Camus
III.H. Sobre
Camus - Historia de la Filosofía de Copleston
Es
muy conocida la afirmación de Albert Camus (1913-1960) de que: "no
hay más que un problema verdaderamente importante: el suicidio. Juzgar
que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la cuestión
fundamental de la filosofía". Ante esta declaración, quizá
parezca propia de un excéntrico su opinión de la filosofía.
Pero lo que Camus da por supuesto es que el hombre anda buscándoles al
mundo, a la vida humana y a la historia un sentido en el que fundamentar sus
ideales y valores. El hombre necesita asegurarse de si la realidad es un proceso
teleológico inteligible que comprende un orden moral objetivo. Es decir,
el hombre desea seguridad metafísica de que su vida forma parte de un
proceso inteligible dirigido hacia una meta ideal, y de que al esforzarse por
lograr sus ideales personales cuenta con el respaldo o con el apoyo del universo
o de la realidad en todo su conjunto. Los grandes dirigentes religiosos y los
creadores de sistemas metafísicos y de concepciones del mundo han procurado
satisfacer esta necesidad. Pero sus interpretaciones del mundo no resisten la
crítica: El mundo acaba revelándosele al hombre clarividente como
falto en absoluto de finalidad o de sentido. El mundo no es racional. De ahí
el sentimiento del absurdo (le sentiment de l'absurd). Hablando con rigor, el
mundo no es en sí absurdo: simplemente es. "El absurdo surge de
esta confrontación entre la llamada de auxilio del hombre y el irracional
silencio del mundo. [...] Lo irracional, la nostalgia humana y el absurdo que
resulta de su confrontación, he aquí los tres personajes del drama
[...]".
El
sentimiento del absurdo puede originarse de diversos modos: por ejemplo, al
percibir la indiferencia de la naturaleza respecto a los valores e ideales del
hombre, al reconocer que el final es la muerte, o al percatarse de pronto de
lo indeciblemente tediosa que es la rutina del vivir. Hay quienes, reflexionando,
llegan a darse cuenta del absurdo, pero entonces adoptan una actitud de escapismo.
Así Karl Jaspers salta de la zozobrante "tabla de náufrago"
de la ansiedad humana al Trascendente, y Leo Chestov da un salto parecido hacia
un Dios que está más allá de la razón. En cambio,
el hombre que, como Nietszche, es capaz de mirar de frente al absurdo de la
humana existencia ve desaparecer el sentido del mundo. De ahí el problema
del suicidio. Pues "ver disipado el sentido de esta vida, ver que nuestra
razón de existir desaparece, es insoportable. No se puede vivir si la
vida no tiene sentido".
Sin
embargo, Camus no recomienda el suicidio. En su opinión, suicidarse significa
someterse al absurdo, capitular. El orgullo y la grandeza del ser humano no
se muestran sometiéndose, ni tampoco mediante ese escapismo en que incurren
los filósofos existenciales ('les philosophes existentiels', como Jaspers),
sino viviendo en la conciencia del absurdo y, no obstante, rebelándose
contra él a base de comprometerse consigo mismo a vivir con la mayor
plenitud e intensidad posible.
Porque
no hay patrones absolutos conforme a los cuales podamos dictaminar cómo
ha de vivir cada hombre. Todo está permitido, según dice Ivan
Karamazoff. Aunque de ello no se sigue que el absurdo "recomiende el crimen.
Esto sería pueril [...] Si todas las experiencias son indiferentes,
la del deber es tan legítima como cualquier otra. Se puede ser virtuoso
por capricho". El hombre del absurdo (l'homme absurd) puede adoptar varias
formas. Una es la de Don Juan, que goza al máximo, mientras es capaz
de gozarlas, cierto tipo de experiencias, aunque sabiendo que ninguna de ellas
tiene significación última. Otra es la del que, reconociendo el
sinsentido de la historia y la absoluta futilidad de la acción humana,
se dedica empero, en su situación histórica, a una causa social
o política. Otra forma es la del artista creador, que sabe de sobra que
tanto él como sus creaciones están condenadas a la extinción
y que, no obstante, consagra su vida a la producción artística.
Y en 'La peste' plantea Camus la cuestión de si es posible ser un santo
ateo. El hombre del absurdo vive sin Dios. Pero de ello no se sigue, ni mucho
menos, que no pueda dedicarse, autosacrificándose, al bienestar de sus
semejantes. Y si lo hace así, sin ninguna esperanza de recompensa y consciente
de que, a fin de cuentas, da lo mismo cómo actúe, demuestra la
grandeza del hombre precisamente en este combinar el reconocimiento de lo fútil
de sus acciones con el vivir sacrificándose y amando. Es posible ser
un santo sin ilusión, sin autoengañarse.
"Si
no se cree en nada, si nada tiene sentido, si no podemos afirmar ningún
valor, cualquier cosa puede permitirse y nada es importante. [...] Se
es libre para encender hornos crematorios o para dedicar la vida a cuidar leprosos.
" De hecho, la revuelta presupone la afirmación de unos valores.
Claro que son creación del hombre. Pero esto no quita que, si me rebelo
contra lo opresión o la injusticia, afirmo los valores de la libertad
y la justicia. En otras palabras, con Camus el absurdo cósmico tiende,
por así decirlo, a retirarse hacia el fondo, y pasa al primer plano un
idealismo moral que no propugna la formación de una élite, de
una aristocracia de hombres superiores a expensas del rebaño, sino que
insiste en que ha de haber para todos libertad y justicia, una libertad y una
justicia auténticas y no esclavitud u opresión que se enmascaren
con tan prestigiosos nombres.
Camus
no fue un admirador de la sociedad burguesa. Pero llegó a comprender
muy bien que la rebeldía contra el orden establecido puede degenerar
en imposición de esclavitud. "El terrible evento del siglo XX fue
el abandono de los valores de la libertad por el movimiento revolucionario,
la gradual retirada del socialismo basado en la libertad ante los ataques de
un socialismo cesarista y militarista." El hombre no puede representar
el papel de espectador de todo el conjunto de la historia, y ninguna empresa
histórica puede ser más que un riesgo o una aventura a la que
quepa atribuir algún grado de justificación racional. Por consiguiente
no es legítimo aducir ninguna empresa histórica para justificar
"el exceso de una posición tiránica y absolutista".
Así, no se justifica el matar y oprimir en nombre del movimiento de la
historia o de un paraíso terrenal que haya de alcanzarse en un impreciso
futuro. Si el nihilismo absoluto puede servir para justificar cualquier cosa,
también sirve para ello el racionalismo absoluto, en el que Dios es sustituido
por la historia. Tocante a sus consecuencias, "en nada difieren las dos
actitudes. Desde el momento en que se las acepta, la tierra se transforma en
un desierto". Dejémonos de absolutos y volvamos a la moderación
y a las limitaciones. "La libertad absoluta es el derecho del más
fuerte a imponer su dominio", con lo cual se prolonga la injusticia. "La
justicia absoluta se logra suprimiendo toda contradicción: así
pues, destruye la libertad. " Es en nombre de los seres humanos vivientes
y no en el de la historia ni en el de una edad futura en el que se nos llama
a rebelarnos contra la opresión y la injusticia actuales, dondequiera
se hallen. "La auténtica generosidad de cara al futuro consiste
en dar todo al presente."
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