir, no lo hace por capricho o veleidad. La
resurrección de Jesús es la sanción definitiva del sentido
trascendente y universal que tiene su historia concreta.
Hemos
quedado confrontados así a la dimensión cristológica que
está concernida en postular un nexo entre fin no solo como plenitud y
finalidad, sino también término cronológico de la historia
humana. A ella se aludía no solo en la propuesta lacunziana, sino sobre
todo en la concernida en la "teología antignóstica de la
caro capax dei" de Ireneo de Lyon que tan bien expuso R.
Polanco en este seminario. A ella confrontaría también el planteo
de Orígenes según la interpretación propuesta por S. Fernández:
"La crítica origeniana a los que interpretan literalmente las promesas
de los bienes futuros no está motivada por un desprecio a la carne o
a la materia, sino por la convicción de que todo tiene en Cristo su consistencia
y que, por lo tanto, nada hay deseable en esta tierra que no se encuentre en
la Sabiduría personal de Dios su modelo perfecto". Me atrevo a aproximarme
a la misma en plena conciencia de que ante el "fundamento de la fe cristiana"
(Unitatis redintegratio 11), o como dice Schelling "die
Sache des Christentums" (la cosa del cristianismo), es decir, ante
la persona de Jesús, lo que pueda decir no es más que un torpe
balbuceo.
JESUS
COMO FUNDAMENTO DE LA PLENITUD Y TÉRMINO DE LA HISTORIA HUMANA
Disociar
plenitud y término del mundo y la historia del hombre, en mi opinión,
no solo equivale a postular un tipo de dualismo escatológico, sino implica
un docetismo cristológico que pone radicalmente en cuestión que
para un cristiano la historia y la temporalidad puedan tener un significado
positivo. En cuanto deudores de un pensar en griego, deuda que parecería
acrecentarse en tiempos de incertidumbre como el actual, estamos permanentemente
tentados a pensar que Dios se equivocó al crear el mundo no solo ab
initio temporis, sino, como lo explicitó Agustín, cum
tempore. La fuga temporis es la tentación persistente
de las escatologías, también de las cristianas. Mucho más
del hombre religioso que, radicalmente cuestionado por la modernidad secularizada,
es propenso a renegar de la misma como tiempo perverso. La tentación
puede transformarse entonces en una trampa.
Sin
embargo, el judeo-cristianismo se debe a un Dios que no se ha arrepentido de
su creación y que ante nuestro pecado se ha prometido no más como
diluvio aniquilador (Gen 9, 11), sino como futuro de plenificación universal
(1 Cor 15, 28).
El
Dios de los cristianos, más radical y específicamente todavía,
no revela su intimidad como gnosis abstracta sino sellando un compromiso con
la historia de la humanidad al identificarse con y hacerse historia concreta
en la de Jesús. No se me ocurre qué significado concreto podría
tener llamar a Dios Padre, Hijo y Espíritu si no es a partir de lo acontecido
en Jesús. Para nosotros la realidad de la Trinidad se disuelve al margen
de la resurrección de Jesús (1 Cor 15, 14), y Cristo se transforma
en un fantasma sometido a la hybris y concupiscencia de la subjetividad
religiosa. Confesar que Jesús es el Cristo comporta una identificación
de la historia de Jesús con la de Dios que hace impensable un retrotraerse
o fuga de Dios de la historia humana. En realidad, la resurrección de
Jesús, que es el acontecimiento en que Dios sella su reconocimiento de
la historia de Jesús como su misma historia, si no es pensada como acontecimiento
histórico concreto que pone término a la historia del hombre Jesús,
entonces pierde toda significación real. En Jesús no reconocemos
a Dios de cualquier manera, sino como muerto y resucitado. Es decir, lo reconocemos
en un acontecer histórico determinado que religa nuestro tiempo a la
plenitud de Dios a través de la resurrección de un hombre muerto.
Así
como para cualquier cristología no cabe una superposición del
"Cristo de la fe" al "Jesús histórico", tampoco
una escatología debería sustituir y disolver en un Cristo-eschaton
el significado de la concreta historia de Jesús. Así como
para todas las cristologías cabe más bien postular como "fundamento
real antecedente" (vorausliegende Realgrund) al "Jesús
de la fe", así también a la escatología -en congruencia
con su dependencia cristológica- no le corresponde sino explicitar en
cuanto eschaton al Dios acontecido en la vida concreta de ese
hombre nacido "en tiempo del rey Herodes" (Mt 2, 1) y crucificado,
muerto y sepultado bajo Poncio Pilato" (D.S.10, 12, 13, 14...). La escatología
cristiana no tiene otro "fundamento real antecedente" que la historia
humana de Jesús. Así como ella nos exige un discurso negativo
con respecto al cuándo (Hech 1, 7) y al cómo (1 Cor 2, 9) de la
instauración definitiva del eschaton, nos plantea una positiva
"cuestión fundamental" que tendemos a soslayar: "Jesús
hombre no solo fue por una vez de decisiva importancia para nuestra
salvación..., sino que es ahora y por por toda la eternidad,
como el hecho hombre y permanecido creatura, la permanente apertura de nuestra
finitud al Dios vivo de vida eterna e infinita".
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