Auto-trascendencia
XII.U.
Del capítulo
5: "La evolución y el Espíritu Santo", del libro:
"El Dios de la evolución" de Denis Edwards
(Traducido
del inglés)

Karl
Rahner ha señalado que en la evolución hay ciertos momentos
en que vemos la aparición de algo sustancialmente "nuevo".
La emergencia de la vida es un ejemplo de un evento así, y otro es
la emergencia de las criaturas humanas autoconscientes. Rahner cree que estos
eventos evolutivos brotan de causas internas naturales, y que corresponde
a la ciencia explicar estas causas. Rechaza la noción de "ocasionalismo",
la idea de que Dios, en ciertos momentos, interviene como una causa entre
otras para impartir una nueva dirección.
Sin
embargo, el advenimiento de lo radicalmente nuevo en la evolución necesita
explicarse, no sólo a nivel de la ciencia, sino al nivel más profundo
de la acción de Dios en la creación. ¿Cómo debemos
entender el papel dinámico creativo de Dios en la evolución de
la vida? Rahner sugiere la noción de "auto-trascendencia activa".
Por esto quiere decir que Dios está presente interiormente en las criaturas
que evolucionan, no simplemente capacitándolas para existir, de una manera
estática, sino capacitándolas para trascender
lo que ya son. Dios las capacita, no sólo para ser, sino también
para llegar a ser algo más de lo que son. El poder de auto-trascendencia
viene desde dentro de la criatura, pero es un poder que
en último término no viene de la criatura, sino de la dinámica
actividad creativa de Dios. Dios sostiene y potencia el proceso evolutivo desde
dentro; es el poder que capacita a la propia creación para producir algo
nuevo. Esto quiere decir que, cuando una novedad emerge en la evolución,
a cierto nivel será el efecto de causas finitas, tales como la mutación
genética y la selección natural; pero a otro nivel, el cambio
evolutivo es el efecto de la actividad creativa de Dios, obrando mediante el
poder de auto-trascendencia desde dentro de las criaturas. Dios, pues, no "interviene"
como una causa entre otras, sino que está siempre presente como Ser absoluto
dinámico, que capacita a las criaturas, no sólo para existir,
sino también para trascenderse a sí mismas y devenir algo nuevo.
Rahner
ha desarrollado esta idea especialmente en su Cristología evolucionista.
Ve a los seres humanos como la auto-trascendencia de la materia en auto-conciencia
ante Dios. Ve a Jesús como aquel en quien la auto-trascendencia del universo
hacia Dios alcanza su estado final irrevocable. Él es a la vez la auto-trascencencia
del universo a Dios y la absoluta auto-comunicación de Dios a la creación.
Encuentro
que el pensamiento de Rahner es rico y estimulante, y creo que puede ser desarrollado
añadiéndole la idea de que el proceso de auto-trascendencia
puede verse como la obra del Espíritu Santo, en quien y por
quien el Dios triuno es inmanente a todas las cosas.
Basilio,
haciéndose eco de las Escrituras, describe al Espíritu como el
Dador-de-Vida y el que lleva a la plenitud. En un marco evolucionista, yo sugeriría
que es el Espíritu, que da la vida y la completitud, el poder que capacita
a las criaturas para trascenderse a sí mismas. Es el Dador-de-Vida quien
capacita el movimiento de despliegue del universo primigenio a partir del Big
Bang, el arranque de los procesos nucleares en las estrellas, la formación
de nuestro sistema planetario, la emergencia de vida sobre la Tierra, y la evolución
de los seres humanos autoconscientes. Es este mismo Espíritu quien potencia
la vida y el ministerio de Jesús de Nazaret dentro de nuestra historia
evolutiva y cultural, como ser humano radicalmente lleno del Espíritu.
El
Espíritu no es un poder que pueda descubrirse entre las fuerzas de la
naturaleza. Las leyes y fuerzas de la naturaleza tienen su propia integridad.
La acción del Dador-de-Vida ocurre a otro nivel. Walter-Kasper ha indicado
que, a este nivel, es el Espíritu Santo quien es en último término
la fuente de toda novedad en la creación:
"Pero
el Espíritu es también la fuente del movimiento y de la vida en
el mundo creado. Cuandoquiera que surge algo nuevo, cuandoquiera que se despierta
la vida, y la realidad se proyecta extáticamente fuera de sí,
en toda búsqueda y toda lucha, en todo fermento y todo nacimiento, y
más aun en la belleza de la creación, se manifiesta algo del ser
y la actividad del Espíritu de Dios."
(...)
El
Espíritu es el dinamismo inmanente vitalizador del proceso evolutivo,
precisamente porque el Espíritu es el ex-tático,
quien, en la decisión divina de crear, va más allá de la
comunión divina hacia lo que no es divino, y lo trae a la relación
con las Personas divinas. El Espíritu, como exceso, éx-tasis,
del amor divino, lleva a la creación a la relación con la vida
divina. Es la relación dinámica que capacita a las criaturas para
existir y devenir. El Espíritu, presente a toda criatura, lleva a cada
parte de nuestro universo a una comunión con Dios. El Espíritu
es el regalo ex-tático de la comunión divina a las criaturas,
por eso cada criatura existe, y por eso cada criatura es captada por el dinamismo
de la pericoresis trinitaria.
El
Espíritu es la donación ex-tática de comunión, pero
sólo en profunda unión con las otras Personas divinas. No obstante,
esta obra de hacer-comunión entre las criaturas y la Trinidad puede entenderse
como el papel propio del Espíritu Santo. Puede concebirse
como propio suyo, porque lo que distingue al Espíritu Santo en la dinámica
trinitaria es un desbordarse hacia la creación. Dentro de las relaciones
trinitarias, la Persona del Espíritu Santo representa el éx-tasis
y el exceso del amor divino. Debido al Espíritu Santo, la vida divina
de amor no puede concebirse como un amor auto-suficiente entre dos Personas.
En la Trinidad, el amor irrumpe más allá de sí mismo para
incluir al que Ricardo de San Víctor llamaba el condilectus,
el que comparte el amor por el amado y es amado juntamente con el amado. El
Espíritu Santo hace que sea imposible concebir el amor de la Trinidad
como un simple amor cara-a-cara entre dos Personas. El Espíritu expresa
el dinamismo y la abundancia de la comunión divina. En la libre elección
divina de crear un universo de criaturas, es el papel del Espíritu ser
el desborde dinámico y libre de la comunión divina para abarcar
a las criaturas. Como ha dicho Christian Duquoc, el Espíritu Santo hace
abierta la comunión divina hacia lo no-divino. El Espíritu es
el habitar de Dios en donde, en cierto modo, Dios está fuera
de sí mismo. El Espíritu es el éx-tasis de Dios, dirigido
hacia lo que es lo otro de Dios: la criatura.
Del
capítulo 6: "La evolución y Jesús, la Sabiduría
de Dios", del libro: "El Dios de la evolución" de Denis
Edwards
(Traducido
del inglés)
En
[su libro] El fenómeno humano, el pensamiento de
Teilhard de Chardin discurre por el gran drama de la evolución desde
la materia a la vida, desde la vida a las criaturas de pensamiento autoconsciente,
y desde las criaturas de pensamiento autoconsciente a la convergencia de la
conciencia en lo que él llamó el "Punto Omega". Su afirmación
más fundamental es que, así como el universo está inmerso
en un proceso de expansión cósmica, está también
empeñado en un movimiento hacia una complejidad creciente. Esta complejidad
está ligada a un incremento de interiorización y un incremento
de conciencia. Teilhard ve esta tendencia hacia crecientes complejidad y conciencia
como una ley universal, una ley que le parece empíricamente evidente
en su estudio de la historia evolutiva. Él ve a los seres humanos como
protagonistas principales de este movimiento evolutivo, porque, en esta actual
etapa de la historia evolutiva, el incremento más importante de complejidad
ocurre en el pensamiento y la cultura humanos. Teilhard llama "noosfera"
a esta dimensión de nuestra historia evolutiva. El mundo viviente de
plantas y animales que habitan la Tierra ha sido concebido desde hace tiempo
como una "biosfera", una capa de vida en torno a la "geosfera"
global. Con la emergencia de la conciencia humana tenemos la emergencia de una
nueva capa, una "capa pensante". Teilhard nos dice que, con la noosfera,
la Tierra "obtiene una nueva piel" y "encuentra su alma".
(...)
En
la historia de la evolución, Teilhard encuentra actuando la ley de complejidad-conciencia.
Esto es lo que origina el verdadero devenir del universo, que él llama
"cosmogénesis". El estudio de este proceso conduce a Teilhard
a proyectarlo hacia el futuro. Sugiere que, después de millones de años
quizá, la humanidad será capaz de cruzar un nuevo umbral de reflexión
y de entrar en una colectividad única de conciencia, el Punto Omega.
En
un segundo nivel, Teilhard argumenta más filosóficamente. Empieza
por su convicción de que el proceso evolutivo se moldea ahora según
formas superiores de comunión interpersonal. Esto conduce a Teilhard
a argüir a favor de un Centro divino, un Omega que es personal, y fuente
y objeto de amor, capaz de motivar a la comunidad humana para desarrollar una
capacidad de amor que llegará a abrazar al mundo entero. Este Centro,
arguye, tendría que ser una realidad personal ya obrante en el mundo,
radiando y activando la energía de amor del universo.
Su
tercer argumento es teológico. En este nivel de su discurso, Teilhard
se mete directamente en la revelación cristiana, y ve al Jesucristo de
la revelación como el verdadero Omega de la evolución. La meta
y la convergencia del proceso evolutivo se encuentran en el Cristo de la resurrección,
el Cristo que volverá en la parusía. Para Teilhard, los niveles
fenomenológico y filosófico de su análisis forman una unidad
con los datos de la revelación, para constituir su Cristología,
en la cual el Cristo resucitado es el Primer Motor de la evolución, el
que activa las energías del universo. La cosmogénesis toma ahora
la figura del Verbo encarnado. Esto lleva a Teilhard a hablar de una génesis
que es verdaderamente crística, que él llama
"Cristogénesis". En el corazón de su concepción
de Cristogénesis está la idea de que el Cuerpo de Cristo constituye
el centro personal para la humanidad y para toda la realidad física.
Lo ve como el mismo ser corporal, Jesús de Nazaret, que vivió
y murió en un momento particular de la historia. Es este mismo Cristo
quien ha venido a ser ahora el Cristo universal, el centro único del
universo agraciado sobrenaturalmente.
(...)
Como
Teilhard de Chardin, Rahner considera las transiciones por las cuales la materia
se transforma en vida y la vida deviene espíritu auto-consciente. Sugiere
que es la naturaleza intrínseca de la materia el desarrollerse hacia
el espíritu. Ve al ser humano como la auto-trascendencia de la materia.
En los desarrollos evolutivos que tienen lugar desde la materia a la vida, y
desde la vida a la autoconciencia, las criaturas alcanzan algo nuevo, algo que
antes no existía. Rahner lo ve como implicando un poder de auto-trascendencia
que es verdaderamente intrínseco a la criatura, pero que ocurre mediante
el poder creativo del ser absoluto de Dios. Según Rahner, la materia
llega a la conciencia en los seres humanos. La naturaleza se encuentra a sí
misma en la persona humana y en la comunidad humana.
(...)
La
meta de todo este movimiento es la proximidad inmediata entre Dios y el universo,
la comunión entre Dios y las criaturas conscientes, y, a través
de ellas, con el universo entero. La meta del mundo es la auto-comunicación
de Dios con él. Esto es lo que los seres humanos llamamos nuestra salvación
final. Pero, insiste Rahner, la salvación final es también el
estado final y definitivo de realización de todo el cosmos.
(...)
Jesucristo
es la garantía absoluta de que tendrá éxito la auto-trascendencia
última de la creación en Dios. Ello ya ha comenzado con él.
En Jesús encontramos el "comienzo inicial y el triunfo definitivo
del movimiento de auto-trascencencia del mundo a la proximidad absoluta del
misterio de Dios." Jesús es la auto-trascendencia
del universo en Dios. Pero la auto-comunicación de Dios se dirige a los
seres humanos en su historia común. Como seres humanos históricos,
buscamos una auto-comunicación histórica no-ambigua de parte de
Dios. Esto es lo que realmente encontramos en la historia de Jesús de
Nazaret. Jesús no es solamente la auto-trascendencia del universo en
Dios; él es al mismo tiempo la auto-comunicación histórica
de Dios con nosotros. Porque es ambas cosas, Rahner ve a Jesucristo como el
"salvador absoluto". Esto no significa que la salvación empiece
con él en un sentido temporal. Más bien, Rahner ve la salvación
y la gracia como coextensivas con la historia del mundo. Pero el amor de Dios
que salva al universo encuentra su explícita e irreversible expresión
en Jesucristo. Este salvador es en quien existe irrevocablemente la auto-comunicación
de Dios, quien puede ser reconocido inambiguamente como irrevocable, y
alcanza su clímax dentro de la historia humana. Este momento no es la
conclusión de la auto-comunicación de Dios -esto llegará
sólo con la acción final escatológica de Dios. Pero Jesús
es el comienzo no-ambiguo e irreversible de la salvación final por Dios.
En este salvador, hay por un lado la auto-comunicación irreversible de
Dios a las criaturas. Y por otro lado está la aceptación humana
definitiva de esta comunicación. Cuando ambas ocurren en Jesús
de Nazaret, se hace presente en la historia humana una auto-comunicación
absoluta por ambas partes. En Jesús, Dios se da a sí mismo al
mundo en evolución, amorosamente, definitivamente e irrevocablemente;
y en Jesús, la creación en evolución acepta a Dios definitivamente
e irrevocablemente.
Rahner
ve la creación y la encarnación como unidas en un gran acto de
auto-comunicación divina. La creación puede concebirse como un
"momento parcial del proceso por el que Dios se hace mundo". Dios
siempre intentó darse a sí mismo a nosotros en el mismo proceso
de auto-trascendencia histórica del universo en Dios. Podemos entender
la creación y la encarnación "como dos momentos y dos fases
del proceso único de auto-donación y auto-expresión de
Dios, aunque sea un proceso intrínsecamente diferenciado."
(...)
Jürgen
Moltmann considera las contribuciones de Teilhard de Chardin y de Karl Rahner,
para mostrar cómo los elementos verdaderos que él encuentra en
ellos pueden ser absorbidos en una cristología diferenciada. Critica
a Teilhard por, entre otras cosas, haber pasado por alto el problema del mal,
particularmente la ambigüedad y la crueldad de la propia evolución.
Ve al "Cristo evolucionador" de Teilhard como un tema triunfalista.
Sobre todo, no encuentra en Teilhard una teología de redención
de la evolución y de sus víctimas: "Si debe pensarse a Cristo
conjuntamente con la evolución, entonces Él debe venir a ser el
redentor de la evolución." Las críticas que hace a Rahner
son similares. Encuentra que a Rahner le falta dirigir la atención hacia
las víctimas de la evolución. Sugiere que al antropocentrismo
de Rahner le falta incorporar el cosmos y un verdadero respeto por la naturaleza.
Rahner presupone una visión evolucionista, sin adoptarla de un modo crítico.
Le falta descubrir su lado trágico. Cristo es visto como la culminación
de un desarrollo evolutivo, pero no como el redentor del desarrollo respecto
de sus ambigüedades. Sin embargo, Moltmann acepta claramente el concepto
de Rahner de auto-trascendencia evolutiva cuando se lo une con la teología
de Cristo como el redentor de la evolución.
El
énfasis propio de Moltmann, pues, es en Cristo como redentor de la evolución.
¿Es concebible -pregunta- que el futuro de Dios para la creación,
la salvación final de Dios, se alcance por la vía de la evolución
u auto-trascendencia? La respuesta de Moltmann es "no", porque, dice
él, la evolución ocurre en el tiempo y no conduce a la inmortalidad
de las criaturas individuales. Su salvación sólo es concebible
como un evento escatológico. Ve el movimiento escatológico de
redención como ocurriendo en contra de la evolución.
La resurrección de los muertos, el rescate de las víctimas, y
la búsqueda de los que estaban perdidos, procuran una redención
del mundo que ninguna evolución puede nunca alcanzar. La salvación
de Dios puede venir sólo escatológicamente, como "nueva creación",
el "traer de regreso a todas las cosas desde su pasado y recogerlas en
el reino de la gloria", el "resurgir de los muertos y de la naturaleza
entera".
El
futuro escatológico de Dios, insiste Moltmann, debe ser entendido diacrónicamente:
simultáneo a todas las cosas, y representando la eternidad para todas
las cosas. Es un despertar y un recoger de toda criatura de todo tiempo. El
reino de Dios no es la meta (telos) del proceso histórico,
sino su fin. Como fin del tiempo, "la parusía
viene a todos los tiempos simultáneamente en un único instante."
La serie evolutiva es el resultado de la creación continua
de Dios. La redención, la nueva creación de
Dios, puede resultar sólo de la venida de Cristo en gloria. Nuestra experiencia
de auto-trascendencia evolutiva puede entenderse sólo como parábola,
indicio, anticipación y preparación, y heraldo de esta nueva creación.
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