Escoto
IV.C. Sobre
Escoto Eriúgena - Historia de la Filosofía de Copleston
[...]
Juan Escoto Eriúgena (810-877) concluye que Dios es todo cuanto
verdaderamente es, puesto que Él hace todas las cosas y se hace en todas
las cosas, "como dice san Dionisio el Areopagita". La bondad divina
se difunde progresivamente a través del universo de la creación,
de tal modo que "hace todas las cosas y se hace en todas las cosas y es
todas las cosas". Eso tiene el exacto sonido de una doctrina panteísta
de tipo emanativo; pero Escoto Eriúgena mantiene igualmente que la bondad
divina creó todas las cosas a partir de la nada, y explica que 'ex nihilo'
no supone la preexistencia de material alguno, formado o informe, al que pudiera
llamarse 'nihil'; 'nihil' significa más bien la negación o ausencia
de toda esencia o substancia, y de todas las cosas que han sido creadas. El
Creador no hizo el mundo 'ex aliquo', sino 'de omnino nihilo'. También
aquí, pues, el Eriúgena trata de combinar la doctrina cristiana
de la creación y de la relación de las criaturas a Dios con la
filosofía emanacionista neoplatónica, y esa tentativa de combinación
es lo que da razón a la diferencia de interpretaciones, según
se considere como más fundamental uno u otro, de los dos elementos de
su pensamiento.
Esa
tensión se hace aún más clara por la siguiente consideración.
Las criaturas constituyen no solamente una "participación"
de la bondad divina, sino también la teofanía o automanifestación
divina. Todos los objetos del intelecto o de la sensación son "la
aparición de lo que no aparece, la manifestación de lo oculto,
la afirmación de lo negado (referencia a la 'via negativa'), la comprensión
de lo incomprensible, la expresión de lo inefable, la aproximación
de lo inaproximable, el entendimiento de lo ininteligible, el cuerpo de lo incorpóreo,
la esencia de lo superesencial, la forma de lo informe, etc. Así como
la mente humana, en sí invisible, se hace visible o manifiesta en las
palabras, escritos y gestos, así el Dios invisible e incomprensible se
revela a sí mismo en la naturaleza, la cual es, en consecuencia, una
verdadera teofanía. Ahora bien, si la creación es una teofanía,
una revelación de la bondad divina, que es en sí misma incomprensible,
invisible y oculta, ¿no sugiere tal cosa una nueva interpretación
del 'nihilum' del que procede la creación? Consecuentemente, Escoto Eriúgena
explica en un pasaje posterior que 'nihilum' significa "la inefable, incomprensible
e inaccesible claridad de la bondad divina", porque aquello que es incomprensible
puede, 'per excellentiam', ser llamado 'nihilum', "nada", de modo
que cuando Dios comienza a aparecer en sus teofanías puede decirse que
procede 'ex nihilo in aliquid'. Puede decirse que la bondad divina considerada
en sí misma es 'omnino nihil', aunque en la creación llega a ser,
"puesto que es la esencia del universo entero".
Sería
en verdad un anacronismo adscribir a Escoto Eriúgena una doctrina del
Absoluto, y concluir que lo que quiere decir es que Dios, considerado en sí
mismo aparte de las "teofanías", es una abstracción
lógica; pero parece que dos líneas distintas de pensamiento están
presentes en sus enseñanzas sobre la creación, a saber, la doctrina
cristiana de la creación libre "en el tiempo" y la doctrina
neoplatónica de una difusión necesaria de la bondad divina por
vía de "emanación". Probablemente él intentó
mantener la doctrina cristiana, pero al mismo tiempo consideró que daba
una legítima explicación filosófica de la misma. Tal actitud
resultaría, sin duda, facilitada por el hecho de que en su época
no existía una clara distinción entre teología y filosofía
y las respectivas esferas de una y otra, con la consecuencia de que un pensador
podía, sin ser lo que hoy llamaríamos un racionalista, aceptar
un dogma revelado como el de la Trinidad, y proceder a continuación con
la mayor buena fe a "explicarlo" o deducirlo, de tal modo que la explicación
cambiara prácticamente el dogma en otra cosa distinta. Si queremos llamar
a Juan Escoto Eriúgena un hegeliano antes de Hegel, debemos recordar
que es extraordinariamente poco verosímil que él se diese cuenta
de lo que estaba haciendo.
La
relación precisa de la naturaleza creada a Dios en la filosofía
de Escoto Eriúgena no es cuestión fácil de determinar.
Que el mundo sea eterno en un sentido, a saber, en sus 'rationes', en las causas
primordiales, en la voluntad creadora de Dios, no ocasiona dificultad alguna,
y si el autor, cuando sostiene que el mundo es a la vez eterno y creado, quisiese
decir simplemente que en tanto preconocido y querido por Dios es eterno, mientras
que en tanto que hecho es temporal y exterior a Dios, no habría de qué
sorprenderse; pero Escoto mantiene que el mundo no está fuera de Dios,
y que es a la vez eterno y creado 'dentro' de Dios. Por lo que respecta al primer
punto, que el mundo no es 'extra Deum', debe entenderse en términos de
la teoría de la participación y la "asunción"
(est igitur participatio divinae essentiae assumptio'). Como las criaturas derivan
de Dios y deben a Dios toda la realidad que poseen, aparte de Dios son nada,
de modo que, en ese sentido, puede decirse que no hay nada fuera de Dios: si
la actividad divina fuese retirada, las criaturas cesarían de ser.
Pero
debemos ir más adelante. Dios vio desde la eternidad todo lo que Él
quería crear. Ahora bien, si Dios vio a las criaturas desde toda la eternidad,
también las hizo desde toda la eternidad, puesto que visión y
operación son una misma cosa en Dios. Además, así como
vio las criaturas en sí mismo, las hizo en sí mismo. Debemos concluir,
pues, que Dios y las criaturas no son distintos, sino uno y lo mismo ('unum
et id ipsum'), la criatura subsistiendo en Dios, y Dios siendo creado en la
criatura, "de una maravillosa e inefable manera". Dios, pues, "contiene
y comprehende en Sí mismo la naturaleza de todas las cosas sensibles,
no en el sentido de que contenga en Sí mismo algo aparte de Sí
mismo, sino en el sentido de que Él es substancialmente todo lo que Él
contiene, y la substancia de todas las cosas visibles es creada en Él".
Es en ese preciso punto donde Escoto Eriúgena ofrece su interpretación
de la "nada", a partir de la cual proceden las criaturas, como la
bondad divina, y concluye que Dios es todas las cosas, que a partir de la Superesencialidad
de su naturaleza ('in qua dicitur non esse'), es creado por sí mismo
en las causas primordiales, y luego en los efectos de las causas primordiales,
en las "teofanías". Finalmente, al término del orden
natural, Dios atrae a todas las cosas de regreso a Sí mismo, a la naturaleza
divina de la que proceden, siendo así Causa Primera y Causa Final, 'omnia
in omnibus'.
(...)
El
cuarto estadio del proceso de la Naturaleza es el de la 'Natura quae nec creat
nec creatur', a saber, Dios como el término y fin de todas las cosas,
Dios todo en todo. Ese estadio es el del regreso a Dios, el movimiento correspondiente
al de la procesión a partir de Dios, porque hay un ritmo en la vida de
la Naturaleza, y el mundo de las criaturas que procede de las causas primordiales,
regresará a dichas causas. "Porque el final de todo el movimiento
es su principio, puesto que no es terminado por otro fin sino por su principio,
a partir del cual comienza el movimiento y al que constantemente desea regresar
y alcanzar en él el reposo.Y eso debe entenderse no solamente de las
partes del mundo sensible, sino del mundo entero. Su fin es su principio, el
que el mundo desea, y al encontrar el cual dejará de ser, no por perecer
su substancia, sino por su regreso a las ideas ('rationes'), de las cuales procede."
El proceso es, pues, un proceso cósmico, y afecta a toda la creación,
aunque la materia mutable y no espiritualizada, que Escoto Eriúgena,
siguiendo a san Gregorio de Nisa, concebía como un complejo de accidentes
y como apariencia, perecerá.
Al
lado del proceso cósmico de la creación como un todo, hay un tema
específicamente cristiano (aunque Escoto, con cierta frecuencia, lo "racionaliza"
algo), el del regreso del hombre a Dios. El hombre caído es llevado de
nuevo a Dios por el Logos encarnado, que ha asumido la naturaleza humana y redimido
a todos los hombres en esa naturaleza humana; y el Eriúgena subraya la
solidaridad de la humanidad tanto en la caída de Adán como en
la resurrección de Cristo. Cristo lleva de nuevo la humanidad a Dios,
aunque no todos se unen a Dios en el mismo grado, porque, aunque Cristo redimió
a toda la naturaleza humana, "a algunos les restaura al primer estado de
la naturaleza humana, mientras que a otros les deifica por encima de la naturaleza
humana"; sin embargo, en nadie, excepto en el mismo Cristo, se une substancialmente
la naturaleza humana con la Divinidad. Escoto afirma así el carácter
único de la Encarnación y de la relación de la naturaleza
humana de Cristo a la Divinidad, aunque, cuando presenta las etapas del regreso
de la naturaleza humana a Dios, parece manifestarse otro punto de vista menos
ortodoxo. Tales etapas son: 1) la disolución del cuerpo humano en los
cuatro elementos del mundo sensible; 2) la resurrección del cuerpo; 3)
el cambio del cuerpo en espíritu; 4) el regreso de la naturaleza, en
su totalidad, a las causas primordiales eternas e inmutables; y 5) el regreso
de la naturaleza y de las causas primordiales a Dios. "Porque Dios será
todo en todo cuando nada exista, sino sólo Dios."
Sin
embargo, aunque a primera vista ese último modo de ver parece enteramente
inconsecuente con la teología ortodoxa, y, de modo especial, con la posición
única de Cristo, está claro que Escoto Eriúgena no pretende
afirmar una real absorción panteísta en Dios, puesto que dice
a continuación que no se refiere a un perecer de la substancia individual,
sino a su elevación. Se vale del ejemplo del hierro calentado hasta la
fusión, y observa que, aunque puede decirse que el hierro ha sido transmutado
en fuego, la substancia del hierro permanece. Así, cuando, por ejemplo,
dice que el cuerpo humano se cambia en espíritu, a lo que se refiere
es a la glorificación o "espiritualización" del cuerpo
humano, no a una especie de transubstanciación. Además, debe recordarse
que Juan Escoto afirma expresamente que basa sus enseñanzas en la doctrina
de san Gregorio de Nisa y de su comentarista Máximo, por lo que dichas
enseñanzas deben ser entendidas a la luz de tal afirmación. Y
para que no se piense, dice, que olvida enteramente a los latinos en favor de
los griegos, añade el testimonio de san Ambrosio. Aunque los cielos y
la tierra perecerán y pasarán, (interpretándose el perecer
como un 'reditus in causas', que significa la desaparición del mundo
material engendrado), eso no significa que las almas individuales de los hombres,
en su 'reditus in causas', dejen de existir; su 'deificatio' no significa su
absorción substancial en Dios más de lo que la penetración
del aire por la luz significa la destrucción o transubstanciación
del aire. El Eriúgena es perfectamente claro en ese punto.
El
hecho es que en el caso del "regreso" cósmico, como en todo
su sistema, Escoto Eriúgena trata de combinar la enseñanza de
las Escrituras y de los Padres con la especulación filosófica
de la tradición neoplatónica, o, más bien, de expresar
la 'Weltanschauung' cristiana en términos de dicha especulación.
Como considera la sabiduría cristiana como una totalidad, sin ninguna
distinción clara entre la teología revelada y la filosofía,
la aplicación del método especulativo de Escoto significa necesariamente
una racionalización 'de facto' en muchas ocasiones, cualquiera que fuese
la ortodoxia de sus intenciones. Por ejemplo, aunque él insiste en el
hecho de que el regreso a Dios no significa la aniquilación o la completa
absorción del ser humano individual, y aunque se expresa con una perfecta
claridad a propósito de ese punto, su actitud hacia la materia como el
término de la procesión divina descendente le lleva, sin embargo,
a decir que antes de la Caída los seres humanos no eran sexualmente diferenciados,
y que después de la resurrección retornarán a aquel estado
(opinión en apoyo de la cual acude a san Pablo, san Gregorio y Máximo).
El hombre, de no haber caído, habría sido sexualmente indiferenciado,
y en la causa primordial la naturaleza humana no es sexualmente diferenciada;
el 'reditus in causam' implica, pues, un regreso al estado de la naturaleza
humana 'in causa', y una liberación del estado subsiguiente a la Caída.
Pero el 'reditus in causam' es una etapa en el proceso cósmico de la
Naturaleza, de modo que Escoto Eriúgena ha de mantener que la resurrección
del cuerpo tiene lugar por naturaleza, 'natura et non per gratiam', aunque apela
en apoya de tal tesis a san Gregorio de Nisa, Máximo y san Epifanio.
Por otra parte, es cierto, teológicamente al menos, que algo es atribuible
a la gracia, y Escoto, en consecuencia, atribuye la 'deificatio', que no es
alcanzada por todos los seres humanos, al libre don y disposición de
Dios, a la gracia.
Ése
es un ejemplo de su intento de combinar la revelación con las exigencias
de su sistema especulativo, un intento para el cual encontró, sin duda,
apoyo en los escritos de anteriores autores cristianos. Por una parte, Juan
Escoto, debido a sus intenciones cristianas, debe atribuir la resurrección,
en un aspecto al menos, a la libre gracia de Dios, operando a través
de Cristo, mientras que, por otra parte, su doctrina filosófica del regreso
de todas las cosas a Dios significa que ha de presentar la resurrección,
en algún grado, como un proceso natural y necesario, no solamente porque
la naturaleza humana como tal ha de regresar a su causa, sino también
porque toda creación ha de regresar a su causa y perdurar eternamente,
y eso lo hace efectivamente en tanto que contenida en el hombre, el microcosmos.
Pero
si ha de tener lugar un regreso cósmico a Dios en y a través de
la naturaleza humana, de modo que Dios, como dice san Pablo, sea "todo
en todo", ¿cómo es posible mantener la doctrina teológicamente
ortodoxa del castigo eterno de los condenados? Las Escrituras enseñan
que los ángeles caídos y los seres humanos que mueren impenitentes
serán eternamente castigados, mientras que, por otra parte, la razón
enseña que el mal no puede ser sin fin, puesto que Dios será todo
en todo, y el mal es diametralmente opuesto a Dios, que es bondad. ¿Cómo
se pueden reconciliar esas dos posiciones sin rechazar o bien la autoridad o
bien la razón?
La
respuesta de Escoto Eriúgena es ingeniosa, y proporciona un buen ejemplo
de sus "racionalizaciones". Nada de lo que Dios ha hecho puede ser
malo: por lo tanto, las substancias o naturalezas de los demonios y de los hombres
malos deben ser buenas. Escoto cita al Pseudo-Dionisio en ese contexto. Los
demonios y los hombres malos nunca sufrirán, pues, aniquilación.
Todo cuanto Dios ha hecho retornará a Dios, y toda "naturaleza"
estará contenida en Dios, incluida la naturaleza humana, de suerte que
es imposible que la naturaleza humana pueda sufrir castigo eterno. ¿Qué
decir, entonces, de los castigos descritos en las Escrituras? En primer lugar,
esos castigos no podrían ser de carácter corpóreo o material,
y, en segundo lugar, solamente pueden afectar a aquello que Dios no ha hecho
y que, en ese sentido, está "fuera" de la "naturaleza".
Ahora bien, Dios no hizo la mala voluntad de los demonios o de los hombres malos,
y eso es lo que será castigado. Pero si todas las cosas han de regresar
a Dios, y Dios ha de serlo todo en todo, ¿cómo puede el castigo
estar contenido en Dios? Además, si ha desaparecido la malicia y toda
la impiedad, ¿qué queda para ser castigado? El castigo debe consistir
en que Dios impedirá eternamente la tendencia de la voluntad a fijarse
en las imágenes, conservadas en la memoria, de los objetos deseados sobre
la tierra. Dios será así todo en todo, y todo el mal habrá
perecido, pero el inicuo será eternamente castigado. Es obvio, sin embargo,
que, desde el punto de vista de la teología ortodoxa, "inicuo"
y "castigado" han de ponerse entre comillas, porque Escoto ha racionalizado
la enseñanza de las Escrituras de modo que satisfaga las exigencias de
su sistema filosófico. Toda naturaleza humana, todos los hombres, sin
excepción, resucitarán con cuerpos espiritualizados y la posesión
plena de sus bienes naturales, aunque solamente los elegidos gozarán
de la "deificación".
La
conclusión es, pues, que la naturaleza divina es el fin y término
de todas las cosas, que regresarán a sus 'rationes aeternas' y morarán
allí, "dejando de ser llamadas por el nombre de criaturas",
porque Dios será todo en todo, "y toda criatura será echada
a las sombras, es decir, cambiada en Dios, como las estrellas al salir el sol".
(...)
De
acuerdo con la tradición neoplatónica heredada a través
del Pseudo-Dionisio, Escoto mantenía que Dios en sí mismo, 'Natura
quae creat et non creatur', es impenetrable a sí mismo, desconocido para
sí mismo, en tanto que infinito y superesencial, y que se hace luminoso
para sí mismo solamente en sus teofanías. Eso es, sin duda, un
eco de la doctrina neoplatónica de que el Uno, la Divinidad última,
está más allá del pensamiento, más allá de
la autoconsciencia, puesto que el pensamiento y la autoconsciencia implican
una dualidad sujeto-objeto. Ahora bien, que Dios en sí mismo es incomprensible
a la mente humana, es ciertamente un dogma cristiano, pero que Dios no es luminoso
para sí mismo, no es una enseñanza del cristianismo. Así
pues, Escoto Eriúgena ha de conciliar de algún modo las dos posiciones,
si quiere mantener la una y la otra, e intenta que sea así haciendo que
la primera teofanía sea la emergencia del Logos que contiene las causas
primordiales, de modo que en el Logos, y a través del Logos, Dios se
hace (aunque no en el tiempo) autoconsciente, apareciendo a sí mismo.
El Logos corresponde así al 'Nous' neoplatónico, y una racionalización
brota del deseo de conservar juntos la doctrina cristiana y los principios que
Escoto ve como la verdadera filosofía. El deseo de conservar la doctrina
cristiana es bastante sincero, pero una tensión entre los dos elementos
es inevitable.
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