Imagen
XII.M._ John
B. Cobb, Jr. - Cristo como Imagen de la Esperanza. 1975. (Extracto) (Traducción
del inglés).
Si
hubiésemos preguntado a los cristianos de la escuela de Alejandría,
o de la de Antioquía, de qué trata el cristianismo, probablemente
hubiesen contestado que es el medio por el cual los seres humanos pueden alcanzar
una feliz inmortalidad más allá de la tumba. Diferían,
pero no respecto de este objetivo, sino sólo en la forma en que la obra
de Jesús en cuanto Cristo estaba relacionada con ello.
Conjuntamente
vencieron a la otras filosofías y religiones competidoras de su tiempo
porque ofrecían más esperanza con más verosimilitud, y
vencieron por este motivo más que por ninguna otra ventaja.
En
Occidente, Agustín apuntó el contraste con el estoicismo justamente
en estos términos.
Este
enfoque escatológico de la cristiandad primitiva no cesó con la
Edad Media o con la Reforma. Al contrario, era el contexto auto-evidente en
que se discutían los temas teológicos. Es verdad que, especialmente
entre las sectas durante el período de la Reforma, se produjeron visiones
de una sociedad radicalmente diferente de cualquiera conocida, y en nombre de
tales visiones hubo vigorosas protestas en contra del orden establecido. Pero
estos movimientos revolucionarios no rechazaban en mayor medida la creencia
en la salvación más allá de la muerte de lo que lo hacían
los católicos o los calvinistas, en sus más conservadores esfuerzos
por establecer sociedades conformes a los principios cristianos. Hasta en los
siglos XVII y XVIII, cuando los principales intelectuales buscaban establecer
una religión racional basada en verdades evidentes, en oposición
a las particularidades de las doctrinas cristianas enfrentadas entre sí,
la vida después de la muerte no se cuestionaba como aspecto supremo de
la religión.
La
fe moralista en recompensas o castigos después de la muerte según
la virtud o el vicio de esta vida, provocó finalmente una reacción
a comienzos del siglo XIX. En quien se ve esto más claro es en Friedrich
Schleiermacher, quien veía al cristianismo como la realización
de las potencialidades humanas en esta vida más que como preparación
de otra. Esta realización la veía posible aquí y ahora,
más que solamente en un futuro histórico. Y desarrolló
esta nueva, des-escatologizada, comprensión del cristianismo en la dogmática
más influyente del siglo XIX, "La Fe Cristiana". Así,
Schleiermacher sentó las bases para un re-enfoque fundamental de lo cristiano.
Hubo
muchos otros factores, además del romanticismo de Schleiermacher, que
contribuyeron a la nueva era de cristianismo no-escatológico. La visión
científica del mundo apartaba crecientemente fuera de los límites
de la credibilidad a las ideas acerca de otro mundo, así que los cristianos
que no querían luchar contra la visión moderna dominante hallaron
más fácil y sabio el abandonar las referencias a otro mundo. A
muchos les parecía que el progreso era una realidad histórica
más garantizada, por un lado por la visión dialéctica de
la historia de Hegel, y por otro lado, ya más avanzado el siglo, por
la aparición del pensamiento evolucionista en biología. Esto permitía
asegurar una vida significativa aquí y ahora, beneficiándose del
progreso ya alcanzado y contribuyendo al proceso, sin ninguna necesidad de otro
mundo ni de visiones del fin de éste. Donde hay oportunidades para contribuir
a mejorar la humanidad aquí y ahora, ocuparse de lo que pasa más
allá de la tumba parecía irrelevante u obstruccionista. En realidad,
lo ultra-mundano aparecía cada vez más como enemigo del progreso
social y de la responsabilidad humana.
El
hecho del progreso apoyaba la creencia en la bondad fundamental de las cosas,
y la confianza en esa bondad - la bondad de la naturaleza, de la humanidad,
o del proceso histórico - aseguraba la continuación del progreso.
Sin ser notado, el sentido de progreso que hizo posible la moderna conciencia
secular tomó las características de lo sagrado. Fue en este contexto
que Schweitzer encontró tan chocante el hecho de que Jesús mismo
estuviera imbuído de la visión escatológica del fin de
este mundo.
Pero
la fe en el progreso había decepcionado ya a los espíritus más
sensitivos. Ellos examinaban la vida interior y la encontraban reseca por el
llamado progreso. Nietzsche veía que el progreso conducía a la
desdicha del hombre último, que no sabía siquiera que era desdichado.
A
mediados del siglo XX, las voces solitarias de los protestatarios decimonónicos
se convirtieron en la ortodoxia de la "intelligentsia" humanista.
Para las humanidades, las imágenes de progreso devinieron en objetos
del ridículo. Era difícil encontrar nuevas imágenes de
esperanza. Ellas servían sólo en la medida en que incorporaban,
y luego invertían, la desesperación dominante. La teología
dialéctica compartió estas características, y actualmente
se expresa plenamente en la visión de Thomas Altizer, que hace coincidir
la esperanza con la desesperación. El carácter paradójico
de estas imágenes, a mediados del siglo XX, separó la esperanza
de los temas públicos. Reinhold Niebuhr, casi el único entre los
teólogos dialécticos, integró brillantemente su esperanza
paradójica con el activismo político. Pero no pudo transmitir
ni a sus admiradores la sutil razón de la acción comprometida
sin una imagen de futuro significativamente mejor. Los teólogos existencialistas
interpretaban le fe cristiana en términos de un modo de existencia individual
que no requería esperanzas de un futuro mejor.
Teilhard
de Chardin percibió que la crisis de esperanza iba todavía más
lejos. Él vio que esa falta de esperanza destruiría en último
término el entusiasmo vital sin el cual la empresa humana no podía
continuar. Aunque lo olvidamos demasiado a menudo, lo que llamamos evolución
se desarrolla sólo en virtud de cierta preferencia interna por la supervivencia
(o, si lo prefiere, auto-supervivencia) que en el hombre toma una apariencia
marcadamente psíquica, en forma de "gusto por la vida". Últimamente,
es eso y sólo eso lo que soporta todo el complejo de energías
biofísicas cuya operación condiciona la antropogénesis.
En
vista del hecho, ¿qué pasaría si un día advirtiéramos
que el universo está tan herméticamente encerrado en sí
mismo que no hay manera posible de emerger de él - o bien porque estamos
obligados a ir dando vueltas indefinidamente en su interior, o (lo que es lo
mismo) porque estamos condenados a una extinción total? Inmediatamente,
sin más, yo creo que - como mineros que hallan bloqueada la galería
- perderíamos el valor de actuar, y que el impulso humano sería
afectado seriamente y "derrotado" para siempre por este fundamental
descorazonamiento y pérdida de entusiasmo.
La
década de 1960 vio una violenta irrupción de protestas contra
la pérdida de las imágenes de esperanza. La tendencia existencialista,
de encontrar satisfacción en el análisis de la alienación,
dio paso a apasionadas visiones comunitarias. Los análisis del vacío
interior fueron desplazados por imágenes de completitud religiosa tomadas
principalmente de Oriente. La aceptación cínica de las ambigüedades
del orden social cedió el lugar a un utopismo nuevo y revolucionario.
Los
pensadores cristianos participaron plenamente en los movimientos de protesta
de la década de 1960. Muchos de ellos emplearon sus energías principalmente
en liberarse de lo que encontraban irrelevante y restrictivo en su heredado
cristianismo, mientras otros dedicaron su atención a interpretar el cambiante
medio cultural. Ambos grupos tendieron a distanciarse de la Iglesia, y en muchos
casos del nombre de cristianos. Pero un tercer grupo, en gran medida inspirados
por la creativa imaginación del marxista revisionista Ernst Bloch, reaccionaron
contra la des-escatologización del cristianismo y recuperaron el tema
de la esperanza como centro de la tradición cristiana. Jürgen Moltmann
dio nombre y contenido a este movimiento con su libro "La Teología
de la Esperanza".
(...)
Antes
de embarcarnos en consideraciones acerca de las imágenes cristianas de
esperanza, necesitamos pensar la estructura de la esperanza misma. Ernst Bloch
ha atendido principalmente a esta cuestión. Señala que hacia el
siglo XIX se dedicaron esfuerzos filosóficos para situar a los seres
humanos en un cosmos fundamentalmente ya realizado. Esa visión no dejaba
lugar a la esperanza como categoría básica, al concebir cuanto
existe como estable y permanente. Hegel transformó la filosofía
al temporalizarla, pero aun así veía el proceso temporal como
un desenvolvimiento de lo que estaba ya implícito desde el comienzo.
Fue Marx quien llamó a dejar de describir el mundo existente y empezar
a transformarlo en algo que nunca había existido. Pero hasta el marxismo
seguía cayendo en visiones deterministas de inevitables desarrollos dialécticos.
Para comprender la estructura de la esperanza debemos reconocer que "lo
que usualmente llamamos realidad está rodeado por un gigantesco océano
de posibilidad real objetiva". Esta posibilidad está "parcialmente
condicionada", esto es, lo que ya existe no determina por completo a lo
que será. Bloch sostiene que dentro de este océano de posibilidades
hay algunas cuya admisión es "meramente pensamiento bien intencionado
o mágico"; pero hay otras que tienen esa clase de relación
con el mundo que las hace eficaces para su transformación. La admisión
de estas posibilidades es la estructura de la esperanza.
Ahora
bien, está claro que la estructura de la esperanza no es otra cosa que
la estructura de la transformación creativa. Es el juego de justamente
esas posibilidades que tienen el poder de reordenar lo real para ir más
allá. Yo he argumentado, no Bloch, que el orden entre las posibilidades,
que las hacen efectivamente relevantes, es el Logos divino. La estructura
de la esperanza es la encarnación de este Logos dondequiera que es eficaz
en la ordenación de la esperanza real. Por lo tanto, la estructura de
la esperanza es Cristo. Que hay una transformación creativa (y, por eso,
también esperanza) es la razón fundamental para la esperanza.
Como dice Bloch, "en la prisión de las cosas-ya-existentes, meramente,
no podemos movernos ni respirar." Es decir, si no hubiese posibilidades
todavía no realizadas efectivamente relevantes para nuestro mundo, podría
haber únicamente inercia, entropía y decaimiento. El futuro sólo
podría ser la inevitable consecuencia de estas fuerzas negativas. Hay
razón para esperar que el futuro pueda ir más allá del
pasado y del presente porque hay un principio de transformación creativa
operando por doquier, cuya naturaleza consiste en producir justamente aquello
que no puede ser predicho hasta que ocurre. Nuestra esperanza para el futuro
está basada en la impredecibilidad de ese futuro, es decir, en su indeterminación
parcial.
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