Moltmann
XII.P._ Del
libro "Teología de la Esperanza", de Jürgen Moltmann
El
descubrimiento de la importancia central que la escatología tiene para
el mensaje y la existencia de Jesús, y también para el cristianismo
primitivo, descubrimiento que se inició a finales del siglo XIX gracias
a la obra de Johannes Weiss y de Albert Schweitzer, es, sin duda, uno de los
acontecimientos más significativos que han tenido lugar dentro de la
moderna teología protestante.
Produjo
una sacudida y fue como un terremoto, no sólo en los fundamentos de la
ciencia teológica, sino también en los fundamentos de la Iglesia,
de la piedad y de la fe en el marco de la cultura protestante del siglo XIX.
Mucho antes de que las guerras mundiales y las revoluciones suscitasen en occidente
la conciencia de crisis, teólogos como Ernst Troeltsch tenían
la impresión de que "todo se tambalea". El conocimiento del
carácter escatológico del cristianismo primitivo hizo aparecer
como una mentira la obvia y natural síntesis armónica de cristianismo
y cultura (Franz Overbeck). En este mundo, impregnado de seguridades religiosas
y de evidencias en el pensar y en el querer, Cristo aparecía como un
extraño que traía un mensaje apocalíptico ajeno a ese mundo.
A la vez nació el sentimiento de la extrañeza y de la perdición
crítica de este mundo. "La marea sube - los diques se rompen",
decía Martin Kähler. Tanto más sorprendente resulta el que
lo "nuevo" que había en el descubrimiento de la dimensión
escatológica que había en el mensaje cristiano, se concibiera
sólo como "crisis" del cristianismo tradicional, establecido
y vigente, como una crisis que había que estudiar, dominar y superar.
Ninguno de los descubridores tomó verdaderamente en serio su descubrimiento.
La llamada "escatología consecuente" nunca lo fue en realidad,
y por ello ha tenido hasta hoy una vida fantasmal.
Ya
los conceptos con los que se intentaba aprehender lo peculiar del mensaje escatológico
de Jesús revelan una inconmensurabilidad típica y casi imposible
de salvar. En su innovador libro de 1892 "La predicación de Jesús
sobre el reino de Dios", Johannes Weiss expresó sus ideas con las
siguientes palabras: "Tal como lo concibe Jesús, el
reino de Dios (es) una entidad sencillamente sobreterrenal, que se contrapone
a este mundo de una forma excluyente... La utilización ético-religiosa
de esta concepción en la teología moderna, que la ha despojado
completamente de su primitivo sentido escatológico-apocalíptico,
(es) injustificada. Sólo en apariencia se procede al modo de la Biblia,
pues se utiliza la expresión en un sentido diferente de aquél
en que la utilizaba Jesús."
Este
párrafo constituye una aguda antítesis respecto a la imagen que
de Jesús tenía su suegro Albrecht Ritschl. ¿Pero lo "sobrenatural"
es ya lo "escatológico"? Aquí Jesús no aparece
ya como el maestro de moral del sermón de la montaña, sino que,
con su mensaje escatológico, se convierte en un visionario apocalíptico.
"No tiene nada en común con este mundo, se encuentra ya con un pie
en el mundo futuro". Y así, Johannes Weiss retornó pronto
de su asalto a la tierra de nadie de la escatología y volvió a
la imagen liberal de Jesús.
Lo
mismo le ocurrió a Albert Schweitzer. La grandeza de su obra consistió
en que tomó en serio la heterogeneidad de Jesús y de su mensaje
con respecto a todas las imágenes de Jesús propias del liberalismo
del siglo XIX. "Con la escatología resulta imposible
introducir ideas modernas en Jesús y recibirlas luego en feudo de él,
a través de la teología del Nuevo Testamento, tal como lo hacía
todavía, con toda naturalidad, Ritschl.
Pero
lo terrible de la obra de Schweitzer es que, por otro lado, le faltaba todo
sentido, tanto teológico como filosófico, para la escatología.
Las consecuencias que sacó de su descubrimiento del carácter apocalíptico
de Jesús tendían a superar y a aniquilar definitivamente el escatologismo,
considerado como algo ilusorio. La filosofía de la vida y de la cultura
está guiada por el intento de superar aquella molesta impresión
que Schweitzer describía así en la primera edición de su
"Historia de la investigación de la vida de Jesús":
"Calma en torno. De repente aparece el Bautista y grita:
haced penitencia. El reino de Dios está cerca. Poco después Jesús,
que sabe que es el Hijo del Hombre que ha de venir, toca los radios de la rueda
del mundo, para que ésta se ponga en movimiento, dé la última
vuelta y ponga fin a la historia natural del mundo. Como no se mueve, Jesús
se cuelga de ella. Ésta gira y le destroza. En lugar de traer la escatología,
Jesús la aniquiló. La rueda del mundo sigue girando, y los pedazos
del cadáver del único hombre inmensamente grande, que fue lo bastante
poderoso para creerse el dominador espiritual de la humanidad y para violentar
la historia, continúan colgados allí. Esta es su victoria y su
dominación."
La
"rueda de la historia", la figura simbólica del eterno retorno
de lo mismo, sustituye a la orientación escatológica rectilínea
en la historia. La experiencia de los mil años de parusía no llegada
hace hoy imposible la escatología.
Después
de la primera guerra mundial los fundadores de la "teología dialéctica"
situaron en el centro de su labor, no sólo exegética sino también
dogmática, a la escatología, que había quedado reprimida
idealísticamente del modo antes dicho y condenada a la ineficacia. Programáticamente
lo expresa Karl Barth en la segunda edición de su obra "La carta
a los romanos" (1922): "El cristianismo que no sea totalmente,
íntegramente, escatología, no tiene nada en absoluto que ver con
Cristo."
(...)
Ocurre,
sin embargo, que estas formas de pensar, en las cuales el lenguaje propio de
la escatología se halla todavía hoy encubierto, son en su totalidad
las formas de pensar del espíritu griego, que en el "logos"
experimenta la epífanía del presente eterno del ser, encontrando
ahí la verdad. Incluso cuando la edad moderna piensa al modo kantiano,
en el fondo es ese concepto de verdad el que se propugna. Pero el lenguaje propio
de la escatología cristiana no es el "logos" griego, sino la
"promesa", tal como la han forjado el lenguaje, la esperanza y las
experiencias de Israel. Israel encontró la verdad de Dios no en el "logos"
de la epifanía del presente eterno, sino en la palabra de la promesa,
palabra que fundamenta una esperanza.
(...)
Estas
diferencias entre el pensamiento griego y el cristiano-israelita, entre "logos"
y promesa, entre epifanía y apocalipsis de la verdad, han sido puestas
de manifiesto hoy en muchos terrenos y con diversos métodos. Sin embargo,
tiene razón Georg Picht cuando dice: "La epifanía del presente
eterno del ser continúa desfigurando todavía la revelación
escatológica de Dios.
Para
llegar a una comprensión efectiva del mensaje escatológico se
necesita, pues, alcanzar una comparación y una apertura para lo que significa
"promesa" en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y para comprender
cómo, en un sentido más amplio, experimentan a Dios, a la verdad,
a la historia y al ser humano un hablar, un pensar y un esperar que vienen definidos
por la promesa. Se necesita además prestar atención a la constantes
polémicas que la fe de Israel fundada en la promesa mantuvo en todos
los campos de la vida con las religiones de epifanía del mundo que le
rodeaba, polémica en las cuales se puso de manifiesto su propia verdad.
Estas polémicas impregnan también el Nuevo Testamento, sobre todo
allí donde el cristianismo tropezó con el espíritu griego.
Tales polémicas están encomendadas también a la cristiandad
de hoy, y no sólo en la exposición que la teología hace
de sí misma en la edad moderna, sino igualmente en la reflexión
sobre el mundo y en la experiencia de la historia.
La
escatología cristiana, expresada con el lenguaje de la promesa, será
entonces una llave esencial para liberar la verdad cristiana. Pues siempre ha
sido la pérdida de la escatología -- no sólo como apéndice
de la dogmática, sino como el centro del pensamiento teológico
en general -- la condición de posibilidad de que la cristiandad se acomodase
al mundo que la rodeaba y, con ello, de que la fe se abandonase a sí
misma. De igual manera que, en el pensamiento teológico, la inserción
del cristianismo en el espíritu griego oscureció el saber cuál
era el Dios de quien se hablaba propiamente, así el cristianismo recogió,
en su figura social, la herencia de la religión estatal antigua. Se instaló
como "corona de la sociedad", y como su "centro salvador",
perdiendo su energía inquietadora y crítica de esperanza escatológica.
En lugar del éxodo de los campamentos seguros y de la ciudad permanente,
de que habla la carta a los hebreos, apareció el introito solemne en
la sociedad, con el que se glorificaba religiosamente al mundo. Estas consecuencias
deben tenerse también en cuenta, si se pretende liberar la esperanza
escatológica de las formas de pensar y de los modos de comportamiento
de las síntesis tradicionales del occidente.
(...)
La
moderna teología veterotestamentaria ha mostrado que las palabras y frases
que en el Antiguo Testamento hablan del "revelar de Dios" se encuentran
asociadas continuamente con enunciados que hablan de la "promesa de Dios".
Dios se revela en el modo de la promesa y en la historia de la promesa. Desde
aquí se le plantea a la teología sistemática la cuestión
de si la idea de revelación de Dios que la guía no deberá
estar dominada por la índole y la orientación de la promesa. Las
investigaciones realizadas por la historia comparada de las religiones acerca
de la peculiaridad especial de la fe israelita destacan hoy cada vez más
la diferencia existente entre su "religión de promesa" y las
religiones de epifanía de los dioses manifiestos, propios del mundo que
rodeaba a Israel. Estas religiones de epifanía son todas "religiones
de revelación" a su manera. Cada lugar del mundo puede convertirse
en la epifanía de lo divino y en el simbólico transparente de
la divinidad. La diferencia esencial se da aquí, por ello, no entre los
llamados dioses naturales y un Dios de revelación, sino entre el Dios
de la promesa y los dioses de epifanía. La diferencia no consiste, pues,
en la afirmación de una "revelación" divina en general,
sino en las diversas ideas y modos de hablar acerca del revelar y mostrarse
de la divinidad.
El
contexto en el que se habla de revelación tiene, desde luego, una importancia
decisiva. Una cosa es preguntar: ¿dónde y cuándo lo divino,
eterno, imperecedero y originario se epifaniza en lo humano, temporal y caduco?,
y otra distinta es preguntar: ¿cuándo y dónde el Dios de
la promesa revela su fidelidad y, en ella, se revela a sí mismo y revela
su presente? En el primer caso se pregunta por el presente de lo eterno; en
el segundo, por el futuro de lo prometido. Y si la promesa es decisiva para
lo que se diga sobre el revelar de Dios, entonces toda concepción teológica
de la revelación bíblica contiene implícitamente una concepción
básica de escatología. Pero entonces la doctrina cristiana sobre
la revelación de Dios no debe pertenecer explícitamente ni a la
doctrina sobre Dios -- en cuanto respuesta a las pruebas de Dios o a la demostración
de su indemostrabilidad --, ni tampoco a la antropología -- en cuanto
respuesta a la pregunta del hombre por Dios, planteada ya con el carácter
interrogativo de las existencias humanas --. La doctrina de la revelación
debe ser concebida escatológicamente, es decir dentro del horizonte de
promesa y de expectación del futuro de la verdad. La pregunta por la
comprensión del mundo y del hombre a partir de Dios -- tal era el propósito
de las pruebas de la existencia divina -- sólo puede obtener una respuesta
cuando quede claro cuál es el Dios de quien se habla y cuál es
el modo -- es decir cuáles son las intenciones y las tendencias -- como
Dios se revela.
(...)
El
punto de arranque del escrito "Revelación como historia" (de
W.Pannenberg, R.Rendtorff, U.Wilckens y T.Rendtorff; 1961) no está en
la demostración de Dios basada en la existencia humana, o en la mostración
de que el carácter de pregunta de esa existencia plantea la pregunta
por Dios, sino en la demostración de Dios a base del cosmos, o en la
mostración de la pregunta por Dios a base de mostrar la pregunta por
la realidad en su conjunto. En lugar de la "teología del kerigma"
y de la idea de una revelación inmediata de sí mismo por Dios
en la palabra que nos interpela, aparece, por ello, el conocimiento de una "revelación
indirecta de sí mismo por Dios en el espejo de su obrar histórico".
"Los sucesos, en cuanto acciones de Dios, arrojan luz sobre éste,
comunican indirectamente algo sobre Dios mismo."
Mas
como cada acontecimiento particular, tomado como acción de Dios, ilumina
sólo parcialmente la esencia de éste, la revelación --en
el sentido de la plena revelación de sí mismo por Dios en su gloria--
sólo puede ser posible allí donde el todo de la historia es entendido
como revelación. "La historia en cuanto totalidad es, por tanto,
revelación de Dios. Como todavía no ha concluido, sólo
desde el final resulta cognoscible como revelación."
Por
ello, la plena revelación de sí mismo por Dios "no tiene
lugar en el comienzo, sino al final de la historia reveladora". Los apocalípticos
del judaísmo tardío previeron, en visiones extraordinarias, semejante
final de la historia en la resurrección universal de los muertos. Por
esto, el final de la historia ha acontecido ya anticipadamente en el "destino"
(de resurrección) de Jesús de Nazaret. Pues con su resurrección
ha ocurrido ya en él lo que todavía nos aguarda a todos los demás
hombres. Si la resurrección de Jesús es la "realización
anticipada", la anticipación, la "prolepsis" del final
universal, entonces, consecuentemente, en el destino de Jesús Dios se
ha revelado indirectamente como el Dios de todos los hombres.
Esta
teología de la historia universal se presenta por lo pronto, evidentemente,
como una ampliación y superación de la cosmoteología griega.
Viene a sustituir al argumento cosmológico, el cual concluía,
de la "realidad del cosmos", a la única "arjé"
divina, y de esta manera mostraba un monoteísmo cosmológico, una
teología basada en la historia, que, por el mismo procedimiento, concluía,
de la unidad de la "realidad como historia", al Dios único
de la historia.
El
método gnoseológico sigue siendo el mismo, sólo que, en
lugar del cosmos cerrado en sí mismo, que, en el eterno retornar de lo
mismo, con su simetría y su armonía, se convierte en teofanía,
aparece un cosmos abierto al futuro, dotado de una propensión teleológica.
La "historia" se convierte de este modo en la síntesis de la
"realidad en su totalidad". En lugar de la cúspide metafísica
de la unidad del cosmos, aparece el punto escatológico de la historia
en que ésta alcanza su unidad y conquista su meta. Así como desde
aquella cúspide metafísica de unidad podía conocerse el
cosmos como revelación indirecta de Dios, así ahora al final de
la historia se puede conocer la historia como revelación indirecta de
Dios. Como aquí se conserva el mismo método de obtener el conocimiento
a base de concluir "hacia atrás" --"en el espejo de sus
acciones históricas"--, ello hace que, por principio, ese conocimiento
sólo resulte posible "post festum" y "a posteriori",
volviendo la mirada hacia atrás, hacia los hechos consumados y hacia
los vaticinios cumplidos en la historia.
(...)
Así
como es cierto que las apariciones pascuales de Jesús fueron experimentadas
y anunciadas con las categorías apocalípticas de la expectación
de la resurrección universal de los muertos y como comienzo del final
de toda historia, también lo es que la resurrección de Jesús
fue concebida no sólo como el primer caso de la resurrección de
los muertos al final de los tiempos, sino como el origen de la vida de resurrección
de todos los creyentes. No se dice sólo que Jesús fue el primero
en la resurrección, y que los creyentes encontrarán su resurrección
"como él", sino que se predica que él mismo es la resurrección
y la vida, y que, en consecuencia, los creyentes encontrarán su futuro
"en" él, y no sólo "como" él. Por ello
los creyentes esperan su propio futuro al esperar el futuro de Jesús.
El
horizonte apocalíptico de expectación no basta en modo alguno
para entender la apocalíptica pos-pascual de la comunidad. En lugar de
la autopreservación apocalíptica para el final, aparece el envío
de la comunidad. Este envío sólo resulta inteligible si el mismo
Cristo resucitado tiene todavía un futuro; un futuro universal para los
pueblos. Sólo entonces puede tener un sentido histórico la vida
de la comunidad enviada en apostolado a los pueblos. El horizonte apocalíptico,
histórico-universal, de interpretación del todo de la realidad
es secundario frente al horizonte de historia de la promesa y de historia de
envío propio de esa modificación del mundo.
(...)
El
que la revelación de Dios, que es atestiguada en las escrituras bíblicas,
sea entendida como una "epifanía del presente eterno", representa
siempre, en última instancia, un influjo de la forma griega de pensar
y de preguntar. Esta epifanía alude más bien al Dios de Parménides
que al Dios del éxodo y de la resurrección. La revelación
del Cristo resucitado no es una forma de esta epifanía del presente eterno,
sino que obliga a entender la revelación como apocalipsis del prometido
futuro de la verdad. En este futuro de la verdad, manifiesto en la promesa,
el hombre experimenta la realidad como historia en sus posibilidades y en sus
peligros, y en ese momento se le desmorona la idea fija de la realidad como
imagen de la divinidad.
La
teología cristiana habla de la "revelación" cuando conoce
y predica, en virtud de las apariciones pascuales del resucitado, la identidad
del resucitado con el crucificado. Jesús es percibido en las apariciones
pascuales como aquél que realmente fue. Esto es lo que sirve de fundamento
al recuerdo "científico-histórico" de la fe, que rememora
la vida, la obra, las pretensiones y la pasión de Jesús de Nazaret.
Pero los títulos aplicados a Cristo, con los cuales se expresa y se designa
esta identidad de Jesús en cruz y en resurrección, se adelantan
todos, a la vez, hacia el futuro del resucitado, futuro que aún no ha
aparecido. Así pues, las apariciones pascuales y las revelaciones del
resucitado son entendidas evidentemente como anticipo y promesa de su todavía
futura gloria y de su todavía futuro dominio. En las apariciones pascuales
Jesús es visto como el que realmente será. El "punctum saliens"
de una comprensión cristiana de la revelación no se encuentra,
por esto, ni en lo "que se dejó oir en el hombre Jesús"
(Ebeling), ni tampoco en el "destino de Jesús" (Pannenberg),
sino, uniendo ambas cosas, en la identidad de Jesús en la diferencia
cualitativa de cruz y resurrección. Esta identidad en la contradicción
infinita es entendida teológicamente como un acontecimiento de identificación,
como un acto de la fidelidad de Dios. En esto se basa la promesa del futuro,
no llegado aún, de Jesucristo. En esto se basa la esperanza que conduce
a la fe a través de la acechanza de la muerte y del mundo abandonado
por Dios.
La
"revelación" dada en este acontecer no tiene el carácter
de un esclarecimiento, mediante un logos, de la realidad actual del hombre y
del mundo, sino que aquí tiene, de manera constitutiva, básica,
el carácter de la promesa, siendo por ello de naturaleza escatológica.
La "promesa" es, por principio, algo distinto de un "acontecer
verbal", que reduce a verdad y a armonía al hombre y a la realidad
que lo afecta. La "promesa" es también, por lo pronto, algo
distinto de una visión --orientada escatológicamente-- de la realidad
como historia universal. La promesa anuncia una realidad en virtud del futuro
de la verdad que todavía no está ahí. La promesa mantiene
una específica "inadaequatio rei et intellectus" con respecto
a la realidad presente y dada. Por otro lado, no sólo se adentra anticipadamente
en el vestíbulo histórico de lo real-posible y lo ilumina. Más
bien es "lo posible" --y con ello "lo futuro"-- lo que surge
completamente de la palabra divina de promesa, yendo con ello más allá
de lo real-posible y de lo real-imposible. La promesa no sólo ilumina
un futuro que de alguna manera es ya inherente siempre a la realidad. Más
bien, el "futuro" es aquella realidad en la que la promesa se cumple
y se sosiega, porque corresponde del todo y es íntegramente adecuado
a ella.
En
el acontecimiento al que se califica de "nueva creación de la nada",
de "resurrección de los muertos", de "reino" y de
"justicia" de Dios, es donde aquella promesa que hay en la resurrección
de Jesús encuentra una realidad que es adecuada a ella y que le corresponde
del todo. Por ello, la manifestación de la divinidad de Dios depende
íntegramente del cumplimiento efectivo de la promesa, de igual modo que,
a la inversa, el cumplimiento de la promesa tiene su fundamento de realidad
y de posibilidad en la fidelidad y en la divinidad de Dios. En este aspecto,
la "promesa" no tiene como función primera y principal la de
iluminar la realidad existente del mundo o del ser humano, la de interpretarla,
reducirla a verdad y, en una intelección adecuada, conseguir la concordancia
del hombre con ella, sino que más bien, en la contradicción a
la realidad presente, la promesa abre su propio proceso en torno al futuro de
Cristo para el mundo y para el hombre. La revelación, conocida como promesa
y aprehendida en esperanza, fundamenta e inaugura con ello un espacio libre
de la historia, el cual queda lleno por la misión, por la responsabilidad
de la esperanza, por la aceptación del sufrimiento en la contradicción
a la realidad y por la partida hacia el futuro prometido.
No
por ello se torna superflua, sin embargo, la necesidad de alcanzar una intelección
apropiada del existir humano y una orientación en la historia universal.
Sólo que ambas cosas --el esclarecimiento de la historicidad de la existencia
humana, y la aclaración anticipadora de los nexos y perspectivas de la
historia universal-- tienen que ser ordenadas al proceso histórico apostólico,
al que da vida, en promesa, la revelación de Dios. El acontecimiento
de promesa de la revelación de Dios sólo puede ser articulado
en y a base del carácter de pregunta propio de la realidad del mundo
en su conjunto y propio también del ser humano, pero no se agota en esto
ni tampoco se identifica con ello. Asume a ambos en su propio círculo
de problemas, en el cual el saber de la verdad se presenta en la forma de la
pregunta abierta hacia el cumplimiento de la promesa.
Si
es acertado decir que las apariciones del resucitado deben ser entendidas como
anticipo de su propio futuro, entonces hay que concebirlas dentro del contexto
de la historia de promesa del Antiguo Testamento, pero no en analogía
con la "epifanía" --entendida a la manera griega-- de la verdad.
Los testigos de pascua no perciben al resucitado en el resplandor de la eternidad
celestial, supraterrena, sino en el anticipo y comienzo de su futuro escatológico
para el mundo. No es para ellos el "Eternizado", sino el "Venidero".
No le vieron como alguien que se encuentra en una eternidad intemporal, sino
como a aquél que será en su dominio venidero. Por ello se puede
decir que el resucitado aparece como el viviente, en la medida en que se encuentra
en movimiento, en marcha hacia su meta. "Él es todavía futuro
para sí mismo". Con la resurrección su obra "no está
ya terminada, no está aún concluida". Estas frases proceden
de la obra tardía de K.Barth, y muestran claramente cuál es la
dimensión que debe seguir la revisión de su escatología
de eternidad. Las apariciones del resucitado fueron percibidas como promesas
y anticipaciones de un futuro que está realmente por llegar. Como en
esas apariciones se hizo perceptible manifiestamente un proceso, ellas dieron
lugar a un testimonio y a una misión. El futuro del resucitado se hace,
pues, presente aquí en la promesa, y es aceptado por la esperanza dispuesta
al sufrimiento, y es concebido en un esperanzado pensar crítico sobre
los hombres y sobre las cosas.
¿Pero
qué significa que el resucitado sea en su revelación la promesa
de su propio futuro? Tendría que significar que Jesús se revela
y se identifica, en cuanto el Cristo, en identidad y diferencia consigo mismo.
Se revela, y se identifica como el crucificado y, en esa medida, en identidad
consigo mismo. Se revela como el Señor que está en camino hacia
su dominio venidero y, en esa medida, en diferencia con lo que será.
Por ello, la revelación de su futuro es, en sus apariciones, una revelación
"oculta". Él es el Señor oculto y el salvador oculto.
Gracias a la esperanza, la vida de los creyentes está escondida con él
en Dios; sin embargo, lo está en una ocultación que se orienta
hacia un desvelamiento futuro, que tiende y empuja hacia éste. El futuro
de Jesucristo es, en este contexto, la revelación y manifestación
de lo llegado. La fe se dirige, en esperanza y en espera, hacia la revelación
de aquello que ha encontrado ya escondido en Cristo. Y, sin embargo, con el
futuro del resucitado, con aquello que se promete, se pretende y se ofrece,
con su resurrección, va aparejada no sólo una expectación
noética.
El
futuro del resucitado no es sólo el desvelamiento de algo oculto, sino
también el cumplimiento de algo prometido. La revelación hecha
en las apariciones de Cristo resucitado debe ser calificada por ello no sólo
de "oculta", sino también de "inconclusa", y hay
que referirla a una realidad que todavía no está ahí. El
final de la muerte y la nueva creación en la cual Dios será todo
en todo, en la vida y en la justicia de todas las cosas, no han llegado aún,
no han ocurrido ni aparecido todavía, pero están prometidos y
garantizados en su resurrección, más aún, están
puestos como una consecuencia necesaria justamente con ella. Y así, con
el futuro del resucitado va ligada también una expectación criatural.
(...)
El
concepto de revelación de las religiones de epifanía queda subordinado
al acontecimiento de la promesa. La revelación es entendida a partir
de su contenido de promesa. Evidentemente, aquí la revelación
de Yavé no sirve para cubrir, con su eternidad, el presente amenazado,
sino que más bien hace que los oyentes de la promesa queden asimilados
a la realidad que les rodea, en la medida en que éstos se dilatan, en
esperanza y éxodo, hacia el futuro nuevo, el futuro prometido. La consecuencia
es, no el sancionamiento del presente, sino la salida o éxodo del presente
hacia el futuro. Si los cultos míticos y mágicos de la religión
de epifanía tienen el sentido de aniquilar los terrores de la historia,
volviendo a vincular al hombre, hacia atrás, con el sagrado acontecer
originario, y son "antihistóricos" (M.Eliade) en su tendencia,
el Dios de promesa otorga, en cambio, en el acontecer de la promesa el sentido
para la historia en la categoría del futuro y ejerce, en consecuencia,
un efecto "historificador". Esta tendencia --contrapuesta al mundo
mítico-- a entender la epifanía y la revelación a partir
del acontecer de la promesa, es evidentemente el motivo de que las palabras
que significan "revelación" sean empleadas en el Antiguo Testamento
de un modo tan equívoco y tan poco sistemático. Yavé no
es, en este sentido, un "Dios de aparición". El sentido y la
meta de sus "apariciones" no residen en ellas mismas, sino en la promesa
y en el futuro de ésta.
La
investigación veterotestamentaria ha puesto de relieve en muchos lugares
los efectos de ese proceso que, en la historia de Israel, se libra entre la
fe de promesa y la piedad de epifanía. Allí donde las caravanas
de Israel llegaban al país, percibían éste y las nuevas
experiencias de la vida sedentaria como "cumplimiento de la promesa",
como realización de la promesa del Dios de la promesa que ellos traían
del desierto, el cual condujo a sus padres en su peregrinación hacia
el país. La vida en la plenitud y multiplicación del propio pueblo
es entendida asimismo desde el horizonte de la promesa. Así, pues, el
hombre se asegura de su propio existir mediante el recuerdo histórico
de la promesa precedente, hecha por el Dios caudillo de los patriarcas nómadas,
y contempla, en el don del país y del pueblo, la fidelidad, visiblemente
mantenida, de Yavé. Este es un cercioramiento del existir esencialmente
diferente de aquél que Israel encontró en Palestina en los cultos
agrarios y de fecundidad.
El
país y la vida no son puestos al abrigo de los dioses por medio de la
piedad de epifanía, sino que son entendidos como un fragmento de historia
en el gran decurso de la historia de promesa.
(...)
Las
promesas de Dios abren los horizontes de la historia. Aquí, siguiendo
una acertada fórmula de H. G. Gadamer, no se ha de entender por "horizonte"
"un límite rígido", sino "algo dentro de lo que
podemos caminar y que camina con nosotros". Israel vivió dentro
de estos horizontes móviles de la promesa y experimentó la realidad
en el seno de sus campos de tensión. También cuando acabaron en
Palestina los tiempos de las peregrinaciones nómadas, este modo de experimentar,
recordar y aguardar la realidad como historia continuó subsistiendo y
él fue el que caracterizó su relación, totalmente peculiar,
con el tiempo. El ámbito cultural palestinense no logró que este
pueblo concibiese el tiempo en la forma de un retorno cíclico. Por el
contrario, la vivencia histórica del tiempo consiguió imponerse
y dominar una y otra vez sobre la vivencia a-histórica del espacio, y
convirtió los espacios habitados del país en espacios de tiempo
de una historia que trascendía e iba más allá.
(...)
La
revelación de Yavé se encuentra no sólo al comienzo de
la historia de promesa (de tal modo que las promesas y los mandatos se hacen
en su "nombre"), sino que se encuentra también en aquel futuro
al que las promesas apuntan y hacia el cual nos ponen en camino los mandamientos.
Pero
allí no se revela sólo el nombre propio de Yavé, sino que
su divinidad y su gloria se hacen manifiestas en todos los países, de
tal manera que aquella promesa --"yo soy Yavé"-- se transforma
en el "Kabod Yavé", que cumple todo, que cumplirá todo.
En este caso, los anuncios de cosas que aparecen en las promesas son idénticos
con la glorificación de la divinidad una y única de Dios en todas
las cosas. Que "Yavé mismo" es el futuro de que los profetas
hablan tendría que significar entonces que, en su gloria, que todo lo
cumple, en su paz y en su justicia, que es el acontecimiento que debemos aguardar
realmente, la creación entera se torna buena y logra su propósito.
(...)
El
conocimiento de Dios es así un saber anticipador acerca del futuro de
Dios, un conocer la fidelidad de Dios, apoyado en las esperanzas a que sus promesas
han dado vida. El conocimiento de Dios es así un conocimiento que tiende
hacia adelante --no hacia arriba--, hacia lo todavía no amortizado, hacia
lo todavía pendiente. Es un saber que conoce, no el aspecto que ofrece
la historia pasada, sino las perspectivas de las promesas hechas y de la fidelidad
prometida de Dios. El conocimiento de Dios anticipará así el futuro
prometido de Dios, recordando continuamente las palabras de elección,
alianza, promesa y fidelidad de Dios. Es un conocimiento que rebasa los límites,
en el horizonte de recuerdo y de expectación de la promesa, pues el saber
acerca de Dios es siempre a la vez el saber acerca de la propia llamada histórica
que Dios nos hace.
Así
como las promesas no son palabras destinadas a interpretar la realidad que está
ahí, sino palabras operantes, dirigidas a los aguardados acontecimientos
de la fidelidad de Dios, así tampoco puede ser el conocimiento de Dios
una especie de resumen del lenguaje de hechos consumados. La verdad de la promesa
no reside en una correspondencia mostrable con la realidad que estuvo o que
está ahí. No reside en la "adaequatio rei et intellectus".
Aquí la promesa demuestra su verdad, más bien, en la específica
"inadaequatio rei et intellectus" en que coloca a los que la escuchan.
Se encuentra en una contradicción mostrable con la realidad histórica.
No ha encontrado todavía su correspondencia o adecuación, y por
ello empuja al espíritu hacia lo futuro, es decir hacia la espera obediente
y creadora, situándolo en la oposición a la realidad que está
ahí, la cual no tiene en sí la verdad. De esta manera provoca
una especial incongruencia ontológica en la conciencia que espera y confía.
No transfigura la realidad en el espíritu, sino que tiende a modificarla.
Por ello no libera fuerzas de acomodación, sino que engendra fuerzas
que critican lo que hay. Trasciende la realidad, pero no hacia un irreal reino
de los sueños, sino hacia adelante, hacia el futuro de una realidad nueva.
(...)
La
reflexión teológica sobre la ley puede iniciarse en el instante
en que la no llegada o el retraso del cumplimiento vuelvan problemáticas
a las mismas promesas. La reflexión teológica, que desliga a la
ley de su futuro, puede surgir en el espacio vacío de la demora de la
promesa y a partir de las experiencias históricas que contradicen el
futuro prometido. La no llegada de las promesas en las que se ha confiado, y
la tentación --que aumenta al faltar la protección y el caudillaje
del Dios que imparte las promesas-- son las que hacen posibles las siguientes
reflexiones teológicas:
a)
Dios miente. Se trataba de su promesa y de su alianza, pero él
no las ha guardado. "Has sido para mí como un arroyo falaz, como
un agua con la que no se puede contar" (Jer 15, 18).
b)
Dios es fiel. Dios no se niega a sí mismo. Lo que él dice,
ocurre. Pero si no ocurre, entonces es que no era una promesa de Dios, sino
la mentira de profetas falsos. La historia misma los muestra como profetas falsos.
Semejantes reflexiones se han dirigido ya frecuentemente contra los caudillos
carismáticos de Israel.
c)
La reflexión se orienta al mismo hombre tentado o incluso ya desengañado.
El motivo de la retención del cumplimiento, el motivo de la lejanía
y de la ausencia de Dios, el motivo de su juicio está en el hombre, está
o bien en su apostasía de la esperanza en el Dios de la promesa, para
caer en la idolatría (becerro de oro) o en el fetichismo, o bien en la
desobediencia a las instrucciones de los mandamientos. Por ello es preciso escudriñar
el pecado y la impurificación y la expiación, para establecer
de nuevo la promesa.
Mas
justamente esta última reflexión convierte la promesa en un objeto
y la abstrae del Dios que la hace. La convierte en un objeto cuya fuerza puede
ser manipulable mediante penitencia y culto. Mientras que una promesa divina
lleva, por su propia esencia, la fuerza para su cumplimiento en la fidelidad
y en el poder del Dios mismo que la hace, surge aquí, en la reflexión
del espacio vacío de su demora, un peculiar condicionamiento de la misma.
Su cumplimiento queda vinculado a la obediencia, y ésta es entendida
como "conditio sine qua non" y como equivalente humano. Una obediencia
perfecta, acorde con la promesa y con sus preceptos, tiene que suscitar el cumplimiento,
mientras que toda imperfección proporciona nuevos motivos para su demora.
Surge aquí una inversión que ofrece muchas caras y muchos matices
en la historia de los sujetos: si la obediencia es una consecuencia de la promesa
que nos impulsa a andar y a peregrinar en dirección a la meta, y que
confía el cumplimiento a la fuerza del Dios de la promesa, aquí
se puede considerar ahora, a la inversa, el cumplimiento como consecuencia de
la obediencia humana. No es necesario que la obediencia humana sea entendida
como causa efectiva del cumplimiento, sino que puede ser concebida también
como "ocassio" del cumplimiento realizado por Dios mismo. Mas con
ello la fuerza de la promesa para su cumplimiento no reside ya en la fidelidad
de Dios mismo, sino en el hombre que obedece.
A
esto podríamos calificarlo de "promesa en la forma de la ley".
En este contexto habría que señalar entonces que la polémica
que Pablo entabla con el judaísmo de la Thorá y con el cristianismo
judaico versa ciertamente sobre la ley, pero de lo que se trata es de la promesa
(Gál 3, 15s.). Promesa en la forma de la ley o promesa en la forma del
evangelio: ésta es la cuestión. Y pudiera ocurrir que la "promesa
en la forma del evangelio" volviese a poner de manifiesto el sentido originario
de la ley como precepto vinculado a la promesa.
(...)
El
mensaje de los profetas clásicos se yergue en la sombra de la amenaza
y de la aniquilación --procedentes de Asur, de Babilonia y de Persia--
del Israel como pueblo, como estado y como territorio palestinense dividido
en ambos reinos. Los profetas ven ante sus ojos el aniquilamiento de lo existente
y de toda la historia anterior de promesa y de cumplimiento, que Israel debe
a su Dios. Interpretan esta historia de decadencia como juicio de Yavé
sobre su pueblo apóstata. Por esto para ellos el nuevo obrar de Yavé
en la historia del pueblo --historia que para Israel se convierte en la historia
de su decadencia-- llega a tener el mismo rango e incluso llega a entrar en
concurrencia con las acciones históricas de Yavé en el propio
pasado, recordadas en el culto y en las festividades. Este nuevo obrar de Yavé,
todavía oscuro e indescriptible, llevará incluso a una superación
y a una disolución de la obras pretéritas realizadas en el pueblo.
En el juicio histórico sobre Israel, Yavé liquida no sólo
las culpas de aquél, sino también --en su insondable libertad
para lo nuevo-- sus propias alianzas.
(...)
Con
la amenaza de que el juicio de Yavé sobre Israel vendrá de los
pueblos que atacan a éste, se llega a conocer una universalización
totalmente decisiva del obrar de Dios. La experiencia de quedar aplastado entre
las grandes potencias del mundo es entendida como juicio de Yavé. Sin
embargo, ya en Amós esta amenaza del juicio se torna universal: Dios
condena toda injusticia, también la que se da en los pueblos que no conocen
su ley. En consecuencia, el Dios que juzga mediante los pueblos a su pueblo
apóstata, es también el Señor de esos pueblos y será
su juez. Pues si hace de esos pueblos los ejecutores del juicio sobre Israel,
entonces es también, evidentemente, Dios y Señor de ellos. Si
juzga a Israel según su ley mediante esos pueblos, también juzgará
a esos pueblos según su ley, que por el momento está dada sólo
a Israel. Mediante su ataque a Israel, y por el hecho de que éste, bajo
el mensaje de los profetas, tenga que entender ese ataque como juicio de Dios,
los pueblos son implicados en el destino de Israel y caen, en juicio y en bendición,
dentro del ámbito de influencia de Yavé. Al morir políticamente,
Israel toma de la mano, por así decirlo, a esos pueblos y los introduce
en el futuro de su Dios, del Dios de Israel. Justamente con esto, las amenazas
y las promesas de futuro de Yavé son liberadas de su limitación
histórica a ese único pueblo y al concreto futuro histórico
del mismo, y quedan escatologizadas. El horizonte móvil de los anuncios
de futuro del Dios que hace promesas alcanza, al extenderse a "todos los
pueblos", los límites de la realidad humana en general, es decir
se torna universal y, con ello, escatológico. El horizonte del Dios venidero
alcanza así un "non plus ultra".
Mas
aunque el mensaje de juicio de los profetas es tan amplio que abarca a todos
los pueblos, y tan profundo que toca las raíces de la existencia terrena,
alude, sin embargo, una vez más, a un futuro distinto, a un día
de Yavé, el cual surgirá de la noche del juicio. Este juicio significa
sin duda el aniquilamiento --merecido en su existencia actual-- del pueblo y
de la historia, pero no significa aniquilamiento de la fidelidad de Yavé
a sí mismo. Por ello, puede ser entendido como juicio que prepara algo
nuevo final, y como aniquilamiento en razón de una mayor consumación.
Aparecen así visiones de la salvación venidera, nueva, jamás
contemplada, visiones de la nueva alianza, de la futura gloria de Yavé
en su dominio sobre la tierra; y ello no sólo para Israel, sino, por
así decirlo, para todos los pueblos que han intervenido en el juicio
de Israel, los cuales quedaron implicados en la historia de Yavé con
aquél. Únicamente a través de la mencionada universalización
del juicio es como la salvación venidera de Yavé se torna escatológica
en su amplitud y en su liberación de restricciones.
¿Cómo
es imaginado esto? Por lo pronto, y en analogía con el anterior obrar
salvífico de Dios en la historia del cumplimiento de sus promesas en
el pasado del pueblo, "lo nuevo", cuya venida se profetiza, es imaginado
como una nueva conquista del país, como la aparición de un nuevo
David y de una nueva Sión, como un nuevo éxodo, como una nueva
alianza. Es imaginado, pues, como "renovación" y como repetición
de lo perdido y pasado, en las correspondencias de final y principio. Pero se
trata de analogías que quieren aludir a algo que es lo absolutamente
no-análogo. No se puede tratar de la restitución del hermoso pasado,
pues Yavé ha hecho acontecer ya cosas nuevas y desconocidas. El juicio
se ha vuelto universal, y por ello los pueblos --por lo pronto los que han participado
en el juicio, y luego, "pars pro toto", a través de ellos "todos
los pueblos"-- quedan implicados en el nuevo y venidero obrar de Dios.
Ya con el juicio Yavé se glorifica en ellos. Y mucho más aún
se glorificará cuando salga a luz su nuevo obrar salvífico con
Israel. "La salvación se ha vuelto universal, aunque es también
israelita y sea a través de Israel como llega al mundo."
Sin
ninguna duda estas visiones de salvación, que debemos llamar "escatológicas"
por el hecho de que, al liberarse de sus restricciones, hacen saltar todos los
límites espaciales y nacionales y llegan hasta el límite de la
realidad humana en "todos los pueblos", son "escatologías
israelocéntricas". Esto se deduce ya de la forma de expresarse en
analogía con la anterior historia salvífica de Yavé con
su pueblo, y se deduce también de la experiencia básica de juicio
hecha en la historia, que se concentra en Israel. Sin embargo, con la ampliación
de la amenaza del juicio y de la promesa de salvación a todos los pueblos
va vinculado también lo que Th. C. Vriezen llama la "tarea misional
de Israel": ser luz de los pueblos y testigo de Yavé en su proceso
jurídico con los dioses de éstos. Pero a medida que el nuevo y
venidero obrar salvífico de Dios destruye todas las analogías
sacadas de la historia experimentada y transmitida de Israel con su Dios, y
a medida que el juicio, que comienza con Israel, se extiende a lo largo de la
historia de los pueblos, tanto más se destacan las primeras huellas de
una "escatología universal de toda la humanidad". Sin embargo,
puede sospecharse que aquí comienza ya aquello que debemos calificar
de apocalíptica.
(...)
Con
todo, en el primer momento subsiste todavía un límite en el mensaje
profético: la muerte. En tanto la muerte sea sentida como límite
natural de la vida, Dios continúa siendo un Dios de los vivientes. Pero
si la muerte, al menos la muerte temprana, es experimentada como exclusión
de la vida cumplida y consumada por la promesa y, por tanto, como efecto del
juicio, entonces la esperanza en la superación del juicio de Dios por
su gloria vivificadora debe explicarse también a base de este límite.
Por ello, en la periferia del mensaje profético, el morir aparece como
un padecer el juicio divino, y la salvación mesiánica en la cual
el juicio queda abolido se explica a base de una superación del morir
y de la muerte. Yavé continúa siendo un Dios de los vivientes.
El sufrir por el último límite de la vida no lleva a asumir las
ideas egipcias sobre el más allá. Pero si el límite de
la muerte es entendido como juicio de Yavé, entonces el poder de éste
llega también más allá de la muerte. También los
muertos pueden ser vistos como muertos insertos en su ámbito de promesa
y de dominio, y también la muerte misma aparece como una posibilidad
que está en su mano y que puede ser invertida, y no ya como una realidad
fija, que le pone un límite en su obrar. Así, pues, habría
que llamar escatológica, también a una promesa cuyo horizonte
de expectación rebasa y supera todas las experiencias del juicio total
hechas en el vivir y en el morir. Sólo cuando el horizonte de expectación
va más allá de los límites percibidos como últimas
fronteras del existir, es decir más allá de la muerte, se ha alcanzado
un "eschaton", un "non plus ultra", un "novum ultimum".
"La
universalización de la promesa encuentra su eschaton en la promesa del
dominio de Yavé sobre todos los pueblos."
"La
intensificación de la promesa encuentra su umbral hacia lo escatológico
al poner en cuestión la muerte."
(...)
Resulta
difícil dar una interpretación del fenómeno y del contenido
de la apocalíptica del judaísmo tardío. ¿Se trata
de prolongaciones legítimas del mensaje profético, o constituye
una apostasía de la fe profética de promesa? ¿Se trata
de la irrupción de la imagen iraniano-dualista del mundo, o existía
ya, si esto es cierto, una apertura interna para esa imagen, basada en el mensaje
profético?
Por
lo pronto podremos decir que la orientación escatológico-futurista
de la mirada es común a profetas y a apocalípticos. Pero inmediatamente
habrá que establecer diferenciaciones.
a)
La apocalíptica cultiva una concepción religiosa, determinista
de la historia. La sucesión temporal de los eones está fija desde
el comienzo, y la historia desarrolla "succesive" un plan de Yavé.
En la profecía, en cambio, falta la idea de que los "eschata"
están ya fijos desde los tiempos primitivos.
b)
Lo contrapuesto al Dios que obra históricamente es, en la apocalíptica,
el "mundo", sometido al poder del mal. En cambio, en los profetas
se trata de "Israel y los pueblos".
c)
La expectación apocalíptica no se dirige ya a una consumación
de la creación mediante la superación del mal por el bien, sino
que tiende a la separación del mal y el bien y, por tanto, a que "el
mundo sometido al poder del mal" sea sustituido por el futuro "mundo
de la justicia". Muéstrase aquí un dualismo fatalista que
no se encuentra de ese modo todavía en los profetas.
d)
El juicio no es visto, en la libertad de Dios, como un juicio revocable
y modificable, si es posible, por la penitencia, sino como un destino inmutable
que está fijo y que llega como un "factum irreparabile".
e)
Los profetas se encontraban en medio del pueblo de Israel y, por tanto,
dentro también de su historia. Los apocalípticos los encontramos
en la comunidad yavista de los justos, posterior al exilio.
f)
Los profetas tomaron con toda franqueza la situación que ocupaban
con sus profecías en su presente histórico. A partir de aquí
desarrollan sus perspectivas históricas. En cambio, el apocalíptico
encubre su propia situación histórica.
(...)
El
mundo entero --no sólo el mundo de los hombres, y el mundo de los pueblos--
cae en el proceso histórico escatológico de Dios. La conversión
del hombre en el mensaje profético tiene así su correlato en la
conversión del cosmos entero, del cual habla la apocalíptica.
La revolución profética del mundo de los pueblos se amplía
a la revolución cósmica de todas las cosas. No sólo los
mártires son introducidos en el sufrimiento escatológico del siervo
de Dios, sino que la criatura entera es insertada en el sufrimiento del final
de los tiempos. El sufrimiento se torna universal y hace saltar en añicos
el universal contento del cosmos, lo mismo que después la alegría
escatológica resonará en un "nuevo cielo y una nueva tierra".
Dicho con otras palabras: la apocalíptica piensa ciertamente su escatología
de manera cosmológica, pero esto no representa el final de la escatología,
sino el comienzo de una cosmología escatológica o de una ontología
escatológica para la cual el ser se torna histórico y el cosmos
se abre al proceso apocalíptico. Esta historificación del mundo
en la categoría del futuro escatológico universal tiene una inmensa
importancia teológica, pues mediante ella la escatología se convierte
en el horizonte universal de la teología en cuanto tal. Sin apocalíptica
la escatología teológica queda estancada en la historia de los
pueblos humanos o en la historia existencial del individuo. Tampoco el Nuevo
Testamento ha cerrado la puerta que la apocalíptica ha abierto a la escatología
hacia la amplitud del cosmos y hacia el espacio libre, situado más allá
de la realidad cósmica dada.
(...)
A
partir de la formación griega de la dogmática cristiana, se ha
accedido de ordinario al misterio de Jesús desde la idea general de Dios
propia de la metafísica griega: el Dios único, al que todos los
hombres buscan en base a su experiencia de la realidad, ha aparecido en Jesús
de Nazaret; ya sea que la Idea eterna, suprema, de lo bueno y de lo verdadero
ha encontrado en él su más perfecto maestro, ya sea que el Ser
eterno, el origen de todas las cosas, se ha encarnado en él y ha aparecido
en el mundo de lo caduco, de lo mortal, de lo que está disperso en lo
múltiple. El misterio de Jesús es así la encarnación
del Ser único, eterno, originario, verdadero e inmutable, divino. En
la cristología de la vieja Iglesia, este camino fue recorrido de múltiples
maneras. Por ello sus problemas se derivaban de que se identificaba al Padre
de Jesucristo con el Dios único de la metafísica griega, adjudicando
a aquél los atributos de este Dios. Pero si se considera que la divinidad
de Dios consiste en su inmutabilidad, en su inalterabilidad, en su incapacidad
de sufrir y en su unidad, entonces la actuación histórica de este
Dios en el acontecimiento de la cruz y de la resurrección de Cristo resulta
tan inexpresable, como inexpresable resulta también su promesa de un
futuro escatológico.
En
la edad moderna se ha accedido con frecuencia al misterio de Jesús desde
una manera general de entender el ser humano en la historia: existe historia
desde el momento en que existe el hombre. Pero la posibilidad de percibir y
de pensar la existencia del hombre también como una existencia histórica,
y de desvelar radicalmente la historicidad de la existencia humana, es algo
que sólo Jesús trajo al mundo. La palabra y la obra de Jesús
introdujeron el giro decisivo en la manera como el hombre se entiende a sí
mismo y al mundo, pues él fue quien redujo a verdad la manera de entenderse
el hombre a sí mismo en la historia, al convertirla en intelección
de la historicidad de la existencia humana.
En
lugar de una pregunta general por Dios y de una idea general de Dios, que Jesús
redujo a verdad, quedando así verificadas, se presupone aquí un
concepto general del ser humano, una problematicidad general de la existencia
humana, que Jesús redujo a verdad, quedando así verificados.
Ambos
accesos al misterio de Jesús arrancan de lo universal para reducir a
verdad aquel misterio a base de lo concreto de su persona y de su historia.
Es verdad que esos dos accesos a la cristología no tienen que pasar por
fuerza al margen del Antiguo Testamento, dejándolo a un lado, pero no
lo encuentran necesariamente en su camino. Mas el acceso de Jesús a todos
los hombres tiene necesariamente como presupuesto el Antiguo Testamento, con
la ley y la promesa. Por ello la cuestión consiste en preguntar si no
hay que tomar en serio la relevancia teológica de los dos principios
siguientes:
1.
Quien resucitó a Jesús de entre los muertos fue Yavé,
el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, el Dios de la promesa. Quién
es el Dios que se revela por Jesús y en Jesús, es algo que se
deduce exclusivamente de su diferencia e identidad respecto al Dios del Antiguo
Testamento.
2.
Jesús era judío. Quién es Jesús, y qué
ser de hombre se revela a través de él, es algo que se deduce
de su conflicto con la ley y la promesa del Antiguo Testamento.
Si
tomamos en serio estos dos puntos de partida, entonces el camino del conocimiento
teológico conduce irreversiblemente de lo particular a lo general, de
lo histórico a lo universal escatológico.
El
primer principio significaría que el Dios que se revela en Jesús
debe ser concebido como el Dios del Antiguo Testamento, como el Dios del éxodo
y de la promesa, como el Dios que tiene el "futuro como carácter
constitutivo". Por esta razón, no es lícito identificarlo,
tampoco en sus atributos, con la idea griega de Dios, con el "presente
eterno" del ser de Parménides, con la idea suprema de Platón,
con el motor inmóvil de Aristóteles. Quién es ese Dios
no nos lo dice el mundo en su totalidad; nos lo dice la historia de Israel,
que es historia de la promesa. Sus atributos no pueden ser expresados por negación
de la esfera de lo terreno, humano, mortal y caduco, sino únicamente
por el recuerdo y la narración de su historia de promesa. Pero en Jesucristo
el Dios de Israel se reveló como Dios de todos los hombres. Y así
tenemos que el camino va de lo "concretum" a lo "concretum universale",
pero no al revés. La teología cristiana tiene que reflexionar
sobre "ese" camino. En Jesús no se hizo concreta una verdad
general, sino que el acontecimiento concreto, irrepetible, histórico
de la crucifixión y de la resurrección de Jesús por Yavé,
Dios de la promesa, que crea el ser de la nada, se vuelve universal merced al
horizonte escatológico universal que tal acontecimiento proyecta anticipadamente.
Por la resurrección de Jesús de entre los muertos, el Dios de
las promesas de Israel se convierte en el Dios de todos los hombres. Por ello
la predicación cristiana de ese Dios se moverá siempre en un horizonte
anticipado y querido de verdad general, y postulará tener una generalidad
adelantada y ser vinculante para todos, aun cuando su universalidad propia es
de naturaleza escatológica y no proviene de abstraer lo particular a
lo universal.
(...)
El
carácter de promesa propio del evangelio es algo que puede ponerse de
manifiesto no sólo a base del vocabulario usado principalmente por Pablo
y por la carta a los hebreos. Con mayor claridad se muestra incluso en los conflictos
en que Pablo se vio implicado con diferentes tendencias del cristianismo primitivo.
Mientras el cristianismo permaneció en el ámbito del judaísmo
apocalíptico, que aguardaba al Mesías, le resultaba obvio y natural
el entender en sentido escatológico tanto el acontecimiento de Cristo
como el evangelio. Sólo que precisamente también aquí el
cristianismo permanecía dentro de los límites de las expectaciones
judías y se concebía a sí mismo como el "pueblo de
Dios renovado", afirmándose que el evangelio era la "alianza
renovada" de Israel.
Fue
el paso dado hacia los gentiles el que forzó a entender el evangelio
de un modo nuevo. El evangelio muestra su eficacia en la medida en que justifica
a los impíos y llama a los gentiles al Dios de la esperanza. La Iglesia,
que se compone aquí de judíos y de gentiles, no puede ser ya concebida
como el "renovado pueblo de Dios", sino tan sólo como el "nuevo
pueblo de Dios". Mas esta transición a un terreno extraisraelita,
al terreno helenístico, hizo surgir problemas nada pequeños. Ya
no se podía entender a la Iglesia como sinagoga cristiana; mas por otro
lado acechaba el peligro de entenderla erróneamente como una religión
mistérica cristiana. Se plantea la cuestión de qué es lo
que impide al cristianismo presentarse a sí mismo como religión
mistérica cristiana dentro del helenismo. ¿Qué fue lo que,
en su herencia, se opuso y resistió a semejante asimilación?
La
intelección de la fe cristiana como una religión mistérica
la encontramos de manera palpable en aquel entusiasmo helenístico al
cual se enfrenta Pablo en Corinto. Sin embargo, también los diferentes
himnos y fragmentos de confesiones que aparecen en las cartas paulinas y deuteropaulinas
muestran que ideas semejantes constituyeron presumiblemente nociones básicas
de toda la cristiandad que vivía en el ámbito de influencia de
las religiones mistéricas helenísticas. Trátase aquí
del influjo que sobre el cristiano ejerció la piedad de epifanía
de aquella época, piedad de la que puede decirse lo siguiente: "Como
el hombre mítico vive tan sólo para el presente, la epifanía
es para él ya cumplimiento. A ese hombre le es ajeno un pensamiento escatológico."
El
influjo de esa piedad aparece no sólo como elemento formal en el modo
de presentarse el cristiano a sí mismo en el ámbito helenístico,
sino que penetra totalmente en el modo de entender el acontecimiento de Cristo.
Éste puede ser entendido aquí, de una manera completamente a-escatológica,
como epifanía del presente eterno en la figura del Kyrios cultual que
muere y resucita. Pero entonces la manifestación de verdad "xatá
tás grarás" es sustituída por la epifanía cultual
como manifestación de sí misma en un sentido intemporal. Al ser
el hombre bautizado en la muerte y la resurrección de Cristo, se ha alcanzado
ya la meta de la redención, pues en el bautismo la eternidad es presente
sacramental. El que, en la fe, participa de esto es sacado del reino de la muerte,
de los poderes y del viejo eón de la caducidad, y trasladado al reino
eterno-presente de la libertad, de la vida celestial y de la resurrección.
Ese hombre no tiene que hacer ya otra cosa que representar en la tierra su nuevo
ser, su ser celeste en libertad. En el presente sacramental y pneumático
de Cristo se les ha otorgado ya, a los que reciben el sacramento, la resurrección
de entre los muertos, la cual es para ellos presente eterno. El cuerpo terreno
y las circunstancias mundanas se desvanecen para ellos, convirtiéndose
en una apariencia inesencial; la libertad celestial hay que demostrarla no prestando
atención a esa apariencia.
"Como
muestra perfectamente 1 Cor, entre estos cristianos paganos está en boga
una intelección integral de la tradición, cuyo marco de ideas
no es --como en Pablo mismo-- la primitiva escatología cristiana de la
antigua tradición judía, sino, evidentemente, la idea helenística
de epifanía.
Partiendo
de aquí, todas las vivencias y todos los pensamientos religiosos están
de tal manera orientados al suceso presente y actual del espíritu como
actualización epifánica del Kyrios exaltado, que los contenidos
de la tradición, que tenía una orientación escatológica,
quedan incluidos en este aspecto total."
¿Cuál
es la relación existente entre esta religión mistérica
cristiana que aquí hemos brevemente delineado, y las expectaciones apocalípticas
del cristianismo primitivo, las cuales nacían del enigma y de la pregunta
abierta que eran las apariciones de Jesús en pascua? ¿Existían
ya en la apocalíptica originaria condiciones de posibilidad de transformarse
en la piedad de epifanía propia de las religiones mistéricas helenísticas?
¿Continuó siendo la religión mistérica helenística,
al cristianizarse, aquello mismo que había sido en su origen?
No
cabe duda de que el entusiasmo de la religión mistérica cristiana
tiene su presupuesto en un entusiasmo apocalíptico propio de la cristiandad
primitiva, entusiasmo que creía poder conocer, en la experiencia del
espíritu, el cumplimiento de promesas largamente aguardadas. Este entusiasmo
apocalíptico, no helenístico, que surgió en la conciencia
de vivir en la época de cumplimiento de las promesas divinas, se encontró
de todos modos en condiciones de identificar posteriormente este cumplimiento
con la epifanía intemporal del presente eterno de Dios. Se encontraba
teológicamente en condiciones de traducir las originarias expresiones
teleológico-temporales del cumplimiento de promesas, a lo típico
intemporal de la presencia de lo eterno. Con ello se encontraba, a la inversa,
en condiciones de ofrecer al presente eterno, buscado por los griegos en los
cultos mistéricos, el culto cristiano como el presente verdadero de lo
eterno. Se trata, pues, de un proceso recíproco, que, de un lado, podía
presentar su resultado como "escatología presentista", pero,
por otro lado, también, como "presencia de la eternidad". La
escatología entusiástica del cumplimiento se podía presentar
a la manera griega, y a su vez la idea griega de la presencia de la eternidad
se pudo ofrecer como cumplimiento de expectaciones escatológicas.
Por
ello también en la religión mistérica cristiana se mantuvo
el "pathos" de lo definitivo y de lo irrepetible, aun cuando se perdió
la conexión expresa con las antiguas esperanzas escatológicas
de futuro. Sin embargo, lo último en el tiempo se convirtió en
definitivo, y lo definitivo, en lo eterno.Desde este proceso de reconversión
resulta inteligible el "pathos" de absoluto propio de la antigua Iglesia;
la cual, al quedar suprimidas las categorías escatológicas de
expectación, no por ello se relativizó en absoluto, integrándose
en las religiones y cultos existentes, sino que unió perfectamente la
confesión del Dios único --que entonces se puede formular con
los medios de la metafísica griega-- con el "pathos" de la
revelación escatológica e irrepetible del Dios único en
Cristo. Este proceso de reconversión, que ha sido expuesto con frecuencia,
no se llevó a cabo tanto en el marco de una escatología abandonada
por razón del desengaño sufrido por la expectación próxima
y la no llegada de la parusía de Cristo, sino más bien, y con
más fuerza, en el marco de un entusiasmo de cumplimiento, el cual transforma
el "eschaton" que debemos aguardar en el presente de la eternidad,
tal como es experimentado en culto y en espíritu. La aguda helenización
del cristianismo y la igualmente aguda cristianización del helenismo
acontecieron no tanto en virtud del desengaño de una expectación
próxima, cuanto más bien en virtud del presunto cumplimiento de
todas las expectaciones. "La expectación próxima y
la parusía han dejado de tener sentido aquí, porque todo lo esperado
por la apocalíptica aparece ya realizado."
¿Qué
consecuencias se derivan de este modo de entender la escatología presentista
como presencia de la eternidad? El acontecimiento de promesa, que fue el modo
como se entendieron las palabras y las obras, la muerte y la resurrección
de Jesús, se convierte ahora en un acontecimiento de redención,
que puede ser repetido cultualmente a la manera de un drama mistérico.
El acontecimiento sacramental nos hace participar en la muerte y la resurrección
de la divinidad. La representación solemne consideró como ya realizada
la resurrección de Jesús entendida como su entronización
como Kyrios exaltado y, por ello, como algo que sólo debe ser representado.
"En lugar del Señor del mundo, Señor oculto y, en verdad,
únicamente designado, cuya venida en gloria a tomar posesión del
mundo aguarda todavía la comunidad, aparece el Señor que reina
ya ahora sobre los poderes y las potencias y, de este modo, sobre el mundo gobernado
hasta ahora por aquéllos."
Con
este cambio de la apocalíptica del dominio de Cristo --prometido, pero
aún no llegado-- a la presencia cultual de su dominio eterno, celestial,
la percepción teológica de la cruz de Cristo pasa a un segundo
plano. La resurrección de Cristo es entendida como su exaltación
y entronización, y es puesta en relación con su encarnación.
Es verdad que su rebajamiento hasta la cruz puede ser entendido como consumación
de su encarnación, por la cual atrae todo a su dominio; mas con ello
la cruz se convierte en un estadio de paso en su camino hacia el dominio celestial.
La cruz no es ya la signatura --que permanece hasta el eschaton que trae cumplimiento--
de su dominio en el mundo. Al ser entendida su resurrección, en este
sentido, como su entronización celestial, el acontecimiento sacramental-cultual
que la representa queda puesto en paralelo con su encarnación y es concebido
como reflejo y victoria terrena de su dominio celestial, de su vida celestial,
en el ámbito de lo terreno, caduco y desgarrado en la multitud de los
poderes.
La
historia pierde con ello su orientación escatológica. No es el
campo del sufrimiento y de la esperanza, en la mirada sollozante hacia el futuro
de Cristo para el mundo, sino que se convierte en el campo de la manifestación
eclesial y sacramental del dominio celeste de Cristo. En lugar del escatológico
"todavía no", aparece un "aún" cultual, que
se convierte en la signatura de la historia "post Christum". Es
comprensible el que esta desvelación del dominio eterno, celestial, de
Cristo pueda ser concebida entonces como prolongación de su encarnación.
En ella lo perecedero está iluminado continuamente por la luz de lo imperecedero-celestial;
lo mortal, por la luz de lo inmortal-eterno; y lo desgarrado en la pluralidad
queda esclarecido en el dominio de lo uno-divino. Una expectación histórico-salvífica
y sacramental de futuro sustituye entonces a la expectación escatológico-terrena:
la Iglesia impregna el mundo, de manera sucesiva, con verdad celestial, con
fuerzas vitales celestiales y con salvación celestial. A través
de la Iglesia una, el mundo es conducido al Cristo unido con el Dios único,
y de esta manera es llevado a la unidad y a la salvación. La espera escatológica
de aquello que "todavía no" ha sucedido se convierte en una
espera noética de la desvelación y transfiguración universales
de aquello que ha ocurrido ya en el cielo. El viejo dualismo apocalíptico,
que establecía una diferencia entre el eón que pasa y el eón
que viene, se transforma en un dualismo metafísico, que entiende lo venidero
como lo eterno, y lo pasajero como lo caduco. Los ciudadanos del reino venidero
se transforman en los redimidos desde el cielo. Los ciudadanos del eón
que pasa se convierten en los hombres terrenales, que son del mundo. La cruz,
en fin, se convierte en un intemporal sacramento del martirio, que perfecciona
al mártir y lo une con el Cristo celestial.
Podemos
cortar aquí, contentándonos con estas pocas indicaciones. Es bien
visible la tendencia que existe hoy hacia el catolicismo primitivo y hacia la
vida y el pensamiento de la antigua Iglesia. El entusiasmo de cumplimiento escatológico
en el acontecimiento de Cristo es el presupuesto de este proceso de conversión
del cristianismo en una forma entusiástica de la religión mistérica
helenística y en una Iglesia ecuménica universal. Podemos calificar
de "eschatologia gloriae" --en la medida en que, en general, todavía
es posible aprehenderla con categorías escatológicas-- a esta
forma de la "escatología presentista", o a una religión
--determinada escatológicamente ya tan sólo de manera inconsciente--
de la presencia de lo eterno.
En
este contexto la apasionada polémica de Pablo contra el entusiasmo helenístico
de Corinto, así como la corrección que hizo a aquella teología
helenística de la cristiandad, que desde entonces se volvió predominante,
tienen un significado permanente. La crítica de Pablo tiene, sin duda
alguna, dos puntos importantes: representa, por un lado, una "reserva escatológica"
que él contrapone a ese entusiasmo de cumplimiento. Estos son los llamados
"residuos de teología apocalíptica", que influyen en
su concepción de la resurrección de Cristo, del sacramento de
la presencia del Espíritu, de la obediencia terrena del creyente y, naturalmente,
en su expectación de futuro. Pero está, por otro lado, su teología
de la cruz, con la cual se opone a aquel entusiasmo que deja abandonada la tierra
en la cual se yergue esa cruz. Ambos puntos de arranque de la crítica
mantienen entre sí una conexión profunda y real. Por ello denominamos
"eschatologie crucis" al fundamento de la crítica de Pablo
y con ello nos referimos a la vez a las dos objeciones que él puso.
La
interpretación que R. Bultmann ofrece de Pablo coloca en el centro de
la teología paulina la interpretación antropológica y existencial
que ésta hace de la peculiaridad de la escatología presentista.
No cabe duda de que con ello se pone al descubierto una importante modificación
de la teología del presente eterno, pero propiamente no se ofrece ninguna
alternativa fundamental frente a ella. La escatología presentista puede
aparecer tanto con el ropaje mitológico como en una interpretación
existencial. El "presente de la eternidad" puede ser expresado en
un lenguaje mitológico, propio de una imagen del mundo, y puede también
ser expresado, de manera paradójica, como un "nunc-aeternum"
histórico-existencial.
Si
la crítica paulina consistiera sólo en esta transformación,
tendríamos en ella, ciertamente, una importante modificación de
la teología de la comunidad helenística, pero no una corrección
que introdujera un verdadero cambio. Ahora bien, ocurre que la polémica
con que Pablo se enfrenta al helenismo se encuentra tanto bajo el signo de un
nuevo conocimiento del significado de la cruz de Cristo, como también
bajo el signo de un nuevo conocimiento de verdadera escatología futurista,
convirtiéndose con ello en crítica de la escatología presentista
en cuanto tal. "La lucha del apóstol contra el entusiasmo
es llevada a cabo en última inatancia, y en lo más profundo, bajo
el signo de la apocalíptica."
Con
ello no se quiere decir que en Pablo tengamos nuevas repeticiones o simples
residuos de la apocalíptica del judaísmo tardío; con ello
se apunta a su propia apocalíptica, la cual se alimenta de una escatología
de la cruz y, por ello, se opone a todo entusiasmo escatológico de cumplimiento.
Frente
a la unificación mistérica del creyente con el Señor cultual,
que muere y resucita, Pablo afirma una diferencia escatológica: el bautismo
hace participar en el acontecimiento de la crucifixión y de la muerte
de Cristo. La comunión con Cristo es comunión con el sufrimiento
del crucificado. Los bautizados mueren con Cristo, al se bautizados en su muerte.
Pero no han resucitado ya con él, ni han sido trasladados ya al cielo
con él, en un perfecto cultual. Se hacen partícipes de la resurrección
de Cristo mediante una nueva obediencia que se despliega en el ámbito
de la esperanza en la resurrección. En la fuerza del Espíritu
que resucitó a Cristo de entre los muertos, los bautizados pueden tomar
sobre sí, en obediencia, el sufrimiento de la imitación, y aguardar
precisamente en ello la gloria futura. "De la participación de la
resurrección no se habla en perfecto, sino en futuro."
Cristo
resucitó y fue arrebatado a la muerte, pero los suyos no han sido aún
sacados de ésta; únicamente a través de su esperanza obtienen
aquí participación en la vida de resurrección. Y así
la resurrección está presente para ellos en la esperanza y como
promesa. Esto constituye una presencia escatológica de lo futuro, y no
un presente cultual de lo eterno. El creyente no encuentra ya, en el culto y
en el espíritu, participación plena en el dominio de Cristo, sino
que es introducido por la esperanza en las tensiones y diferencias de la obediencia
y del sufrimiento en el mundo. Por ello la vida diaria se convierte, según
Rom 12, 1 s., en la esfera de la verdadera liturgia. En la medida en que la
llamada y la promesa remiten al creyente a la obediencia corporal y terrena,
el cuerpo y la tierra quedan situados dentro del horizonte de expectación
del dominio venidero de Cristo. "La realidad de la nueva vida depende de
la 'promissio', depende de que Dios permanezca fiel y no abandone su obra."
Por
ello, la tentación del cuerpo y la contradicción del mundo no
son entendidas como signo de un paradójico presente de lo eterno, sino
que son aceptadas como pregunta y como llamada por la libertad venidera en el
reino de Cristo. La esfera de la caducidad no es ya la esfera en que el creyente
debe demostrar su libertad celestial, sino que es la realidad en la cual la
comunidad, juntamente con toda la creación, solloza por ser redimida
de los poderes de la nada en el futuro de Cristo, y aguarda expectante esa redención
(Rom 8, 18 s.). El imperativo paulino de la nueva obediencia debe ser entendido,
por tanto, no sólo como exortación a demostrar el indicativo del
nuevo ser en Cristo; ese imperativo tiene también su presupuesto escatológico
en el futuro prometido y aguardado del Señor en juicio y reino. Por ello,
no deberíamos traducir ese imperativo sólo con esta frase: ¡llega
a ser lo que eres!, sino preponderantemente con esta otra: ¡llega a ser
lo que serás!
Lo
que al creyente le ha sido dado no es el espíritu eterno del cielo, sino
las escatológicas "arras del espíritu"; entiéndase:
del Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos y que
dará vida a los cuerpos mortales (Rom 8, 11). Pues la palabra que introduce
al creyente en la verdad es "promissio" de la vida eterna, pero no
es todavía esa vida misma. La percepción de esta diferencia escatológica
se pone de manifiesto también en la cristología del apóstol.
En 1 Cor 15, 3-5, Pablo recoge una primitiva tradición cristiana del
kerigma de la resurrección, pero sus interpretaciones, en los versículos
siguientes, son originales. Pablo subraya las líneas que llevan al futuro
y presenta lo que hay que aguardar, porque fue dejado entrever en la resurrección
de Cristo y se convirtió así en confianza (1 Cor 15, 25): "Pues
es preciso que él reine hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus
pies."
Con
ello se señala, en lo posible-futuro, algo necesario, en el sentido de
algo en que se puede confiar y que debemos aguardar. Se subrayan las líneas
de tendencia y las latencias del acontecimiento de la resurrección que
llevan hacia el futuro inaugurado por ese acontecimiento. No todo ha ocurrido
ya al resucitar Jesús. Falta todavía que acabe el dominio de la
muerte. Falta aún que la contradicción contra Dios sea superada
en aquella realidad futura de la que Pablo dice que"Dios será todo
en todo" (1 Cor 15, 28). Finalmente, también el venidero dominio
universal de Cristo sobre todos los enemigos puede quedar superado una vez más
de manera escatológica, pues tampoco su dominio es ya en sí mismo
el eterno presente de Dios, sino que, en provisionalidad escatológica,
sirve al dominio único y universal de Dios.
Si
tenemos en cuenta estas perspectivas, resulta claro que las apariciones pascuales
del Señor resucitado hacen saltar por los aires la respuesta teológica
que dice que él es el presente de lo eterno, y obligan a desarrollar
una nueva escatología. La resurrección del Señor ha puesto
en marcha un proceso histórico, definido escatológicamente, el
cual tiende a la aniquilación de la muerte en el dominio de la vida basada
en la resurrección y apunta hacia aquella justicia en la cual Dios conquista
su derecho en todo, y la criatura recibe así su salvación. Sólo
desde el ángulo de visión de una escatología presentista
o de una teología del presente eterno se puede entender el pensamiento
anticipador-escatológico que Pablo muestra en 1 Cor 15 como una recaída
en una mitología apocalíptica ya superada. Sin embargo, no es
una interpretación existencial de la religión del presente eterno
la que supera la mitología de ésta. Únicamente una escatología
de promesa puede superar la consideración mística e ilusionista
del mundo y de la existencia humana dentro de él, pues sólo ella
toma en serio, de una manera llena de sentido, la tentación, la contradicción
y el ateísmo de este mundo, porque ella hace posible la fe y la obediencia
en el mundo no dejando para ello desatendidas las contradicciones, sino en virtud
de la esperanza de que Dios superará esas contradicciones.
La
fe no se gana a sí misma en una desmundanización radical, sino
que se convierte en una ganancia para el mundo mediante un extrañamiento
--lleno de esperanza-- en el mismo. Al asumir la cruz, el sufrimiento y la muerte
con Cristo, al asumir la tentación y la lucha por la obediencia corporal,
y entregarse al dolor del amor, la fe proclama el futuro de la resurrección,
de la vida y de la justicia de Dios en la vida diaria del mundo. El futuro de
la resurrección adviene a la fe al tomar ésta la cruz sobre sí.
De esta manera se entrelazan la escatología futurista y la teología
de la cruz. Ni la cristología futurista queda aislada, como ocurría
en la apocalíptica del judaísmo tardío, ni la cruz se convierte
en la signatura del presente paradójico de la eternidad en cada momento,
como ocurre en Kierkegaard. La espera escatológica del dominio universal
de Cristo para el mundo corporal, para el mundo terreno, engendra la percepción
y la aceptación de la diferencia existente entre cruz y resurrección.
Finalmente
hay que tener en cuenta que Pablo no se esfuerza tanto por lograr un equilibrio
entre escatología presentista y escatología futurista, es decir
entre apocalíptica y helenismo. Pablo, más bien, futuriza el contenido
de la idea helenística del presente de lo eterno y lo aplica al eschaton
que todavía no ha llegado. Aquella verdad universal, en la cual la criatura
llega a la santa adecuación con Dios; aquella justicia universal, en
la cual Dios obtiene su derecho en todo, y todo se hace justo; aquella gloria
de Dios, en cuyo resplandor quedan esclarecidas todas las cosas y se pone al
descubierto el rostro oculto de los hombres: esto es lo que Pablo sitúa
dentro del horizonte de esperanza de aquel futuro al que la fe dirige su mirada,
en virtud de la resurrección del crucificado. La plenitud de todas las
cosas desde Dios, en Dios y hacia Dios, se encuentra, para Pablo, en el cumplimiento
--no llegado aún-- de las promesas garantizadas en Cristo. "Presente
eterno" es, por ello, la escatológica meta de futuro de la historia,
no su íntima esencia. Por lo mismo, la creación no es lo dado,
lo que está ahí a mano, sino el futuro de esto, la resurrección
y el nuevo ser.
Dios
no se halla en alguna parte en el más allá, sino que viene; y
en la medida en que es el que viene, está presente. Promete un nuevo
mundo de la vida universal, de la justicia y de la verdad, y con esta promesa
pone constantemente al mundo en cuestión: no porque este sea nada para
el que espera, sino porque todavía no es para él aquello que le
ha sido ofrecido. En la medida en que el mundo y el hombre prisionero de él
son puestos en cuestión de esta manera, se vuelven "históricos",
pues son puestos en juego y sometidos a la crisis del futuro prometido. Allí
donde lo nuevo es prometido, lo viejo se vuelve perecedero y superable. Allí
donde lo nuevo es esperado y aguardado, lo viejo puede ser abandonado. De esta
manera se origina "historia" desde el final de ésta, en aquello
que acontece y que es perceptible por la promesa que se adelanta e ilumina.
La
escatología no se hunde en la arena movediza de la historia, sino que
mantiene la historia en vida mediante la crítica y la esperanza; ella
misma es algo así como la arena movediza de la historia desde hace mucho
tiempo. La impresión de caducidad general, que se entrega a una llorosa
mirada retrospectiva hacia aquello que no se deja retener, no tiene en verdad
nada que ver ya con la historia. Historia es, más bien, aquella caducidad
que surge de la esperanza, del éxodo y de la partida hacia el futuro
prometido, todavía invisible. La comunidad de Cristo no tiene aquí
una "ciudad permanente", porque busca la "ciudad futura",
y por ello sale del campamento, para soportar la ignominia de Cristo. No es
que la comunidad de Cristo no tenga aquí ninguna ciudad permanente debido
precisamente a que no existe en absoluto en la historia nada permanente; "pasajero"
se vuelve para la esperanza cristiana no sólo aquello que, según
la impresión general, está sometido al destino del perecer, sino
precisamente aquello que, según la impresión general, existe siempre
y precipita a toda vida en el perecer, a saber: La muerte y el mal. En la resurrección
prometida, la muerte se vuelve pasajera, y pasajero se vuelve el pecado en la
justificación del pecador y en la justicia que hemos de aguardar.
Ni
la historia devora a la escatología (Albert Schweitzer), ni la escatología
devora a la historia (Rudolf Bultmann). El "logos" del "eschaton"
es promesa de aquello que todavía no es; y por ello "hace"
historia. La "promissio" que anuncia el "eschaton", y en
la cual éste se anuncia, es el motor, el motivo, el resorte y el tormento
de la historia.
(...)
Una
teología de la resurrección puede intentar solucionar de muchos
modos el problema de la historia. Si el resucitado no encaja en nuestro concepto
de lo científico-histórico, la teología puede admitir como
"no científico-históricas" las palabras que hablan de
la resurrección de Jesús por Dios, y buscar otros accesos y otras
apropiaciones de la realidad de la resurrección para el hombre moderno,
definido por la ciencia histórica. Mas precisamente con ello la teología
abandona a las explicaciones científico-históricas del mundo el
campo del conocer y del tratar con la historia. Si la realidad de la resurrección
resulta inaprehensible con medios científico-históricos de la
edad moderna, también el trato moderno, cognoscitivo, con la historia
resulta, a la inversa, teológicamente inaprehensible para la fe. La "fides
quaerem intellectum" tiene que renunciar entonces, en el campo de la historia,
al intellectus fidei". Esto se realiza ante todo renunciando en teología
a la pregunta científico-histórica por la realidad de la resurrección,
y concentrándose en la segunda pregunta, en la pregunta por el carácter
de testimonio y por el carácter de demanda que posee la predicación
de la fe pascual. Se abandona entonces el conocer de la historia a todos los
posibles principios panteístas o ateístas, para concentrarse en
el encuentro personal, en la vivencia no objetivable o en la decisión
existencial a que conduce el kerigma de pascua. "De esta manera a
nosotros se nos pregunta sencillamente si creemos que Dios actúa en esas
(vivencias visionarias de pascua) tal como ellas mismas lo creen y tal como
la predicación lo afirma." Con este "sencillamente" se
recomienda, sin duda alguna, dar el salto desde el conocer científico-histórico,
que es un conocer mediador, objetivante, a la decisión personal. La resurrección
de Cristo no puede ser aprehendida entonces ni de manera mítica ni de
manera científico-histórica, sino "sólo en la categoría
de la revelación". Mas con ello la predicación de la resurrección
queda flotando en el aire, y lo mismo ocurre con la existencia afectada por
ella, sin que se hagan comprensibles ni el carácter forzoso de la predicación
ni la necesidad de tomar en absoluto una decisión a la vista de ella.
(...)
Lo
nuevo escatológico de la resurrección de Cristo aparece como un
"novum ultimum", comparado tanto con lo homogéneo de la realidad
que se repite una y otra vez, como con lo comparativamente no-homogéneo
de posibilidades históricas nuevas que se abren. Una ampliación
de la consideración científico-histórica, consistente en
tener en cuenta la contingencia, no llega todavía a ver la realidad misma
de la resurrección. La superación, completamente posible, de la
forma antropocéntrica de la analogía científico-histórica
no otorga a ésta, de modo incondicional, un carácter teológico.
Sólo si se pudiera mostrar el universo científico-histórico
entero con su contingencia y su continuidad, sólo si se pudiera mostrar
que no es en sí mismo necesario, sino contingente, sólo entonces,
decimos, se divisaría aquello que podemos calificar como lo nuevo escatológico
de la resurrección de Cristo. Ésta no significa una posibilidad
en el mundo y en la historia de éste, sino una nueva posibilidad del
mundo, de la existencia humana, y de la historia en general. Sólo si
se puede entender el mundo como creación contingente nacida de la libertad
de Dios y "ex nihilo" (contingentia mundi), resulta comprensible la
resurrección de Cristo como "nova creatio". Por ello, a la
vista de lo que se dice y se promete cuando se habla de la resurrección
de Cristo, es necesario mostrar la profunda irracionalidad del cosmos racional
del mundo moderno, del mundo de la ciencia y de la técnica. La resurrección
de Cristo no significa un proceso posible en la historia del mundo, sino el
proceso escatológico de esa historia.
(...)
Ocurre
que la Iglesia, y la teología con ella, no es ni la religión de
esta o de aquella sociedad, ni tampoco una secta. Ni se puede exigir de ella
que se acomode al modo concreto, vinculante para todos, de entender la realidad
que tiene la sociedad, ni es lícito esperar que se presente como lenguaje
arbitrario de un conventículo exclusivo y que está ahí
tan sólo para los fieles del mismo. Así como la Iglesia tiene
entablado un proceso con la sociedad en que vive, referente a la verdad, así
también la teología participa de la misión de la comunidad.
La teología tiene que encontrarse enfrentada a las concepciones de la
historia y a las cosmovisiones científico-históricas, en un proceso
referente al futuro de la verdad y, por ello, debe hallarse también en
polémica con aquéllas acerca de la realidad de la resurrección
de Jesús. Esa lucha que acontece en la polémica con y en la destrucción
de los conceptos científico-históricos modernos acerca de la realidad,
lucha entablada en torno a la realidad enigmática de la resurrección
de Jesús, no es en modo alguno tan sólo una lucha en torno a un
detalle de un pasado lejano; por el contrario, esa realidad pone en cuestión
también los medios científico-históricos de asegurarse
de la historia. Se lucha por el futuro de la historia y por el modo de conocer,
esperar y trabajar en ese futuro. Se lucha por conocer la misión del
presente y por determinar y conocer la tarea del ser humano.
El
sentido de la polémica científico-histórica en torno a
la resurrección de Cristo no ha sido jamás un sentido únicamente
científico-histórico. Y así, la pregunta especial por la
realidad científico-histórica de la resurrección, que dice
¿Qué puedo yo saber?, apunta, por encima de sí misma, hacia
estas otras preguntas, próximas a ella: ¿qué debo hacer?
y ¿qué me es lícito esperar?, ¿qué horizonte
de futuro, poblado de posibilidades y de peligros, se nos abre desde la historia
pasada? Una pregunta por la resurrección, si se plantea de un modo exclusivamente
científico-histórico, es extraña a los textos de los relatos
pascuales. Pero éstos son extraños al contexto de experiencia
del mundo que tiene el historiador y dentro del cual él se esfuerza por
leer los textos. Toda comprensión real comienza con tales extrañezas.
(...)
Los
relatos pascuales del Nuevo Testamento predican narrando, y narran historias
predicando. La alternativa moderna de si hay que leerlos como una fuente científico-histórica
o como una llamada kerigmática a adoptar una decisión, les resulta
tan extraña, como les resulta extraña la separación moderna
de verdad de cosas y verdad de existencia. Por ello habría que preguntarse
si no sería necesario unir otra vez, de una manera nueva, los conocimientos
de la investigación histórico-formal, que dicen en resumen que
no fueron archiveros, sino misioneros, los que dieron forma a esa tradición;
unir esos conocimientos, decimos, con la intención de la pregunta científico-histórica,
que interroga por los sucesos que esa predicación proclama con sus palabras.
Si la realidad de la resurrección nos ha sido transmitida y comunicada
tan sólo en el modo de la predicación misionera, y esa forma de
tradición y de comunicación pertenece evidentemente a la realidad
de la resurrección misma, hay que plantearse el problema de si la forzosidad
interna de adoptar ese modo de expresión y de comunicación no
se encuentra fundada en la peculiaridad del acontecimiento mismo. Pues, propiamente,
no resulta explicable ni como añadido ni como casualidad.
La
realidad que se encuentra detrás de los relatos kerigmáticos tiene
que ser evidentemente una realidad tal, que "forzó" a la predicación
a todos los pueblos y a concepciones cristológicas siempre nuevas. El
encargo y la autorización para esa misión universal deben ser
entonces un elemento constitutivo del acontecimiento mismo de que esa misión
habla. Si no se pregunta ya tan sólo "cómo" predicó
la comunidad y a qué cambio de formas estuvo expuesta su predicación,
sino que se pregunta "por qué" se habló así y
qué fue lo que llevó a la predicación, entonces nos encontraremos
en una nueva vía para plantear la cuestión científico-histórica
y para ver la verdad existencial de la fe como fundada en la verdad objetiva
de lo que hay que creer. Entonces el problema no es ya si esa predicación
es cierta, en el sentido de la "ciencia histórica", sino si
y cómo la predicación es legitimada y necesariamente engendrada
por el acontecimiento de que habla. Entonces no se puede preguntar ya sólo,
en el sentido de la ciencia histórica, por lo que ocurrió en aquel
tiempo pasado, y tampoco se puede interpretar la interpelación actual
únicamente de manera existencial, sino que hay que preguntar por lo abierto,
por lo no concluso, por lo todavía no liquidado, por lo que falta y,
en consecuencia, por el futuro que ese acontecimiento anuncia.
Si
en ese acontecimiento hay algo que todavía no se ha realizado, sino que
está referido a un futuro determinado, entonces se vuelve inteligible
el que no se pueda hablar de ese acontecimiento con la distancia propia de la
ciencia histórica, a la manera de un relato que se refiere a un suceso
concluso en sí mismo, sino sólo a la manera de una esperanza en
recuerdo. Si este acontecimiento de la resurrección de Cristo sólo
puede ser bien entendido tomándolo conjuntamente con su futuro escatológico-universal,
esto significa que la única forma de comunicación que corresponde
a este acontecimiento es necesariamente la predicación misionera a todos
los pueblos sin distinción; una misión que se sabe a sí
misma puesta al servicio del futuro prometido de ese acontecimiento. Sólo
la predicación misionera hace justicia al carácter científico-histórico
y al carácter escatológico de ese acontecimiento. Ella representa
la forma correspondiente a este acontecimiento de la experiencia de la historia,
de la existencia histórica y de la expectación histórica.
(...)
El
acontecimiento de la resurrección de Cristo de entre los muertos es un
acontecimiento que sólo se entiende en el "modus" de la promesa.
Tiene su tiempo todavía delante de sí, es concebido como "fenómeno
histórico" tan sólo en su referencia a "su" futuro,
y notifica al que lo conoce un futuro al cual éste debe marchar históricamente.
Por ello habrá que leer siempre también escatológicamente
los relatos de la resurrección en el horizonte de esta pregunta clave:
¿qué me es lícito esperar? Sólo con esta tercera
pregunta penetran el recuerdo, así como el saber científico-histórico
que le corresponde, en un horizonte adecuado a la cosa que se trata de recordar.
Sólo desde esta pregunta penetran la historicidad de la existencia humana,
y la comprensión de sí mismo correspondiente a ella, en un horizonte
apropiado a la historia que fundamenta e inaugura la historicidad del existir
humano.
(...)
La
esperanza cristiana de futuro surge de la percepción de la resurrección
y aparición de Jesucristo. Sin embargo, el saber teológico de
esperanza sólo puede percibir este acontecimiento en la medida en que
intenta imaginar el horizonte de futuro que ese acontecimiento delinea. Conocer
la resurrección de Jesús significa, por ello, conocer en este
acontecimiento el futuro de Dios para el mundo, así como el futuro del
hombre, futuro que el hombre encuentra en este Dios y en su obrar. Allí
donde se realiza ese conocimiento, tiene lugar también el recuerdo de
la historia de promesa del Antiguo Testamento en una actualización crítica
y transformadora. La escatología cristiana, que intenta imaginar el futuro
inagotable de Cristo, no coloca el acontecimiento de la resurrección
en un marco apocalíptico, histórico-universal. Pregunta, más
bien, por la "tendencia" interna del acontecimiento de la resurrección,
pregunta por aquello que, en justicia, puede y debe ser esperado del resucitado
y exaltado. Pregunta por la misión o envío de Cristo y por la
"intención" de Dios, que le resucitó de entre los muertos.
Conoce como tendencia interna de este acontecimiento el dominio futuro de Cristo
sobre todos sus enemigos, también sobre la muerte. "Pero él
TIENE QUE dominar..." (1 Cor 15, 28). Conoce como tendencia externa o como
consecuencia el propio envío o misión: "El evangelio TIENE
QUE ser predicado a todos los pueblos" (Mc 13, 10).
La
escatología cristiana habla del futuro de Cristo, que saca a luz al hombre
y al mundo. No habla, a la inversa, de una historia universal y de un tiempo
que saquen a luz a Cristo, y tampoco habla de un hombre cuya buena voluntad
sea la que saque a luz a Cristo. Por ello queda excluído insertar el
acontecimiento de la resurrección en la historia universal o en lo apocalíptico,
así como el poner una fecha a su futuro o a su retorno. No es "el
tiempo" el que saca a luz a Cristo, y no es la historia la que le otorga
su derecho, sino que es él el que saca a luz a los tiempos. El retorno
de Cristo no viene "por sí mismo", como el año 1969,
sino que viene de Cristo mismo, viene cuando Dios quiere y como él, de
acuerdo con su promesa, quiere. Por ello está excluida la eternización
de la apertura al horizonte de la esperanza cristiana. La apertura de la existencia
cristiana tiene un final, pues no es apertura para un futuro que permanece vacío,
sino que tiene como presupuesto el futuro de Cristo, y en ese futuro encuentra
su cumplimiento.
(...)
Las
apariciones pascuales de Jesús son, evidentemente, apariciones en que
se hace una llamada. Por esto coinciden en ellas el conocimiento de Jesucristo
y el conocimiento de su misión y de su futuro. Y por esto coinciden también
el conocimiento de sí mismo y el conocimiento de la propia llamada y
del propio envío o misión a su futuro, al futuro de Cristo.El
horizonte dentro del cual se hace conocible la resurrección de Cristo
como "resurrección" es el horizonte de promesa y de envío
hacia adelante, hacia su futuro y hacia el futuro de su dominio. Sólo
en este contexto, desde él y hacia él, surgen aquellas preguntas
que se refieren al futuro de la historia universal. Y por ello aparecen en la
forma de la pregunta por el destino de "Israel y de los pueblos",
y obtienen respuesta en aquel punto eje de la historia de la crucifixión
de Cristo por judíos y gentiles y de su resurrección para judíos
y gentiles. Reciben respuesta en el horizonte de la misión de Cristo
y de la misión de la comunidad, compuesta de judíos y gentiles.
Sólo
en este contexto aparece también la pregunta por la "verdadera humanidad",
por aquello que hace hombre al hombre, y se la contesta con la manifestación
de un camino, de una promesa y de un futuro, en los cuales "la verdad"
viene al hombre y éste mismo llega a la verdad. La comunidad con Cristo,
el nuevo ser en Cristo, se muestran como el camino hacia la humanización
del hombre. En ellos se anuncia el verdadero ser humano, y en ellos podemos
buscar el futuro todavía oculto y no cumplido de la humanidad. Esta apertura
al mundo y esta apertura al futuro de la existencia humana son fundamentadas,
inauguradas y mantenidas en vida por la apertura de la revelación de
Dios que se anuncia en el acontecimiento de la resurrección de Cristo,
en la cual este acontecimiento apunta, por encima de sí mismo, hacia
un "eschaton" de la plenitud de todas las cosas.
La
apertura de la existencia cristiana no es un caso especial de la apertura humana
general. No es una forma especial del "cor inquietum" de la criatura.
Más bien el "cor inquietum" del hombre, que es histórico
e impulsa a la historia, surge de la "promissio inquieta" y pende
de ella, está remitido a ella. La resurrección de Cristo es "promissio
inquieta" hasta que encuentre reposo en la resurrección de los muertos
y en una totalidad del nuevo ser. El conocimiento de la resurrección
del crucificado introduce la contradicción de un mundo irredento, percibida
continuadamente y en todas partes, introduce el duelo y el sufrimiento que ese
mundo produce, en la confianza de la esperanza; y por otro lado, la confianza
de la esperanza se vuelve terrena y universal. Todo docetismo en la esperanza
que deje invalidarse las circunstancias terrenas o la corporeidad en su contradicción,
y se reduzca a la Iglesia, al culto o a la interioridad creyente, representa
por ello una negación de la cruz. La esperanza nacida de la cruz y de
la resurrección transforma lo nulo, lo contradictorio y doloroso del
mundo en su "todavía no", y no permite que acabe en la "nada".
(...)
El
acontecimiento fundamental ocurrido en las apariciones pascuales consiste entonces,
evidentemente, en la revelación de la identidad y la continuidad de Jesús
en la contradicción total de cruz y resurrección, de abandono
de Dios y cercanía de Dios. Por ello puede todo el Nuevo Testamento afirmar
que lo que los discípulos vieron en pascua no fue un nuevo ser divino
cualquiera, sino a Jesús mismo. El Señor creído y predicado
con pascua se encuentra, por tanto, en una continuidad que debemos formular
y buscar siempre de nuevo, y que no debemos abandonar jamás, con el Jesús
terreno venido y crucificado. El único puente que asegura la continuidad
de la predicación cristiana primitiva con la historia y la predicación
de Jesús mismo pasa por la resurrección del crucificado. Esta
es una continuidad en discontinuidad radical, o una identidad en contradicción
total. El enigma de esta identidad misteriosa entre el Cristo crucificado y
el Cristo resucitado es, evidentemente, el motivo que impulsó las disputas
cristológicas de la cristiandad primitiva. En su carácter de pregunta,
que aparece una y otra vez, ese enigma es la auténtica constante en las
polémicas cristológicas. Como caminos errados aparecen aquí
las siguientes posibilidades:
1.
El Jesús terreno y crucificado es absorbido y devorado totalmente
dentro del ser celeste del resucitado y exaltado. El recuerdo de sus palabras
y de su muerte queda recubierto por la mirada dirigida a su presente ser celestial,
de tal manera que no se percibe ya la dureza de la ausencia divina del viernes
santo. Esta tendencia condujo al docetismo.
2.
Las apariciones pascuales son tomadas tan sólo como confirmación
divina de las pretensiones del profeta muerto, de tal manera que sus palabras
continúan actuando, pero no él mismo. En este caso la "resurrección"
es sólo la la legitimación y la interpretación de lo científico-histórico.
La línea de continuidad va de las palabras del maestro muerto a la predicación
de la comunidad, que continúa las palabras de aquél. La muerte
queda abolida, por así decirlo, por la confirmación divina en
las apariciones pascuales. La continuidad que queda es entonces una continuidad
directa, repetitiva, la cual, dejando de lado la cruz y la resurrección,
se dirige a la comprensión que de sí mismo y de la existencia
humana tenía Jesús. En este caso las apariciones pascuales no
son signo de un nuevo acontecimiento ocurrido en Jesús, sino el nacimiento
de la fe en la predicación de Jesús. Esta tendencia condujo en
aquel tiempo al ebionitisno.
3.
Jesucristo, crucificado ayer, hoy resucitado, es "el mismo"
en ambas formas de aparición. La cruz y la resurrección son entonces
sólo dos modos de ser que se dan en su persona única, eterna y
en sí misma inmutable. Su muerte terrena y su vida de resurrección
se vuelven en este caso relativas a la sustancia única que hay en su
persona, la cual estaría en sí misma más allá de
la muerte y de la vida. Con esta concepción, tal como se insinúa
sobre todo en la cristología de la Iglesia antigua, no se percibe ni
el carácter mortal de su muerte ni tampoco lo nuevo y sorprendente de
su resurrección. Esta tendencia condujo al modalismo.
A
la vista de estos esquemas habrá que decir que la identidad de Jesús
sólo puede ser entendida como una identidad "en" la cruz y
la resurrección, pero no por encima de ellas; es decir que esa identidad
tiene que permanecer unida con la dialéctica de cruz y resurrección.
Las contradicciones de cruz y resurrección forman parte en este caso
de su identidad. Ni se puede reducir la resurrección a la cruz, como
si fuera el significado de ésta, ni se puede reducir la cruz a la resurrección,
como si fuera su etapa previa. Se trata formalmente de una identidad dialéctica,
la cual sólo existe por la contradicción, y de una dialéctica
que subsiste en la identidad.
La
expresión apocalíptica "resurrección de entre los
muertos por Dios" introduce en las determinaciones personales "crucificado-resucitado"
una fórmula que habla de una obra. Con su resurrección por Dios,
Jesús es identificado como el crucificado resucitado. El punto de identidad
no reside entonces en la persona de Jesús, sino "extra se"
en el Dios que crea de la nada la vida y el nuevo ser. En este caso Jesús
murió del todo y resucitó del todo. Para este modo de pensar,
la revelación de la divinidad de la fidelidad de Dios reside en la revelación
de sí mismo por Jesús en sus apariciones. En este caso hay que
decir que Dios confiesa ser Dios y hace manifiesta su fidelidad en este acontecimiento
que se vuelve experimentable en la crucifixión y las apariciones pascuales.
Mas entonces este acontecimiento que se hace manifiesto en la cruz y en las
apariciones pascuales remite, hacia atrás, a las promesas de Dios, y
hacia adelante, a un "eschaton" de la revelación de su divinidad
en todo. Entonces hay que entender ese acontecimiento como el acontecimiento
escatológico de la fidelidad de Dios, y a la vez como garantía
escatológica de su promesa y como inicio del cumplimiento.
Es
correcto entonces que el futuro de Cristo no sea aguardado sólo en su
glorificación universal, sino que su dominio quede subordinado a la revelación
escatológica de la divinidad de Dios en todo lo que es y en todo lo que
no es, como insinúa Pablo en 1 Cor 15, 28. Lo que aconteció entre
la cruz y las apariciones pascuales es entonces un acontecimiento escatológico,
que tiende a la revelación futura y al cumplimiento universal. Apunta
por encima de sí mismo, y también por encima de Jesús,
hacia la revelación venidera de la gloria de Dios. Entonces Jesús
se identifica en las apariciones pascuales como el que viene, y su identidad
en cruz y resurrección señala la dirección y abre el camino
al acontecimiento venidero.
El
que aparece como resucitado no es conocido entonces como el eternizado o el
glorificado en el cielo, sino que aparece en el resplandor anticipado de la
gloria prometida y venidera de Dios. Lo que en él aconteció es
entendido como inicio y como promesa garantizada del dominio verdadero de Dios
sobre todo, como victoria de la vida dada por Dios sobre la muerte. Cruz y resurrección
no son sólo, en este caso, "modi" que se dan en la persona
de Cristo. Su dialéctica es, más bien, una dialéctica abierta,
que encontrará su síntesis superadora en el "eschaton"
de todas las cosas.En cambio, si se establece en la persona de Jesús
una diferencia entre cruz y resurrección, aquel acontecimiento que se
da entre la cruz y la pascua no es tomado como revelación de la divinidad
de Dios en la muerte, y tampoco ya como acción creadora de Dios, sino
que es entendido como "autobasileia" de Jesús: el crucificado
ha resucitado. Ha resucitado incluso sin una intervención especial de
Dios, porque él mismo es Dios. Pero esta concepción transforma
la pascua en el nacimiento de un nuevo Kyrios cultual, y sólo difícilmente
puede mantenerse frente a la experiencia efectiva del dominio actual de la muerte
y de las potencias de la nada sobre el hombre.
Sumando
los relatos pascuales, tenemos que en las palabras oídas al resucitado
no se encuentra únicamente el momento de la identificación de
sí mismo, sino también, constantemente, un tema de misión
y de promesa. Las apariciones del resucitado fueron experimentadas por los afectados
como un encargo de servicio y de misión en el mundo, pero no como vivencias
bienaventurantes de la unificación con lo divino que aquí aparece.
El encargo de prestar un servicio apostólico al mundo se consideró
como la auténtica palabra del resucitado. Las apariciones eran apariciones
que hacían una llamada, situando a los afectados en la imitación
de la misión de Jesús. La revelación del resucitado identificaba
a los afectados con la misión de Jesús y los introducía
así en una historia que es inaugurada y se halla determinada por la misión
de Jesús y por su futuro, que se ha vuelto manifiesto y esperable en
el anticipo de pascua.
La
percepción del acontecimiento de la resurrección ocurrido en Jesús
llevó, pues, por lógica consecuencia, a percibir la propia misión
y el propio futuro. Esto sólo resulta inteligible propiamente si el misterio
de la persona de Jesús y de su historia en cruz y resurrección
se concibe desde su misión y hacia el futuro de Dios para el mundo, al
cual sirve su misión. Sólo cuando se ve su historia, determinada
así desde el "eschaton", y sólo cuando la propia conciencia
de la historia se presenta en la conciencia de misión, puede ser llamada
"histórica" la resurrección de Jesús de entre
los muertos. Su enigmática identidad en la contradicción de cruz
y resurrección hay que entenderla por ello como una identidad escatológica.
Los títulos de Cristo, con los cuales se expresa esa identidad, se anticipan
a su futuro. No son, por ello, títulos compactos, que fijen quién
fue y es, sino que son, por así decirlo, títulos abiertos, resbaladizos,
que anuncian en promesa lo que él será. Y por lo mismo, son a
la vez títulos dinámicos. Son conceptos movidos y motrices de
la misión, que quieren señalar a los hombres su trabajo en el
mundo y su esperanza en el futuro de Cristo.
(...)
La
percepción del acontecimiento de la resurrección de Cristo es
un conocimiento esperanzado y expectante. Ese conocimiento percibe en él
la latencia de la vida eterna, de esa vida que, en la alabanza de Dios, surge
de la negación de lo negativo, de la resurrección del crucificado
y de la exaltación del abandonado. Acepta la tendencia a la resurrección
de los muertos que hay en este acontecimiento de la resurrección de uno.
Obedece a la intención de Dios, en la medida en que se entrega a la dialéctica
de la pasión y de la muerte, en la expectación de la vida eterna
y de la resurrección. Esto es descrito como la obra del Espíritu
Santo. El "Espíritu" es, según san Pablo, el "Espíritu
viviente", el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los
muertos, y que "habita en aquellos" que perciben a Cristo y su futuro,
y que "vivificará sus cuerpos mortales" (Rom 8, 11).
Lo
que aquí se califica de "Espíritu" no es algo que caiga
del cielo ni que lleve entusiásticamente a él, sino algo que brota
del acontecimiento de la resurrección de Cristo, siendo un anticipo y
una prenda de su futuro, del futuro de la resurrección universal y de
la vida.
(...)
El
fundamento y el derecho de la comunidad cristiana a proseguir la predicación
de Jesús y también a transformarla a su vez, se basan en el suceso
en virtud del cual aquella comunidad recordaba las palabras y el obrar de Jesús
y anunciaba que este mismo es el Señor de todo el mundo, es decir se
funda en las apariciones pascuales del resucitado. Mas esas apariciones fueron
percibidas y anunciadas en un horizonte apocalíptico de expectación:
resurrección como suceso escatológico --Jesús, la primicia
de la resurrección--. La comunidad tuvo que vincular la comprensión
de Jesús que se deriva del acontecimiento de la resurrección del
crucificado por Dios, con el recuerdo de la comprensión de Dios y de
su reino que se deriva de las palabras y las acciones de Jesús.
El
carácter escatológico de decisión que tiene la predicación
por Jesús del cercano dominio divino tuvo que ser trasladado, en consecuencia,
al carácter de decisión que tiene el mensaje que habla del Señor
crucificado y resucitado. Pero con ello la predicación del dominio divino
adquirió un nuevo carácter apocalíptico y pudo ser enlazada
con los títulos apocalíptico-mesiánicos de Cristo, tales
como Hijo del Hombre. Hay ahí una discontinuidad entre el mensaje del
reino predicado por Jesús y el mensaje cristológico del reino
predicado por la comunidad, como se pone palpablemente de manifiesto en la frase
de A. Schweitzer que dice que Jesús predicó el reino y que la
Iglesia le predicó a él. Esta discontinuidad está, sin
embargo, justificada. La comunidad no tiene que continuar la conciencia de sí
o la comprensión de sí que tuvo Jesús, sino que tiene que
predicar quién es éste. Mas esto es algo que sólo se evidencia
desde el final, es decir desde la cruz y las apariciones pascuales, que son
un anticipo de su meta y de su final, los cuales todavía están
escatológicamente pendientes. La base de las afirmaciones cristológicas
de la comunidad no es la conciencia de sí que Jesús tenía,
sino aquello que aconteció en la cruz y en la resurrección. Su
muerte y su resurrección marcan la discontinuidad entre el Jesús
histórico y la cristología del cristianismo primitivo. Pero su
identidad --que consiste en que el aparecido como resucitado es el crucificado,
y no otro alguno-- es, a la vez, el puente que lleva al Jesús histórico,
es el motivo y la ocasión para recordar históricamente la predicación
y el obrar de Jesús.
Es
posible que, en la tradición evangélica de la cristiandad primitiva,
ese recuerdo se encuentre enturbiado por más de un entusiasmo referente
a la resurrección y al espíritu; sin embargo, las cristofanías
pascuales son la única razón suficiente para reactualizar memorativamente
su predicación, de igual manera que es su cruz el único fundamento
suficiente para no olvidar su promesa del reino, por encima del retraso de la
parusía del reino. Los relatos evangélicos no necesitan caer por
ello bajo la acusación de ser una re-proyección fantástica
de la fe en la resurrección. Esos relatos recuerdan a Jesús a
base de las expectaciones de su futuro suscitadas por las apariciones de resurrección,
y hablan del Jesús histórico, del Jesús llegado, viéndole
a la luz de su futuro, que podemos aguardar merced a la pascua. Estas esperanzas
son evidentemente un poderoso motivo del recuerdo histórico y también
de descubrimientos históricos. No es la comprensión de sí
que Jesús tenía, cualquiera que fuese el modo como estuviese constituída,
sino la comprensión de su futuro, que nosotros podemos creer y aguardar
merced a la pascua, lo que manifiesta quién fue y quién es Jesús
"en realidad". No es el recuerdo del maestro muerto, rememorado a
la luz de su muerte, sino la experiencia de pascua la que fuerza a identificar
a Jesús. Sólo la enigmática identidad dialéctica
del resucitado con el crucificado fuerza a admitir una continuidad entre la
cristología del cristianismo primitivo y el mensaje de Jesús mismo.
La "conciencia de sí de Jesús" no fuerza a conservarle
en nuestra conciencia; pero la conciencia acerca de Jesús, forjada por
las apariciones de resurrección, sí fuerza a preguntar por la
propia continuidad de esta conciencia con la conciencia misma de Jesús.
Ahora
bien, si la resurrección de Jesús de entre los muertos forma parte
de este modo del mensaje cristiano del reino, entonces esa resurrección
difícilmente consiente que se la siga concentrando por más tiempo
en su "sentido para la existencia" y se la continúe eticizando
existencialmente; entonces nos vemos forzados a desplegar el horizonte universal
de esperanza y de promesa sobre todas las cosas, con la misma amplitud con que
lo había desplegado la apocalíptica; no de la misma manera, pero
sí con la misma amplitud cósmica. Por esto no se debería
hablar sólo del dominio divino, queriendo significar con ello que la
existencia del hombre está afectada escatológicamente por la exigencia
absoluta, sino que tendríamos que volver a hablar del reino de Dios,
y desarrollar con ello la amplitud escatológica del futuro del reino
para todas las cosas, futuro en el cual le introducen, al que espera, el envío
y el amor de Cristo.
(...)
Con
la experiencia de la cruz y de la resurrección, el "reino de Dios"
no sólo es entendido cristológicamente, sino también escatológicamente
de una manera nueva. Por razón de las experiencias de la cruz y de pascua,
las comunidades más antiguas no vivían en un "tiempo cumplido",
sino en expectación de futuro. Es verdad que las experiencias de pascua
y del Espíritu pudieron dar ocasión a una escatología de
cumplimiento basada en el Espíritu, por la cual parecían quedar
superadas en éste las experiencias de la cruz y de la contradicción
a la realidad. Únicamente el realismo propio de la cruz terrena de Jesús
y de la contradicción a un mundo no redimido --contradicción percibida
por doquiera en el envío--, hicieron aparecer como error este docetismo
religioso o cultual. Y así se impuso, precisamente en Pablo, una comprensión
escatológica del reino de Dios no llegado todavía, en contra del
entusiasmo escatológico y cultual. Si la resurrección de Jesús
de entre los muertos ofrece motivo para una nueva esperanza del reino, esto
quiere decir que el futuro prometido no puede consistir ya en la donación
misma del Espíritu, sino que el "Espíritu" mismo se
convierte en la "prenda" del futuro aún no llegado, y por ello
"lucha" contra las "obras de la carne". Si el reino de Dios
implica la resurrección de los muertos, entonces ese reino es una nueva
creación, y entonces el "Señor exaltado" no puede ser
concebido como uno más entre otros muchos señores cultuales o
como el "verdadero Señor del culto", sino sólo como
el cosmocrator.
El
dominio del Cristo resucitado y exaltado, tal como lo entendió la cristología
de exaltación de la comunidad helenística, es, él mismo,
escatológicamente provisional y sirve a la finalidad del dominio único
de Dios, en el cual todas las cosas se renovarán. Mas entonces la comprensión
escatológica del mensaje del reino no deforma el mensaje de Jesús
sobre éste, sino que le vuelve universal, le abre a una totalidad del
nuevo ser. Las apariciones pascuales se convierten entonces en ocasión
para aguardar tanto el dominio de Dios sobre la muerte como la justicia de Dios
en todas las cosas pasajeras. Si el reino de Dios comienza, por así decirlo,
con un nuevo acto de creación, esto significa que el reconciliador es,
en última instancia, el creador, y por ello la perspectiva escatológica
de reconciliación tiene que significar la reconciliación de toda
criatura y desplegar una escatología de todas las cosas.
(...)
La
promesa del reino de Dios, en el cual todas las cosas consiguen el derecho,
la vida y la paz, la libertad y la verdad, no es exclusiva, sino inclusiva.
Y así también su amor, su solidaridad y su compasión son
inclusivos; no excluyen nada, sino que incluyen en la esperanza todo aquello
en lo cual Dios será todo en todo. La "pro-missio" del reino
de Dios es el fundamento de la "missio" del amor al mundo.
(...)
Pero
si la promesa del futuro de Cristo nace de la resurrección del crucificado,
esto significa que la promesa entra en una contradicción tal con la realidad,
que no es posible insertar esa contradicción en una dialéctica
histórica universal, tal como podemos deducirla de otros sucesos. Insertar
esa contradicción en la historia de salvación y en la historia
del mundo resulta posible tan sólo si la empequeñecemos. Sólo
entonces es reconciliable en una dialéctica histórico-universal.
Pero si en el acontecimiento de la resurrección del crucificado vemos
una "creatio ex nihilo", lo que aquí está en juego no
es entonces un posible cambio de lo existente, sino nada y todo. Entonces se
ve que este mundo "no puede soportar" ni la resurrección ni
el nuevo mundo creado a partir de aquélla. La dialéctica que quiere
soportar esa contradicción tiene que convertirse en una dialéctica
apocalíptica. La síntesis reconciliadora de cruz y resurrección
sólo puede ser aguardada y esperada en una totalidad del nuevo ser. La
teología histórico-salvífica percibe sin duda el decurso
de promesas y acontecimientos, pero no la contradicción de la promesa
frente a la realidad, y por ello no percibe el desvelamiento del mundo ateo
en la cruz de Cristo.
(...)
La
expectación cristiana no se dirige a nadie más que al Cristo llegado,
pero aguarda de él algo nuevo, algo no acontecido hasta ahora: aguarda
el cumplimiento de la prometida justicia divina en todo, el cumplimiento de
la resurrección de los muertos prometida en su resurrección, el
cumplimiento del dominio del crucificado sobre todo, prometido en su exaltación.
Esta
irredención del mundo, visible y experimentable en el sufrimiento, no
es para la expectación cristiana, como era para los judíos, un
argumento contra la fe de que el mesías ha venido ya, sino la opresora
pregunta de sus oraciones, que imploran el futuro del redentor llegado. No porque
sea dudoso que Jesús es el Cristo, sino porque con él fue puesta
en vigencia la redención, gimen los creyentes, junto con toda criatura,
bajo la irredención del mundo, y quieren comtemplar el cumplimiento universal
de su obrar redentor y restaurador. Conocen al redentor y en su nombre aguardan
el futuro de la redención, pero esto significa que, para ellos, la irredención
de este mundo de muerte no se convierte tampoco, de manera platónica,
en el mundo inesencial de la apariencia, en el cual lo que importa ya es tan
sólo la demostración y el desvelamiento de la redención.
El alfa y la omega son ciertamente lo mismo en lo que se refiere a la persona:
"Yo soy el alfa y la omega" (Apoc 1, 8). Pero no son lo mismo en lo
que se refiere a la realidad del acontecer, "pues todavía no ha
aparecido lo que seremos" (1 Jn 3, 2), y "lo primero" no ha pasado
todavía, y tampoco "todo" se ha hecho nuevo. Así, pues,
hay que aguardar algo nuevo del futuro. Pero si ese futuro se aguarda como el
"futuro de Cristo", entonces no se le aguarda de algo nuevo o distinto.
Lo que el futuro trae, eso se ha vuelto confiadamente esperable "de una
vez por todas" en virtud del acontecimiento de la resurrección del
crucificado. La fe en Jesús como el Cristo no es el final de la esperanza,
sino la confianza en la esperanza (Heb 11, 1). La fe en Cristo es el "prius",
pero la esperanza tiene la primacía en esa fe.
(...)
Todas
las pruebas de Dios son en el fondo anticipaciones hacia aquella realidad escatológica
en la cual Dios es manifiestamente todo en todo. Suponen esta realidad como
ya presente y como inmediatamente visible a todo hombre. Los principios hermenéuticos
que se deducen de ellas hacen del presente de Dios --presente demostrable, visible
o perceptible a base del mundo, de la existencia humana, o del nombre predicado
de Dios, aun cuando sea sólo en la pregunta necesaria por él--
el punto de partida de la explicación y de la apropiación de los
testimonios históricos, bíblicos.
Pero
semejante "teología natural", en la cual Dios es manifiesto
y demostrable a todo hombre, no es el presupuesto de la fe cristiana, sino la
meta de futuro de la esperanza cristiana. Ese presente universal e inmediato
de Dios no es aquello de que la fe viene, sino aquello hacia lo que la fe camina.
No es aquello en que la fe está, sino aquello que la fe busca. Sólo
en virtud de la revelación de Dios ocurrida en el acontecimiento de promesa
de la resurrección del Cristo crucificado tiene la fe que inquirir y
buscar la revelación universal e inmediata de Dios en todo y para todos.
Aquel mundo que demuestra la divinidad de Dios, y aquella existencia humana
que es movida necesariamente por Dios, son aquí proyectos de futuro de
la esperanza cristiana. Son anticipaciones hacia aquel país, no alcanzado
todavía, del futuro, en el cual Dios es todo en todo. Son proyectos antropológicos
y cosmológicos de la fe cristiana, en los cuales el Dios de Jesucristo
es "supuesto" o dado a todos los hombres y a toda la realidad como
el Dios de todos los hombres o de toda la realidad. Esto es posible en tanto
la realidad, y los hombres en ella, se encuentren históricamente en movimiento.
Y es necesario para proyectar el horizonte universal de futuro de la misión
cristiana. Sin tales proyectos, que se refieren al todo y que esclarecen a todos
los hombres la existencia y el destino humanos, el cristianismo se convertiría
en una secta, y la fe, en una religión privada.
(...)
La
"cristiandad" no tiene su esencia y su fin en sí misma, ni
en su propia existencia, sino que vive de algo y existe para algo que va más
allá de ella. Si se quiere captar el misterio de su existencia y de sus
modos de actuación, hay que preguntar por su "misión".
Si se quiere averiguar su esencia, hay que preguntar por aquel "futuro"
en el que ella coloca sus "esperanzas" y expectaciones. Si la cristiandad
misma se ha vuelto insegura y desorientada en las nuevas circunstancias sociales,
entonces tiene que reflexionar de nuevo sobre aquello para lo que existe y hacia
lo que aspira.
Hoy
es cosa reconocida por todos que el Nuevo Testamento concibe la Iglesia como
"comunidad escatológica de salvación" y por tanto habla
de la recogida y de la misión de la comunidad dentro de un horizonte
escatológico de expectación. Para que Cristo resucitado pueda
llamar, enviar, justificar y santificar, reúne, llama y envía
a unos hombres a su futuro escatológico para el mundo. El Señor
resucitado es siempre el aguardado por la comunidad; y, desde luego, el Señor
aguardado por ella para el mundo, y no sólo para sí misma. Por
ello la cristiandad no vive de sí misma ni para sí misma, sino
que vive del dominio del resucitado y para el dominio venidero de aquel que
venció a la muerte y trae la vida, la justicia y el reino de Dios.
Esta
orientación escatológica se muestra en todo aquello de lo que
vive y para lo que vive la comunidad. La comunidad vive de la palabra de Dios,
de la palabra que predica, anuncia y envía. Esta palabra no posee en
sí misma una cualidad mágica.
"La
palabra predicada está dirigida a aquello que la "precede"
en todos los aspectos. Está abierta para el 'futuro' que acontece en
ella, pero que a la vez es conocido, mediante su 'suceder', sólo como
'pendiente'."
La
palabra que vivifica y que llama a la fe es anuncio y predicación. No
da una revelación definitiva y concluyente, sino que llama a recorrer
un camino cuya meta muestra en promesas, y que sólo puede ser alcanzada
siguiendo obedientemente a la promesa. En cuanto promesa de futuro escatológico
y universal, la palabra apunta por encima de sí misma; hacia adelante
apunta a lo venidero, y hacia fuera, a la amplitud del mundo, al cual adviene
lo venidero prometido. Por esto, toda predicación se encuentra dentro
de aquella tensión escatológica. Vale en la medida en que es "hecha"
válida. Es verdadera en la medida en que anuncia el futuro de la verdad.
Comunica esta verdad de tal manera que sólo se la puede tener "aguardándola"
con confianza y "buscándola" con toda pasión.
La
palabra de Dios posee así una trascendencia interna hacia su propio futuro.
Ella misma es un don escatológico. En ella está ya presente el
futuro oculto de Dios para el mundo. Pero está presente en el "modus"
de la promesa y de la esperanza despertada. La palabra misma no es la salvación
escatológica, sino que recibe su relevancia escatológica de la
salvación venidera. De la palabra de Dios puede decirse lo mismo que
del espíritu divino: es prenda de lo venidero y liga al hombre a sí,
para apuntar y dirigir hacia algo mayor.
Lo
mismo puede afirmarse del bautismo y de la cena. También el bautismo
"se antecede a sí mismo". En la medida en que bautiza a los
hombres en la muerte de Cristo ya ocurrida, los sella para el futuro reino que
es traído por el Cristo resucitado. La comunidad bautizante está
autorizada a realizar el bautismo tan sólo como comunidad escatológica;
es decir la legitimación para realizar ese acto jurídico y creador
la recibe de su apertura hacia lo que viene hacia ella. De igual manera, tampoco
podemos entender la cena de manera mistérica y cultual, sino escatológica.
La comunidad de la cena no es detentadora de la presencia sacral de lo absoluto,
sino comunidad que espera, que aguarda y que busca la unión con el Señor
que viene. De esta manera hay que entender la cristiandad como comunidad de
aquellos que, en virtud de la resurrección de Cristo, aguardan el reino
de Dios y se hallan definidos en su vida por esta espera.
(...)
La
cristiandad no tiene que servir a la humanidad para que este mundo continúe
siendo lo que es, o sea, preservado en aquello que es, sino para que se transforme
y se convierta en aquello que se le ha prometido. Por esto "Iglesia para
el mundo" no puede significar otra cosa que "Iglesia para el reino
de Dios" y para la renovación del mundo. Esto acontece por el hecho
de que la cristiandad introduce a la humanidad, y, concretamente, la comunidad
introduce a la sociedad en que vive, en su propio horizonte de expectación
del cumplimiento escatológico del derecho, la vida, la humanidad y la
socialidad, y con sus propias decisiones históricas le comunica su apertura,
su disposición y su elasticidad para ese futuro.
(...)
Es
demasiado poco el decir que el reino de Dios se relaciona únicamente
con las personas, pues, en primer lugar, la justicia y la paz del reino prometido
son conceptos de relación, y por ello atañen también a
las relaciones de los hombres entre sí, y de éstos con las cosas;
y, en segundo término, la idea de una personalidad a-social del hombre
es una abstracción.
En
una vida institucionalizada, la esperanza cristiana plantea la "cuestión
del sentido", porque de hecho no puede contentarse con estas circunstancias
y conoce que la "benéfica aproblematicidad de la vida" que
en ellas se da es tan sólo una nueva figura de lo inane y de la muerte.
La esperanza cristiana se dirige de hecho a "otras instituciones",
porque tiene que aguardar la vida verdadera, eterna, la dignidad verdadera y
eterna del hombre, las relaciones verdaderas y justas, tiene que aguardarlas,
decimos, del reino venidero de Dios. Por ello intentará sacar a las instituciones
modernas de sus tendencias de estabilización --inmanentes a ellas--,
intentará volverlas inseguras, históricas, y abrirlas a aquella
elasticidad que corresponde a la apertura hacia el futuro que ella aguarda.
Con la resistencia práctica y con la reconfiguración creadora,
la esperanza cristiana pone en tela de juicio lo existente y sirve así
a lo venidero. Rebasa lo que encuentra ante sí en dirección a
lo nuevo esperado, y busca ocasiones de corresponder cada vez mejor en la historia
al futuro prometido.
(...)
Apéndice:
EL PRINCIPIO ESPERANZA (de E. Bloch) y TEOLOGÍA DE
LA ESPERANZA
Karl
Marx recogió el procedimiento reductivista de la crítica religiosa
de Feuerbach, pero el materialismo sensible de éste en la antropología
lo transformó en un materialismo dialectico-histórico del hombre
activo, que reforma las circunstancias. El hombre no es, como lo es el mundo
sensible que le rodea, "una cosa dada directamente desde la eternidad,
siempre igual a sí misma". "El hombre, es decir 'el mundo del
hombre', el estado, la sociedad". Su esencia es conquistada en el trabajo.
Por ello para Marx la "crítica del cielo" no se convierte en
la bendición de la tierra, sino en la "crítica de la tierra";
la crítica de la religión se transforma en crítica del
derecho; la crítica de la teología, en crítica de la política.
Por ello la religión tiene, para Marx, sus raíces en los conflictos
sociales del hombre con el hombre, y de los hombres con la naturaleza. Al ser
heredada así la religión a la manera de Feuerbach, Marx llega
al establecimiento del hombre que lucha, que toma su historia en sus manos,
que revoluciona todas las circunstancias en las que el hombre es un ser humillado,
despreciable. El problema de la religión no es resuelto, pues, por un
naturalista llegar-a-sí-mismo del hombre, sino tan sólo por una
revolución de la sociedad, de la cual sale la disolución del conflicto
entre el hombre y la naturaleza, y del hombre consigo mismo.
Ernst
Bloch avanza todavía un paso más allá: la religión
es esperanza, y ésta se basa en la diferencia óntica entre lo
que es y lo que todavía no es, entre existencia y esencia, entre presente
y futuro; y ello tanto en el hombre como en el cosmos. El hombre, como ser no
fijo, es un ser "que, juntamente con el mundo que le rodea, es una tarea
y un gigantesco receptáculo lleno de futuro". De la esperanza forma
parte el saber de que fuera la vida está tan poco lista y acabada como
el yo que trabaja en aquel fuera. De este modo la religión, en cuanto
ofrece esperanza, se basa en la procesualidad del hombre y del mundo. "Homo
homini Deus", había dicho Feuerbach, y con ello había unido,
en amor sensible, el yo y el tú. Bloch recoge esta frase dándole
el giro, típico de él, de que el "homo absconditus"
del futuro --todavía no encontrado ni logrado-- del hombre presente es
"Dios". Todas las imágenes de Dios y del futuro circundan,
con creciente insistencia, el incógnito humano y el incógnito
cósmico, el núcleo existencial que oscuramente se mueve en el
hombre y el fondo cósmico que oscuramente se agita en el mundo, los circundan,
decimos, con figuras cada vez más próximas y cada vez más
cercanas del más allá. Sólo allí donde --y sólo
si-- la diferencia óntica del hombre, su "positio excentrica"
con respecto a sí mismo, y la diferencia óntica del mundo quedan
abolidas en una patria de identidad lograda, deja de existir la religión
como esperanza, porque se ha cumplido. Con ello, "Dios" como imagen
e ídolo del hombre queda reducido, para Bloch, no al presente sensible
del hombre, y tampoco a la situación social alienada, antagonista, del
hombre, sino "a lo 'humanum' no encontrado, futuro". "Dios"
es entendido como el "ideal utópicamente hipostasiado del hombre
desconocido". La mística del cielo se convierte en mística
del hijo del hombre. La gloria de Dios se transforma en la gloria de la comunidad
redimida.
(...)
Bloch
afirma,en el sentido de Feuerbach: "En las hipóstasis de los dioses
los hombres expresan siempre tan sólo el 'futuro anhelado'."
Lo
"totalmente otro" de Dios aparece, por ello, en su filosofía
como lo "totalmente otro" de la profundidad del hombre y del mundo,
que todavía no se ha manifestado en el proceso.
Sin
embargo, al tratar de la teología dialéctica del primer Karl Barth,
puede decir: "Sólo en el 'Deus absconditus' está contenido
el 'problema' que representa el legítimo misterio 'Homo absconditus'."
(...)
El
problema que con esto se pone de manifiesto reside en esta pregunta: ¿qué
mantiene al hombre en vilo, en movimiento, en esperanza y avance hacia adelante?
¿Qué le convierte para sí mismo en una pregunta abierta
(Agustín: 'quaestio mihi factus sum, terra difficultatis')? ¿Qué
le invita a salir de su casa presente del mundo y marchar hacia un futuro desconocido?
¿Qué es lo que hace que no pueda llegarse a ninguna armonía
del hombre consigo mismo y con el mundo que le rodea?
Las
respuestas de Bloch a esta pregunta no son inequívocas, sino tan ambiguas
como las formas culturales de la esperanza humana. Bloch puede decir --de manera
semejante a como lo hacen A. Gehlen y G. Benn--: la nada, el "horror vacui".
"En
cuanto tal, la nada no se sostiene en sí misma, sino que está
remitida, más bien, impulsando hacia ello, hacia la existencia de algo".
Bloch
puede decir --en el sentido del aristotelismo panteísta de izquierdas--:
el impulso y el ansia del fondo del mundo y de la existencia a realizarse a
sí mismo: "eductio formarum e materia".
Puede
decir: en la "oscuridad del instante vivido" brilla algo que se precipita
hacia adelante, hacia el futuro, a algo abierto. En el "asombro sin razón"
y en la figura de la "pregunta inconstruíble, absoluta", brilla
de "golpe" y de repente el "eschaton".
"Cada
instante contiene... potencialmente la fecha de la consumación del mundo."
Mas
¿qué es lo que estimula esta angustia, esta tendencia, este hambre
de ser y de identidad, este impulso hacia la realización de sí
mismo? Bloch quisiera asumir la nostalgia aristotélica de la materia
con respecto a la entelequia formal, el "eros" platónico y
neoplatónico por el "eidos", la esperanza cristiana del cumplimiento
de la promesa divina por Dios; pero sin presuponer la entelequia formal, ni
el "eidos", ni el Dios de promesa, que se adelanta. La razón
de esta nostalgia de la materia tiene que estar entonces en la materia misma,
creadora de la forma; la razón del "eidos", en el "eros"
mismo; la razón de la esperanza, en la esperanza misma. Los objetos de
la esperanza tienen que nacer junto con la esperanza propulsora, de tal manera
que ambas cosas se superen y se mediaticen constantemente en una dialéctica
histórica. Mas con ello el "principio esperanza" corre peligro
de desmoronarse en sí mismo. Pues o bien la esperanza infinita sobresale
por encima de todos sus objetos finitos de esperanza, que ella misma se traza.
Y entonces la esperanza se convierte en el existencial eterno, ahistórico,
del hombre, y el proceso vital del mundo se transforma en un proceso sin fin.
Pero esto sería una abstracción de la vida real. El ser-en-esperanza
se convertiría en la definición abstracta y genérica del
hombre. O bien la esperanza trascendente se acomoda alguna vez a un bien de
esperanza, definido de manera utópica, y se declara satisfecha; satisfecha,
por ejemplo, con las "conquistas socialistas". Pero entonces se traiciona
a sí misma.
Ahora
bien, Bloch ve que, con la antropologización ateísta de las imágenes
de esperanza por la teoría proyeccionista de Feuerbach, esas esperanzas
ni pueden ser explicadas suficientemente, ni tampoco pueden ser llevadas a una
actividad fecunda para el hombre. El mismo Bloch plantea esta cuestión:
"¿Qué ocurre con 'el espacio hueco' que la eliminación
de la hipóstasis de Dios deja tras sí?"
Y
busca el "espacio dentro del cual Dios fue imaginado y utopizado".
Metódicamente, tiene que estar presupuesto y objetivamente preordenado
algo, si es que las imágenes de deseos y esperanzas tienen que ser proyectables
a la manera como lo han sido de hecho en la historia.Bloch llama a esto "un
campo, un espacio hueco", "el 'topos abierto del delante-de-nosotros',
el 'novum' hacia el que siguen avanzando, a través de mediaciones, las
series de los fines humanos".
Este
"espacio hueco" no es, para él, ni un platónico cielo
de ideas, ni la aristotélica jerarquía de las formas, y tampoco
un Dios presupuesto en un presente listo y acabado. Para Bloch ese espacio,
en cuanto "espacio hueco", es ante todo una determinación negativa;
es decir, el "espacio hueco" es lo abierto, que trasciende todas las
imágenes que pretenden llenarlo. Mas no por ello ese espacio hueco es
el vacío total del concepto; sino que designa aquella abierta esfera
de acción que se encuentra llena todavía de todo lo posible, del
cielo y del infierno, del reino y el abismo, del "totum" y el "nihil".
Es la profundidad, todavía abierta, no lograda, del mundo y del hombre,
a la que se adelantan todas las imágenes de la esperanza. El "espacio
religioso de proyección" no es, por ello, una quimera, aun cuando
no posee tampoco ninguna realidad en el sentido de lo existente de hecho. Es
lo que se anticipa, lo siempre inaprehendido, lo que se escapa una y otra vez;
es lo abierto, que atrae y estimula...
(...)
Para
la fe cristiana, el hombre, el impulso, la marcha y la disposición para
el futuro se fundan en la ocultación del futuro del resucitado. Por ello
esa esperanza tiene de antemano frente a sí algo que no es ni el presente
objetivo en el que puede descansar, ni la total vaciedad del concepto, como
en el espacio hueco, que contiene el "horror vacui" y el posible logro,
ni tampoco una mera cifra del esperar mismo. Ese algo contrapuesto es entendido
como la promesa de Dios y es aprehendido en la confianza, la cual apuesta por
la fidelidad de Dios, "que resucita a los muertos y llama a ser a lo que
no es" (Rom 4, 17). Es el "Dios de la esperanza" (Rom 15, 6),
pero no el "Dios esperanza", el "Deus spes", como dice Bloch.
Este Dios de la esperanza, por cuya promesa y por cuya fidelidad apuesta la
esperanza, pero que no es él mismo la esperanza, antecede por una eternidad
al hombre que espera y que está deseoso de futuro; le antecede exactamente
por la eternidad de su propia muerte y del juicio, en el que nada puede seguir
siendo lo que es.
(...)
El
"reino" cristiano está separado de los reinos de las utopías
por el salto que la intención explosiva de renacimiento y transfiguración
realiza por sí misma. De aquí se sigue por necesidad que la escatología
cristiana (que apuesta al "salto" tanto el milagro de la resurrección
de la muerte como la nueva creación de aquél que desde el final
dice al presente: "Mira, yo hago todo nuevo") no puede ser reducida,
mediante un "trascender sin trascendencia", ni a las utopías,
ni tampoco al "principio esperanza" de una consumación inmanente
del mundo, sino que, bien entendida, "hace saltar" también
el "principio esperanza". Esta diferencia se torna visible cuando
la escatología cristiana, en contra de las utopías de la humanidad,
en las cuales vivió durante el siglo XIX, reflexiona sobre su propio
núcleo, que está en la resurrección de los muertos y en
el aniquilamiento de la muerte por la vida.
Que
Bloch vislumbra sin duda esto, a pesar de sus fórmulas reduccionistas
feuerbachianas, es algo que aparece claro al comparar el final de "El principio
esperanza" con el final de "Derecho natural y dignidad humana".
"El principio esperanza" acaba con estas frases: "La génesis
real no está al comienzo, sino al final, y sólo comienza a empezar
cuando la sociedad y la existencia se vuelven radicales, es decir cuando echan
raíces. Pero la raíz de la historia es el hombre que trabaja,
que crea, el hombre que reforma y supera lo que existe. Una vez que el hombre
se ha captado y ha fundamentado lo suyo, sin enajenación ni alienación,
en una democracia real, entonces surge en el mundo algo que aparece a todos
en la niñez y en donde nadie estuvo todavía: la patria."
Con
"democracia real" y "patria" quiere Bloch significar aquí
evidentemente aquel "reino de la libertad" del que Marx decía
que comienza tan sólo allí donde desaparece el trabajar que está
determinado por la necesidad y por la utilidad externa, y, por tanto, se encuentra
más allá de la esfera de la producción material.
Al
final de "Derecho natural y dignidad humana" se dice: "Sin duda,
una sociedad que no sea ya antagonista, retendrá firmemente en la mano
todos los destinos del mundo; esa sociedad implanta la carencia de situación
político-económica, la ausencia de destino; mas justamente por
ello destacan de manera tanto más perceptible las indignidades de la
existencia, desde la mandíbula de la muerte hasta los reflujos vitales
del aburrimiento, del hastío. Los mensajeros de la nada han perdido sus
meros "valeurs", basados en la sociedad de clases, y tienen su nuevo
rostro, pero éste es ahora mucho más inimaginable todavía."
Así,
pues, allí donde la sociedad le quita al hombre las preocupaciones económicas,
sociales y políticas, y la producción general comienza a regularse
"por sí misma", surge para Marx el "reino de la libertad",
pero aparecen, para Bloch, "más fuertes que nunca, las auténticas
preocupaciones, la cuestión de aquello que realmente no concuerda en
la vida". Pero esto quiere decir que la "patria de la identidad"
no puede ser identificada en modo alguno con aquello que Marx llamaba la "democracia
real", sino que la teleología de Marx puede ser hecha en todo caso
transparente para la "patria de la identidad", no encontrada todavía
ni siquiera en sus fórmulas de futuro. La concepción marxista
de la historia (para la cual "la historia de toda la sociedad existente
hasta el momento" es la historia de las luchas de clases, y el comunismo
es por ello "el enigma resuelto de la historia, y su solución")
se encuentra en el final, es decir allí donde han terminado las contradicciones
y alienaciones económicas, sociales y políticas del hombre, pero
entonces el final no está ya ahí, pues la nada no está
todavía devorada en el ser.
La
revolución socialista ha cambiado en positivo lo negativo que hay en
la existencia humana, lo negativo económico, social y político.
Pero no ha absorbido el "nihil" mismo, en el cual corre peligro de
sumergirse toda existencia, en un "totum" logrado. Por ello se muestra
de nuevo lo nulo, con un poder inimaginable: es decir se muestra en "el
dolor infinito de lo negativo" (Hegel). Sale a nuestro encuentro, no ya
en forma de algo identificable como hambre, miseria y privación de derechos,
sino de manera inaprehensible en el aburrimiento, el reflujo vital y los sentimientos
de absurdo. Mas entonces el hombre tampoco aquí llega todavía
a sí mismo, sino que se convierte en la pregunta no contestada.
(...)
Mas
si es ésta la perspectiva que resulta, entonces se sigue también
que la buscada "patria de la identidad" no puede estar ya allí
donde desaparecen las contradicciones existentes en el hombre, entre los hombres
y con la naturaleza, sino, propiamente, sólo allí donde la muerte
y el "nihil" no existirán ya. Únicamente allí
donde la muerte "es devorada en la victoria", queda superada la última
y auténtica no-identidad del hombre. Precisamente el hecho de que, para
Bloch, tal como lo expone al final de "Derecho natural y dignidad humana",
la muerte aparezca, en la sociedad no-antagonista de Marx y Engels, como el
convidado de piedra del "Don Juan", por así decirlo, y destruya
las armonías utópicas, revela la diferencia que existe entre utopía
del reino y escatología de la resurrección. Todas las utopías
del reino de Dios o del hombre, todas las imágenes de esperanza acerca
de la vida feliz, todas las revoluciones de futuro se agitan en el aire y llevan
en sí mismas el germen de la corrupción y del aburrimiento, y
por esto tratan también a la vida de una manera militante y opresora,
en tanto que no exista seguridad en la muerte y no exista una esperanza que
lleve el amor más allá de la muerte.
(...)
La
escatología de la resurrección de los muertos no habla de una
"patria de la identidad" en una mediación dialéctica,
sino de una "patria de la reconciliación" en una nueva creación
de la nada.
(...)
La
experiencia de la caducidad de todas las cosas y del hombre mismo adquiere en
Bloch una nueva interpretación. Cronos devora a todos sus hijos. ¿Por
qué? Porque el hijo auténtico, el definitivamente logrado, no
ha aparecido todavía. No es, pues, una caducidad que se deduzca de la
triste mirada retrospectiva hacia lo que no se puede retener, sino una caducidad
cuya impresión surge porque la esperanza supera todas sus figuras. Cronos
y la caducidad no afectan, por esto, a aquello de lo que ellos mismos surgen.
No afectan al núcleo existencial que todavía no ha salido y realizado
su proceso.
El
núcleo del existir no ha comenzado aun el proceso, y por ello no es afectado
por la muerte. Frente a la muerte posee en torno a sí el "círculo
protector de lo todavía-no-vivo". Es imperecedero, no porque se
encuentre más allá del devenir y del perecer, en un ser eterno,
intemporal, sino porque, aun no habiendo devenido todavía, impulsa. Es
extraterritorial con respecto a la caducidad, no porque proceda, como el alma
de Platón, de un reino distinto del reino de la fuga de los fenómenos,
sino porque está remitido a un "eschaton" de logro, en el cual
lo interno será lo externo, el núcleo será la cáscara,
y por ello habrá vida sin muerte. La muerte se encuentra tan sólo
en el momento de la escisión, en el cual el ser no ha llegado todavía
a sí mismo. Por ello Bloch puede decir: "La utopía
del 'non omnis confundar' da a cascar a la negación-muerte aquella cáscara,
pero sólo le da ese poder de cascar la cáscara qur rodea el contenido
del sujeto. El núcleo del existir no es aprehendido por la muerte, y
cuando este núcleo se haya logrado y sea realidad, representará
entonces una extraterritorialidad frente a la muerte."
(...)
La
esperanza cristiana en el Dios que resucita a los muertos y crea el ser de la
nada, percibe la muerte en su carácter mortal de una manera más
radical, es decir en su raíz, que se encuentra en el "nihil".
La muerte no es un fenómeno entre los demás, ninguno de los cuales
afecta al yo. La vida no encuentra tampoco ningun punto de identidad, que pudiera
hacerla extraterritorial e inmune con respecto a la muerte. Más bien,
la vida puede ser aceptada aquí como una vida para la muerte por la fe
en la resurrección y con la esperanza en aquél que crea vida de
la muerte.
(...)
Una
imagen de esperanza contra la muerte que no fundamente el amor a la vida y la
amorosa disposición para morir, lleva siempre dentro de sí el
germen de la resignación, pues resigna la vida a un núcleo existencial
presuntamente extraterritorial. Arroja tan sólo las cáscaras de
la vida a la muerte y al dolor, que éstos pueden cascar --para seguir
con la imagen de Bloch-- porque aquellas cáscaras están ya abandonadas
y superadas, porque, precisamente por ello, están vacías. ¿Pero
no se vuelve la vida insípida cuando la muerte recibe tan sólo
las cáscaras, en las cuales no hay ya nada, o no hay todavía nada?
Muerte
y vida diferenciadas en el núcleo existencial extraterritorial: esto
da como resultado un dualismo de núcleo y cáscara. Muerte y vida
diferenciadas en el punto dialéctico de conmutación de la resurrección:
esto da como resultado una dialéctica de la plenitud de la vida en esperanza
y amor, en enajenación y resurrección.
Aquellos
herejes y entusiastas cristianos que Bloch gusta de mencionar en la lista genealógica
de su pensamiento, como Marción, Montano, Joaquín de Fiore y Thomas
Münzer, eran íntegramente encratitas, despreciadores del cuerpo
y de la tierra. Conocían la esperanza que, en el espíritu, se
cierne por encima del más acá y de la muerte, que abandona entusiásticamente
la tierra o la destruye de manera revolucionaria. Pero no conocían el
amor, que acepta el dolor de la tierra y el sufrimiento de la obediencia en
el cuerpo, porque encuentra esperanza para la tierra y para el cuerpo. Contra
este entusiasmo, el credo apostólico tiene una frase que habla de la
"resurrección de la carne".
(...)
Múltiples
veces, y con toda fuerza, Bloch ha subrayado, precisamente en el diálogo
con la teología cristiana, que "esperanza no es confianza".
"Ninguna
crítica antropológica de la religión elimina la esperanza,
sobre la cual se asienta el cristianismo; únicamente quita a esa esperanza
aquello que la hizo dejar de ser esperanza, convirtiéndola en una confianza
supersticiosa: la mitología de su cumplimiento, mitología adornada,
acabada, que es absurdamente irreal, pero que ha sido hipostasiada como real.
La esperanza tiene en sí 'eo ipso' lo precario de la frustración:
no es confianza."
¿Qué
es lo que Bloch quiere significar aquí con "confianza" y qué
es lo que quiere significar con "esperanza"? A la "confianza"
la denomina supersticiosa, quietista, no activista; dice que es una garantización
de la salvación, una seguridad de la salvación sin conocimiento
de la categoría "peligro", y por ello sin la voluntad de hacer
el experimento de la vida en el gran "laboratorium possibilis salutis"
del mundo. A la esperanza cristiana la denomina, en este sentido, "confianza",
porque considera a Dios y a la salvación como cosa decidida, como algo
fechado y fijado, de tal manera que no puede pasar nada nuevo ni, en el fondo,
nada malo.
Bloch
piensa que, en la fe cristiana, el hombre queda exonerado o descargado, mediante
la providencia de Dios y la muerte expiadora de Cristo, de la esperanza activa
y de la preocupación por el futuro. Por ello, sólo un ateísmo
consecuente puede cargar al hombre con la felicidad y el peligro de su propia
historia. Bloch tiene aquí ante sus ojos la Iglesia cristiana que, en
la alianza constantiniana, recogió la herencia de la religión
estatal romana y se unió con los poderes de lo existente, convirtiéndose
así en la garantía religiosa de la realidad --siempre insuficiente,
a pesar de todo-- y en la malversación de lo posible. En esa "confianza",
la esperanza, con todo lo que es, queda indemnizada. Bloch tiene también
ante sus ojos la lucha de los entusiastas reformadores contra la "carne
que vive plácidamente en Wittenberg" y contra la doctrina --erróneamente
entendida-- de la justificación de Lutero, según la cual el hombre
puede vivir "a cuenta de Cristo", pero no es introducido en la comunidad
de sufrimiento del crucificado con el sufrimiento de la entera creación
miserable.
"Confianza
no es seguridad". No está nada claro por qué Bloch llama
"confianza" a la certeza cristiana, siendo así que él
se refiere propiamente a la seguridad, a la "securitas". Para designar
el positivismo de la salvación --positivismo supersticioso, caricaturizado
por él-- resulta totalmente inapropiada la expresión "confianza",
pues ésta no significa nunca el saber garantizado acerca de hechos ya
listos y acabados, sino que es siempre una mirada hacia adelante y un proveerse
de futuro. Por otro lado, aquel positivismo de la salvación no tiene
absolutamente nada que ver con la certeza cristiana de la esperanza, sino que
es más bien --como lo muestra la figura del marxismo degenerado en materialismo
económico-- una forma de esperanza desengañada. La confianza cristiana
tiene en este mundo a su favor tan sólo la llamada y la promesa del Dios
de la resurrección, y por ello tiene en contra suya el mundo y la muerte,
con sus posibilidades e imposibilidades. Por ello es "esperanza contra
esperanza" (Kierkegaard), y un esperar contra aquello que se tiene ante
la vista (Rom 8, 24); es esa esperanza en la que, según la experiencia
y lo que puede pensarse, "no hay nada que esperar" (Rom 4, 18), una
esperanza de las cosas que no vemos (Heb 11, 1), porque, contra la muerte, espera
lo imposible, es decir, la resurrección y la vida dada por Dios.
Esto
no es ni una seguridad pseudocientífico-natural, ni tampoco un nuevo
y simple optativo. No tiene a su favor ni hechos, ni tendencias benévolas
de la naturaleza, ni la inmortalidad del esperar y desear humanos, sino tan
sólo la fidelidad de Dios, que se atiene a su palabra de promesa, que
"no mentirá", porque no se negará a sí mismo.
Si esta certeza cristiana de la esperanza se basa en la promesa y en la misión
del Cristo crucificado, entonces la resurrección de Cristo no es para
ella un vulgar "factum", sino un acontecimiento que abre un proceso
y que fundamenta una esperanza, un acontecimiento que señala hacia el
futuro del mundo y del hombre en el futuro de Cristo. Por ello no es tampoco
un mero optativo, que tuviera a su favor tan sólo el optimismo del hombre
que desea, junto con las tendencias posiblemente benévolas del mundo.
Se basa --ya sea con las experiencias o en contra de las experiencias óptimas
de sí mismo y del mundo-- en el "extra nos" de la "promissio
Dei".
Por
ello no se diluye en esperanzas humanas que surgen de aquí, ni se hunde
en desesperaciones que anticipan el no cumplimiento. Por ello, en todo caso,
lo mismo que la esperanza de Bloch, no se contenta nunca con realidades hechas
y acabadas, sino que permanece descontenta hasta el cumplimiento de la promesa.
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