Cartas
XII.D._ Del
comentario sobre las "Cartas Romanas" - anónimas (1904), (atribuidas
a Giovanni Semeria) - en la quinta parte de "La Crisis Modernista"
de Émile Poulat.
La enseñanza dogmática de
la Iglesia, igual que la de la historia, declara que Jesús fue verdaderamente
hombre, un "hombre verdadero". En cambio la teología tiende
a atenuar esta enseñanza: <<La teología tiene una idea indiscutiblemente
confusa acerca de Jesús, que, sin permitir negar su humanidad, tampoco
permite aceptarla pura y simplemente, con todas las consecuencias. Según
la mayor parte de los teólogos, Jesús no ha sido realmente niño,
realmente adolescente ni realmente adulto; solamente tenía las apariencias
de ello. Él no ignoraba nada, no sólo de lo que se conocía
en su tiempo, sino de cuanto llegarían a conocer los hombres a través
de todos los tiempos; conocía el día del Juicio, pero no lo quiso
decir. Jamás experimentó ninguna tentación, ni en el desierto,
ni en el Huerto de los Olivos, más que exteriormente...
Así,
se invoca constantemente a la idea de Dios para determinar "a priori"
lo que fue el hombre, sin recurrir a los documentos históricos, y, más
aún, en contra mismo de estos documentos>>. Método peligroso:
si no podía Jesús progresar ni ignorar, tampoco podía sufrir.
Es más seguro renunciar a esta teología deductiva que hace "flotar"
a Jesús entre el ser hombre y el ser Dios, y cuyas sutilezas conducen
al docetismo. Hay que volver al Evangelio, sin escandalizarse de que un hombre
verdadero haya tenido ideas humanas. Paradójicamente, por lo demás,
los que ahogan a la historia cuando ella quiere hablar, la enarbolan para demostrar
la resurrección, siendo así que acerca de esto sólo puede
callar. (No solamente no ha sido demostrado el hecho de la resurrección,
sino que es indemostrable: <<La historia podrá demostrar que Cristo
fue visto vivo por algunas personas, veinte siglos antes de nosotros. Pero jamás
llegará a demostrar que está vivo todavía; y, sin embargo,
éste es el verdadero objeto de nuestra fe>>. Pero en este caso,
objetarán los teólogos, si no se prueba históricamente
la resurrección, ¿qué sucede con nuestra fe? Desgraciada
la fe que se encontrase tan mal fundada. Jesús no ha dicho a Tomás:
"Ahora que has visto, debes creer." La resurrección es una
realidad que el cristiano debe creer como el fundamento de su esperanza; no
es una certeza empírica capaz de engendrar la fe. <<El dogma se
encuentra necesariamente por encima de la historia.>>)
Para saber lo que dicen los documentos,
hay que tomarlos como son, en vez de considerarlos conforme a nuestros prejuicios.
"A priori", el Pentateuco era de Moisés, puesto que Jesús
lo había dicho; "a posteriori", desde que se comenzó
a discutir científicamente la cuestión, ha habido que rendirse
a una evidencia totalmente distinta. Igualmente se acabará por admitir
que el Cuarto Evangelio no es "histórico" en el mismo grado
que los sinópticos, sino una idealización continua de la materia
histórica de éstos; <<su valor, no sólo como libro
divino, sino también como libro humano, se halla condicionado a la aceptación
de semejante carácter ideal.>> Los mismos sinópticos no
carecen de una cierta idealización, los discursos del Salvador aparecen
referidos <<no con un espíritu de exactitud histórica, sino
con la finalidad de edificación religiosa.>>
¿Cuál era, pues, según
los textos evangélicos, el pensamiento de Jesús acerca de la proximidad
de la Parusía? No cabe duda de que consideraba próximo el advenimiento
del reino de Dios, si bien desconocía el momento preciso. Puesto que
ésa era también la creencia de la primera generación cristiana,
hay que admitir o bien que la había recibido de Jesús o bien que
se la atribuyó a él erróneamente. La segunda hipótesis
es grave, pues resultaría que se hallaba "contagiado" casi
todo el evangelio; además es inverosímil, después de la
experiencia de un mentís de cuarenta años.
Queda, pues, la primera hipótesis.
¿Cómo se compagina, empero, con la divinidad de Jesús?
<<Los teólogos deberán poner sumo cuidado en no urgir demasiado
esta dificultad, pues, si hubiera incompatibilidad entre este hecho y el dogma
cristiano, sería muy triste para el dogma.>> Contra el hecho establecido
no hay razonamiento que valga. Pero la contradicción existe sólo
en la mente de ellos: ¿No podría ignorar un hombre verdadero el
día exacto de la venida del Reino, sin sentirse, por eso, disminuido?
<<He ahí la idea que me ha
obligado a detenerme durante mucho tiempo. Se ha cometido un grave error al
suponer que nosotros (digo nosotros, amigo mío, porque no soy solamente
yo, bien lo sabéis) habíamos aceptado ligera y alegremente cuanto
el abate Loisy, o cualquier otro, nos refirieron acerca de los Evangelios y
la historia de Jesús. Pero ¡no!; nosotros nos resistíamos,
porque amábamos a Cristo-Jesús y continuamos amándole.
Le amábamos con toda nuestra alma y, hasta el día que creímos
que la aceptación de determinadas conclusiones históricas habrían
disminuido en nosotros la imagen bendita del Salvador, hemos rechazado tales
conclusiones. Pero, puesto que se nos imponían cada vez más como
un hecho -- y es necesario respetar los hechos, porque son obra de Dios --,
nos hemos preguntado si realmente empequeñecerían a Cristo esas
conclusiones históricas. Y una profunda reflexión ha llegado a
hacernos convencer de que el Cristo real, tal cual nos lo presenta la historia
crítica, era tan bello, y aún más, que el Cristo de la
fantasía, por muy docta y piadosa que ésta fuera... Así,
pues, aun aceptando la crítica, permanecemos cristianos y, si Dios quiere,
cristianos fervientes, entregados a Dios en Cristo y en su Iglesia.>>
A lo que se quiere llamar la ilusión
de Cristo, no hay que buscar efectivamente una explicación socio-histórica
-- "tal era el error de su tiempo" -- que lo rebajaría al común
de los seres, sino una explicación psico-religiosa -- el fervor de su
deseo -- que vale para todos los profetas y abre una luz de pleno día
sobre su personalidad sin igual. Y si se le eleva hasta este nivel, aparecerá
su esperanza mucho menos errónea de cuanto se ha pretendido juzgar vulgarmente;
esa esperanza se ha convertido en nuestra esperanza y, en cuanto al tiempo que
tiene por delante de sí, respondemos <<exactamente como Jesús
y los apóstoles: que debe durar hasta la Parusía>> cuya
fecha también nosotros ignoramos. Ella ha tomado cuerpo en la Iglesia
que, desde hace veinte siglos de trabajo duro y fecundo, continúa viviendo
por su impulso. (Según esta perspectiva, Cristo ha fundado la Iglesia
no "materialiter", tal como la vemos nosotros, sino "germinaliter",
a la manera como concebimos ahora que Dios creó el mundo: <<La
idea de Jesús "autor" de la Iglesia experimenta actualmente
una evolución análoga a la de Dios "autor" del mundo.>>
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