Ellacuría
XII.C._
¿Por qué muere Jesús
y por qué le matan? - Ignacio Ellacuría 
El intento de poner
en relación a Jesús con la historia y, consecuentemente, a la
Iglesia con la historia, es un elemento esencial para la comprensión
y la realización del cristianismo, así como para la realización
y la compresión de la historia. Si no se llega a tener clara esta "relación"
se cae con facilidad en posturas religiosistas o, en el otro extremo, en posturas
secularistas con menoscabo en ambos casos de una plena salvación humana.
Esta
historización, esta encarnación histórica de Jesús
como paradigma de lo que ha de ser una historización de la salvación,
puede presentarse desde diversos aspectos de su vida, tal como la transmiten
los Evangelios. Pero uno de los puntos de vista privilegiado, para enfocar el
problema, es la consideración crítica de su pasión y de
su muerte. Tres razones, al menos, invitan a enfocarlo desde la pasión:
a) la muerte de Jesús es la culminación y la verdad última
de su vida; b) es el núcleo original de los relatos evangélicos
y donde es posible realizar una mayor verificación histórica;
c) es punto fundamental de divergencia entre quienes se atienen a que Jesús
murió por nuestros pecados y quienes se atienen a que se le mató
en razón de su lucha por el hombre y en virtud de motivos políticos.
El
estudio, por tanto, de la pasión en su doble vertiente de por qué
muere Jesús, en el sentido de cuál es el valor y el significado
último de su muerte, es un lugar adecuado para iluminar la unidad intrínseca
y necesaria entre la lucha por el hombre y el reino de Dios.
Parecería
que la cuestión esta zanjada desde las primeras confesiones de fe transmitidas
por el Nuevo Testamento: "porque Dios no nos destinó a la ira, sino
a adquirir la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo,
el que murió por nosotros, a fin de que... lleguemos a la vida juntamente
con él" (1 Ts 5, 9-10). Sin embargo, en este mismo documento primero
del Nuevo Testamento Pablo escribe: "pues vosotros hermanos os hicisteis
imitadores de las Iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús,
porque también vosotros padecisteis de parte de vuestros compatriotas
las mismas persecuciones que ellos de parte de los judíos, los que mataron
al Señor, a Jesús, y a los profetas..." (ib. 2, 14-15). Y,
en efecto, no es cuestión que pueda resolverse a la ligera. Un autor
tan ponderado como Rahner considera, por ejemplo, cuestión abierta y
discutible si el propio Jesús atribuyó expresamente a su muerte
una función soteriológica; esto es, si a él mismo le era
clara la conexión entre el significado histórico de su muerte
y su sentido transcendente.
Para
acercarnos a la solución de nuestra pregunta, siempre ceñidos
a los relatos de la pasión, es menester considerar el problema desde
tres puntos de vista, estrechamente conectados entre sí: la consideración
del por qué le matan, lo que el propio Jesús pensaba de su propia
muerte, tal como es posible acercarse a ese pensamiento desde los propios relatos
evangélicos y, tercero, la interpretación teológica de
tipo expiatorio, que los propios evangelistas entremezclan con consideraciones
más históricas. En los tres puntos de vista puede haber historia
y teología, pero los propios evangelistas -y no sin profundas motivaciones-
acentúan, según los casos, el momento teológico o el momento
histórico. Esta distinta acentuación nos permite -sin descuidar
los resultados de una exégesis crítica- avanzar algunas consideraciones
sobre nuestro propio problema.
1.
Dimensión histórica de la muerte de Jesús
Es
fácil reconocer en la lectura de los Evangelios cómo sus autores
presentan la vida de Jesús como una creciente oposición entre
él y quienes van a ser los causantes de su muerte. Pocas dudas pueden
caber sobre este punto, léase la vida de Jesús según Marcos
o, en el otro extremo, según Juan. No es ésta la ocasión
de mostrar todas las gradaciones y matices de esta oposición, que tiene
un marcado carácter de totalidad. Se trata, en efecto, en el caso de
Jesús y de sus enemigos de dos totalidades distintas, que pretenden dirigir
contrapuestamente la vida humana tomada como totalidad personal e histórica;
se trata de dos totalidades prácticas, que forzosamente llevan la contradicción
al campo de la existencia cotidiana. La posición de Jesús no es
una posición puramente teórica y contemplativa sino que es una
posición transformativa; no es tampoco una posición conciliadora
sino partidista y beligerante. Y esto no sólo ni principalmente por su
doctrina o por los efectos de su doctrina sino por su propia persona y por su
propia acción histórica. Lo que decía era conflictivo,
pero él mismo era aún más conflictivo.
Si
tomamos, por ejemplo, el episodio de la curación del hombre que tenía
la mano paralizada (Mc 3, 1-6; cfr. Lc 6, 6-11), vemos cómo Marcos lo
sitúa -teológicamente, es cierto- en una serie de cinco controversias
con los fariseos, herodianos, escribas, etc., esto es, con representantes y
defensores, cada uno a su manera, del orden religioso-social establecido. No
olvida el evangelista subrayar que son enemigos de Jesús, a quien
espían para acusarlo y condenarlo. No se trata, pues, de una mera discusión
rabínica sino de una lucha quien, al poner en peligro el orden socio-religioso
establecido, les pone en peligro también a ellos. Jesús no sólo
se les enfrenta como a enemigos sino que les presenta batalla en el peligroso
campo del sábado judío: ¿se puede hacer bien o hacer mal
en sábado, salvar una vida o matar? Por un lado, la observancia legal
y cultual; por otro, la acción antilegal de sanar a un enfermo, al que,
si se le deja de curar -acción aparentemente omisiva y más en
el contexto judaico del sábado-, lo que se le está haciendo es
un mal positivo. Sus enemigos se callan. Marcos no se olvida de constatar que
Jesús se encoleriza contra ellos por el endurecimiento de sus corazones.
Y en esta situación conflictiva Jesús sana al enfermo, a pesar
del sábado y a pesar del peligro en que incurre. Marcos, en efecto, advierte
que de este enfrentamiento salieron los fariseos y herodianos dispuestos a deshacerse
de él.
Desde
luego, se trata de un texto muy retocado por distintas tradiciones evangélicas.
Pero es claro cómo estas tradiciones ven como clave interpretativa de
la vida de Jesús, primero una lucha a muerte y, después, una lucha
en favor del hombre oprimido, que le lleva a un enfrentamiento cada vez mayor
con quienes han hecho del nombre de Dios principio de dominación. Como
éste son muchos los pasajes evangélicos, que muestran la creciente
beligerancia pública de Jesús, cuyo sentido último se aprecia
en lo que será su natural consecuencia: su pasión y su muerte.
El
complot definitivo de los judíos contra Jesús está narrado
por los cuatro evangelistas. Parecería que hasta Juan se ha vuelto "sinóptico"
cuando se trata de contar el proceso de la muerte de Jesús. Jeremias
ha mostrado el especial paralelismo de los relatos de Marcos y de Juan en lo
tocante a la pasión. Esta relativa "coincidencia sinóptica
de los cuatro evangelistas sirve de indicación del carácter histórico
del fondo de la narración. No obsta a esta conclusión el modo
distinto y aún contrario de contar los hechos, porque estos hechos, superadas
ciertas matizaciones teológicas, son en el fondo bastante coincidentes.
Reunamos
los rasgos más sobresalientes.
Se
reúnen los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 26, 3), los
escribas (Mc 14, 1 y Lc 22, 2) y los fariseos (Jn 11, 47). No podemos entrar
aquí en lo que cada uno de estos grupos representaba como estructura
de poder. Coinciden todos en querer matar a Jesús y los tres sinópticos
señalan que no se atreven a hacerlo por miedo al pueblo; no es, por tanto,
un choque entre Jesús y las autoridades socio-religiosas o religioso-sociales,
esto es, de un choque que no superara el ámbito de una discusión
personal, sino que en esa lucha se hace presente el pueblo. Los sinópticos
introducen a Judas para hacer más factible la captura de Jesús
a espaldas del pueblo. El complot resulta y sus enemigos le capturan, dirigidos
por Judas, que llega con un grupo numeroso, enviado por los sumos sacerdotes
y los ancianos del pueblo (Mt 26, 47), los escribas (Mc 14, 43) y los
fariseos (Jn 18, 3). Juan añade que se trata de la cohorte y de los guardias;
al parecer. La cohorte era romana y los guardias lo eran de los sumos sacerdotes.
El
cuadro es de por sí significativo. Hay una captura en toda regla y los
capturadores esperan una resistencia armada. Jesús se ve acosado por
los poderes sociales, políticos y religiosos. La acusación que
le van a hacer mostrará más claramente el por qué le persiguen
y le combaten. Aunque no hay concordancia entre los evangelistas en la narración
de los jueces y de los juicios, sí es reconstruible la línea general
de la acusación.
Según
Juan (18, 19-27) el sumo sacerdote interroga a Jesús sobre sus
discípulos y sobre su doctrina. Se trataría, por tanto, de un
problema de ortodoxia; pero tras este primer plano de la ortodoxia aparece el
de sus seguidores, esto es, el de un movimiento, que ha cobrado cuerpo y fuerza
y frente al cual no tienen control los dominantes oficiales de la situación
religioso-social. No deja de ser significativo que los guardianes le insulten
como a profeta; han debido de percibir en sus amos la persuasión de que
Jesús era profeta y ponía, por tanto, en marcha dinamismos proféticos.
En
el juicio ante el Sanedrín se le acusa fundamentalmente de querer destruir
el templo. Aunque la comunidad post-pascual ha visto en el tema del templo un
punto transcendental, al afirmar que el verdadero templo de Dios es el Señor
resucitado -recuérdese la sentencia del Apocalipsis (21, 22) "y
no vi santuario en ella (la ciudad santa), pues el Señor todopoderoso,
y el Cordero, era su santuario"-, que deja sin sentido el templo antiguo
de Jerusalén, no puede pasarse por alto lo que el templo jerosolimitano
suponía en la configuración religiosa y política de Judea.
Esta afirmación del templo nuevo que sustituye al antiguo era de por
sí una blasfemia, que permitía la lapidación. Distintos
motivos redaccionales han hecho que se amplíe esta acusación a
la más llamativa y aparente de hacerse el Mesías, el Hijo del
Bendito, el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, cuyo sentido lo trataremos en
la tercera parte. En este primer estadio se ha buscado el que Jesús quede
como blasfemo, pero blasfemo público que ponía en conmoción
los pilares de la estructura del judaísmo.
Las
acusaciones cambian ante Pilato. El punto de conexión está en
el carácter de Mesías, que de cara a los judíos se presenta
como Hijo del Bendito y de cara a los romanos se presenta como rey de los judíos.
La casta sacerdotal sabía muy bien la doble vertiente del mesianismo
profético y, por eso, puede jugar con una u otra sin trastocar el sentido
de la acusación: "hemos encontrado a este hombre excitando al pueblo
a la rebelión e impidiendo pagar los tributos al César y diciéndose
ser el Mesías, Rey" (23,2). Jesús, en efecto, podía
"aparecer" como excitador del pueblo a la rebelión y como opuesto
a la tributación. Sus enemigos se aprovechan de estas apariencias. Pilato
tenía que saber que el Mesías iba a ser enemigo de los romanos;
toda la época y toda la región estaban llenas de expectativas
mesiánicas y de levantamientos armados de tinte mesiánico. Por
eso pregunta a Jesús: "eres tú el Rey de los Judíos?"
Ninguno de los cuatro evangelistas ponen en boca de Jesús el rechazo
de esta acusación, aunque Juan da una explicación menos política
del reinado de Jesús. Pilato no parece tomar en serio la acusación
-o al menos así lo presentan los evangelistas tal vez por razones apologéticas
contra los judíos y en favor de los romanos-, pero los sumos sacerdotes
y los escribas le siguen acusando violentamente (Lc 23, 10) e insisten en que
Jesús subleva al pueblo por medio de su enseñanza y que lo ha
ido haciendo desde Galilea hasta Judea. Ni Herodes ni Pilato recogen la acusación;
más aún, las tradiciones evangélicas muestran a Pilato
convencido de que los enemigos de Jesús se lo habían entregado
por envidia (Mt 27, 18 y Mc 15, 10). Pero cuando le amenazan si no condena
a Jesús, que quiere hacerse rey y que como tal se opone al César,
acaba por ceder. De hecho, la condena a la crucifixión, pena típicamente
política para los rebeldes contra Roma, y como titulus de la condenación
se establece su pretensión de convertirse en rey de los judíos.
Es
claro que en todas estas acusaciones los enemigos de Jesús extreman y
distorsionan las apariencias, pero estas apariencias lo eran de hechos reales.
Ante todo, está el hecho indiscutible de la oposición a muerte
de los poderes socio-religiosos contra Jesús; si no hubieran visto en
él a un enemigo de su poder y de la estructura social reinante, no le
hubieran llevado a la muerte. Y si la acción de Jesús no hubiera
tenido nada que ver con aquello de que le acusan, tampoco hubiera prosperado.
Ambos aspectos que en su unidad se hacen presentes a todo lo largo de la vida
de Jesús, prueban el carácter de su vida: el anuncio del reino
de Dios tenía mucho que ver con la historia de los hombres y esta historia
quedaba contradicha por el anuncio efectivo del reino. Tan peligrosa aparecía
la persona y la acción de Jesús, que las autoridades judías
habían calculado que esa peligrosidad iba a traer una mayor represión
por parte de los romanos. Lo narra San Juan: reunidos los sumos sacerdotes y
los fariseos se preguntaban qué hacer, porque Jesús hacía
muchos signos; si le dejaban seguir su camino, todos iban a creer en él,
lo cual ocasionaría la intervención de los romanos que destruirían
el lugar santo y la nación entera; a lo cual respondió Caifás
que era mejor que muriera un solo hombre por el pueblo y no que pereciera toda
la nación (11, 47-50). La apelación a la intervención de
los romanos y al peligro que corrían, a la par, el lugar santo y la nación
entera, muestra la conexión de la palabra y de los signos de Jesús
con la realidad histórica, tanto en su vertiente religiosa como en su
vertiente política. Curiosamente esta frase de Caifás de tinte
tan marcadamente político va a ser leída por Juan teológicamente
y, además, en un sentido expiatorio. El por qué matan a Jesús
queda unido al por qué muere en la propia historia teológica de
Juan.
La
preponderancia de los elementos histórico-políticos en el juicio
de Jesús y aun en todo el relato de la pasión es abrumadora. Lo
que más resaltan los evangelistas es una serie de elementos históricos,
como si estuvieran decididamente preocupados por responder a la cuestión
de por qué mataron a Jesús. Sobre este punto crucial se han deslizado
los comentaristas con peligrosa e ideologizada facilidad. Hoy se trata con razón
de evitar ese deslizamiento más o menos interesado. No en vano este punto
tiene tal importancia en los relatos evangélicos; considerar la morosidad
de los evangelistas como algo puramente anecdótico o como mera concesión
sentimental, sería un craso error; sería caer en lo que Zubiri
ha llamado con razón docetismo biográfico. Insistir en lo que
realmente significa nos lleva a lo que fue la raíz humana de la vida
de Jesús y, consiguientemente, al lugar adecuado de la fe y de la transcendencia.
La insistencia en el por qué matan a Jesús no invalida la pregunta
del por qué muere. Tan sólo la historiza, esto es, la sitúa
y la dinamiza.
2.
Conciencia histórica de Jesús sobre su muerte
Entramos
aquí en un tema lleno de dificultades tanto exegéticas como dogmáticas.
Dando por supuesta la literatura sobre el problema general de la conciencia
de Jesús, aquí nos vamos a ceñir a lo que los evangelistas
muestran de su conciencia en los relatos de la pasión.
Como
preámbulo, podemos dar por supuesto que Jesús era consciente de
la peligrosidad de su vida y de que su actuación ofrecía a sus
enemigos motivos acumulados para llevarlo a la muerte. La hipótesis contraria
no es aceptable: una cosa es que los anuncios de la pasión con su consiguiente
resurrección sean post-pascuales, otra que Jesús no previera el
peligro mortal que corría. La confrontación con sus enemigos,
tal como la señalan los sinópticos, no podía llevar a otro
final, y Juan reitera incansablemente cómo Jesús conocía
el propósito de sus adversarios: "algún tiempo después
recorría Jesús Galilea, evitando andar por Judea porque los judíos
trataban de matarlo" (7, 1; cfr. 2, 24-25; 5, 16-18; 7, 19.25-26.30-35;
8, 20.59; 10, 30-31.39; 11, 8.53-54.57). Juan parece disponer la vida de Jesús
como un combate con los dirigentes judíos, que cada vez se agudiza más
hasta culminar en la crucifixión.
¿Cómo
se le presenta a Jesús este problema en los días de la pasión?
No nos preguntamos aquí si Jesús pudo calcular humanamente que
la muerte violenta le era ya inevitable; o si quedó sorprendido por el
momento y la forma en que se presentó. Nos interesa más bien preguntarnos
por el sentido que pudo atribuir a su muerte, por la conciencia de lo que su
muerte podía significar para él y para los hombres. Esta conciencia
puede sospecharse a partir de dos pasajes extraordinariamente significativos;
son tan llamativos que aun los intérpretes más tradicionales y
piadosos se han visto obligados a hacer piruetas teológicas para poder
explicar su fehaciente y nuda realidad. Son el huerto y la crucifixión.
Boismard
reconoce tres documentos anteriores al relato de lo ocurrido en Getsemaní.
El más primitivo ofrecería un sensible paralelismo con algunos
versículos de Juan, no referidos por éste a la escena del huerto:
Jo
12,12
Ha llegado la hora en la que seré glorificado.
27
ahora mi alma está turbada
y
¿qué diré? Padre sálvame (líbrame).
Jo
14,30b
El príncipe de este mundo viene.
31b
Levantaos, vayamos fuera de aquí. |
Mc
14,41b
Ha llegado la hora en la que es entregado el
hijo del hombre en manos de los pecadores.
Mc
34a
mi alma está triste hasta la muerte.
35b
y oraba para que si fuera posible pasara
lejos de él la hora.
42b
He aquí que el que me entrega se acerca.
42a
Levantaos, vayamos. |

Si
aceptamos éste como el texto más antiguo y tenemos en cuenta el
paralelismo de Marcos y de Juan, nos encontramos con que Jesús espera
la "hora", pero la "hora" tiene un claro carácter
mesiánico que, sobre todo en Juan, implica el paso por la "glorificación"
de la muerte. Este tema, muy joanneo, de la glorificación por la muerte
es una reelaboración teológica; en su plano más histórico
no evita la turbación ni el deseo de Jesús que no ocurra. La muerte
aparece como culminación de su vida, como culminación de su combate
contra el príncipe de este mundo; es así la glorificación
de su vida, pero es una glorificación ante la que Jesús no oculta
su temor. Marcos lo formula en términos por un lado más históricos:
el que se acerca y le entrega es Judas; pero, por otro, en términos más
teológicos: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
Aparecería, pues, el tema del Mesías y del Hijo del hombre, sobre
el que volveremos más tarde; pero aparecería en unos términos,
que si purifican el sentido popular usual, no lo anulan.
Entendido
así el pasaje habría una plena continuidad con lo que fue el crecimiento
de su conciencia en la vida pública, pero no habría una clara
captación ni del sentido expiatorio de su muerte ni siquiera de su inmediata
resurrección. Tanto la oración de Jesús para que pase lejos
de él la hora como la tristeza hasta la muerte que le invadió
son datos históricos no conciliables con una visión clara de su
resurrección o del triunfo sobre el príncipe de este mundo. Si
no le fue dado librarse de la asechanza humana de Judas y de sus enemigos judíos,
no hay por qué pensar que en este fracaso pudiera ver Jesús con
plena claridad el sentido de su muerte, tal como lo vio la comunidad post-pascual.
Igualmente
las últimas palabras de Jesús en la cruz muestran todo el dramatismo
de la conciencia oscura y confusa de Jesús, respecto del sentido de su
muerte. Lucas (23, 24) testifica su oración al Padre, pidiendo el perdón
de quienes no saben lo que hacen; también es Lucas (23, 43) quien transmite
la palabra de Jesús al malhechor sedicioso, crucificado con él:
"te digo de verdad: hoy estarás conmigo en el paraíso".
Juan, a su vez, recoge el encargo de Jesús respecto de María,
su madre: "he ahí a tu madre; he ahí, a tu hijo" (19,
26-27). Mateo y Marcos, por su parte, atestiguan unas palabras de Jesús,
que a sus enemigos les suena a una llamada apocalíptica a Elías,
mientras que a sus fieles les recuerda el "Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?" del salmo 22 (Mc 15, 34 y Mt
27, 46). Sólo Juan apunta el "tengo sed" (19, 28) y el "todo
se ha cumplido" (19, 30), mientras que sólo Lucas recoge el "Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu" (23, 46).
Boismard
trata de reconstruir lo que sería el Documento A, esto es, el documento
que reflejaría la tradición más antigua; según él
en este estrato más antiguo de la tradición no aparecería
ninguna intención apologética o teológica sino se narrarían
los hechos desnudos: la llegada al Gólgota (Mt 27, 33a) donde le crucificaron
a la hora sexta (Jn 19, 18 a; cfr. Lc 23, 33b y Mc 15, 25), con otros dos (Jn
19, 18b); sobre la cruz estaba escrita su sentencia de condenación: "rey
de los judíos" o, tal vez "rey de Israel"; uno de los
asistentes le da a beber vinagre (Jn 19, 29); su muerte, con la expresión
típica de que "rindió su espíritu", donde espíritu
ha de interpretarse en el sentido judío del Gn 25, 18 (cfr. Si 38, 23
y Sa 16, 14), sin que se hiciese mención del gran grito antes de su muerte;
finalmente se hacía mención del grupo de mujeres que estaban a
alguna distancia de la cruz.
Es
el Documento B el que añade lo del vino mezclado con mirra, que
Jesús rechaza; añade asimismo la distribución de sus vestidos
en cumplimiento del salmo 22, 19, la alusión explícita a que un
malhechor estaba a la derecha y el otro a la izquierda, los insultos de los
que le rodeaban en alusión al mismo salmo 22 en su versículo 8,
la alusión a las tinieblas; después vendría la muerte de
Jesús contada en estos términos: "y a la hora de nona, Jesús
clamó con un gran grito: `Eloí, Eloí, lema sabactani?'
y expiró"; habla del velo del templo desgarrado; se subraya la confesión
de fe del oficial romano, que remite implícitamente a Sa 2, 18; y terminaría
con la referencia a las mujeres que miraban de lejos. Las ulteriores redacciones
añadirían el resto de elementos que hoy se encuentran en los distintos
relatos evangélicos.
A
la altura del Documento A no hay en el redactor preocupación alguna sobre
la conciencia de Jesús; no hay palabras explícitas de él
ni siquiera acciones, que pudieran transmitir un sentido especial. En el Documento
B tendríamos tan sólo la repetición del salmo 22 en sus
palabras más trágicas, que, aun en el supuesto, no improbable,
de que Jesús lo recitase en su totalidad, implicaría sí
una profunda y firme esperanza de Jesús, pero no más allá
de la que tenía el autor del salmo. Si el gran grito expresó su
última palabra, tendríamos tan sólo el momento del máximo
abandono. Es, entonces, Lucas quien ha recogido palabras más significativas:
el perdón a los que le matan, el premio a quien se arrepiente y un último
suspiro de confianza en el Padre; se trataría de un avance teológico,
pero tampoco hay por qué ver en él nada que supere la conciencia
de Jesús como culminación de su experiencia religiosa judaica:
Jesús sigue en su talante de misericordia y perdón, tan subrayados
por Lucas a lo largo del Evangelio y mantiene en pie su confianza y su esperanza
respecto del Padre.
Como
quiera que sea, parece que ni siquiera la reelaboración teológica
más primitiva se creyó autorizada a poner en los labios y en la
conciencia manifiesta de Jesús un planteamiento claro del sentido de
su muerte. Jesús muere en la cruz acosado por sus enemigos, abandonado
por sus discípulos; todo ello como resultado de lo que hizo en su vida,
como resultado de su oposición radical a quienes acaban venciéndole
en la cruz. No aparece ningún sentido místico expiatorio: lo que
le ocurrió en la muerte fue la consecuencia de lo que actuó en
vida: el anuncio y la realización del reino de Dios entre los hombres,
a lo que se oponían los representantes del poder religioso, del poder
social y del poder político.
3.
Significado teológico de su muerte
¿Es,
entonces, arbitraria la referencia al por qué muere Jesús, cuando
el acento de los evangelistas en la pasión está puesto en el por
qué le matan los judíos y los romanos? Para responder a esta cuestión
quedan por encaminar dos pasajes fundamentales del relato de la pasión:
ante todo y más principalmente lo referente a la institución de
la eucaristía; después, las palabras puestas en boca de Jesús
con ocasión de su condena.
3.1.
La institución de la eucaristía
No
pretendemos de ningún modo entrar en el problema general de la cena pascual
y de la institución de la eucaristía ni desde el punto de vista
exegético ni desde el punto de vista dogmático. Nuestra pretensión
se reduce a mostrar la conexión del por qué muere Jesús
y del por qué le matan, la conexión entre el sentido histórico
de su muerte y el sentido teológico respecto de un punto particular.
Como
es sabido, tanto los tres sinópticos como Pablo dan cuenta de la institución
de la Eucaristía (1 Cor 11, 24-25; Mc 14, 22-24; Mt 26, 28; Lc 22, 19-20).
Juan ofrece un lugar paralelo de singular importancia (6, 51).
Si
consideramos estas diferentes redacciones en su versión actual parecería
bastante evidente que Jesús, en la víspera de su pasión,
consideraba expiatoria y soteriológica su muerte, al menos si se ve su
muerte preanunciada en la cena y en la institución de la eucaristía.
Aunque respecto del pan, como cuerpo suyo, nada especial dicen Marcos y Mateo,
Pablo afirma que es "por vosotros" (to uper umon) y Lucas que "es
entregado por vosotros" (to uper umon didomenon); con ambos coincide Juan
cuando pone en boca de Jesús las palabras de que "su carne es para
la vida del mundo" (uper test tou kosmou dsoes). Pero al hablar del vino
y de la sangre los tres sinópticos hablan de la (nueva: Pablo y Lucas)
alianza junto con Pablo, mientras que sólo los tres sinópticos
hablan aquí de la "sangre derramada no sólo por vosotros
(Lc) sino por muchos (Mc y Mt)", añadiendo Mateo, y sólo
él, "para el perdón de los pecados" (eis afesin amartion).
Según Pablo y Lucas, Jesús les dice a los discípulos, y
les manda, que hagan lo que le han visto hacer en su recuerdo (dos veces Pablo
y una Lucas: eis ten emen anamnesin), y Pablo señala que, haciéndolo
así, anunciarán la muerte del Señor hasta que haya vuelto;
mientras que los tres sinópticos subrayan que Jesús no volverá
a beber del producto de la vid con ellos sino en el reino del Padre (Mt), en
el reino de Dios (Mc), hasta que el reino de Dios haya venido (Lc).
Este
recuento de los datos mostraría claramente que Jesús en el momento
de la cena habría tenido clara conciencia de la relación entre
la institución eucarística y su sangre derramada por el perdón
de los pecados y aun con una segunda venida suya. Se trataría en este
contexto pascual nada menos que de nueva alianza, sellada con un nuevo sacrificio,
culminadora y superadora de la antigua. Es aquí donde quedaría
probada taxativamente la interpretación expiatoria, que se trasladaría
después a la propia muerte física de Jesús. Vista la muerte
desde la cena poco o nada importaría el planteamiento del por qué
le matan; lo importante sería el sentido de su muerte, tal como aparece
en la institución eucarística. De ahí a considerar que
lo importante en el cristianismo es la celebración cultual en la fe de
la pasión y de la resurrección de Jesús, dejando de lado
la celebración real e histórica del seguimiento real e histórico
de su vida, no hay más que un paso. Y este paso se ha dado y se da con
frecuencia. El culto sería el alibi perfecto de la realidad, el sacramento
podría sustituir a la realidad. De ahí la transcendencia de este
punto para la recta orientación de un cristianismo auténtico.
Un
somero análisis del modo en que están redactados los textos y
una comparación entre los mismos pone en entredicho esta evidente apariencia
del relato eucarístico, si es que lo queremos referir a lo que realmente
ocurrió en la víspera de la pasión. Recordemos que ese
es nuestro problema: lo que Jesús en su carne mortal pensó acerca
de su vida y de su muerte. Es evidente que en el pensamiento de la comunidad
post-pascual la referencia al carácter expiatorio de la eucaristía
y, en general, a la muerte de Jesús son explícitas y de la máxima
importancia; es también claro que la fe cristiana ha de aceptar como
obligante todo el contenido del Nuevo Testamento. Pero no por eso carece de
importancia el esfuerzo por acercarse lo más posible a la realidad de
los hechos, porque si la fe de las comunidades primitivas ilumina autorizadamente
lo que fue la vida de Jesús, es la vida de Jesús la que fundamenta
esa fe.
Dos
planos fundamentales cabe distinguir en el texto evangélico: el relato
de forma más histórica con referencia a la cena ritual de la pascua
y el relato de forma más litúrgica con referencia a lo que después
será celebración litúrgica.
En
el relato de Marcos hay, por lo pronto, un estrato primitivo referido explícitamente
a la celebración de la pascua judía, en el que se narra como Jesús
tomó la copa, dio gracias, se la pasó a los discípulos
y de ella bebieron todos; entonces les dijo: "en verdad os digo que no
beberé más del producto de la vid hasta el día en que lo
beba de nuevo en el reino de Dios" (Mc 14, 23-25). El estrato más
antiguo de Marcos comprendería los versículos 17, 23-24a, 25 y
se referiría tan sólo a la celebración de la pascua por
Jesús. También en Lucas se da la misma diferencia entre el relato
de la pascua y el relato de la institución eucarística (22, 15-18);
en el relato de la cena pascual estarían las palabras: "con gran
deseo, he deseado comer con vosotros esta pascua", así como las
palabras referidas a la copa de la que tan sólo diría el texto
que Jesús no volvería a beber del producto de la vid hasta que
viniera el reino de Dios.
En
este plano de relato pascual no tenemos nada que rompa la continuidad de la
vida y de la conciencia de Jesús. Muestra su gran deseo de comer con
los discípulos, de celebrar con ellos la Pascua, antes de sufrir. Y da
la razón: esto no volverá a suceder hasta que se cumpla el reino
de Dios. Jesús, por tanto, prevee su final, pero no desespera del sentido
de su muerte sino que positivamente establece, aunque de una manera indirecta,
su firme esperanza en el triunfo del reino y con este triunfo el de su causa
personal.
Pero,
además del relato pascual, nos encontramos con el relato de la institución
eucarística. Como es sabido, sobre la institución eucarística
el relato escrito más antiguo que conservamos es el de Pablo (1 Cor 11,
24-25); se trata en su forma de un texto litúrgico, que utiliza un vocabulario,
que no es el propio de Pablo. Este hecho retrotrae, por un lado, la tradición
usada más allá del año 54, fecha de la carta; pero, por
otro lado, muestra claramente un texto transformado por las exigencias de la
celebración litúrgica; hay incluso una helenización en
la fórmula esencial de la eucaristía. Sin embargo, el texto coincide
en lo fundamental con lo que transmite Lucas y Marcos-Mateo; están los
siguientes elementos: a) esto es mi cuerpo (en los cuatro con la variante de
Pablo); b) entregado por vosotros (Lucas con la variante de Pablo); c) haced
esto en memoria mía (Lucas y Pablo); d) esto es mi sangre (en los cuatro
con variantes en los cuatro); e) derramada por muchos (Marcos con variantes
de Mateo y Lucas); f) para el perdón de los pecados (sólo Mateo);
g) los cuatro ponen en relación con la (nueva) alianza, aunque con variantes;
h) el mandato de que hagan esto en su memoria (Pablo y Lucas). Juan, por su
lado pone en boca de Jesús, aunque el texto está referido en otra
ocasión, las palabras: "el pan que yo daré es mi carne por
la vida del mundo" (6, 51).
Parece
que el texto de Marcos es el que nos lleva más de cerca a las propias
palabras de Jesús, el que está menos afectado por el lenguaje
litúrgico y el que tiene un mayor carácter de relato histórico.
En este relato la "consagración del cuerpo" no hace directamente
referencia alguna ni a su muerte ni a la expiación; sí lo hace,
en cambio, el relato de la "consagración del vino" donde se
habla de alianza y de la sangre, que será derramada por muchos. Gran
parte de la teología de la alianza está incorporada en estas breves
palabras, aunque ni Marcos ni Mateo insisten en su carácter de "nueva"
alianza. Sin embargo, queda abierta la discusión de si la sangre tiene
más un valor de alimento, de vivificación, que de sacrificio;
el paralelismo con el pan y el que la sangre se relacione con el vino, parecería
inclinar la interpretación hacia la línea del alimento, mientras
que el "derramada" inclinaría la interpretación hacia
la línea del sacrificio.
Por
otro lado, la repetida recomendación de Pablo y Lucas para que los discípulos
repitan la ceremonia en memoria suya, no reduce su significación al recuerdo
de su muerte sino al recuerdo total de su vida (incluida la muerte) y de su
persona.
Todo
esto lleva a la conclusión de que, aun aceptando que el núcleo
de las palabras transmitidas por Marcos se acerque mucho a lo que el mismo Jesús
dijo en la víspera de su muerte, el desplazamiento de su sentido desde
un plano teológico histórico a un plano teológico-cultual
puede resultar poco objetivo. Los elementos más seguros serían:
a) una cena de despedida en que Jesús anuncia la inminencia del final
de su vida de predicador y de profeta, de anunciador del reino de Dios; b) una
cierta esperanza escatológica en continuidad con lo que ha sido su predicación
del reino y su relación con el Padre; c) la referencia a su cuerpo y
a su sangre como alimentos nuevos de la alianza de Dios con el hombre; d) un
profundo sentido sacrificial de toda su vida entregada a los demás.
Que
esto ofrezca suficiente base para que una tradición, muy primitiva en
la primera Iglesia, viera en los sucesos de la cena y de la crucifixión
un claro significado soteriológico y expiatorio, no permite concluir
que Jesús apreciara su muerte exactamente en los mismos términos.
Que él diera un significado especial a la culminación de su vida
no significa que ese significado fuera ni en los términos ni con la claridad
que lo expresó la comunidad post-pascual, después de la experiencia
del Resucitado. No tenemos que entrar aquí en el análisis de las
razones que llevaron a las comunidades eclesiales primitivas a concebir la acción
salvífica de Jesús en términos de sacrificio expiatorio.
3.2.
Los títulos transcendentes de Jesús
En
los diferentes enfrentamientos de Jesús con sus enemigos con ocasión
de su condena a muerte, los evangelistas ponen en su boca una serie de títulos,
que mostrarían cómo el propio Jesús teologizaba lo que
le estaba ocurriendo, de modo que, a través de ellos, se podría
adivinar lo que pensaba acerca de su muerte.
Como
es sabido, también en lo que toca a los juicios no coinciden los especialistas
en la valoración judicial técnica que ha de darse a cada uno de
los pasajes, ni tampoco coinciden en la ordenación que debieran tener
las narraciones no unánimes de los evangelistas. Pero estas discrepancias
no impiden la posibilidad de un acercamiento al problema que nos ocupa. Pueden
reconocerse los estratos conceptuales, aunque no se esté de acuerdo sobre
su secuencia histórica.
Según
el relato más primitivo de Mateo en el juicio del Sanedrín no
se haría referencia más que a la blasfemia de haber profetizado
contra el templo. Sería el relato primitivo de Marcos el que introduciría
el otro tema del interrogatorio hecho por el sumo sacerdote.
Si
nos atenemos al tema del templo, estaríamos ante algo muy propio de la
vida de Jesús: la superación religiosa del templo, como lugar
más adecuado del encuentro del hombre con Dios, aunque esto no supusiera
en él un rechazo absoluto del templo tradicional de Jerusalén.
La conexión del sistema de la destrucción del templo con su reedificación
en tres días -alusión a la resurrección- es post-pascual.
Pero la acusación misma y las narraciones evangélicas muestran
cómo Jesús entró en colisión con la utilización
histórica del templo por parte de los dirigentes judíos. Por todo
ello no es verosímil que en la conciencia de Jesús apareciera
claramente toda la teología de la carta a los Hebreos, ni que viera su
cuerpo como el sacrificio por antonomasia, ofrecido en la cruz por la redención
de los hombres.
El
interrogatorio del Sumo Sacerdote es el que hace saltar la cuestión de
los títulos de Jesús. Le pregunta si es el Mesías, el Hijo
del Bendito. Jesús acepta estos títulos, pero los reinterpreta
desde el título de Hijo del hombre, sentado a la derecha del poder de
Dios y que ha de llegar entre las nubes del cielo (Mc 14, 61-62). El sentido
de la pregunta del Sumo Sacerdote no hace referencia alguna a una presunta divinidad
de Jesús o a una filiación divina consustancial, cosa que caía
completamente fuera de su horizonte mental; significaba tan sólo una
pregunta por su carácter de rey mesiánico, que gozaría
de la total protección de Yahvé. Jesús, por su parte, la
responde con el salmo 110, 1, referido al Hijo del hombre, que tampoco tiene
en sí mismo ninguna pretensión de divinidad. Tendríamos
así que, aun aceptando esta reelaboración teológica del
juicio ante el Sanedrín, posterior a la de Mateo, lo que habría
hecho Jesús es situarse en la línea de un nuevo mesianismo y anunciar
su certeza de un triunfo final.
¿Qué
supondrían para Jesús estos títulos de Hijo del hombre
y de Mesías en referencia al sentido de su muerte?
No
tiene razón Bultmann al rechazar tan rápidamente la conexión
de este título con la vida histórica de Jesús. Parece sí
aceptable que las profecías de la pasión, tal como hoy se encuentran
en el texto evangélico, son formulaciones de la comunidad primitiva;
pero no así la proyección escatológica del Hijo del hombre.
Sí se acepta un sentido escatológico a Jesús como Hijo
del hombre en función de ese reino de Dios; este sentido escatológico
no excluye un sentido de presente y de actualidad, aunque la plena identificación
de toda la carga teológica del Hijo del hombre con el Jesús histórico
sólo se realizara en la experiencia creyente de la comunidad primitiva.
Prueba este carácter presente y definitivo de Jesús como juez
el pasaje de Lucas (12, 8 ss.), en el que su relación con él es
el criterio de la sentencia definitiva, aunque en la propia palabra de Jesús
se diese un desdoblamiento entre su personalidad histórica y la del Hijo
del hombre de la parusía. En la propia vida de Jesús se dan las
bases de una identificación, que recogería y precisaría
la comunidad primitiva: Jesús habría acentuado cómo su
misión le iba llevando al sufrimiento, a la oposición y a la muerte;
habría proclamado también el carácter definitivo del reino
de Dios y de su persona, y en este sentido, habría prenunciado una esperanza,
que la comunidad primitiva habría ampliado y clarificado tras la experiencia
creyente de la resurrección. Esto no supone necesariamente que Jesús
se haya concebido a sí mismo como siervo de Yahvé, que cumple
su misión mesiánica por una muerte expiatoria de los pecados del
mundo. En consecuencia, puede decirse que las referencias evangélicas
al Hijo del hombre apuntan a una justificación del paso del por qué
le matan al por qué muere, pero no permiten independizar la segunda pregunta
de la primera. Aunque la presencia del Hijo del hombre llene los Evangelios
y remita a un estadio muy primitivo de la redacción, no debe hacer olvidar
lo que tiene de interpretación teológica, no del todo uniforme
en los mismos Evangelios.
Algo
parecido ha de decirse sobre su autoproclamación como Mesías,
título que es interpretado como rey de los judíos ante Pilato
y como Hijo del hombre -en boca de Jesús- ante el Sanedrín. La
disposición del texto (Mc 14, 62 y par.) obliga a considerar que Jesús
no rechaza el título que le atribuye el sumo sacerdote, pero que éste
lo toma en el contexto del mesianismo judío; por otra parte, el propio
Jesús desvía ese significado demasiado político hacia la
consideración del Hijo del hombre. De ahí que la mesio-logía
del Nuevo Testamento en su sentido judaico no pueda confundirse sin más
con la cristo-logía en su sentido helénico. Es cierto que Jesús
intentó purificar el mesianismo político, entendido como una toma
del poder en la línea de una concepción teocrática, pero
de ahí no se sigue que se haya entendido a sí mismo como Cristo-Señor,
que no tiene nada que ver con la historia de los hombres. En este punto Bultmann
ha simplificado la cuestión: una cosa es que Jesús no haya pretendido
para sí el poder político de un estado teocrático, dominador
de los demás pueblos y otra, muy distinta, que su acción no tuviera
mucho que ver con las estructuras socio-políticas de su tiempo, pues
de ningún modo puede interpretarse el Heilsbringer como alguien que tan
sólo aporta una salvación individual y espiritualizada; Moltmann
lo ha resaltado con razón, así como lo han hecho con insistencia
los teólogos de la liberación. Una lectura objetiva de la vida
y, sobre todo, de la pasión de Jesús no deja lugar a dudas sobre
ese punto, sobre todo, si se subraya, como es justo, que se trata de relatos
posteriores -mucho más historizados- a algunos de los textos paulinos,
mucho más teologizados. ¿Qué interés pudo tener
la comunidad post-pascual al mostrar tan numerosos y precisos rasgos histórico-sociales,
una vez que estaba en posesión del Jesús resucitado y exaltado?
Jesús pudo concebirse a sí mismo en una línea mesiánica,
verdaderamente histórica, que después sus seguidores reinterpretaron
en un sentido transcendente. Su mesianismo histórico no fue ciertamente
el de un zelote, pero no fue tampoco el de un esenio o el de un qumramista.
Tras
este análisis podemos aproximarnos a la respuesta de nuestra pregunta.
Circunscritos a lo que sucedió al Jesús histórico, y, por
tanto, dejando metódicamente de lado al resto del Nuevo Testamento y
a las formulaciones ulteriores de la Iglesia, podemos decir que el valor por-qué-murió
Jesús no se explica con independencia del por-qué-le-mataron;
más aún, la prioridad histórica de la relación ha
de buscarse en el por-qué-le-mataron. A Jesús le mataron por la
vida que llevó. Sobre todo este por qué de su muerte puede luego
plantearse el para qué de su muerte. Una cosa no excluye a la otra, aunque
la condiciona. Si desde un punto de vista teológico-histórico
puede decirse que Jesús murió por nuestros pecados y para la salvación
de los hombres, esto es, que su muerte tiene un carácter soteriológico,
desde un punto de vista histórico-teológico ha de sostenerse que
le mataron por la vida que llevó. Aquí tampoco la historia de
la salvación es ajena a la salvación en la historia y a la salvación
de la historia. No fue ocasional que la vida de Jesús fuese como fue;
como no fue tampoco ocasional que esa vida le llevara a la muerte que tuvo.
La lucha por el reino de Dios suponía necesariamente una lucha a favor
del hombre injustamente oprimido; esta lucha debía llevar necesariamente
al enfrentamiento con los responsables de la opresión. Por eso murió.
Resumamos
a modo de conclusión en unas pocas tesis lo que puede deducirse de los
tres aspectos analizados: la narración histórica de la pasión,
la conciencia de Jesús en el momento de esa pasión y las alusiones
a aspectos más teológicos de su muerte:
a)
La conexión del por qué muere con el por qué le matan no
se basa en una confusión de sus enemigos. Ni los judíos ni los
romanos se confundieron, pues la acción de Jesús, aun pretendiendo
ser primariamente un anuncio del reino de Dios, era de hecho y necesariamente
una amenaza contra el orden social establecido, en cuanto éste estaba
estructurado sobre fundamentos opuestos a los del reino de Dios.
b)
Esta conexión no es sólo de hecho, sino que se funda en una necesidad
histórica. Jesús no predica un reino de Dios abstracto o puramente
transterreno sino un reino concreto, que es la contradicción de un mundo
estructurado por el poder del pecado; un poder que va más allá
del corazón del hombre y que se convierte en pecado histórico
y estructural. En estas condiciones históricas la contradicción
es inevitable y la muerte de Jesús se constituye en necesidad histórica.
c)
La comunidad primitiva post-pascual, aun tras la experiencia creyente de la
resurrección y de la divinidad de Jesús, consideró imprescindible
no dejar anulado el Jesús histórico, como si fuera una anécdota
sin importancia o un recuerdo piadoso, sino que le dio máxima importancia
para mostrar cómo la experiencia creyente está ligada necesariamente
al proseguimiento de lo que fue la vida de Jesús, muerto y crucificado
por lo que representaba como oposición al mundo de su tiempo.
d)
Sólo en el proseguimiento esperanzado de esa vida de Jesús, se
hace posible una fe verdadera, que testifique la fuerza nueva de la resurrección.
Porque Jesús ha resucitado como Señor. Ha quedado confirmada la
validez salvífica de su vida; pero, al mismo tiempo, por la relación
de su vida con su resurrección ha quedado mostrado cuál es el
camino histórico de la fe y de la resurrección.
e)
La conmemoración de la muerte de Jesús hasta que vuelva no se
realiza adecuadamente en una celebración cultual y mistérica ni
en una vivencia interior de la fe, sino que ha de ser la celebración
creyente de una vida que sigue los pasos de quien fue muerto violentamente por
quienes no aceptan los caminos de Dios, tal como han sido revelados en Jesús.
f)
La separación en la vida de la Iglesia y de los cristianos del por qué
muere Jesús y del por qué le matan, no está justificada.
Es una disyunción que reduce la fe a una pura evasión o reduce
la acción a una pura praxis histórica. La praxis verdadera, la
plena historicidad, está en la unidad de ambos aspectos, aunque esa unidad
se presente a veces con la misma oscuridad que se hizo presente en la vida del
Jesús histórico.
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