Bergson
III.D.
Sobre
Bergson - Historia de la Filosofía de Copleston
En
opinión de (Henri) Bergson ( 1859-1941), la clave de la evolución
de la vida en general hemos de buscarla en la vida interior del hombre. En
nosotros mismos tenemos conciencia, o más bien podemos tenerla, de
un ímpetu vital, un 'élan vital', que se manifiesta en la continuidad
de nuestro propio devenir o duración. Por lo menos como hipótesis
especulativa nos es lícito extrapolar esta idea y postular "un
'ímpetu original' de vida, que va pasando de las semillas de una generación
a las de la generación siguiente por conducto de los organismos desarrollados
que forman el vínculo unitivo entre las generaciones seminales".
Este ímpetu es considerado por Bergson como la causa de las variaciones,
al menos de las pasadas, que produjeron el cúmulo de las nuevas especies.
Su modo de obrar no debe tenerse por análogo al de los artífices
mecánicos que juntan piezas ya preparadas para formar un todo, sino
más bien como una acción organizadora, que procede de un centro
hacia fuera, efectuando la diferenciación en el mismo proceso. El 'élan
vital' tropieza con la resistencia de la materia inerte; y en su esfuerzo
por vencer esta resistencia abre nuevas sendas. De hecho, es el choque de
la "explosiva" actividad del ímpetu vital con la materia
que se le resiste lo que origina el desarrollo de diferentes líneas
y niveles de evolución. En su enérgico actuar creativo, el ímpetu
vital trasciende la fase de organización que ha alcanzado. Por eso
Bergson compara el movimiento evolutivo con el fragmentarse de una bomba al
explotar, siempre que nos imaginemos que los fragmentos son ellos también
otras tantas bombas que a su vez explotan. Cuando el ímpetu vital organiza
con éxito la materia a un cierto nivel, continúase dando el
ímpetu a ese nivel en las series de individuos, miembros de la especie
en cuestión. Pero la energía creadora del 'élan vital'
no se agota a un nivel determinado, sino que se sigue expresando nuevamente.
(...)
Sea
lo que fuere lo que la inteligencia haya llegado a ser en el curso de la historia
humana y del progreso científico del hombre, su rasgo esencial es su
orientación práctica. Está, como el instinto, al servicio
de la vida.
Puesto
que el intelecto humano está orientado originariamente a construir, a
actuar sobre el entorno material del hombre por medio de los instrumentos que
crea, se interesa primero y ante todo por los cuerpos inorgánicos, por
objetos físicos externos a los demás objetos físicos y
distintos de ellos, y, en tales objetos, por las partes consideradas en cuanto
tales, clara y distintamente. En otras palabras, el entendimiento humano tiene
por objeto principal suyo lo que es discontinuo y estable o inmóvil;
y tiene el poder de reducir un objeto a sus elementos constitutivos y de volver
a juntar estos elementos. Naturalmente puede interesarse también por
los organismos vivos, pero tiende a tratarlos del mismo modo que a los objetos
inorgánicos. El científico, por ejemplo, reducirá el ser
vivo a sus componentes físicos y químicos y tratará de
reconstruirlo teóricamente a partir de esos elementos. Para decirlo en
forma negativa, "el entendimiento se caracteriza por una incapacidad natural
para comprender la vida". No puede captar el devenir, la continuidad y
la duración pura en cuanto tales. Trata de encajar a la fuerza lo continuo
en sus propios casilleros o categorías, introduciendo claras y tajantes
distinciones conceptuales que son inadecuadas al objeto. Es incapaz de pensar
la duración pura sin transformarla en un concepto espacializado, geométrico,
del tiempo. Toma, por así decirlo, una serie de fotografías estáticas
de un movimiento creativo continuo, que elude tal tipo de captación.
En fin, el intelecto, aunque admirablemente adaptado para la acción y
para hacer posible el control del medio ambiente (y el del hombre mismo en la
medida en que éste puede convertirse en objeto científico), no
está dotado para captar el movimiento de la evolución, de la vida,
"la continuidad de un cambio que es movilidad pura". Divide el continuo
devenir en una serie de estados inmóviles. Más aún, como
el entendimiento analítico procura reducir el devenir a unos elementos
dados y reconstituirlo a partir de esos elementos, no puede admitir la creación
de algo nuevo e imprevisible. El movimiento de la evolución, la actividad
creatriz del 'élan vital', se representa o bien como un proceso mecánico
o bien como la progresiva realización de un plan preconcebido. En ninguno
de los dos casos queda lugar para la creatividad.
Si
suponemos, con Bergson, que la evolución es la actividad creatriz de
un impulso vital que utiliza y, por así decirlo, eleva a la materia en
su continuo movimiento ascendente, y si, como Bergson asegura, el intelecto
humano o la inteligencia es incapaz de captar este movimiento tal como en realidad
es, síguese de aquí que el intelecto es incapaz de entender la
realidad o que, por lo menos, sólo puede aprehenderla distorsionándola
o caricaturizándola. Bergson dista, pues, mucho de sostener que la función
primordial del intelecto sea conocer la Realidad, con mayúscula, y que
sus funciones de análisis científico y de invención tecnológica
sean secundarias o incluso aplicaciones de inferior grado. Por el contrario,
el intelecto se ha desarrollado ante todo para la acción y para lograr
el control práctico del medio ambiente, y sus usos lógico y científico
le son connaturales, mientras que para lo que no está dotado por la naturaleza
es para captar la Realidad. El hombre es 'homo faber' más que 'homo sapiens'
al menos en lo que concierne a su naturaleza originaria.
Puestas
así las cosas, surge obvia la pregunta de si nos es posible conocer de
algún modo la naturaleza de la realidad, es decir, la realidad tal como
es en sí. Pues ¿qué otros medios tenemos de conocer sino
el intelecto? El instinto podrá estar más próximo a la
vida. Quizá sea, como asegura Bergson, una prolongación de la
vida. Pero el instinto no es reflexivo. Volver al instinto sería abandonar
la esfera de lo que ordinariamente suele llamarse conocimiento. Por lo tanto,
si el pensamiento conceptual es incapaz de captar la verdadera naturaleza de
lo real, del devenir creativo, parece seguirse que nunca podremos conocerlo
y que estamos condenados a vivir contentándonos simplemente con nuestras
propias representaciones ficticias de la realidad.
Ni
que decir tiene que Bergson se hace también una pregunta así,
y trata de responderla. De hecho, la línea principal de su pensamiento
es deducible de lo que ya queda expuesto. Pero en "l'évolution creatrice"
aparece dentro del amplio contexto de la teoría de la evolución
y conectada con la idea de las direcciones o tendencias divergentes del proceso
evolutivo.La inteligencia se interesa por la materia, y "mediante la ciencia,
que es su obra, nos irá revelando cada vez más por completo el
arcano de las operaciones físicas". Pero sólo puede captar
la vida traduciéndola en términos de inercia. El instinto está
orientado hacia la vida, pero carece de conciencia reflexiva. Sin embargo, si
el instinto, que es una prolongación de la vida misma, pudiera ampliar
su objeto y reflexionar también sobre sí, "nos daría
la clave de las operaciones vitales". Y esta idea se verifica en la intuición,
la cual "es instinto que ha llegado a hacerse desinteresado, consciente
de sí, capaz de reflexionar sobre su objeto y de ampliarlo indefinidamente".
La intuición presupone el desarrollo de la inteligencia. Sin este desarrollo,
el instinto habría permanecido fijado a los objetos de interés
práctico, atendiendo sólo a los movimientos físicos. En
otras palabras, la intuición presupone la emergencia de la conciencia
reflexiva, que después se divide en inteligencia e intuición,
correspondiendo respectivamente a la materia y a la vida. "Este desdoblamiento
de la conciencia está, pues, relacionado con la doble forma de lo real,
y la teoría del conocimiento debe depender de la metafísica."
Supongamos
con Bergson que la inteligencia está orientada a la materia y la intuición
a la vida. Supongamos también que la inteligencia desarrollada crea las
ciencias naturales. La implicación obvia es que la filosofía,
puesto que trata de la vida, se basa en la intuición. En efecto, Bergson
nos dice que, si pudiera prolongarse la intuición más allá
de unos pocos instantes, los filósofos estarían todos de acuerdo.
Pero la lástima es que la intuición no se puede prolongar tanto
como para hacer desaparecer inmediatamente los sistemas de filosofía
rivales. En la práctica, ha de haber intercambio entre intuición
e inteligencia. La inteligencia tiene que aplicarse al contenido de la intuición;
y lo que la inteligencia haga de este contenido ha de ser contrastado y corregido
por referencia a la intuición. Tenemos que funcionar, por así
decirlo, con los instrumentos de que disponemos; y la filosofía difícilmente
puede alcanzar el grado de pureza que alcanza la ciencia positiva en la medida
en que ésta se libera de los supuestos y los prejuicios metafísicos.
Ahora bien, sin la intuición la filosofía es ciega.
Bergson
empleaba la intuición de nuestra propia libertad, de nuestra propia actividad
creadora libre, como una clave para penetrar la naturaleza del universo. "El
universo no está hecho, sino que se está haciendo de continuo."
Más precisamente, hay hacer y deshacer. Bergson emplea la metáfora
de un chorro de vapor que sale a alta presión de una caldera, y que al
condensarse vuelve a caer en forma de gotas. "Así, de un inmenso
depósito de vida deben de estar saltando incesantes chorros, cada uno
de los cuales, al recaer, es un mundo." La materia representa la caída,
el proceso del deshacerse, de la degradación, mientras que el movimiento
de la vida en el mundo representa lo que queda del impulso ascencional en el
movimiento invertido. La creación de las especies vivientes se debe a
la actividad creativa de la vida; pero, desde otro punto de vista, las especies
en su autoperpetuarse representan un recaer, una degradación. "Materia
o espíritu, la realidad se nos ha aparecido como un perpetuo devenir.
Se hace o deshace a sí misma, pero nunca es algo (simplemente) ya hecho."
(...)
El
concepto del 'élan vital' tiene algún parecido, de todos modos,
con aquel del alma del mundo que encontrábamos en la filosofía
antigua y en algunos filósofos modernos tales como Schelling. Bergson
habla también del impulso vital como "supra-conciencia" y lo
compara a un cohete cuyos extinguidos fragmentos caen como materia. Además,
emplea la palabra "Dios", describiendo a Dios como "un continuo
surgimiento" o de manera más convencional como "incesante vida,
acción y libertad". En 'La evolución creadora', el concepto
de Dios es introducido simplemente en el contexto de la teoría evolucionaria,
significando un inmanente impulso vital cósmico que no es creador en
el sentido tradicional judeocristiano, sino que usa la materia como el instrumento
para la creación de nuevas formas de vida.
(...)
Bergson
inicia su tratamiento de la moral reflexionando sobre el sentido humano de obligación.
Dista mucho de estar de acuerdo con Kant en cuanto a que la moral se derive
de la razón práctica. Tampoco está dispuesto a otorgar
al concepto de obligación la posición preeminente que ocupa en
la ética kantiana. Al mismo tiempo, Bergson reconoce desde luego que
el sentido de la obligación es un rasgo prominente de la conciencia moral.
Además, concuerda con Kant en que la obligación presupone la libertad.
"Un ser no se siente obligado si no es libre, y toda obligación,
en sí misma, implica libertad." No es posible desobedecer a las
leyes de la naturaleza. Pues éstas son declaraciones del proceder real
de los seres; y si encontramos que algunos seres actúan contra una supuesta
ley, reformulamos la ley de tal modo que cubra las excepciones. En cambio, sí
que es muy posible desobedecer una ley o regla moral. Porque en este caso no
se da necesidad, sino obligación. Cuando se habla de obediencia a las
leyes de la naturaleza, no hay que tomarlo a la letra; pues tales leyes no son
prescriptivas sino descriptivas. En cambio, la obediencia y la desobediencia
a las prescripciones morales son fenómenos corrientes.
La
cuestión que Bergson plantea es la de la causa o la fuente de la obligación.
Y la respuesta que da es que su fuente es la sociedad. Vale decir, que obligación
significa presión social.La voz del deber no es algo imperioso, algo
que venga de otro mundo; es la voz de la sociedad. El imperativo social pesa
sobre el individuo en cuanto tal. Por eso se siente él obligado. Pero
el individuo humano es también miembro de la sociedad. De ahí
que durante mucho tiempo observemos las reglas sociales sin reflexión
y sin experimentar en nosotros ninguna resistencia. Sólo al experimentar
tal resistencia somos de hecho conscientes de un sentido de la obligación.
Y como estos casos son infrecuentes en comparación con el número
de veces que obedecemos más bien de un modo automático, es erróneo
interpretar la vida moral en términos de un hacerse violencia, un vencer
la inclinación, y así sucesivamente. Teniendo el hombre, como
tiene, su "yo social", su aspecto sociable, es generalmente proclive
a adaptarse a la presión social. "Cada uno de nosotros pertenece
a la sociedad tanto como se pertenece a sí mismo." Cuanto más
ahondamos en la personalidad, más inconmensurable resulta. Pero lo que
es evidente es que en la superficie de la vida, donde principalmente moramos,
hay una solidaridad social que nos inclina a adaptarnos sin resistencia a las
presiones sociales.
Bergson
se toma la molestia de argüir que este tipo de visión no implica
que el individuo que viviese solo no tendría conciencia de deberes, sentido
de obligación. Pues dondequiera que vaya, hasta en una isla desierta,
el hombre lleva consigo su "ego social". Está aún unido
en espíritu a la sociedad, que sigue hablándole en su pensamiento
y en su lenguaje, los cuales han sido formados por la sociedad. "Generalmente,
el veredicto de la conciencia es el que sería dado por el ego social."
(...)
Por
sociedad entiende Bergson, en el contexto, cualquier "sociedad cerrada",
según él se expresa. Puede ser una tribu primitiva o un Estado
moderno. Con tal que sea una sociedad concreta que tenga conciencia de sí
como tal sociedad, distinta de otros grupos sociales, es, en la terminología
de Bergson, una sociedad cerrada. Y de la sociedad así entendida es de
donde emana la obligación; y la función de la presión social,
que da origen al sentido de obligación en los individuos miembros de
la sociedad, es mantener la cohesión y la vida de esa sociedad.
(...)
Por
lo tanto, si personificamos a la naturaleza, como Bergson tiende a hacerlo,
puede decirse que la presión social y la obligación son los medios
empleados por la naturaleza para asegurar la cohesión y la conservación
de la sociedad cuando emerge el hombre en el proceso de la evolución
creadora. La moral de la obligación es, pues, de origen infraintelectual,
en el sentido de que es la forma que adopta en la sociedad humana la actividad
instintiva de los miembros de las sociedades infrahumanas.
La
cohesión de una sociedad no queda permanentemente asegurada, como es
obvio, por la simple presión para que se observen unas reglas que serían
clasificadas como reglas morales entre los miembros de una sociedad avanzada,
acostumbrados a distinguir entre convencionalismos sociales y normas éticas.
Una sociedad primitiva, si se la considera desde un punto de vista, hace extensivo
el alcance de la obligación moral a reglas de conducta que nosotros probablemente
no clasificaríamos como normas morales. Conforme se amplía la
experiencia y progresa la civilización, la razón humana empieza
a distinguir entre las normas de conducta que todavía siguen siendo necesarias
o auténticamente útiles para la sociedad y aquellas otras que
ya no son necesarias o útiles. Empieza también a distinguir entre
las reglas que se ve que son imprescindibles para la cohesión y la conservación
de cualquier sociedad tolerable y de los convencionalismos que difieren de una
sociedad a otra. Además, cuando un código de conducta tradicional
ha sido alguna vez puesto radicalmente en cuestión por la inteligencia
humana, la mente suele buscar razones que apoyen ese código. La razón
tiene, por consiguiente, mucho que hacer en el campo ético. Pero esto
no quita que la ética de la obligación sea, de suyo, de origen
infraintelectual. La razón no la origina, sino que empieza a operar sobre
lo que ya hay, clarificando, discriminando, poniendo en orden y defendiendo.
La
moral de la obligación, propia de la sociedad cerrada, no abarca todo
el campo de la moral según lo considera Bergson. Cae bien él en
la cuenta de que el idealismo moral de quienes han incorporado a sus propias
vidas valores y patrones más altos y de más universal efecto que
los códigos éticos ordinarios en las sociedades a que pertenecen
no se puede explicar con facilidad en términos de presión social
de un grupo cerrado. De ahí que afirme la existencia de un segundo tipo
de moral que difiere en especie de la moral de la obligación y que se
caracteriza por el llamamiento y la aspiración, siendo propia del hombre
en cuanto hombre o de la sociedad ideal de todos los seres humanos más
bien que del grupo cerrado en cualquiera de sus formas. Considérese por
ejemplo un personaje histórico que no sólo proclama el ideal del
amor universal sino que también lo incorpora a su propia personalidad
y vida. El ideal, así asumido, actúa por atracción y llamamiento
y no por presión social; y quienes responden al ideal son atraídos
por el ejemplo más bien que impelidos por el sentido de la obligación
que expresa la presión de un grupo cerrado.
Esta
moral abierta y dinámica ("abierta", en el sentido de que es
necesariamente universal, aspirando a unir a todos los seres humanos; "dinámica"
porque se esfuerza en cambiar la sociedad y no sólo en conservarla tal
cual es) es, para Bergson, de origen supra-racional. La moral de la obligación
tiene, según hemos visto, un origen infraintelectual, siendo el análogo,
al nivel humano, de la constante e indefectible presión del instinto
en las sociedades infrahumanas. Pero la moral abierta se origina en un contacto
entre los grandes idealistas y profetas morales y la fuente creadora de la vida
misma. Es, en efecto, el resultado de una unión mística con Dios,
que se expresa en el amor universal. "Las almas místicas son las
que han arrastrado y continúan arrastrando tras sí a las sociedades
civilizadas."
Hay
una inclinación natural a pensar que todo es cuestión de grado,
y que el amor a la tribu puede convertirse en amor a la nación y éste
en amor a todos los hombres. Pero Bergson no admite semejante cosa. Las morales
cerrada y abierta difieren, según él, en especie y no sólo
en grado. Aunque la moral abierta implica, de hecho, el ideal del amor universal,
se caracteriza esencialmente no tanto por su contenido (que, tomado en sí
mismo, podría ser lógicamente una extensión del contenido
de la moral cerrada) cuanto por un impulso vital en la voluntad que es del todo
diferente de la presión social u obligación. Este ímpetu
o impulso vital, descrito también por Bergson como "emoción",
es de origen supra-racional. En términos de la teoría de la evolución,
expresa el movimiento creativo de la vida ascendente, mientras que la moral
cerrada representa más bien un cierto depósito fijo de este movimiento.
Como
Bergson insiste en la diferencia entre los dos tipos de moral, los trata, naturalmente,
uno después de otro. Pero aunque piensa que la sociedad humana primitiva
estuvo dominada por la mentalidad cerrada, reconoce desde luego que, en la sociedad
actual, los dos tipos no sólo coexisten sino que se interpenetran. Podemos
ver, por ejemplo, cómo se manifiestan ambos tipos en una nación
cristiana. Lo mismo que cabe considerar por separado la memoria pura y la percepción
pura, aunque en la percepción concreta se interpenetran, así también
podemos y debemos distribuir y considerar separadamente las morales cerrada
y abierta, aunque en nuestro mundo actual coexistan y se mezclen.
En
el unirse los dos tipos de moral es un factor importante la razón o inteligencia
humana. Tanto el enfoque infraintelectual de la presión social como el
llamamiento supra-intelectual son proyectados, por así decirlo, al plano
de la razón en la forma de representaciones o ideas. La razón,
actuando como intermediaria, tiende a introducir universalidad en la moral cerrada
y obligación en la moral abierta. Los ideales presentados por la moral
abierta sólo llegan a hacerse efectivos en la sociedad en tanto en cuanto
son interpretados por la razón y armonizados con la moral de la obligación,
mientras que la moral cerrada recibe de la moral abierta un influjo de vida.
Así pues, en su actual forma concreta la moral incluye tanto "un
sistema de 'ordenes' dictadas por 'impersonales' exigencias sociales como un
grupo de 'llamamientos' hechos a la conciencia de cada uno de nosotros por las
'personas' que representan lo mejor que hay en la humanidad".
Aunque
las morales cerrada y abierta se mezclan la una con la otra, sigue habiendo
una tensión entre ellas. La moral abierta trata de infundir nueva vida
y de introducir nuevos puntos de vista en la moral cerrada, pero ésta
tiende a echar abajo, digámoslo así, a aquélla, convirtiendo
lo que es esencialmente llamamiento y aspiración en un código
fijo y minimizando o destrozando los ideales. Sin embargo, puede considerarse
posible el avance moral del hombre. En el capítulo último de "Las
dos fuentes de la moral y de la religión" observa Bergson que la
tecnología moderna ha posibilitado la unificación del hombre en
una sociedad. Claro que podría llegarse a tal unificación por
el triunfo de un imperialismo que representaría simplemente la mentalidad
cerrada a gran escala. Pero también podemos imaginarnos una sociedad
verdaderamente humana en la que el factor unitivo fuese la libre respuesta del
hombre a los más altos ideales y no la fuerza bruta y el poder tiránico
de un imperialismo mundial. En tal sociedad la obligación no desaparecería,
pero sería transformada por la respuesta del hombre a ideales que son,
en definitiva, la expresión de un influjo de vida divina tal como se
lo transmiten a la sociedad las personas que se han abierto a la vida divina.
Ya
hemos tenido ocasión de referirnos a un tema religioso, el del misticismo,
en relación con la moral abierta. Pero Bergson distingue, como era de
esperar, entre dos tipos de religión, calificándolos respectivamente
de estático y dinámico. Corresponden a los dos tipos de moral,
siendo de origen infraintelectual la religión estática y supraintelectual
la dinámica.
Imaginémonos
que a una abeja o a una hormiga se la dota de pronto de inteligencia y conciencia
de sí. Naturalmente, el insecto tenderá a actuar en su propio
interés privado en vez de seguir sirviendo a la comunidad. En otras palabras,
la inteligencia, desde el momento en que emerge en el curso de la evolución,
es un poder potencialmente disolvente respecto al mantenimiento de la cohesión
social. La razón es crítica y cuestionadora; capacita al hombre
para usar su iniciativa y, con ello, pone en peligro la unidad y la disciplina
sociales. (Observa Bergson que aunque la razón puede convencer a una
persona de que promoviendo la felicidad de los demás promueve la suya
propia, ha costado siglos de cultura producir un J. St. Mill, y éste
"no ha convencido a todos los filósofos: cuánto menos a la
gran masa de la humanidad"). Sin embargo, la naturaleza no se queda sin
saber qué hacer. Pónese entonces en funcionamiento lo que Bergson
llama la facultad mitificadora, y aparece la deidad protectora de la tribu o
de la ciudad "prohibiendo, amenazando, castigando". En la sociedad
primitiva, la moral y la costumbre se identifican, y la esfera de la religión
coincide con la del uso social. Los dioses protegen la estructura de lo consuetudinario
imponiendo la observancia de las costumbres y castigando la desobediencia aun
en el caso de que la infracción no sea conocida por los demás
hombres.
Por
otro lado, aunque el impulso vital aparta de los animales la imagen de la muerte
y no hay razón para suponer que un animal pueda tener nunca noción
de la inevitabilidad de su propia muerte, el hombre sí que es capaz de
concebir que él morirá, en realidad, inevitablemente. ¿Qué
es lo que hace aquí la naturaleza? "A la idea de que la muerte es
inevitable le opone la imagen de la continuación de la vida después
de la muerte; esta imagen, introducida por la naturaleza en el campo de la inteligencia,
vuelve a poner las cosas en orden." La naturaleza alcanza así dos
fines: el de proteger al individuo contra el deprimente pensamiento de la inevitabilidad
de la muerte, y el de proteger a la sociedad. Porque una sociedad primitiva
necesita la presencia y la permanente autoridad de los antepasados.
Además,
como el hombre primitivo es extremadamente limitado en cuanto a su poder de
influir sobre el medio ambiente y controlarlo, y como constantemente se ve forzado
a reconocer lo mucho que dista de lograr con sus acciones los resultados apetecidos,
la naturaleza o el impulso vital hace aparecer en él la imagen de unas
potencias amigas a las que crea interesadas en ayudarle y a las que pueda elevar
preces. (Añade Bergson que una consecuencia lógica del creer en
potencias amigas es el creer también en potencias enemigas, adversas
o antagónicas. Pero, según él, esta segunda creencia es
derivativa e incluso una degeneración, pues el impulso vital es optimista).
En
general, pues, la religión estática es definible como "una
reacción defensiva de la naturaleza contra lo que en el ejercicio de
la inteligencia pudiera haber de deprimente para el individuo y de disolvente
para la sociedad". Vincula al hombre con la vida y al individuo con la
sociedad por medio de mitos. Se la encuentra ante todo, de una forma u otra,
entre los primitivos; pero de esto no se sigue, naturalmente, que cese con el
hombre primitivo. Por el contrario, ha seguido floreciendo. Ahora bien, decir
esto equivale a decir que la mentalidad primitiva ha sobrevivido en la civilización.
Lo cierto es que todavía sobrevive, aunque el desarrollo de la ciencia
natural ha contribuido, sin duda, poderosamente al descrédito de los
mitos religiosos. Bergson opina que, si en una guerra moderna ambas partes contendientes
se muestran confiadas en tener a Dios de su lado, se está manifestando
con ello la mentalidad propia de la religión estática. Pues aunque
ambas partes hagan profesión de invocar el mismo Dios, al Dios de toda
la humanidad, cada una de ellas tiende a tratarlo, en la práctica, como
a una deidad nacional. También la persecución religiosa era una
expresión de una mentalidad primitiva y de la religión estática.
Pues se tomaba por criterio de la verdad de algo el que el tal algo fuese creencia
universal de una sociedad. De ahí que a la increencia no pudiera vérsela
con ecuanimidad. Se consideraba que la creencia común era un ingrediente
necesario de la solidaridad o cohesión social.
En
cuanto a la religión dinámica, su esencia es el misticismo, cuyo
resultado último es "un contacto y, por consiguiente, una parcial
coincidencia con el esfuerzo creativo del que es manifestación la vida.
El esfuerzo es de Dios, si no es Dios mismo. El gran místico es un individuo
que trasciende los límites asignados a la especie por su naturaleza material
y continúa así y prolonga la acción divina. Tal es nuestra
definición". Para Bergson, por lo tanto, el misticismo completo
no quiere decir sólo un movimiento hacia arriba y hacia dentro que culmina
en un contacto con la vida divina, sino también un movimiento complementario
hacia abajo o hacia fuera, por el que, a través del místico, se
le comunica a la humanidad un nuevo impulso de la vida divina. En otras palabras,
Bergson concibe lo que llama él "misticismo completo" como
algo que produce actividad en el mundo. Y, en cambio, al misticismo consistente
sólo en apartarse de este mundo para centrarse en Dios, o cuyo resultado
sea una captación intelectual de la unidad de todas las cosas, matizada
de simpatía o de compasión pero no de actividad dinámica,
lo considera él incompleto. Y encuentra que un misticismo así
está representado especial aunque no exclusivamente por los místicos
del Oriente, mientras que "el misticismo completo es, en efecto, el de
los grandes místicos cristianos".
(...)
El
misticismo, según Bergson, puede aclararnos algo acerca de la divina
naturaleza. "Dios es amor y es objeto de amor: he aquí toda la contribución
del misticismo." Bergson suele escribir de una manera impresionista, y
no es precisamente su fuerte el ponerse a resolver las dificultades como un
profesional de la lógica. Pero su tesis general es clara: la reflexión
sobre la evolución debe convencernos de que hay una energía creadora
inmanente que opera en el mundo, y la reflexión sobre la "religión
dinámica " o misticismo derrama ulterior luz para comprender la
naturaleza de ese principio de vida, revelándonoslo como amor. (Huelga
decir que fueron las largas reflexiones de Bergson sobre el misticismo las que
le pusieron a punto de contemplar el adherirse formalmente al catolicismo).
En
segundo lugar, si "la energía creadora debe ser definida como amor",
tenemos derecho a concluir que la creación es el proceso por el que Dios
trae al ser "a otros creadores, para tener junto a sí a unos seres
dignos de su amor". En otras palabras, la creación aparece como
un fin o una meta: traer a la existencia al hombre y transformarle mediante
el amor. En el capítulo final de "Las dos fuentes", Bergson
contempla el avance de la tecnología como la progresiva construcción
de lo que cabría describir como un cuerpo (la unificación de la
humanidad a los niveles de la civilización material y de la ciencia),
y la función de la religión mística como la de infundir
un alma en ese cuerpo. El universo aparece así como "una máquina
de hacer dioses", una humanidad deificada, en cuanto transformada mediante
un influjo del amor divino. Recházanse las objeciones que tienen por
base la insignificancia física del hombre. La existencia del hombre presupone
unas condiciones, y estas condiciones presuponen otras. El mundo es la condición
para la existencia del hombre. Esta concepción teleológica de
la creación quizá parezca contradecir el anterior ataque de Bergson
contra toda interpretación de la evolución en términos
finalísticos. Pero lo que entonces tenía en su mente era, desde
luego, el tipo de esquema finalístico que suele incluir el determinismo.
En
tercer lugar, Bergson piensa que el misticismo derrama luz sobre el problema
de la supervivencia. Pues podemos considerar la experiencia mística como
una participación en la vida que es capaz de un indefinido progreso.
Habiendo establecido ya que la vida del espíritu no puede en ningún
caso ser descrita con propiedad en términos puramente epifenomenistas,
la ocurrencia del misticismo, que "presumiblemente es una participación
en la esencia divina", añade probabilidad a la creencia de que el
alma sobrevive después de la muerte del cuerpo.
Así
como Bergson ve los tipos abierto y cerrado de la moral interpenetrarse el uno
con el otro en la vida moral del hombre tal como existe en la realidad, así
también ve la religión real como un mezclarse varios grados de
las religiones estática y dinámica. Por ejemplo, en el cristianismo
histórico podemos ver el impulso de la religión dinámica
manifestándose recurrentemente; pero también podemos discernir
multitud de rasgos de la mentalidad característica de la religión
estática. Lo ideal es que la religión estática sea transformada
por la religión dinámica; pero, aparte de casos límite,
en la práctica se entremezclan las dos.
(...)
Que
Bergson mantiene un dualismo psicológico de alma y cuerpo está
bastante claro. También lo está que en su teoría de la
moral y la religión hay un dualismo de orígenes. Esto es, se dice
que la moral cerrada y la religión estática son de origen infraintelectual,
mientras que se califica de supraintelectual el origen de la moral abierta y
de la religión dinámica. Pero Bergson intenta unir el alma y el
cuerpo por medio del concepto de acción humana. Y en su teoría
de la moral y la religión los diferentes tipos de moral y de religión
son todos explicados últimamente en términos de la divina actividad
y finalidad creadora. A pesar, pues, de los rasgos dualistas de su filosofía,
Bergson proporciona los materiales para una línea de pensamiento como
la de Teilhard de Chardin, que es de carácter "monista".
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