Idea-límite
III.A._
Sobre Wundt - Historia de la
filosofía de Abbagnano.
(Wilhelm)
Wundt (1832-1920) vuelve al concepto de Schopenhauer de la voluntad como única
sustancia del mundo. Pero la voluntad de que él habla no es una realidad
en sí, un nóumeno trascendente, como Schopenhauer la concebía,
sino que se manifiesta y se realiza exclusivamente en la acción recíproca
de las voluntades particulares y, por tanto, en el desarrollo evolutivo de
las comunidades a que da lugar. Este desarrollo se dirige hacia la idea de
la unidad infinita de la voluntad o de una "comunidad de voluntad"
perfecta. La comunidad de las voluntades del género humano es también
el último fin de toda acción moral. También en este punto
Wundt permanece fiel a la ética positiva, que ha hecho de la humanidad
el fin moral supremo. Pero la humanidad es definida por él como concordancia
y unidad de las voluntades individuales, y, puesto que tal concordancia y
unidad no se realizan nunca perfectamente, nace la idea de una unidad absoluta,
que es la idea de Dios. Esta idea no puede ser demostrada, pero puede ser
considerada como el presupuesto último al que llega el pensamiento,
en cuanto pasa de la experiencia del progreso a un fundamento del mismo, más
allá de todos sus límites reales. La idea de Dios es así,
para Wundt, una idea-límite del progreso humano, idea-límite
que es tomada al mismo tiempo como fundamento de la unidad que el mismo progreso
realiza. (Historia de la Filosofía III, Abbagnano, p.309).
_ Sobre
Mc Taggart - Historia de la filosofía de Abbagnano.
John
Mc Taggart (1866 - 1925) llega a impugnar el mismo principio fundamental
de Hegel: el de la racionalidad de lo real. La realidad no puede revelarse al
hombre en su perfecta racionalidad, ya que, si no otra cosa, implica siempre
la contingencia de los datos sensibles, sin los cuales las mismas categorías
de la razón están vacías, y la insatisfacción de
nuestros deseos, que no debería verificarse en un universo perfecto.
El proceso dialéctico implica esta imperfección porque, mientras
existe, no hay perfección, ya que el proceso tiende a una síntesis
que está lejos de verificarse. Pero si el proceso dialéctico pertenece
al espíritu finito, que vive en el tiempo y se aproxima gradualmente
al futuro, esto coloca el absoluto en el futuro del proceso mismo, esto es,
en el último estadio de una serie de la cual los otros estadios se presentan
como temporales. La idea eterna e infinita está, pues, al final del proceso
temporal, y es calificada, por tanto, no por la determinación de la contemporaneidad
y del presente, sino por la del futuro. El absoluto no es un eterno presente
según la concepción clásica, que el hegelianismo primitivo
y el mismo idealismo inglés habían admitido, sino que es más
bien el término del futuro. El tiempo urge hacia la eternidad y cesa
en la eternidad. Esto hace posible esperar el triunfo final del bien en el mundo.
(H. de la F. III, Abbagnano, p. 415).
Mc
Taggart concluye su obra con la esperanza que ya había formulado en sus
análisis hegelianos, a saber: que debiéndose entender el absoluto
no como presente sino como futuro, deberá realizarse como un bien infinito
después de un período finito, aunque tal vez larguísimo,
de tiempo; y deberá realizarse como estado de amor perfecto, comparado
con el cual incluso el más alto rapto místico no es más
que un ensayo aproximativo y lejano. Para Mc Taggart, el pasado y el presente
son manifestaciones imperfectas y preparatorias del futuro. Esta es sin duda
una repetición del concepto de Fichte y Schelling del progreso necesario
de la historia, pero con la diferencia de que el progreso no es infinito, sino
que se dirige a un término que será alcanzado después de
un largo, aunque finito, período de tiempo. (H. de la F. III, Abbagnano,
p. 418).
<pág.ant._____________________________________________________________________________________________pág.sgte>