Schopenhauer
V.A.
De "El
mundo como voluntad y representación" - Arthur Schopenhauer
CARACTERES DE LA VOLUNTAD DE VIVIR [libro segundo, § 28]
Planteamos
al final del libro segundo la cuestión de saber cuál es el objeto
y cuál es el fin de esa voluntad, que, según hemos reconocido,
es la esencia del universo. Las consideraciones que vamos a hacer tienen por
objeto completar la contestación sumaria dada a esta pregunta y exponer
de un modo general los caracteres de esta voluntad.
Semejante
exposición es posible porque la esencia íntima del mundo es algo
enteramente real y empíricamente conocido. En cambio, la denominación
"alma del mundo" con la cual se designa generalmente esta esencia
no nos ofrece, por el contrario, más que un ens rationis,
pues la palabra alma expresa una unidad individual que indudablemente no puede
pertenecer a aquella esencia. Por otra parte, esa noción de alma, en
general, no puede admitirse y debe ser rechazada, pues hace una hipóstasis
del querer y del conocimiento, inseparablemente unidos, pero independientes,
en todo organismo animal. La palabra alma no debiera emplearse más que
en sentido figurado, pues no es tan inofensiva como yuxh o anima,
que significa soplo.
Sin
embargo, es aún mucho más inadecuado el lenguaje de esos pretendidos
panteístas, cuya filosofía consiste en llamar Dios a esa esencia
del mundo que desconocen, con lo cual creen haber hecho una gran cosa. Según
ellos, el mundo es una teofanía. Pero si examinamos el mundo desde el
punto de vista de la presencia perpetua de Dios, ¿qué hallaremos?
Criaturas miserables que sólo existen breve tiempo, y eso a condición
de devorarse unas a otras; que pasan su vida entre angustias y necesidades y
con frecuencia se ven presas de horribles dolores hasta que la muerte se los
lleva. Después de este espectáculo tendremos que dar la razón
a Aristóteles que decía: h fusiV daiminia, all'ou qeia esti (Natura
demonia est, non divina), añadiendo que un Dios que hubiera
imaginado metamorfosearse en un mundo constituido de tal manera, tenía
que estar poseído de demonio. Bien sé que estos supuestos filosóficos
del siglo invocan a Espinosa escudándose así con su autoridad.
Pero Espinosa tenía buenas razones para denominar así a su sustancia
única, salvando, por lo menos, la palabra a falta de la cosa. Las hogueras
de Giordano Bruno y Vanini estaban todavía en la memoria de todos, pues
ambos habían sido sacrificados a aquel dios en honor del cual fueron
inmoladas más víctimas humanas que en todos los altares reunidos
de todas las divinidades paganas de los dos hemisferios. Al llamar Espinosa
Dios al mundo, hace lo mismo que Rousseau cuando en el Contrato social
llama constantemente al pueblo Soberano. Lo cual me recuerda, por cierto, a
aquel príncipe que queriendo abolir la nobleza en sus estados imaginó,
para no despojar a nadie de sus derechos adquiridos, ennoblecer a todos sus
vasallos en masa.
Verdad
es que nuestros sabios del día tienen aún una razón más
para emplear la palabra de que se trata, y que no es mucho mejor, y es que parten,
no del mundo de la conciencia, sino de Dios, como un principio seguro, y conocido.
Dios no es su quaesitum, sino su datum.
Si esos sabios fuesen estudiantes les enseñaría que esto es una
petición de principio pero deben saberlo tan bien como yo. Desde que
Kant demostró que partir del mundo para llegar a Dios, esto es emplear
el método del antiguo dogmatismo (que procedía de buena fe), no
conduce a nada, esos señores creen haber encontrado una hábil
escapatoria, creyendo mostrar así una sagacidad extrema. Perdónenme
los lectores del porvenir que les hable de gentes de las cuales no conocerán
ni siquiera los nombres.
Cada
ojeada que echamos sobre el mundo que el filósofo debe interpretar, confirma
y atestigua que la voluntad de vivir, lejos de ser una hipóstasis caprichosa
o un nombre vano, es la única expresión verdadera del ser último
del mundo. Todo corre, todo se precipita hacia la existencia, y sí es
posible, hacia la existencia orgánica, es decir hacia la vida en sus
grados más altos. En la naturaleza animal se ve que la voluntad de vivir
es la nota fundamental del ser, su única propiedad esencial e inmutable.
Contemplamos esa voluntad de vivir, ese infinito afán con que en todas
partes y a todas horas, en el seno de formas innumerables por fecundaciones
y gérmenes o a falta de ellos por generaciones espontáneas, la
voluntad de vivir se precipita tumultuosamente en la vida sin perder ocasión
de poner en actividad toda sustancia capaz de vivir; consideremos luego su indecible
alarma y su salvaje rebelión cuando ella, en alguno de sus fenómenos
aislados, se ve en peligro de perder su forma existencial, sobre todo cuando
hay conciencia. Diríase que el universo entero va a aniquilarse en ese
fenómeno único. Todo el ser de la criatura viviente se concentra
en ese momento en una lucha desesperada contra la muerte. Pensemos, por un momento,
en la inmensa angustia de un hombre que se halla en peligro de muerte, en el
interés profundo de todos los que le asisten, en su alegría cuando
se salva. Recordemos el espanto que nos produce una sentencia de muerte, el
horror con que presenciamos los preparativos de la ejecución y la compasión
que nos desgarra el alma al contemplar la ejecución misma. Parece que
se trata de otra cosa que de abreviar unos instantes una existencia triste y
vacía, siempre insegura, emponzoñada sin cesar por tormentos de
todas clases; casi nos sentirnos inclinados a pensar que es de gran importancia
que un individuo acelere su marcha, después de una efímera existencia,
a la región donde ha de permanecer eternamente. Esto me autoriza para
afirmar que la voluntad de vivir es el principio inexplicable capaz de explicarlo
todo, y que lejos de ser tan sólo un nombre sonoro como «lo absoluto,
lo infinito, la idea» u otro semejantes, es lo más real que conocemos,
la médula de toda realidad.
Si
prescindimos ahora de esta interpretación sacada de nuestro interior
y nos limitamos a contemplar desinteresadamente la Naturaleza, veremos que,
a partir del grado en que la vida orgánica comienza, aquella no manifiesta
otro fin que la conservación de las especies. Para conseguir este resultado
emplea todos los medios: la abundancia pletórica de los gérmenes,
el fogoso impulso del instinto sexual, la felicidad con que éste se acomoda
a todas las circunstancias y condiciones, facilidad que llega hasta el hibridismo,
y el instinto del amor maternal, de tal poder que se sobrepone en muchas especies
al amor de sí mismo y lleva a la madre a sacrificar su vida por salvar
a su prole. En cambio, el individuo no tiene para la Naturaleza más que
un valor relativo, es, a saber, el de propagador de la especie. Fuera de esto,
su existencia le es indiferente y ella misma se encarga de destruirle cuando
deja de tener aptitud para servir a sus designios. Sabemos exactamente el porqué
de la existencia individual; pero a la pregunta ¿por qué existe
la especie?, la Naturaleza objetivamente considerada no sabe darnos respuesta.
En vano, considerándola desde este punto de vista, tratamos de buscar
una finalidad a esa agitación sin tregua, a ese tumultuoso impulso hacia
la vida, a esos cuidados angustiosos por la conservación de las especies.
La energía de los individuos se consume en esfuerzos por su conservación
y la de su prole, para lo cual apenas bastan aquéllas y aun a veces no
llegan a ser suficientes. Pero aunque en algunos casos quede un sobrante de
fuerza y, por consiguiente, de bienestar y además, en la especie humana,
una pequeña suma de conocimiento, esto es demasiado insignificante para
que pueda ser considerado como el fin de todo ese batallar de la Naturaleza.
Concibiendo
la cosa objetivamente y desde un punto de vista aislado, parece como si la Naturaleza
sólo se preocupase de no dejar que se pierda ninguna de sus ideas (en
el sentido platónico); es decir, ninguna de sus formas permanentes. Tan
satisfecha parece que se halla del feliz descubrimiento y de la disposición
de esas ideas (de las cuales fueron un ensayo las tres poblaciones anteriores
de la superficie terrestre) que hoy su único cuidado es que no se pierda
ninguna de esas hermosas invenciones; es decir, que alguna de sus formas se
sustraiga al tiempo y a la causalidad. Pues los individuos son efímeros,
como el agua en el arroyuelo, y, en cambio, las ideas permanecen como los remolinos
de ese agua que sólo desaparecen con el agua misma. Ante esta explicación
enigmática tendríamos que detenernos si no conociéramos
la Naturaleza más que desde fuera, o sea objetivamente, y si nos tuviéramos
que limitar a admitir que de igual modo que el conocimiento es quien la concibe,
en el conocimiento, o sea en la esfera de la representación, es donde
ha nacido y, por consiguiente, para interpretarla necesitamos mantenernos en
ese terreno. Pero no estamos encerrados en éste, sino que podemos echar
una ojeada en el interior de la Naturaleza, que no es sino nuestro propio interior,
en el cual la Naturaleza, llegada al grado supremo a que su actividad ha podido
elevarse, se encuentra iluminada en la conciencia individual por la luz del
conocimiento. La voluntad se muestra aquí diferente toto genere
de la representación en la cual la Naturaleza, con todas sus formas,
nos revela su existencia, y aquélla nos suministra de una vez esa explicación
que en vano buscamos por la vía representativa. Lo subjetivo nos sirve
para la interpretación de lo objetivo.
Hemos
demostrado ya que lo que caracteriza a dicho elemento subjetivo, la voluntad,
es la tendencia, desarrollada enormemente en los animales y en el hombre, a
conservar y prolongar su vida. Es necesario ahora que para cerciorarnos de que
esta inclinación es un hecho primitivo e incondicionado, nos demos cuenta
de que no es un resultado obtenido por el conocimiento objetivo del valor de
la vida, sino independiente de todo conocimiento; en otros términos,
todos esos seres se nos presentan, no como atraídos por la vida, sino
como impulsados hacia ella.
Si
pasamos revista a la serie animal y examinamos la infinita variedad de sus formas,
viendo cómo se modifican perpetuamente según las condiciones del
medio o de su manera de vivir; si consideramos al mismo tiempo el arte infinito
e igualmente perfecto de todos los individuos, de su estructura y de sus órganos,
así como la suma incalculable de fuerza o de astucia que cada animal
emplea en su vida; si penetramos más a fondo en el problema, viendo,
por ejemplo, el trabajo incesante de las diminutas hormigas, las construcciones
admirables de las abejas; si contemplamos al sepulturero (necrophorus
vespillo), que en dos días entierra el cadáver de un
topo cuarenta veces mayor que él, para depositar sus huevos y asegurar
el sustento de su prole; si pensamos que la vida de la mayoría de los
insectos es una labor sin fin, consagrada a preparar el sustento de sus larvas
futuras, que después de consumido el alimento preparado abordarán
la vida para realizar un trabajo idéntico; si observamos que la existencia
de las aves se invierte en parte en realizar penosas y largas emigraciones,
en construir luego el nido y en transportar alimento para las crías,
que a su vez harán luego lo mismo, de suerte que todos trabajan para
lo porvenir, que cuando parece que llega se aleja de nuevo, preguntaremos: ¿cuál
es la recompensa y el fin a que tienden todos los seres, cuál es el resultado
de todo esto? ¿A qué viene una vida que requiere tanto esfuerzo?
A estas preguntas no hallaremos otras respuestas, como no sea la satisfacción
del hambre y del instinto de reproducción y a lo sumo algún breve
momento de placer, que todo ser encuentra aquí y allá en medio
de su miseria y sus dolores sin cuento. Si compararnos de una parte el arte
indescriptible de la Naturaleza y la riqueza de sus medios y de otro la pequeñez
del resultado perseguido y adquirido, se llega forzosamente a la conclusión
de que la vida es un negocio que no cubre gastos.
Esto
se demuestra, sobre todo, en la vida de algunos animales, cuya existencia es
de una simplicidad especial. Contemplemos al topo, infatigable trabajador. La
ocupación constante de su vida es cavar penosamente con la ayuda de sus
enormes patas en forma de paletas, rodeado de una noche perpetua, pues sus ojos
embrionarios sólo le sirven para huir de la luz. Es el único animal
verdaderamente nocturno, pues los gatos, los búhos y los murciélagos,
que ven en las tinieblas, no lo son. ¿Qué gana el topo con vida
tan miserable? La alimentación y la cópula, o sea exclusivamente
los medios de continuar tan triste existencia y de transmitirla a otro individuo.
Tales ejemplos demuestran claramente que entre los esfuerzos y las penas de
la vida y sus goces no hay proporción alguna. A la vida de los animales
dotados de vista, el conocimiento visible, aunque totalmente subjetivo y limitado
a la influencia de motivos, presta, no obstante, alguna apariencia de valor
objetivo. Pero el topo hace que salte a la vista la desproporción entre
los medios y el fin. En este respecto, el estudio de la fauna en las comarcas
no habitadas por el hombre es muy instructivo. Humboldt en sus Ansichten
der Natur, segunda edic., p. 30 y siguientes, nos hace una descripción
de este género pintando los dolores que la Naturaleza, sin intervención
del hombre, prepara por sí misma a sus criaturas, y no deja tampoco de
echar una ojeada sobre los dolores análogos que soporta la especie humana
siempre y en todas partes en lucha consigo misma. Pero en la vida de los animales,
más fácil de abarcar de una ojeada, es donde se advierte mejor
la vaciedad de los esfuerzos de todo el fenómeno.
La
variedad de las organizaciones, la perfección artística de los
medios en virtud de los cuales cada una de ellas está dispuesta en atención
a sus elementos y a sus presas, contrastan aquí claramente con la ausencia
de todo lo que podría suponerse que fuera un fin. En lugar de esto hallamos
sólo el bienestar de un momento, un goce fugitivo condicionado por la
necesidad, largos y numerosos dolores, un combate perpetuo, bellum
omnium, en que cada ser es a su vez cazador o cazado; confusión,
privaciones, necesidad, angustia, lamentos, gritos y congojas, y esto per saecula
saeculorum, o hasta que estalle otra vez la corteza de nuestro planeta.
Junghuhn refiere haber visto en Java un extenso campo que se perdía de
vista cubierto de osamentas y que creyó que era un campo de batalla.
Los esqueletos eran de grandes tortugas de cinco pies de largo y tres de ancho,
que abandonando el mar tomaban ese camino para depositar sus huevos; entonces
eran atacadas por perros salvajes (canis rectilans), que
acometiéndolas en grupos las vuelcan, les arrancan la coraza inferior
y las conchas abdominales y las devoran vivas. A veces en este momento se presenta
un tigre y se lanza sobre los perros. Esta horrible escena se repite millares
de veces todos los años. Es para esto para lo que han nacido las tortugas?
¿Qué culpa expían con tales tormentos? ¿A qué
obedecen esas escenas horribles? No hay otra respuesta que ésta: así
se objetiva la voluntad de vivir.
Es
necesario estudiarla a fondo y abarcarla en todas las formas de su objetivación
cuando se quiere comprender su ser y también el mundo, a lo cual no se
llega con nociones generales para edificar sobre ellas castillos en el aire.
Pero ese gran espectáculo de la voluntad de vivir exige, para ser comprendido,
una observación más precisa y estudios más profundos de
los que se necesitan para explicar el mundo titulándose Dios, o para
venir, con una necedad que sólo la nación alemana ha podido concebir
y ver con agrado, a explicar la naturaleza diciendo que es la Idea en su otro
modo de ser. Estas necedades han hecho durante veinte años las delicias
de los tontos de mi tiempo. Según el panteísmo o espinosismo,
de que esos sistemas modernos no son más que disfraces, todo ese movimiento
del mundo se opera sin fin y siempre lo mismo, durante una eternidad. El mundo
es entonces un Dios, un ens perfectissimum; es decir, que
no puede existir ni concebirse nada mejor. Luego no hay necesidad de salvación
que nos redima, y, por consiguiente, no hay redención. Y no hay que pensar
en comprender el fin de toda esa tragicomedia, pues no tiene espectadores y
los mismos actores, por un placer mínimo y de índole completamente
negativa, tienen que soportar dolores sin fin.
Veamos
ahora lo que sucede en la raza humana. En ella la cuestión se complica,
revistiendo grave aspecto, pero el carácter principal sigue siendo el
mismo. La vida se nos revela también aquí, no como un goce, sino
como un tema, como un deber que hay que cumplir. Lo que en ella encontramos
es también miseria por todas partes, fatiga constante, confusión
perpetua, lucha eterna, agitación forzosa, los esfuerzos más extremados
de cuerpo y de espíritu. Millones de hombres agrupados en naciones aspiran
al bien común; cada individuo, a su bien particular; pero esto no se
consigue sino a costa de millares de víctimas. Los hombres se ven lanzados
a la guerra, ya por insensatas quimeras, ya por sutilezas políticas.
Entonces es preciso que la sangre corra a torrentes. Cuando reina la paz, la
industria y el comercio prosperan, se hacen descubrimientos asombrosos, los
navíos surcan los mares en todas direcciones y se recorre hasta los confines
del mundo para buscar tesoros de todas clases, y las olas se tragan los hombres
a millares. Todos se agitan, los unos con el pensamiento, los otros con la acción;
el tumulto es indescriptible, pero ¿cuál es el resultado final?
Permitir que las criaturas efímeras y atormentadas vivan un breve instante,
a lo sumo, y en el mejor caso, en el seno de una miseria soportable que se convierte
en aburrimiento, y luego hacerles perpetuar su especie, para que ésta
comience el mismo trabajo.
La
voluntad de vivir, mirada desde este punto de vista de la desproporción
entre el trabajo y la recompensa, nos parece una tontería, o subjetivamente
como una quimera que alucina a toda criatura y que la lleva a consumir sus fuerzas,
persiguiendo un fin que no tiene valor alguno. Pero después de más
maduro examen, veremos que se trata de un impulso ciego, de una inclinación
sin fin ni razón.
La
ley de motivación, como demostré en el § 29 del libro primero,
se aplica a los actos aislados, pero no al querer en general y en su totalidad.
Esto hace que cuando consideramos el movimiento de la humanidad en su conjunto
no veamos en él, como cuando observamos sus actos aislados, un juego
de marionetas movidas por hilos exteriores, como las marionetas ordinarias,
sino por su mecanismo interior. Comparando, como antes lo hacíamos, la
actividad incesante, seria, penosa, del hombre, con lo que merced a ella obtiene
o podrá obtener, hallamos, por la desproporción que resulta, que
el fin perseguido, es absolutamente insuficiente como fuerza motriz para explicar
todo ese movimiento y ese tumulto sin fin. ¿Qué es un breve retraso
de la muerte? ¿Qué un débil alivio de la miseria humana,
un corto aplacamiento del dolor, o una satisfacción momentánea
del deseo, junto al triunfo seguro de la muerte? ¿Tan exiguas ventajas
pueden ser las causas reales que ponen en movimiento a toda la raza humana,
innumerable porque se renueva sin cesar, y a la cual vemos correr, agitarse,
empujarse, atormentarse, moverse convulsivamente, representar sin punto de reposo
la tragicomedia de la historia del mundo, y lo que es peor, soportar la ironía
de una existencia que los hombres se esfuerzan en prolongar todo lo posible?
Evidentemente,
esto es inexplicable si buscamos las fuerzas motrices fuera de los personajes
y pensamos que los hombres corren reflexivamente en pos de bienes cuya posesión
no compensa los tormentos y trabajos que cuestan. Si la razón pudiera
oírse en este asunto, ha mucho tiempo que los hombres habrían
reconocido que el bollo no vale el coscorrón y habrían abandonado
la partida. Mas por el contrario, cada uno de nosotros defiende su vida como
si fuera un precioso depósito, de que tuviera que responder y se consume
entre los cuidados y tormentos que cuesta el conservarla. Ignora el porqué
y el para qué, no conoce la recompensa; admite a cierra ojos y bajo palabra
que el premio tiene un gran valor, pero ignora en qué consiste. De aquí
que yo haya dicho que las marionetas no están movidas por hilos exteriores,
sino por un mecanismo interior. Este mecanismo, este rodaje infatigable es la
voluntad de vivir, impulso reflexivo que no tiene razón suficiente en
el mundo exterior. Ella es quien impide a los hombres abandonar la escena, el
primum mobile de sus movimientos. Los motivos, los objetos
exteriores, no determinan más que la dirección en los casos individuales,
sin lo cual la causa no sería adecuada al efecto. Toda manifestación
de una fuerza natural tiene alguna causa, pero la fuerza misma no la tiene;
igualmente todo acto aislado de la voluntad tiene un motivo, pero la voluntad
carece de él; en el fondo, ambas cosas son una y la misma. La voluntad
es, en las cosas, el límite metafísico de toda observación
en las cosas, más allá del cual no es posible ir. El carácter
absoluto y originario de la voluntad explica que el hombre ame sobre todas las
cosas una existencia llena de miserias, de tormentos, de dolores, de angustias
y, por añadidura, de aburrimiento, que si se la considera objetivamente
debería ser para él un objeto de horror, siendo así que,
por el contrario, nada teme tanto como ver llegar su término, que es
lo único de que puede estar seguro.
En
conformidad, vemos a menudo un ser enfermizo, raquítico y deformado por
la edad, la miseria y las enfermedades, implorar desde el fondo de su alma nuestra
ayuda para prolongar una existencia cuyo término debiera ser el objeto
de todos sus anhelos, si el hombre fuese guiado en este punto por un criterio
objetivo. En vez de ello, es la voluntad ciega quien lo determina bajo la forma
de voluntad de vivir, de alegría de vivir, de valor de vivir; es un impulso
idéntico al que hace crecer la planta. Este valor de vivir puede ser
comparado a una cuerda tendida sobre la escena del mundo y de la cual pendiesen
las marionetas sostenidas por hilos invisibles, mientras que sus pies sólo
en apariencia tocan al tablado (valor objetivo de la vida). Si la cuerda cede,
la marioneta baja; si se rompiera un día, la marioneta caería,
pues el piso no la sostiene más que en apariencia. En otros términos,
la relajación del valor de vivir es la hipocondría, el spleen.
Su agotamiento trae la inclinación al suicidio, al cual se lanza el hombre
por el motivo más nimio, a veces imaginario, como si se buscase camorra
a sí mismo para matarse, como otros la buscan a otra persona; y hasta
se da el caso de matarse sin motivo alguno. (Ejemplos de esto se encuentran
en Equirol, Des maladies mentales, 1838).
La
misma causa que obliga al hombre a soportar la vida le lleva también
a agitarse y moverse para vivir. Nadie se mueve por impulso propio; la necesidad
y el tedio son las cuerdas que ponen al peón en movimiento. De aquí
que todos nuestros estados, así en su conjunto como en sus pormenores,
lleven impreso el sello de la coacción: el individuo, perezoso en el
fondo y anhelando el reposo, pero obligado a avanzar, se asemeja al planeta
en que habita, al cual la fuerza que le impulsa hacia adelante es lo único
que le impide caer sobre el sol. Así, pues todo está en estado
de tensión perpetua y de movimiento forzado y la marcha del mundo se
efectúa como decía Aristóteles (De coelo
11, 13) ou fisei, alla bia (motu, non naturali, sed violento).
Los hombres no son atraídos más que en apariencia, pues en realidad
son empujados; no les atrae la existencia, es la necesidad lo que les espolea.
La ley de motivación, como toda causalidad, es una pura forma del fenómeno.
Dicho sea de pasada, éste es el origen del lado cómico, burlesco,
grotesco y caricaturesco de la vida, pues cuando los individuos son empujados
por detrás contra su voluntad, gesticulan y se mueven como pueden, y
la confusión que de aquí nace ofrece un aspecto de los más
grotescos; mas no por eso son menos serios los dolores de la vida.
En
todas estas consideraciones se descubre claramente que la voluntad de vivir
no es una consecuencia del conocimiento de la vida, no es, en cierto modo, una
conclusio ex praemissis ni nada secundario;
antes al contrario, es lo primero de lo primero, la premisa de todas las premisas,
y precisamente por esto aquello de que la filosofía debe partir, pues
la voluntad de vivir no existe como una consecuencia del mundo, sino el mundo
como una consecuencia de la voluntad de vivir.
Sobre Schopenhauer - Thomas Mann
La
historia del pensamiento schopenhaueriano nos reconduce al manantial del que
brota la vida cognoscitiva de Occidente, al manantial del que toman su origen
tanto el sentido de la ciencia como el espíritu artístico europeos
y en el que ambos son todavía una misma cosa: nos reconduce a Platón.
Las
cosas de este mundo, enseñó aquel pensador griego, no tienen un
ser verdadero; siempre están deviniendo, pero jamás son. No valen
para ser objetos de un conocimiento auténtico, pues éste puede
referirse tan sólo a lo que es en sí y para sí y es siempre
de la misma manera; mas las cosas de este mundo, por su pluralidad y por su
ser meramente relativo, prestado, al que de igual modo se podría llamar
un no-ser, son siempre tan sólo el objeto de una opinión originada
en la impresión sensible. Son sombras. Lo único que es de verdad,
lo que es siempre y nunca deviene ni perece, son los prototipos reales de aquellas
imágenes de sombra, es decir, las Ideas eternas, las protoformas de todas
las cosas. Ellas, las Ideas, no tienen pluralidad, pues todo ser es, por su
esencia, único, es precisamente el prototipo, cuyas copias o sombras
son nada más que cosas que llevan su mismo nombre, cosas individuales,
pasajeras, pertenecientes a la misma especie. Las Ideas no nacen y mueren, como
les ocurre a sus copias; las Ideas son ajenas al tiempo, son de verdad, no devienen
ni desaparecen, como sus copias efímeras. Por tanto, un conocimiento
auténtico lo hay tan sólo de las Ideas, en cuanto ellas son lo
que es siempre y en todos los aspectos.
Dicho
de modo concreto: "El" león es la Idea; "un" león
es un mero fenómeno y no puede ser, en consecuencia, objeto de conocimiento
puro. Es cierto que podría hacerse la objeción, bastante banal,
de que sólo la imagen fenoménica del león individual, del
león «empírico», nos otorga la posibilidad de obtener
conocimientos sobre el león como tal y en general, sobre el león
como Idea. Pero precisamente el subordinar espiritualmente de modo inmediato
a la "leonitas", a la Idea del león, a la imagen mental pura
y universal de éste, la experiencia hecha con la imagen fenoménica
individual del león: precisamente el subsumir toda percepción
espacial y temporal bajo lo general y espiritual, es decir, una operación
abstractiva; precisamente el darse cuenta de que cada realidad es condicionada
y transitoria, el profundizar y purificar el mero ver elevándolo a la
categoría de intuición de la verdad incondicionada, límpida,
eterna, que se halla detrás y por encima de los múltiples fenómenos
individuales, y a cuyo nombre atienden éstos; precisamente eso es lo
que constituye el desafio filosófico que Platón planteó
a la humanidad de su tiempo.
Bien
se ve que este pensador supo extraer un significado de gran alcance a la distinción
entre el artículo determinado y el artículo indeterminado. De
ello hizo una paradoja pedagógica. Pues paradójico es, desde luego,
afirmar que el conocimiento sólo puede referirse a lo invisible, a lo
pensado, a lo intuido en el espíritu; paradójico es declarar que
el mundo visible es una apariencia, un fenómeno, el cual, no siendo nada
en sí, adquiere significado, adquiere realidad prestada, gracias tan
sólo a lo que en él se expresa. La realidad de lo real ¡es
únicamente un préstamo de lo espiritual! Esto, o no era nada,
o era algo muy desconcertante para el sano entendimiento humano. Pero "épater
le bourgeois" ha sido siempre el gusto y la misión, el altivo martirio
del conocimiento en la tierra. Éste ha encontrado siempre su placer y
su sufrimiento en poner cabeza abajo el sano entendimiento humano; en invertir
la verdad popular; en hacer que la tierra gire en torno al sol, siendo así
que, para todo sentir normal, ocurre lo contrario: en desconcertar a los hombres,
en embelesarlos y amargarlos, proponiéndoles verdades que se oponen derechamente
al hábito de sus sentidos. Pero esto tiene una finalidad pedagógica:
la de conducir el espíritu humano a alturas cada vez mayores, la de hacerlo
capaz de nuevas hazañas. Y lo que Platón introdujo en el mundo
occidental temprano con la interpretación, de tan largo alcance, que
dio a la distinción entre el artículo determinado y el artículo
indeterminado fue el espíritu de la ciencia.
Evidentemente,
es espíritu de la ciencia y es educación para la ciencia el subordinar
a la Idea la pluralidad de los fenómenos, el vincular sólo a ella
la verdad y la auténtica realidad, el incitar a la abstracción
intuitiva, a la espiritualización del conocimiento. Por esta su diferenciación
valorativa entre fenómeno e Idea, empiria y espíritu, mundo aparente
y mundo de la verdad, temporalidad y eternidad, Platón representa un
acontecimiento gigantesco en la historia del espíritu humano. Representa,
en primer término, un acontecimiento científico-moral. Todos sentimos
que esta potenciación de lo ideal, que es considerado como la única
realidad, y es puesto por encima de la apariencia plural v sujeta a la muerte,
lleva adherido algo profundamente moral, a saber, la desvaloración de
lo sensible en favor de lo espiritual, de lo temporal en favor de lo eterno,
exactamente en el sentido del cristianismo que vendrá más tarde.
Pues, en cierta medida, los fenómenos mortales y la adherencia de los
sentidos a éstos quedan con ello situados en un estado de pecado. La
salvación, la verdad encuéntralas tan sólo quien se vuelve
hacia lo eterno. Vista desde esta cara, la filosofía de Platón
muestra el parentesco y la afinidad que existen entre la ciencia y la moral
ascética.
Pero
esa filosofía tiene otra cara, y ésta es la cara artística.
Según esa doctrina, en efecto, el tiempo es meramente la visión
dividida y mutilada que un ente individual tiene de las Ideas, las cuales están
fuera del tiempo y son por ello eternas. «El tiempo -dice una hermosa
frase de Platón- es la imagen móvil de la eternidad.» Y
así esta doctrina pre-cristiana, ya-cristiana, vuelve a ofrecer también,
en su sabiduría ascética, un atractivo y un encanto sensual y
artístico. Pues la concepción del mundo como una multicolor y
móvil fantasmagoría de imágenes que dejan transparentar
lo ideal, lo espiritual, posee en sí algo eminentemente artístico.
Esa concepción es la que, por así decirlo, hace artista al artista:
el artista es alguien a quien, ciertamente, le es lícito sentirse ligado,
de manera sensual, placentera y pecadora, al mundo de los fenómenos,
al mundo de las reproducciones, porque a la vez se sabe perteneciente al mundo
de la Idea y del espíritu, en cuanto mago que hace que el fenómeno
transparente la Idea. Aquí se pone de manifiesto la tarea mediadora del
artista, su papel mágico-hermético de mediador entre el mundo
superior y el mundo inferior, entre la Idea y el fenómeno, entre el espíritu
y la sensibilidad. Pues ésa es de hecho la posición cósmica,
por así decirlo, del arte. No es posible definir ni explicar de otro
modo su extraña situación en el mundo, la lúdicra dignidad
de su actuación en él.
El
símbolo de la luna, ese símbolo cósmico de toda mediación,
es peculiar del arte. A la humanidad antigua, primitiva, el astro lunar le parecía,
en efecto, notable y sagrado en su duplicidad, en su posición intermedia
e intermediaria entre el mundo solar y el terrenal, entre el mundo espiritual
y el material. Siendo femeninamente receptiva en relación con el sol,
pero masculinamente engendradora en relación con la tierra, la luna les
parecía a aquellos hombres el más impuro de los cuerpos celestes,
pero el más puro de los terrestres. Sin duda pertenecía aún
al mundo material, pero en éste ocupaba el puesto más alto,
el más espiritual, el puesto de transición hacia lo solar, y se
mecía en la frontera de dos reinos, separándolos y a la vez uniéndolos,
garantizando la unidad del Universo, sirviendo de intérprete entre lo
mortal y lo inmortal. Mas precisamente ésa es la posición del
arte entre el espíritu y la vida. Siendo andrógino como la luna,
siendo femenino en relación con el espíritu, pero masculinamente
engendrador en la vida, siendo la manifestación material más impura
de la esfera celeste, y la más pura, espiritual e incorruptible de la
esfera terrestre, la esencia del arte es la de una mediación mágico-lunar
entre ambas regiones. Ese carácter mediador es la fuente de su ironía.
Platón
como artista... Retengamos este pensamiento: una filosofía no actúa
sólo -a veces es por esto por lo que menos actúa- por su moral,
por la doctrina sapiencial que ella vincula a su interpretación y vivencia
del mundo, sino que actúa también y en especial por esa vivencia
misma. Por lo demás, lo esencial, lo primario, lo personal en una filosofía
es esa vivencia, y no el añadido intelectual-moral de la doctrina salvífica
y sapiencial. Queda mucho cuando de un filósofo se resta su sabiduría;
y malo sería que no quedase nada. Nietzsche, el discípulo apóstata
de Schopenhauer, compuso estos versos a su maestro:
Was
er lehrte, ist abgethan.
Was
er lebte, bleibt bestahn.
Seht
ihn nur anf
Niemandem
war er unterthan.
(Lo
que él enseñó, está muerto; lo que él vivió,
perdura.
¡Miradlo!
De
nadie fue súbdito.)
Pero
si la doctrina de Schopenhauer, de la que hablaremos luego, si la dinámica
de su verdad, que nunca estará muerta del todo, ha mostrado ser tan «susceptible
de abuso» como el mensaje científico-ascético y, sin embargo,
artísticamente aprovechable de Platón --«susceptible de
abuso» por el aprovechamiento que de ella realizó un artista de
talento colosal: Richard Wagner--, la culpa de ello, ciertamente, no puede ser
atribuida al otro maestro e inspirador de Schopenhauer que le ayudó a
completar su sistema de pensamiento: Kant, una naturaleza extremadamente y exclusivamente
espiritual, al cual le quedaba muy distante el arte y, muy cerca, en cambio,
la crítica.
Immanuel
Kant, el crítico del conocimiento, que hizo a la filosofía volver
al espíritu humano desde la especulación en que se había
extraviado en sus vuelos, que convirtió al espíritu humano en
objeto de la filosofía y trazó los limites de la razón,
enseñó durante la segunda mitad del siglo XVIII en Königsberg,
en Prusia, algo muy semejante a las estipulaciones que dos mil años antes
había establecido el pensador ateniense (Platón). Toda nuestra
experiencia del mundo, declaró Kant, está sujeta a tres leyes
y condiciones, que son las formas inquebrantables en que se realiza todo nuestro
conocimiento. Esas tres leyes y condiciones se llaman tiempo, espacio y causalidad.
Pero tiempo, espacio y causalidad no son determinaciones del mundo tal como
éste acaso sea en sí y para sí, independientemente de nuestra
apercepción; no son determinaciones de la «cosa en sí»;
pertenecen tan sólo a los fenómenos, ya que no son sino formas
de nuestro conocimiento. Toda pluralidad, todo hacer y perecer son posibles
únicamente por aquellas tres formas; por ello pluralidad, nacer y perecer
son propios sólo de los fenómenos. Y de la «cosa en sí»,
a la que en modo alguno son aplicables, nada en absoluto podemos saber. Esto
se extiende incluso a nuestro propio yo: conocemos nuestro propio yo sólo
como fenómeno, no según lo que él acaso sea en sí.
Dicho con otras palabras: espacio, tiempo y causalidad son unos mecanismos de
nuestro intelecto, y por esto se llama inmanente la aprehensión de las
cosas que se nos da en su imagen, condicionada por ellos. La aprehensión
trascendente sería aquélla que obtendríamos mediante el
giro de la razón contra sí misma, mediante la crítica de
la razón, mediante el descubrimiento de que aquellos tres mecanismos
allí intercalados son meras formas del conocimiento.
Esta
es la concepción fundamental de Kant, y ya se ve que está estrechamente
emparentada con la de Platón. Ambos dicen que el mundo visible es un
fenómeno, es decir: una apariencia vana, la cual adquiere significado
y cierta realidad merced tan sólo a aquello que, trasparentándose,
se expresa en ella. Para ambos pensadores la realidad verdadera está
por encima, por detrás, en suma, «más allá»
de los fenómenos. Y viene a ser lo mismo el que a esa realidad verdadera
se la denomine «Idea» o «cosa en sí». El pensamiento
de Schopenhauer acogió muy dentro de sí ambos conceptos. Él
había estudiado muy pronto a Platón y a Kant, con una preferencia
personal (los estudió en Göttingen, en 1809-1811), y a todos los
demás prefirió estos dos pensadores, tan distantes en el espacio
y en el tiempo. Los resultados casi idénticos a que ambos habían
llegado parecían muy apropiados para apoyar, justificar y ayudar a completar
la imagen del mundo que Schopenhauer mismo llevaba dentro de sí; por
ello no es de extrañar que los llamase «los dos máximos
filósofos de Occidente». De ellos tomó los elementos que
podía utilizar. Y a su anhelo de tradición le satisfizo grandemente
el ver que podía utilizar esos elementos de una manera tan acertada,
aunque hiciera de ellos algo enteramente distinto, más conforme con su
naturaleza, que era también enteramente distinta, quiero decir: mucho
más «moderna», mucho más tempestuosa y sufriente.
Lo
que Schopenhauer tomó fueron las «Ideas» y la «cosa
en sí». Pero con esta última realizó algo muy audaz,
algo casi ilícito, algo, sin embargo, que también estaba sentido
de manera muy honda, hasta llegar a adquirir la fuerza coercitiva de la convicción.
Schopenhauer definió la cosa en sí, le dio nombre, aseveró
saber lo que era -aunque, según Kant, nada se podía saber de ella-.
La cosa en sí era la voluntad. La voluntad era el fondo primordial último
e irreductible del ser, era la fuente de todos los fenómenos, era el
engendrador y productor de todo el mundo visible y de toda vida presente y actuante
en cada uno de los fenómenos, pues era la voluntad de vivir. La voluntad
era enteramente voluntad de vivir, de tal modo que quien dijese «voluntad»
estaba hablando precisamente de la voluntad de vivir, y quien se sirviese de
la fórmula más extensa cometía en realidad un pleonasmo.
La voluntad quería siempre sólo una cosa: la vida. ¿Y por
qué quería la vida? ¿Acaso porque la había encontrado
apetitosa? ¿Acaso porque la voluntad representaba el resultado de algún
conocimiento objetivo acerca del valor de la vida? No; todo conocimiento era
completamente ajeno a la voluntad; ésta era algo del todo independiente
del conocimiento, algo del todo originario e incondicionado, era un impulso
ciego, un instinto básico e irracional, absolutamente inmotivado, un
instinto que estaba tan lejos de depender de cualesquiera juicios sobre el valor
de la vida, que más bien ocurría lo contrario, a saber, que todos
esos juicios dependían entera y totalmente del grado de fortaleza de
la voluntad de vivir.
Así
pues, la voluntad, ese en-sí de las cosas situado fuera del espacio,
del tiempo y de la causalidad, deseaba de manera ciega e irracional, pero con
una avidez y un afán salvajes e irresistibles, el ser, la vida, la objetivación.
Y esta objetivación se realizaba de tal manera que la unidad originaria
de la voluntad se trasformaba en pluralidad, lo cual podía ser llamado,
con acierto, el "principium individuationis". Para expiar sus ansias,
la voluntad ávida de vivir se objetivaba de acuerdo con ese "principium"
y se disgregaba en las miríadas de partes del mundo fenoménico
existente en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, aun dispersándose,
la voluntad seguía íntegra y con toda su fuerza en cada una de
esas partes, aun en la más pequeña y aislada. El mundo era, por
tanto, enteramente producto y expresión de la voluntad; era la objetividad
de la voluntad en el espacio y el tiempo.
Pero
el mundo era además, y a la vez, algo distinto. Era representación,
era mi representación y tu representación, era la representación
de cada uno de nosotros y la representación que el mundo tenía
de sí mismo, y ello en virtud del intelecto cognoscente que la voluntad
se había creado para sí, como una lámpara, en los grados
superiores de su objetivación.
Esta
expresión, «grados superiores», ha de ser bien entendida.
Pues Schopenhauer, un espíritu místico y también extremadamente
moderno y nutrido de las ciencias naturales, insertó el concepto de evolución
en su cosmogonía de la voluntad, en la multiplicidad infinita de las
emanaciones de la voluntad. Lo hizo por amor a aquel elemento filosófico
que había tomado de Platón: las «Ideas». Al suponer
o comprobar una jerarquía y una graduación en la multiplicidad
de las objetivaciones de la voluntad, conquistó o salvó las «Ideas»,
pues éstas eran precisamente esa graduación, puramente intuida,
de las emanaciones de la voluntad. Las cosas individuales no eran una objetidad
del todo adecuada de la voluntad, sino una objetidad enturbiada por las formas
de nuestro conocimiento. En verdad nosotros no conoceríamos, según
Schopenhauer, «ejemplares», acontecimientos, no conoceríamos
ningún cambio, ninguna multiplicidad, sino que conoceríamos tan
sólo lo que es, conoceríamos tan sólo la objetidad inmediata
y pura de la voluntad en sus diversos grados. Y nuestro mundo sería,
por tanto, para hablar con los escolásticos, un "nunc stans",
un «ahora permanente» de Ideas límpidas y eternas.
En
los grados superiores de su individuación, por tanto ya en los animales,
y de manera muy especial en el hombre, que es el grado más alto y más
complicado de todos, la voluntad se encendía la luz del intelecto, a
fin de que le sirviese de ayuda, seguridad e iluminación, esa luz del
intelecto que convierte el mundo en representación. Nótese bien
esto: no es que el intelecto produjese la voluntad; al revés: ésta
engendraba para sí a aquél. Lo primario y dominante no era el
intelecto, el espíritu, el conocer; lo primario y dominante era la voluntad,
y el intelecto estaba al servicio de ella. ¿Y es que podría haber
ocurrido de otra manera, siendo el conocer mismo parte de la objetivación
de la voluntad en sus grados superiores, sin la cual no habría tenido
la menor oportunidad de aparecer? En un mundo que es entera y totalmente obra
de la voluntad, obra del instinto vital absoluto, inmotivado, carente de razones
y de valoraciones, al intelecto le correspondía, como es obvio, el segundo
lugar. La sensibilidad, los nervios, el cerebro, al igual que otras partes del
organismo -y, sobre todo, al igual que la parte contraria, el polo opuesto del
intelecto cognoscente: el aparato sexual-, eran expresión de la voluntad
en un punto determinado de su objetidad, y la representación surgida
de aquéllos estaba destinada asimismo a servir a la voluntad. La representación
no era fin de sí misma, sino un medio para alcanzar los fines de la voluntad,
lo mismo que eran también un medio aquellas otras partes.
Esta
relación entre intelecto y voluntad, la estipulación de Schopenhauer
de que el primero es sólo un instrumento al servicio de la segunda, encierra
en sí mucha comicidad y muchas cosas lamentables y humillantes; incluye
toda la inclinación y toda la capacidad del hombre para creerse importante
y para imaginar que la voluntad recibe sus normas y contenidos del intelecto,
cuando en realidad, según nuestro filósofo, sucede exactamente
lo contrario, y el intelecto -prescindiendo de su tarea de iluminar un poco
el mundo que rodea de modo más próximo a la voluntad y de ayudar
a ésta en su lucha por la vida en sus grados superiores- existe tan sólo
para decir lo que la voluntad quiere, existe tan sólo para justificarla,
para proporcionarle motivos «morales» y, dicho con brevedad, para
racionalizar nuestros instintos. Ocurre aquí lo mismo que les ocurría
a los filósofos cristianos de la Edad Media, a los cuales el diablo se
los habría llevado si se hubieran apartado del principio según
el cual la razón existe única y exclusivamente para suministrar
la apología de la fe. ¡Esto se le debería haber dicho a
Kant! Y, sin embargo, Schopenhauer, porque había tomado de Kant la «cosa
en sí» y de Platón las «Ideas», estaba convencido
de ser kantiano y platónico pese a semejante evaluación de la
razón.
Era
una evaluación notablemente pesimista. Y, en efecto, cualquier manual
enseña que Schopenhauer fue en primer lugar el filósofo de la
voluntad, y en segundo lugar el filósofo del pesimismo. Pero aquí
no hay primero ni segundo, sino que todo es uno y lo mismo; y Schopenhauer era
lo segundo porque era lo primero y en la medida en que era lo primero; Schopenhauer
era necesariamente pesimista porque era el filósofo y psicólogo
de la voluntad. La voluntad, que es lo contrario de una satisfacción
en reposo, es en sí misma algo fundamentalmente desdichado; es inquietud,
es apetencia de algo, es ansia, es nostalgia, es avidez, es anhelo, es padecimiento.
La voluntad que se objetiva en todos los entes expía en lo físico
su placer metafisico, lo expía en un sentido muy literal de esta expresión:
ese placer ella lo «expía» de la manera más horrible
en el mundo y por el mundo que ella misma ha producido y que, por ser obra del
apetito y de la pena, se revela como algo completamente atroz. Pues dado que
la transformación de la voluntad en mundo, su mundi-ficación,
se realiza de acuerdo con el "principium individuationis", se realiza
mediante la disgregación de la voluntad en la multiplicidad, ocurre que
la voluntad olvida su unidad originaria y se convierte en una voluntad enemistada
millones de veces consigo misma, pese a ser, en todo ese despedazamiento, una;
se convierte en una voluntad en conflicto consigo misma, que, desconociéndose,
busca en cada una de sus manifestaciones fenoménicas el bienestar, el
«lugar al sol», a costa de otras manifestaciones fenoménicas,
más aún, a costa de todas las demás, y de esta forma clava
constantemente los dientes en su propia carne, semejante a aquel habitante del
Tártaro que con avidez devoraba su propia carne.
Esto
ha de ser entendido de manera enteramente literal. Las «Ideas» de
Platón se han vuelto en Schopenhauer voraces sin remedio, pues, como
grados que son de las objetivaciones de la voluntad, se disputan unas a otras
la materia, el espacio, el tiempo.
El
mundo vegetal tiene que servir de alimento al mundo animal; cada animal, a su
vez, tiene que servir de presa y de alimento a otro animal; y de este modo la
voluntad de vivir se devora sin descanso a sí misma. Finalmente el hombre
considera que todo ha sido creado para su uso, mas, por su parte, muestra con
la más espantosa claridad el horror de la lucha de todos contra todos,
la autoescisión de la voluntad, según el dicho: "homo homini
lupus".
En
todos aquellos pasajes en que Schopenhauer se pone a hablar del sufrimiento
que hay en el mundo, de las miserias y de la furia de vivir de las múltiples
encarnaciones de la voluntad (y habla de esto mucho y de manera muy detallada),
su elocuencia, que era extraordinaria por naturaleza, así como su genio
de escritor, alcanzan las cumbres más brillantes y gélidas de
la perfección. Schopenhauer habla acerca de esto con una vehemencia tan
cortante, con tal acento de experiencia, de conocimiento detallado, que nos
espanta y a la vez nos embelesa por su poderosa verdad. Hay en ciertas páginas
suyas un salvaje y cáustico escarnio de la vida, tras el que se adivina
una mirada centelleante, unos labios apretados, y todo ello mientras va desgranando
citas griegas y latinas; hay una inmisericorde y a la vez misericordiosa denigración,
constatación, enumeración y fundamentación de las miserias
del mundo; todo lo cual, por lo demás, no nos produce ni de lejos un
efecto tan deprimente como el que debería aguardarse dada la gran exactitud
con que habla Schopenhauer y su sombrío talento expresivo; más
bien, nos llena de una satisfacción extrañamente profunda, basada
en la protesta espiritual, en la indignación humana que allí se
expresa y que es perceptible en un reprimido temblor de la voz. Esa satisfacción
la experimentan todos. Pues cuando un espíritu justiciero y gran escritor
habla en términos generales acerca del sufrimiento del mundo, está
hablando también de tu sufrimiento y de mi sufrimiento, y todos nosotros
nos sentimos vengados por aquella palabra magnífica y llegamos incluso
a tener algo así como un sentimiento de triunfo.
Carencias,
necesidades, preocupación por conservar la vida; eso en primer lugar.
Y luego, una vez desterradas aquéllas con mucho esfuerzo, vienen el instinto
sexual, las penas de amor, los celos, la envidia, el odio, la angustia, la ambición,
la avaricia, la enfermedad, y así sucesivamente, y siempre así
una y otra vez, sin que nunca se acabe. Todos los males, cuya fuente es el conflicto
interno de la voluntad, salen de la caja de Pandora. ¿Y qué queda
en el fondo de ella? ¿La esperanza? No: el aburrimiento. Pues toda vida
humana oscila entre el dolor y el aburrimiento. El dolor es lo positivo; el
placer es su mera supresión, es decir, algo negativo, y se convierte
en seguida en aburrimiento; de igual modo que si la tónica, a la que
el laberinto de la melodía reconduce, o la armonía en la que la
desarmonía desemboca, se mantuvieran de modo constante, producirían
un aburrimiento insoportable. ¿Deseos cumplidos? Los hay. Pero comparados
con el largo tormento de nuestros apetitos, con el número infinito de
nuestros deseos, son breves y míseros; y por un apetito que queda satisfecho,
quedan insatisfechos al menos diez. Por lo demás, el contento es sólo
aparente, pues el deseo cumplido deja pronto su lugar a otro nuevo. Aquél
es un error conocido; éste, un error todavía por conocer. Ningún
objeto alcanzado de la volición puede proporcionar un contento duradero;
se parece tan sólo a la limosna que, arrojada al mendigo, prolonga de
hoy para mañana su vida de miserias. ¿La felicidad? La felicidad
sería el reposo. Pero precisamente éste no es posible para el
sujeto de la volición. Ahuyentar, huir, temer desgracias, apetecer goces,
todo es igual. La preocupación por la voluntad, siempre exigente, llena
y mueve sin descanso a la consciencia. Y así, el sujeto de la volición
se encuentra siempre atado a la rueda giratoria de Ixión, está
echando siempre agua en el tonel de las Danaides, es el Tántalo eternamente
hambriento.
Acumuladas
imágenes del tormento, imágenes del Tártaro, como lo era
ya aquélla de Tiestes que con hambre rabiosa se devora a sí mismo.
¿Es, pues, el mundo un infierno? No del todo; sólo lo es de manera
aproximada. Es como una especie de gusto anticipado del infierno. Parecido al
infierno, desde luego; pues de antemano es seguro lo siguiente: que toda configuración
de la voluntad de vivir -voluntad que es la locura metafísica misma,
que es un error terrible, un pecado, el pecado en sí- sólo puede
ser siempre algo emparentado con el infierno. ¿Se nota el platonismo,
el cristianismo que hay en esta doctrina? La ligeramente ascética y pesimista
desvaloración platónica de lo sensible por lo espiritual -por
lo espiritual, único lugar de la salvación y de la verdad- está
aquí fortalecida y profundizada del modo más furibundo. En dos
milenios aquella desvaloración ha adquirido una intensidad de sufrimiento
y de acusación que todavía estaba lejos de aquel temprano hombre
de Occidente. El mundo real es el producto de un acto archipecador, archiloco,
de la voluntad, un acto que no debería haber ocurrido jamás. Y
si el mundo real no se ha convertido en el infierno auténtico y perfecto,
ello se debe tan sólo a que la vehemencia de la voluntad de vivir no
ha sido suficiente como para lograrlo del todo. Si esa voluntad de vivir hubiera
sido tan sólo un poco más intensa, si hubiera sido todavía
un poco más voluntad de vivir, entonces el infierno seria perfecto. Esto
parece una limitación del pesimismo, pero es tan sólo un nuevo
puntazo de indignada causticidad contra la vida y contra la maldita voluntad
de vivir, similar a aquella broma que en una ocasión se permitió
Schopenhauer al decir que la vida se balancea en todas partes de manera miserable
y precisa sobre el filo del poder-ser-apenas-todavía. Este mundo es el
peor de todos los mundos posibles; pues si fuera tan sólo un poco peor,
entonces ya no podría ser.
Schopenhauer
nos recuerda con frecuencia a Voltaire. A él se asemeja a veces en la
forma clara y profunda y en el ingenio victorioso. Pero es superior al francés
por una rica oscuridad de su ser, por la profundidad y la potencia de su vida
anímica. De esa profundidad y de esa potencia dan testimonio la doctrina
de la redención que Schopenhauer incluyó en su filosofía
de la voluntad, el anhelo de redención que de ella brota. Sí,
hay una redención de la miseria y del extravío, del yerro y de
la expiación que es esta vida. Y en manos del hombre -que es la objetivación
más alta y desarrollada de la voluntad, pero también por ello
la más capaz de sufrir y la más sufriente- está puesta
la redención.
¿Se
cree que sería la muerte? ¡Gran error! La muerte forma parte de
los fenómenos, forma parte de la empiria, de la esfera de la multiplicidad
y del cambio. La muerte no toca en absoluto la realidad trascendente y verdadera.
Lo que en nosotros muere es tan sólo la individuación. El núcleo
de nuestra esencia -la voluntad, que es voluntad de vivir- no es afectado en
modo alguno por la muerte. Y mientras la voluntad se afirme a sí misma,
sabrá encontrar siempre accesos hacia la vida. Dicho sea de paso, de
aquí resulta la irracionalidad y la inmoralidad del suicidio, con el
cual no se mejora absolutamente nada: pues el individuo niega y extermina con
el suicidio precisamente sólo su individuación, pero no el error
primordial, la voluntad de vivir, la cual busca en el suicidio nada más
que una realización más favorable. No el de muerte, por tanto;
otro nombre enteramente distinto lleva la redención, y está ligada
a una condición totalmente diferente. ¿No se adivina cuál
es el mediador al que hemos de agradecer en determinadas circunstancias esa
bendición? Es el intelecto.
Pero
¿no es el intelecto -se dirá- el producto de la voluntad, no es
su instrumento, su lámpara en la oscuridad, no está destinado
únicamente a servir a la voluntad? Así es, y no deja de ser así.
Y, sin embargo, no siempre ni en todos los casos es así. En circunstancias
especiales, afortunadas -¡oh! hasta podría decirse: bienaventuradas-,
en circunstancias, por tanto, excepcionales, el esclavo, el pobre servidor,
puede convertirse en señor de su señor y creador, puede hacerle
una jugarreta, puede emanciparse de él, independizarse y, al menos transitoriamente,
conseguir dominar por sí solo, dominar de una manera suave, clara, capaz
de traer la felicidad al mundo. Y durante ese dominio del intelecto, la voluntad,
eliminada y desposeída de su poder, sucumbe de modo suave y dichoso.
Hay un estado en el que ocurre el milagro de que el conocimiento se emancipa
de la voluntad, de que el sujeto deja de ser un sujeto meramente individual
y se convierte en el sujeto puro, exento de voluntad, del conocimiento. A ese
estado se le llama estado estético. Es una de las experiencias más
grandes y hondas de Schopenhauer. Y así como para describir los tormentos
del dominio de la voluntad Schopenhauer dispone de acentos espantosos, así
su prosa encuentra sonidos seráficos, así su gratitud se expresa
de manera hiperbólica cuando habla -y lo hace de un modo detallado e
incansable- acerca de las bendiciones del arte.
La
configuración y la interpretación espirituales de esta vivencia
suya, tal vez la más personal, las efectuó Schopenhauer como discípulo
de Platón y de Kant. «Bello es -había definido Kant- lo
que agrada sin interés.» Sin interés; para Schopenhauer
esto significaba con razón: sin relación con la voluntad. El agrado
estético era puro, estaba libre de interés, estaba exento de la
voluntad, era «representación» en el sentido a la vez más
intenso y más sereno, era intuición clara, límpida, intuición
profundamente sosegada. ¿Y por qué lo era? Aquí tenían
que prestar su ayuda Platón y el latente esteticismo de su teoría
de las Ideas. ¡Las Ideas! Ellas eran las que, en el estado estético,
se trasparentaban a través de los fenómenos, esas copias de la
eternidad. La mirada abierta hacia las Ideas, eso era la intuición, pura,
grande, solar, objetiva, de la cual era digno únicamente el genio -y
también él lo era sólo en sus horas e instantes geniales-,
de la cual era digno, además del genio, el gozador y receptor de la obra
estética.
¿Cómo?
¿Y habrá de ser el intelecto el que nos abra la mirada hacia semejante
visión intuitiva? Sí, el intelecto emancipado de la voluntad,
el intelecto convertido en conocimiento puro e inocente. Innecesario es decir
que, según Schopenhauer, en el arte las cosas no suceden intelectualmente,
en el sentido restringido de esta palabra; que no son el pensar, la abstracción,
el entendimiento los que producen ese estado dichoso. El arte no es enseñable;
el arte es un regalo de la intuición. El intelecto interviene aquí
tan sólo en la medida en que precisamente él es el que convierte
el mundo en representación. No se necesita en absoluto saber nada acerca
de la constitución metafísica de las cosas, acerca de los fenómenos
y la Idea, acerca de Kant y de Platón, para ser partícipe del
arte. Explicar la verdadera esencia del estado estético, hacerlo accesible
al pensar abstracto, eso era asunto de la filosofía; aunque, claro está,
sólo de una filosofía que entendiese de arte, sólo de una
filosofía que hubiese tenido del arte una vivencia superior a toda otra
filosofía anterior o contemporánea. Esa filosofía sabía
y enseñaba que la mirada del arte es la mirada de la objetividad genial.
Y aquí nos viene a la memoria lo que antes dijimos sobre el carácter
mediador del arte como fuente de la ironía: así nos damos cuenta
de que ironía y objetividad van unidas y son una sola cosa. Apolo, el
que da en el blanco desde lejos, el dios de las Musas, es un dios de la lejanía
y de la distancia; no de la vinculación cercana, del pathos y de la patología;
no del sufrimiento, sino de la libertad, un dios objetivo, el dios de la ironía...
En
ésta, por tanto, así lo veía Schopenhauer, en la objetividad
genial, el conocimiento quedaba emancipado de su esclavitud a la voluntad, y
la atención no se hallaba ya enturbiada por ningún motivo de la
volición: nos hallábamos en el estado de una entrega que iba dirigida
hacia las cosas en cuanto éstas eran mera representación, no ya
en cuanto eran motivo; y una calma nunca conocida se nos regalaba de golpe.
«Nos encontramos -dice nuestro autor- en completo bienestar. Es el estado
sin dolor, que Epicuro ensalzó como el bien supremo y como el estado
propio de los dioses: pues en ese instante estamos desembarazados del indigno
afán de la voluntad, celebramos el descanso del trabajo forzado de la
volición, la rueda de Ixión se detiene.»
Palabras
famosas, muchas veces citadas. Lo bello y su contemplación sumamente
apaciguadora han arrancado tales palabras a esa alma amarga y atormentada. ¿Son
verdaderas? Pero ¿qué es la verdad? Una vivencia que encuentra
tales palabras es verdadera, está justificada por la fuerza del sentimiento.
¿Creeríamos
que esas palabras de gratitud perfecta e ilimitada están dichas para
designar una felicidad relativa, una felicidad que sigue siendo siempre tan
sólo negativa? Pues la felicidad como tal es negativa; la felicidad es
únicamente la supresión de una tortura. Y lo mismo ocurre con
la felicidad proporcionada por la intuición estética de las Ideas,
con la objetividad calmadora de la voluntad, como inequívocamente lo
dejan entrever también las imágenes que esa felicidad inspira
a Schopenhauer. También esa felicidad es sólo efímera,
sólo temporal. El arte, pensaba Schopenhauer, el quedarnos detenidos
en la imagen idealmente iluminada, no era la redención definitiva. El
estado estético era sólo la etapa previa de un estado más
perfecto. En ese otro estado, la voluntad, que en el estado estético
quedaba calmada sólo de manera transitoria, sería eclipsada para
siempre por el conocimiento, quedaría vencida y aniquilada. La consumación
del artista era el santo.
Junto
a su estética, Schopenhauer estableció su ética. La colocó
por encima de aquélla, como su coronación: pues la ética
era la doctrina de la conversión de la voluntad, realizada en su objetivación
más alta, el hombre; era la doctrina de la autonegación y de la
autosupresión de la voluntad en virtud de la visión del error
e indignidad horribles del mundo del sufrimiento, mundo que era obra y espejo
de la voluntad, mundo que era la objetidad de la voluntad; en virtud, por tanto,
del autoconocimiento de la voluntad de vivir como algo que ha de ser negado
de manera absoluta y definitiva. ¿Cómo era posible ese autoconocimiento?
¿Cómo de la vida, la cual era enteramente voluntad de vivir, podía
salir la negación de la voluntad? Esto resultaba posible precisamente
porque el mundo era el producto de un acto de voluntad, y porque tal acto podía
quedar invalidado y suprimido por un acto negativo, por un acto de contra voluntad.
Esa era la hazaña del conocimiento liberado, que, en una especie de rebelión
cósmica de los esclavos, se emancipaba de la voluntad y le negaba obediencia.
Y esa hazaña era el contenido más intimo, la función última
de la ética, que conducía a aquélla.
¿Qué
es en general la ética? Es la doctrina acerca de las acciones del hombre,
la doctrina acerca del bien y del mal. ¿La doctrina? Pero ¿es
que la voluntad ciega, la voluntad irracional, carente de sentido, era adoctrinable?
Claro está que no. Claro está que la virtud no era enseñable,
como tampoco era enseñable el arte. Así como nadie se ha convertido
en artista porque le hayan explicado la esencia del estado estético,
así tampoco nadie se ha vuelto bueno y ha evitado el mal porque le hayan
explicado el sentido y el significado del bien y del mal; cosa que Schopenhauer,
como filósofo, estaba dispuesto a hacer. En todo caso la abstracción
podía prestar alguna ayuda, y lo hacía en forma de dogmas, de
los numerosos dogmas de las distintas religiones, que eran el ropaje exotérico
de un saber esotérico, el ropaje mítico de la verdad, una verdad
para el pueblo, por así decirlo. Poco importaban los motivos racionales
de una buena acción, siempre que ésta se ejecutase. Pero la buena
acción acontecía en virtud del sentimiento, en virtud de un conocimiento
intuitivo de la verdad; lo mismo que el estado estético, ese conocimiento
descansaba en una intuición que atravesaba con su mirada los fenómenos;
y sobre ella Schopenhauer daría pronto más aclaraciones.
Antes
le importaba sólo dar a entender que la ética no podía
ser tampoco una teoría de las costumbres en el sentido de un código,
consistente en preceptos para la voluntad. A la voluntad no se le podían
dar en modo alguno preceptos. La voluntad era libre, absoluta y omnipotente.
Más aún, la libertad estaba sólo en la voluntad, existía
exclusivamente en la trascendencia, nunca en la empiria, nunca en la objetivación
-situada en el espacio, el tiempo y la causalidad- de la voluntad, nunca en
el mundo.
En
éste todo era rigurosamente causal, todo estaba atado y determinado según
causa y efecto. La libertad, lo mismo que la voluntad, se encontraba más
allá de los fenómenos. Pero allí la libertad estaba presente,
dominaba de manera absoluta; allí estaba la libertad de la voluntad.
Como en tantas otras ocasiones, también en el caso de la libertad las
cosas sucedían al revés de como opinaba el «sano entendimiento
humano». La voluntad no estaba en el obrar, sino en el ser, no en el "operari",
sino en el "esse". En el obrar dominaban desde luego una necesidad
y una determinación inevitables. Pero el ser era originaria y metafísicamente
libre. El hombre que había hecho algo punible había "actuado"
así necesariamente, en cuanto carácter empírico, bajo el
influjo de determinados motivos, pero podría haber "sido" distinto.
Y también los remordimientos de conciencia, las angustias de conciencia
se referían al ser, no al obrar.
¡Pensamiento
audaz, pensamiento hondamente sentido, pero también duro! Este pensamiento
es una de las intuiciones más notables y, bien examinado todo, más
subyugantes en la creación de la verdad por Schopenhauer. Lo que con
ese pensamiento quedaba salvado -salvado al ser trasladado desde la empiria
a la trascendencia y a la intemporalidad- y lo que con él quedaba llevado
a una seguridad misteriosa, era una pareja de conceptos morales y aristocráticos
a los que, sin duda alguna, Schopenhauer se inclinaba y que no le hubiera gustado
ver hundirse en una determinación absoluta: los conceptos de culpa y
de mérito. La existencia de ambos dependía de la libertad de la
voluntad. ¡Y con qué frecuencia se había ya disputado sobre
ella! Pero siempre se había tenido en cuenta la libertad de la voluntad
en el tiempo, la libertad de la voluntad dentro de los fenómenos y con
relación al carácter empírico del hombre, tal como éste
experimentaba ese carácter empírico en su destino y tal como lo
exhibía a los ojos de los demás cual representación placentera
u horrible. Mas tan pronto como la voluntad se había objetivado, tan
pronto como se había convertido en fenómeno y había ingresado
en la individuación, ya no quedaba la menor huella de libertad ni tampoco,
por tanto, la menor huella ni de culpa ni de mérito.
El
hombre actuaba tal como, siendo el que era, tenía que actuar bajo el
influjo de motivos determinados. Pero su hacer y padecer, el curso de su vida,
su destino, eran tan sólo la experiencia que él y los otros hacían
de su "ser", de su carácter «inteligible», situado
fuera y detrás de los fenómenos. Y ese carácter inteligible
era, igual que el mundo entero, producto de un acto libre de la voluntad. En
cada cosa la voluntad aparecía exactamente tal como ella se determinaba
a sí misma en sí y fuera del tiempo. El mundo era sólo
el espejo de esa voluntad, y todo lo existente en el mundo formaba parte de
la expresión de lo que la voluntad quería, era tal como era porque
la voluntad así lo quería. De un modo rigurosamente justo soportaba,
pues, cada ser no sólo la existencia en general, sino también
su existencia peculiar, su individualidad; y en todo lo que a ese ser le ocurría,
más aún. incluso en todo lo que le pudiera suceder, le ocurría
siempre lo que tenía merecido.
¡Pensamiento
cruel, duro, ofensivo, inexorable y orgulloso! Aceptar esa idea es algo que
repugna a nuestro sentimiento; y, sin embargo, es nuestro sentimiento el que
es movilizado precisamente por su mística. Hay en el fondo de ese pensamiento
una verdad mística que hace que aquellos dos conceptos, culpa y mérito,
en lugar de perderse, adquieran una profundización atroz. Es cierto que
con ello esos dos conceptos quedan sustraídos a la esfera moral, entendida
en sentido estricto. Mas justamente los espíritus aristocráticos,
a los que la «justicia» no les importa mucho, han tendido siempre
a sustraer a la moralidad la culpa y el castigo. Goethe habla con preferencia
de «méritos innatos», lo cual es propiamente, en el aspecto
lógico y moral, una unión absurda de palabras. Pues el «mérito»
es por sí mismo y en general un concepto moral; y en lo que es innato
(como. por ejemplo, la belleza, la inteligencia, la nobleza, el talento -o,
aplicado al destino, la fortuna- no puede haber, lógicamente, mérito.
Para que a propósito de esas cosas pudiera hablarse de mérito,
tendrían que ser el resultado de una elección libre, tendrían
que ser la expresión de una voluntad -situada antes del fenómeno-
de ellas. Y justo eso es lo que Schopenhauer asevera, cuando declara dura y
aristocráticamente que a todos los hombres, tanto a los afortunados como
a los desafortunados, les sucede siempre tan sólo lo merecido.
Pero
muy pronto la aristocrática afirmación de la injusticia y de la
suerte diferente de los hombres queda disuelta y convertida en la igualdad más
decidida y más democrática, sencillamente por la demostración
de que la desigualdad y, la diferencia, más aún, ya la diferenciación
misma, son un engaño. Para designar ese engaño Schopenhauer se
sirve de una expresión tomada de la sabiduría india, sabiduría
que él admiraba mucho por su coincidencia pesimista con su propio diagnóstico
del mundo: llama a ese engaño el «velo de Maya». Pero ya
mucho antes le había dado un nombre latino, de acuerdo con la erudición
occidental: el gran engaño de la desigualdad e injusticia de las suertes,
de los caracteres, de las situaciones y destinos se basa en el "principium
individuationis". La diferencia y la injusticia son sólo un accesorio
de la multiplicidad existente en el tiempo y en el espacio; pero esa multiplicidad
es mero fenómeno, es la representación que nosotros en cuanto
individuos tenemos, en virtud de los mecanismos de nuestro intelecto, de un
mundo que es, en su realidad verdadera, la objetidad de la única y sola
voluntad de vivir, en el conjunto y en los individuos, en ti y en mí.
Pero
el individuo, que se siente a sí mismo tan único y tan separado
del resto del mundo, ignora eso. ¿Y cómo lo iba a conocer, si
las condiciones de su conocimiento, el «velo de Maya» que envuelve
su mirada y el mundo, le impiden la intuición de la verdad? El individuo
no ve la esencia de las cosas, que es una, sino que ve sus manifestaciones fenoménicas
como separadas y diferentes, más aún, como contrapuestas: ve el
placer y el tormento, ve al que causa el sufrimiento y al que lo padece, ve
la vida de alegrías del uno y la vida miserable del otro. Tú afirmas
-para ti mismo, claro está- lo uno, y niegas -especialmente con respecto
a ti mismo- lo otro. La voluntad, que es tu origen y tu esencia, te hace apetecer
la felicidad, las alegrías y goces de la vida; tú extiendes tus
manos hacia ellos; los aprietas fuertemente contra ti, y no te das cuenta de
que, al afirmar así la voluntad, afirmas todo el tormento del mundo y
lo aprietas contra ti. El mal que con ello haces, que con ello causas, y por
otro lado la indignación por la injusticia de la vida, pero también
la envidia, el anhelo y el apetito, tu apetencia de mundo, todo eso procede
del engaño de la pluralidad, procede del error según el cual tú
no eres el mundo y el mundo no es tú; sí, todo eso procede de
la distinción ilusoria entre el «yo» y el «tú»,
procede de la fantasmagoría de Maya.
Pero
también de ahí procede tu miedo a la muerte. La muerte no es más
que la supresión de un yerro, de un extravío, pues toda individuación
es un extravío. La muerte no es más que la desaparición
de una ilusoria pared divisoria que separa el yo, en el cual tú te encuentras
encerrado, del resto del mundo. Tú crees que, si mueres, ese mundo restante
continuará existiendo. Y crees que tú -pensamiento horrible- ya
no serás. Pero yo te digo: este mundo, que es tu representación,
no será ya; tú, en cambio, es decir, justo aquello en ti que teme
a la muerte, que no quiere la muerte, porque es la voluntad de vivir, tú
perdurarás, tú vivirás, pues la voluntad, por la que tú
eres, sabrá encontrar siempre la puerta que lleva a la vida. A ella le
pertenece, en efecto, la entera eternidad. Y con la vida, que conoce la eternidad
como tiempo, siendo así que en verdad es presencia constante, también
se te devuelve el tiempo. La voluntad tiene asegurada la vida, con todos sus
placeres y todos sus tormentos, con tal de que la quiera. Para ti sería
mejor que la voluntad no quisiera la vida...
Entretanto
tú vives como el que eres. Ves y amas, contemplas y anhelas, deseas la
añorada imagen ajena, ay, tan ajena y otra, tan separada de ti, sufres
por ello, desearías atraerla a ti, serla... Pero ser una cosa es algo
enteramente distinto, algo incomparablemente más penoso y lamentable
que verla. Y el anhelo es una burla, causada por la representación. Tú
mismo te estás dado a ti, tu cuerpo te está dado a ti, por un
lado como representación -igual que también todo el resto del
mundo-, pero a la vez también como voluntad. Y el cuerpo es lo único
en el mundo que te está dado a la vez también como voluntad. Todo
lo demás es para ti sólo representación. El mundo entero
es para ti un ballet, un espectáculo que, según tu opinión
originaria y natural, no tiene ni de lejos tanta realidad como tienes tú,
el espectador, un espectáculo al que en modo alguno se ha de tomar tan
en serio como a ti. Al yo preso en el "principium individuationis",
al yo envuelto en el velo de Maya, todos los demás seres se le aparecen
como máscaras y fantasmas, a los cuales es incapaz de conceder ni de
lejos una importancia y una seriedad tan grandes del ser como a sí mismo.
Tú, el único verdaderamente existente, tú, ¿no es
verdad?, eres lo único que importa. Tú eres el centro del mundo
(lo eres, eres el centro de tu mundo), y lo único que importa es tu bienestar,
es decir, que el sufrimiento de la vida te quede lo más lejos posible,
y que sus delicias acudan a ti de la manera más abundante posible. Lo
que con los otros ocurra tiene una importancia incomparablemente menor; eso
a ti no te causa dolor ni bienestar.
Este
es el punto de vista del egoísmo natural, del egoísmo inquebrantado
y no iluminado en absoluto; es el estar preso de manera incondicional en el
"principium individuationis". El atravesar con la mirada ese "principium";
el conocer intuitivamente su carácter engañoso, su carácter
ocultador de la verdad; el presentir y entrever la no diferencia entre el yo
y el tú; el ver con el sentimiento que la voluntad es en todo y en todos
la única y la misma: eso es el comienzo y la esencia de toda ética.
Quiere decirse: la ética trata de ese conocimiento, de esa visión
del sentimiento, y describe sus benditas consecuencias. Pero no las enseña,
no puede enseñarlas. Pues así como jamás una estética
abstracta ha hecho un solo artista, así tampoco se enseña o aprende
la virtud. El hombre experimenta la virtud tal como la experimentó aquel
aprendiz indio ante cuya mirada un gran espíritu hizo desfilar todos
los seres del mundo, los animados y los inanimados, y al pasar cada uno decía:
«Tat twam asi» («ése eres tú»).
En
esa frase, en esa visión, que es un regalo de lo intuitivo, están
encerradas toda virtud, toda justicia, toda bondad y toda nobleza de ánimo.
Y en su desconocimiento, preso en la ilusión, está encerrado su
opuesto, a saber: el mal. Malo es el hombre que, tan pronto como un poder externo
no se lo impide, comete injusticia. Es decir: malo es el hombre que, no contento
con afirmar la voluntad de vivir, tal como ésta aparece en su cuerpo,
niega además la voluntad que aparece en otros individuos e intenta aniquilar
la existencia de éstos, en la medida en que se oponen a las aspiraciones
de su propia voluntad. Una voluntad salvaje, que va más allá de
la afirmación del propio cuerpo, se expresa en el mal carácter.
Pero en él se expresa ante todo un estar de manera tan honda preso el
conocimiento en los fenómenos y en el "principium individuationis",
que ese conocimiento se atiene férreamente a la diferencia establecida
por ese "principium" entre su propia persona y todas las demás,
por lo cual considera la esencia de esas otras personas como completamente ajena
a la suya; considera que esa esencia está separada de él por un
gran abismo y ve literalmente en las otras personas sólo máscaras
vacías, mientras que, según su opinión más honda,
únicamente él tiene realidad.
La
definición del hombre "bueno" se deriva sin más de lo
dicho; sobre todo, si nos fijamos entretanto en el tipo que sirve de transición
entre el hombre bueno y el hombre malo, a saber: el hombre justo. La justicia
es ya un darse cuenta de lo que significa el "principium individuationis",
pero en un grado inferior. Es algo negativo más que positivo. Es la negación
de la injusticia. En la afirmación de su propia voluntad el hombre justo
no llega hasta la negación de la voluntad que en otros individuos se
presenta. Omite el causar sufrimiento a otros para aumentar su propio bienestar.
Para él el principio de individuación no es, como lo es para el
hombre malo, una pared divisoria absoluta. Mediante su conducta, el hombre justo
manifiesta que él reconoce su propia esencia -la voluntad de vivir como
cosa en sí- también en los fenómenos ajenos, los cuales
le están dados tan sólo como representación, y que se reencuentra
a sí mismo en ellos, al menos hasta el punto de que se abstiene de agraviarlos.
Esto
es mucho. Y es siempre también ya, a la vez, algo más: la auténtica
bondad está siempre vinculada a esto. ¡No se piense que la bondad
es débil! En modo alguno es el hombre bueno una manifestación
originariamente más débil de la voluntad que el hombre malo, a
no ser que el hombre bueno sea meramente bonachón, lo cual, en efecto,
produce escasos frutos. No; lo que en el hombre bueno triunfa sobre la voluntad
es el conocimiento. ¿Qué conocimiento? Pero es claro: el conocimiento
de que la diferencia entre él y los otros se basa en una ilusión
que incita al mal, es un fenómeno engañoso; el conocimiento de
que el en-sí de su propia manifestación fenoménica es también
el en-sí de la manifestación fenoménica ajena, a saber,
la voluntad de vivir que se encarna en todo, también en los animales
y en la naturaleza entera, por lo cual él no atormentará ni siquiera
a un animal.
Pero
aquí no es lícito, sin embargo, quedarse en negaciones, hablar
con negaciones. La bondad es positiva. La bondad ejecuta las obras del amor.
Lo hace por una razón profundamente sentida; pues si no lo hiciese, se
vería a sí misma como alguien que hoy pasase hambre a fin de tener
mañana más de lo que puede disfrutar. Exactamente eso le parecería
al hombre «bueno» el dejar vivir en la indigencia a otros, mientras
él se dedicaba a pasarlo bien. Para él se ha vuelto trasparente
el velo de Maya; él se ha liberado del gran engaño, el cual es
el que hace que la voluntad dispersa en los fenómenos parezca gozar aquí
y sufrir allí, cuando en realidad es siempre la misma voluntad y es siempre
el mismo tormento el que la voluntad causa y soporta a la vez. Amor y bondad
son com-padecimiento, nacido del conocimiento del «Tat twam asi»,
nacido de un haber levantado el velo de Maya, tal como ya lo había dicho
Spinoza: "Benevolentia nihil aliud est, quam cupiditas ex commiseratione
orta" («la bondad no es otra cosa que el amor nacido del compadecimiento»).
Pero
esto nos hace ver que, así como la justicia se sublima en la bondad,
también ésta es capaz de una sublimación, hasta llegar
no sólo al amor más desinteresado, al autosacrificio más
magnánimo, sino hasta llegar precisamente a la santidad. Pues un hombre
dueño de tal conocimiento del amor considerará como propio el
sufrimiento de todos los demás seres vivos y hará suyo el dolor
del mundo entero. Ese hombre ve la totalidad de las cosas, ve la vida como un
conflicto interno de la voluntad y del padecimiento constante, ve la humanidad
doliente, ve los animales que sufren. Y el conocimiento de la esencia de las
cosas en sí se convierte para él en el quietivo de la volición.
En él, la voluntad se aparta de la vida, pues dado que, por su conocimiento
lleno de compasión, él se ve forzado a negar ésta, ¿cómo
podría afirmar, también en sí mismo, la voluntad de vivir,
cuya obra, expresión y espejo es la vida? La decisión de un hombre
dueño de ese conocimiento es la renuncia, la resignación, el abandono.
En él se realiza el tránsito de la virtud a la gran paradoja que
es la ascética.
Una
gran paradoja, en efecto. Pues aquí acontece que una individuación
de la voluntad reniega de la esencia que aparece en esa individuación
y que se expresa mediante el cuerpo de ésta; aquí acontece que
el obrar de esa individuación da un mentís a su manifestación
fenoménica y entra en abierta contradicción con ella. Aquella
redentora paralización temporal de la voluntad en que se basa la dicha
del estado estético, aquella paralización alcanza su perfección
en el hombre que renuncia, en el asceta, en el santo. En él, el conocimiento
se ha convertido para siempre en señor de la voluntad, la eclipsa por
completo y la suprime. Ese hombre soporta el pecado del mundo, lo expía,
y es sacerdote y víctima a la vez. Así como el cuerpo expresa
la voluntad en general, así los órganos de la generación
expresan la afirmación de la voluntad que va más allá de
la vida individual. El asceta renuncia a dar satisfacción al sexo: su
castidad es el signo de que, al quedar abolida la vida de ese cuerpo, queda
abolida también la voluntad, de la cual aquél es manifestación
fenoménica.
¿Qué
es lo que define al santo? Que éste no hace nada de aquello que le gustaría
hacer, y hace todo aquello que no le gustaría hacer. Conocemos ejemplos
espirituales estremecedores de ese comportamiento; lo hemos visto practicado
por ascetas natos y por sacerdotales sacrificadores de sí mismos los
cuales ensalzaban, entre glorificaciones ditirámbicas de la voluntad
ebria de poder, la pasión de su vida en la medida en que no hacían
nada de aquello que habrían hecho con gusto, y hacían todo aquello
con que se producían daño; discípulos natos del filósofo
Schopenhauer, y mucho más cuando no querían ya serlo...
Pero
la castidad ascética, convertida en máxima universal, causaría
el final del género humano. Y dada la conexión existente entre
todas las manifestaciones fenoménicas de la voluntad, al desaparecer
la más elevada de ellas, el hombre, desaparecía también
su reflejo más débil, el animal. Y como con ello quedaría
suprimido todo conocimiento, también se hundiría por sí
mismo en la nada todo el resto del mundo -pues sin sujeto no hay objeto-. El
hombre es el redentor potencial de la naturaleza. Por ello dice Ángelus
Silesius, el místico: "Mensch! Alles liebet dich; um dich ist sehr
gedrange: Es läuft dir alles zu, dass es zu Gott gelange" (¡Oh
hombre! Todos los seres te aman; se amontonan a tu alrededor: Todos los seres
corren hacia ti, para llegar a Dios.)
(...)
En
el hombre, objetivación suprema de la voluntad, ésta se halla
iluminada por el conocimiento más claro. Pero en la misma medida en que
el conocimiento alcanza claridad, en la misma medida en que la consciencia se
incrementa, en esa misma medida crece también el sufrimiento. Este alcanza,
en consecuencia, su grado más alto en el hombre, un grado distinto según
los individuos, y en el genio es donde alcanza su cumbre. «Lo que determina
la jerarquía es la profundidad con que uno puede sufrir», dice
Nietzsche, en completa dependencia hasta el final del aristocratismo schopenhaueriano
de la capacidad de sufrimiento, de la ennoblecedora vocación del hombre
-y de su expresión suprema, el genio- para el sufrimiento. De esa vocación
se derivan las dos grandes posibilidades que el humanismo de Schopenhauer otorga
al hombre y que se llaman: arte y santificación. Únicamente humana
es la posibilidad del estado estético en cuanto intuición, exenta
de voluntad, de las Ideas. Humana y sólo humana es la posibilidad de
la autonegación definitiva y redentora de la voluntad de vivir en el
ascenso del artista a la categoría de santo ascético. Al hombre
le está otorgada la posibilidad de realizar una corrección que
invalide el gran error y la gran equivocación que es el ser. Esa intuición
suprema, que se le da cuando hace suyo el entero sufrimiento del mundo, puede
llevarlo a la resignación y a la conversión de la voluntad. Y
de esta manera el hombre es la secreta esperanza del mundo y de todas las criaturas,
hacia el cual, por así decirlo, tienden confiados todos los seres y al
que miran como su posible redentor y salvador.
Esta
es una concepción de gran belleza mística. Expresa una veneración
humanista por la misión del hombre que rectifica y contrapesa con creces
toda la misantropía, todo el asco que por el hombre sentía Schopenhauer.
Esto es lo que me importa: la unión de pesimismo y humanismo. De la experiencia
espiritual que nos brinda Schopenhauer se desprende que lo uno no excluye en
modo alguno lo otro y que, para ser humanista, no se necesita andar pronunciando
bellos discursos y halagando a la humanidad. En este asunto, no me inquieta
mucho el problema de la verdad de las interpretaciones de Schopenhauer, en especial
la verdad de su interpretación, tomada de Kant, de lo bello y del estado
estético, el famoso «desinterés», del cual no sin
razón se burlaba Nietzsche, quien era mucho más avanzado en refinamiento
psicológico.
Nietzsche,
el dionisíaco, atacó la moralización del arte y de la actividad
artística, cuya sublimación y consumación sería
el santo ascético; atacó la presunta negatividad del placer estético
productivo y receptivo, considerado como emancipación de la tortura de
la voluntad; atacó la negatividad del placer en general; atacó,
por tanto, el pesimismo mismo, el cual estaba ya, para él, en la confrontación
de un «mundo verdadero» y un «mundo de los fenómenos»,
y que detectó y demostró que existía ya en Kant. Nietzsche
anota sin comentarios (los comentarios sobran) que Kant había declarado:
«Estas frases del conde Nervi (un filósofo italiano del siglo xviii)
yo las suscribo con total convicción: il solo principio motore del'uomo
é il dolore. Il dolore precede ogni piacere, il piacere non é
un essere positivo.»
¿Era
esto tan contrario al sentir de aquel en quien podemos leer: «El placer
es una forma del dolor»? En todo caso se oponía a su criterio anticristiano,
el cual, por amor a la tierra y a la vida, no quería admitir en modo
alguno un «mundo verdadero». Esto no impide que, precisamente en
las cuestiones estéticas, su procedencia de Schopenhauer no reniegue
jamás de sí misma, ni siquiera en la época en que apostató
de él. En "El mundo como voluntad y representación"
se dice que «el en-sí de la vida, la voluntad, la existencia misma,
es un sufrimiento constante, en parte lamentable, en parte horrible; en cambio
eso mismo, visto sólo como representación, intuido de manera pura,
o repetido por el arte, libre del tormento, proporciona un espectáculo
significativo». Y Nietzsche hace suya esa justificación de la vida
como espectáculo estético y como fenómeno bello, igual
que Schopenhauer hace suyo el «desinterés». Nietzsche hace
suya esa justificación en la medida en que da al pensamiento de Schopenhauer
sólo el giro espiritual hacia la afirmación ebria de lo antimoral,
en un dionisismo de la justificación de la vida en el cual, desde luego,
es difícil reconocer el pesimismo moralista y negador de la vida de Schopenhauer,
pero en el que ese pesimismo sigue perviviendo, sólo que con otra coloración,
con un signo distinto y con un gesto cambiado.
No
olvidemos que alguien puede llegar a convertirse en antagonista de un pensador
y, pese a ello, seguir siendo perfectamente su discípulo espiritual.
¿Es que, por ejemplo, uno deja de ser marxista porque ponga cabeza abajo
la doctrina de Marx y derive de lo ideológico, de lo religioso, ciertos
comportamientos económicos, en vez de hacer al revés? Así
es como Nietzsche siguió siendo schopenhaueriano. Del dudoso título
de optimista lo preserva el concepto de lo heroico, que corresponde a su dionisismo
y que viene del pesimismo. Uno duda en calificar de optimismo a algo que es
un pesimismo de bacante, es decir, una forma de afirmación de la vida
que no es primaria ni ingenua, sino que es una superación, un «a
pesar de» arrancado al sufrimiento. Pero lo heroico se encuentra también
en Schopenhauer: «La felicidad es imposible: lo más alto que se
puede alcanzar es una vida heroica.»
Algo,
no obstante, nos advierte que no debemos tomar a la letra y en sentido propio
el talante humanista de Schopenhauer, sus criterios clasico-apolíneos,
y nos incita, más bien, a distinguir, tanto en su caso como en otros
muchos, entre lo que se opina y lo que se es, y a no confundir al hombre con
sus juicios: es su extremismo, un contraste grotesco-dualista de su naturaleza,
que hay que calificar de romántico en el sentido pintoresco de esta palabra
y que aleja a Schopenhauer de la esfera de Goethe mucho más de lo que
su consciencia le hizo alguna vez soñar.
He
dicho que Schopenhauer se mantenía del todo en la esfera kantiana cuando
definía el estado estético como la emancipación del conocimiento
con respecto a la voluntad, con lo cual el sujeto deja de ser meramente individual
y se convierte en el sujeto puro, carente de voluntad, del conocimiento. Pero
Kant, dada su naturaleza nada emocional, jamás habría definido
la «cosa en sí» como voluntad, como instinto, como pasión
oscura, de la cual el estado artístico proporciona una redención
transitoria. Y la estética kantiana del desinterés no era el resultado
moral de un dualismo romántico-emocional de voluntad y representación,
de una concepción del mundo basada en el contraste entre sensualidad
y ascética, con todos los horrores y todos los tormentos demoníacos
de una parte, y todas las satisfactorias bienaventuranzas de la otra, sino que
era, en comparación con esto, un espiritualismo gélido. Ascética
quiere decir mortificación. Pero en Kant no era mucho lo que había
que mortificar. Para describir el estado estético, Kant no habría
encontrado jamás las vehementes imágenes de gratitud hiperbólica
que a Schopenhauer le vienen por sí solas a la punta de la pluma. La
ascética forma parte de un mundo romántico de contrastes y tiene
como presupuesto vivencias horribles de la voluntad, del instinto, de la pasión;
tiene como presupuesto un sufrimiento profundo a causa de todo eso. Quien ha
descubierto el santo como consumador del artista ha sido el filósofo
del instinto, el emocionalista Schopenhauer, y no el pensamiento, ciertamente
inexorable, pero mucho más moderado y temperado de Kant, al cual le resultaban
del todo extrañas las tensiones horrorosamente ingeniosas del mundo de
contrastes de Schopenhauer, con los dos polos del cerebro y de los genitales.
Raras
veces ha habido un título de libro más expresivo, más completo,
que el de la obra principal de Schopenhauer, su única obra, en el fondo,
la cual desarrolla su único pensamiento, y de la cual es sólo
un justificante recogido con tenacidad y un apoyo insistente todo lo demás
que escribió en una vida de setenta y dos años. "El mundo
como voluntad y representación", eso no es sólo el pensamiento,
reducido a su fórmula más breve, eso es también el varón,
el ser humano, la persona, la vida, el sufrimiento. Las pulsiones de la voluntad
de ese hombre, en especial su sexualidad, tienen que haber sido extraordinariamente
intensas y peligrosas, torturantes como las imágenes mitológicas
con que Schopenhauer describe la servidumbre de la voluntad; tienen que haber
correspondido de una forma tan conflictiva al poderío de su pulsión
cognoscitiva, de su espiritualidad clara y poderosa, que el resultado, un resultado
grotesco en un sentido elevado, fue una dualidad y un desgarramiento terriblemente
radicales de la experiencia, y un hondísimo anhelo de redención,
la negación espiritual de la vida misma, la inculpación de su
en-sí como algo malvado, demente y culpable. El sexo es para Schopenhauer
el «foco de la voluntad». En la objetivación corporal de
ésta, el sexo es el polo opuesto del cerebro, representante del conocimiento.
Que en él ambas esferas poseían evidentemente una violencia que
superaba en mucho el término medio, eso es algo que en sí hablaría
solo en favor de la plenitud y de la fuerza del conjunto de su naturaleza.
Lo
que convierte a Schopenhauer en «pesimista» y en negador del mundo
es tan sólo, y precisamente, la relación del todo hostil y contradictoria,
excluyente y causante de sufrimiento, que se da entre esas dos esferas y que,
por lo demás, no impide decir que su pesimismo es el equívoco
producto espiritual de la plenitud y de la fuerza. De manera bipolar, contrastante
y conflictiva, torturante y violenta vive Schopenhauer el mundo como instinto
y espíritu, como pasión y conocimiento, como «voluntad»
y «re-presentación». ¿Qué habría ocurrido
si Schopenhauer hubiera encontrado la unidad de esas cosas en su naturaleza
de artista, en su genialidad? ¿Si hubiera comprendido que el genio no
es en modo alguno sensualidad en reposo y voluntad en suspenso? ¿Que
el arte no significa objetividad espiritual, sino que es la unión, la
mutua penetración, productiva y elevadora de la vida, de las dos esferas,
algo más fascinante que pueda serlo cada una de esas dos esferas, el
sexo y el espíritu, por sí sola? ¿Que la actividad artística,
la creatividad, no es otra cosa -y tampoco en él fue otra cosa- que sensualidad
espiritualizada y espíritu genializado a partir del sexo?
Goethe
vio y experimentó vitalmente todo esto de una manera en todo distinta
que el pesimista Schopenhauer: de una manera más dichosa, más
sana, más serena, más clásica, menos patológica
-entendida la palabra «patológica» en un sentido espiritual,
no en un sentido clínico-, quiero decir: de manera menos romántica.
Para Goethe sexo y espíritu, «Idea y amor» eran los estimulantes
vitales más fuertes. Y él escribió los versos siguientes:
«Pues la vida es el amor, y la vida de la vida, espíritu.»
Sobre Schopenhauer - Hans Küng (¿Existe
Dios?)
El
hombre, como ser corporal, experimenta su cuerpo de dos maneras: externamente
como objeto de la representación, internamente como expresión
de la voluntad. La palabra «voluntad», según Schopenhauer,
se ha de entender en sentido amplio: el hombre conoce, mejor dicho, siente su
más íntima esencia como esa voluntad de vivir que configura y
rige todos y cada uno de los órganos, impulsos, instintos, deseos, aspiraciones,
pasiones y hasta el mismo conocimiento. Frente a esta voluntad, el intelecto
cognoscente es algo derivado, subordinado, de segunda categoría; no tiene
más que un papel auxiliar: No por el conocimiento (en eso tiene razón
Kant), pero sí por la voluntad (Kant no ve esto), podemos entrar en contacto
con la «cosa en sí». De modo que la voluntad de vivir, tal
como yo la experimento en mi propio cuerpo, es a la par la «clave de la
esencia de todas las apariencias en la naturaleza». Así, pues,
lo que aglutina internamente el mundo de nuestra representación -desde
la fuerza de la gravitación hasta la conciencia humana, desde las fuerzas
de la naturaleza, el crecimiento de las plantas y el instinto de los animales
hasta el instinto de conservación del hombre- no es el espíritu,
no es un absoluto, no es Dios; Schopenhauer renuncia, con entera honradez intelectual,
a todo ornato panteizante. «El mundo es mi voluntad», puede añadir
Schopenhauer como segundo principio complementario. ¿Cómo se ha
de entender esto?
La
esencia más íntima de todas las apariencias es una voluntad primeramente
inconsciente, «la cual, meramente considerada en sí misma, no tiene
conocimiento y es un puro impulso ciego, irresistible». Este impulso de
vida, esta voluntad primigenia es lo que aparece en todas las apariencias: ¡el
mundo de la representación existe en cuanto voluntad apareciente! El
mundo es «según toda su esencia íntegramente voluntad y,
a un mismo tiempo, íntegramente representación». Así,
lo que en Kant pende en el vacío como una pura incógnita, como
una X indeterminada e inexplicada, es claramente definido por Schopenhauer:
¡la voluntad es «la cosa en sí»! La «voluntad
de vivir» -para Schopenhauer un pleonasmo- es «la cosa en sí,
el contenido interno, lo esencial del mundo».
Esta
única y misma voluntad, en la pluralidad de sus manifestaciones en el
espacio y en el tiempo, sin embargo, es una proto-voluntad sin causa, sin descanso,
sin meta. Aquí se impugna p