Teísmo
II.B De
"Evolución, marxismo y cristianismo"(1966) - capítulo
de Anthony O. Dyson (teólogo y ministro anglicano).
En
un artículo escrito para el periódico literario francés
"Europe", el profesor (y filósofo marxista) Roger Garaudy
citó las siguientes palabras de Teilhard de Chardin: <<Como me
complazco en decir, la síntesis del Dios "arriba" cristiano
y el Dios "al frente" marxista es el único Dios al cual podemos
desde ahora adorar en espíritu y en verdad>>. (...) (A continuación,
Garaudy hizo el siguiente comentario:) <<Por más que esta fórmula
pueda resultar osada y ampliamente comprensiva para un cristiano, un marxista
no puede aceptarla ni en la forma ni en el contenido, porque su movimiento
"al frente", o hacia adelante, no es inspirado por una fe religiosa,
y repudia al Dios "arriba". Precisamente en este punto existe, entre
cristianos y marxistas, una oposición fundamental e irreductible. Nosotros,
los marxistas, no creemos que el progreso del hombre tenga un "fin",
un final. Para nosotros, el comunismo no es el final de la Historia, sino
el final de la prehistoria, y el principio de una historia característicamente
humana que se ha de prolongar a una distancia infinita. Y menos aún
creemos que este final pueda encontrarse en el "más allá".
Así, no cabe un encuentro en este ámbito.>>
Garaudy
parece formular tres principales objeciones a la noción cristiana de
Dios:
I)
que esté "arriba", es decir, fuera y más allá
de la historia humana,
II)
que esté externamente en disposición de guillotinar la marcha
de la historia humana en algún punto arbitrario pero definido del futuro,
III)
y, a causa de estos dos primeros puntos, que esta noción de la trascendencia
de Dios, en cuanto que implica para el hombre resolver sus problemas intelectuales
desde el exterior, pone un freno al vuelo prometeico de la aventura humana por
el hecho de ser un rival absoluto de su independencia.
Esto
suscita la cuestión de si Garaudy rechaza de hecho el teísmo,
en el sentido final de la palabra, o un determinado marco conceptual en el cual
ha sido presentada la idea de Dios. Por mi parte, defenderé la última
hipótesis, y sugeriré que las objeciones de Garaudy (presentadas
por él con gran finura, aunque yo las he resumido de manera harto cruda)
repudian las líneas principales de lo que podríamos llamar el
"teísmo clásico".
A
nivel teológico, se plantea actualmente la cuestión, de manera
general, de si el Dios del teísmo clásico no se encuentra tan
alejado del Dios proclamado en el Antiguo y el Nuevo Testamento que apenas tiene
algún parecido con él. El Dios del teísmo clásico,
un ser intemporal, asocial y absoluto, el "Dios de los filósofos"
de Pascal, el Dios al cual se llega por las cinco vías de santo Tomás
de Aquino y por la bifurcación mente-materia de Descartes, el Dios derribado
con tanto vigor por Kant y Hume, parece una invención de los metafísicos,
fabricada en parte mediante una fusión de ideas platónicas y aristotélicas,
y por analogía con los métodos de "laboratorio" de una
nueva ciencia natural. La gradual erosión de esta noción de Dios
no es un fenómeno nuevo y no queda confinada a los análisis marxistas.
A lo largo de los últimos ciento cincuenta años ha sufrido ataques
de todos los lados. En las ciencias naturales ha sido destronado aquel Dios
externo, extraño, que intervenía en todo. Como dijo Charles Kingsley:
<<Ahora se han librado de un Dios entrometido --un "amo-mago",
como lo llamo yo--, y tienen que elegir entre el imperio absoluto del accidente
o un Dios viviente, inmanente, en continua acción>>.
En
filosofía, el Dios depuesto es un Ser Absoluto, absoluto por analogía
con nuestro ser relativo y contingente. También la psicología
freudiana ha disuelto esta noción de Dios por otros medios. La literatura
moderna aparece repleta de versiones de este rechazo, tales como, citando al
azar, Rilke, Samuel Beckett y el Teatro del Absurdo. También el existencialismo
debe ser entendido, en parte, como una protesta contra el Dios del teísmo
clásico. El recurso de Martin Heidegger a los filósofos presocráticos
y a la poesía de Hölderlin en busca de un modo prelógico
de pensamiento no es oscurantismo, sino un intento de escapar a las tendencias
objetivizadoras y materializadoras de la tradición filosófica
que dio forma a la cultura y la religión occidentales.
He
insistido con cierta extensión sobre este punto porque, en mi opinión,
para nuestro diálogo actual es esencial reconocer que lo que a menudo
parece, a primera vista, una repudiación del teísmo como tal,
probablemente no es sino la repudiación de una determinada forma de teísmo,
a saber, el que he llamado "teísmo clásico". Al mismo
tiempo, esto significa que debemos ponernos en guardia contra una asignación
excesivamente suelta de la palabra "teísmo". Debemos reflexionar
lo bastante para definir qué clase de teísmo suscita la incredulidad.
Y en este aspecto me sitúo al lado de Schubert Ogden cuando escribe:
<<Lo que caracteriza hoy a la humanidad occidental no es un mayor grado
de incredulidad existencial en Dios, sino un disentimiento teórico cada
vez más extendido de las aserciones del teísmo clásico.>>
Es precisamente dentro de esta línea que debe entenderse
la conferencia de Frankfurt del obispo Robinson "¿Puede una persona
realmente contemporánea NO ser atea?" En esta conferencia acepta
en buena parte la crítica atea según la cual Dios es intelectualmente
superfluo, emocionalmente innecesario y moralmente intolerable, es decir, Dios
<<tal como "Dios" ha sido entendido tradicionalmente>>.
Dos
características de este teísmo clásico resultan particularmente
relevantes para mi actual argumentación.
I.
Todo el proceso natural e histórico que llamamos cosmos se halla sin
relación alguna con el ser de este Dios. De hecho, la doctrina tradicional
de la Redención, en Occidente, se refiere al rescate del hombre DE este
proceso. Se exige una forma de bondad negadora del mundo que asegurará
la propia liberación de este valle de lágrimas en el cielo. Según
el texto del servicio funeral anglicano, la muerte nos libera de las miserias
de este mundo pecador. Puesto que la redención del hombre ya ha sido
perfeccionada, potencialmente, por obra de Cristo, a Dios sólo le resta
consumar el acto de Cristo mediante un "fiat" arbitrario que lleve
al mundo a su fin.
II.
Negativamente, el efecto de esta idea de salvación estriba en declarar
desprovisto de sentido el esfuerzo humano y toda labor en pro de un mundo mejor.
El futuro se halla cerrado y determinado, y nada de cuanto haga el hombre puede
afectar materialmente al destino del cosmos. Dicho de otro modo, una visión
estática de Dios, de Cristo y de la Redención es impuesta a un
mundo concebido estáticamente, de tal suerte que el hombre es tratado
como un ser ahistórico.
Está
claro que únicamente he podido ofrecer una caricatura de las principales
llagas del rostro del teísmo tradicional. Pero estoy dispuesto a defender
mi crítica con todo detalle y a insistir en que esta visión del
mundo ha penetrado profundamente en la conciencia introspectiva cristiana de
Occidente, como lo demuestran los himnos, la liturgia, la predicación,
y la apologética popular. Podemos aceptar, por consiguiente, la crítica
marxista contra el teísmo clásico como ampliamente justificada.
Por otra parte, ello no debe inquietar nuestra conciencia. Porque este determinado
tipo de teísmo, como todas las formulaciones de doctrina, es un fenómeno
relativo e históricamente condicionado, cuya génesis empírica
sería perfectamente posible reconstruir si tuviéramos tiempo,
capacidad y energía suficientes, con las adecuadas herramientas eruditas.
Además, cumplió su cometido en el pasado, por ejemplo librando
al mundo, al menos en principio, del hado y el azar, y creando así el
cosmos ordenado en el cual el método científico pudo desarrollarse.
Pero ahora debemos reconocer que las objeciones contra el Dios del teísmo
clásico son tan graves que nos obligan a una nueva reflexión.
Para
la teología cristiana el panorama general ha sido cambiado por dos factores
complementarios.
I.
La invalidación del fundamentalismo bíblico por el movimiento
crítico-histórico de los siglos XIX y XX, cuyo efecto ha sido
despojar a los acontecimientos de la narración bíblica de una
condición dogmática extrínseca garantizada por una teoría
de la inspiración, y reintegrarlos a la única corriente de la
historia humana, en la cual ocurrieron y a la cual pertenecen. Así, actualmente
ya no es defendible el intento de adaptar una filosofía o cosmología
inapropiadas a la narración bíblica mediante el uso forzado de
textos de prueba, dando así a la filosofía o a la cosmología
en cuestión un carácter canónico.
II.
La revolución histórica, que empezó a fines del siglo XVIII
con la obra de los historiadores de Götingen y se desarrolló bajo
el impacto del movimiento romántico, y la revolución científica
del siglo XIX (especialmente el darvinismo) han hecho que la visión estática
del mundo resulte tan inapropiada para la teología como el atomismo para
la física moderna.
En
consecuencia, la teología se ve obligada a someterse a una nueva revolución
copernicana. Teilhard, en el importantísimo ensayo "Christologie
et évolution" (inédito), escribió que la reciente
transformación, todavía incompleta, que ha conducido a ver al
Universo no como una realidad estática, sino como una realidad evolutiva,
lleva en sí todas las señales de un desarrollo profundo y definitivo.
Las
repercusiones de la hipótesis evolucionista de Teilhard en la teología
son formidables.
<<Miremos
honradamente al mundo tal como se presenta actualmente a la luz de la razón.
No aquel mundo de 4.000 años de antigüedad, rodeado por sus 8 ó
9 esferas, en términos del cual fueron escritos nuestros libros de texto
de teología, sino el universo que hoy día vemos emerger orgánicamente
de un tiempo y un espacio ilimitados>>.
Su
visión de la cosmogénesis significa que la teología ha
de decidirse a un arreglo con el hecho de un pasado real y un futuro real. Significa
que toda la teología se halla situada en un mundo cambiante, para el
cual el lenguaje del teísmo clásico es irrelevante. Así,
Teilhard escribe: <<Estoy profundamente convencido de que hemos llegado
precisamente a este delicado punto de reajuste necesario>>.
Ahora
bien, si el resto de este artículo debe ser entendido en lógica
sucesión con lo que he dicho hasta ahora, es esencial captar hasta qué
punto inicia Teilhard su tarea de reajuste teológico. Empieza no con
la doctrina de Dios sino con la persona de Cristo. Ésta es una característica
crucial de la metodología de Teilhard, que contiene numerosas implicaciones
que mencionaré más adelante. Se ha dicho, con razón, que
"amputar (su obra) de su dimensión cristológica sería
mutilarla irrevocablemente". "Cristo es la llave de arco de su visión".
A
primera vista, puede parecer que Teilhard se limita a sustituir un factor trascendente
alienador (el Dios del teísmo clásico) por otro (el Cristo de
los credos tradicionales). Pero no es éste el caso. Aplicando la noción
tradicional de la Encarnación a un cosmos evolucionista donde "se
descubre que la existencia de la menor mónada se halla ligada y sincronizada
con la evolución total de las cosas", síguese de ello que
la asunción de la "carne" por parte de Cristo lo une de manera
inmanente al orden cósmico total en todos los niveles, y al pasado, al
presente, y al futuro. Y puesto que para Teilhard "Dios no se presenta
a los seres finitos como una entidad inmediatamente aprehensible excepto en
Cristo", de ello se infiere que la forma en que podemos hablar propiamente
de Dios es en términos de Cristo como inmanente y operativo dentro del
cosmos conocido. <<Por su Encarnación (Cristo) se insertó
no solamente en la Humanidad, sino en el Universo que comprende a la Humanidad;
no sólo convirtiéndose en un elemento asociado, sino con la dignidad
y la función de un principio directivo, de un Centro hacia el cual convergen
todo el amor y la afinidad>>. Nos reafirmamos en ello cuando examinamos
los títulos que Teilhard da a Cristo. El Cristo histórico, un
fenómeno histórico dentro del orden cósmico. El Cristo
evolutivo, animando la evolución total del cosmos desde dentro. El Cristo
humanizador, que soporta y provoca la progresiva humanización del cosmos.
El Cristo universal, centro inmanente del cosmos. El Cristo Omega, que anima
al cosmos en dirección a un punto de madurez donde Cristo será
el instrumento para realizar su destino último, que es un misterio del
cual nada sabemos.
<<Ha
llegado la hora, bajo la presión de los hechos, de volver a una forma
física, más orgánica, de cristología. Un Cristo
que no es solamente el amo del mundo porque ha sido declarado tal, sino porque
lo anima todo, de arriba abajo, un Cristo que no sólo domina la historia
del Cielo y de la Tierra porque éstos le han sido dados, sino porque
su gestación, nacimiento y consumación gradual representan la
única realidad definitiva en la cual cabe expresar honradamente la evolución
del mundo>>.
¿Por
qué, sin embargo, las funciones de Cristo son situadas de manera inmanente
dentro del cosmos? La respuesta de Teilhard a esta pregunta me lleva hacia la
fase final de mi argumentación. La respuesta es, en forma muy escueta
y resumida, que la evolución y el destino final del cosmos dependen de
la actividad humana. Teilhard afirma que en la naturaleza de las cosas (¡literalmente!)
esas metas no se alcanzan mediante un "deus ex machina", sino mediante
el esfuerzo humano. Y, según la fe, Cristo es inmanente dentro del cosmos
en su calidad de foco y energía de tal esfuerzo, pero no como sustituto
del mismo. Numerosos textos teológicos de Teilhard expresan esta idea.
Para citar solamente dos, "Cristo, como sabemos, se realiza a Sí
mismo gradualmente a través de los tiempos en la suma de nuestros comportamientos
individuales". "Con cada una de nuestras 'obras' trabajamos --en separación
individual, pero no menos realmente-- en la construcción del Pleroma;
es decir, aportamos a Cristo una pequeña realización".
A
los efectos de nuestro estudio es preciso hacer observar, sobre todo, cómo
en esta visión hay un vasto futuro abierto. Sólo a nivel de un
riesgo personal, existencial, puede un cristiano considerar asegurado el éxito.
Tal seguridad será del orden del "todo estará bien... toda
clase de cosas estarán bien" de Lady Julian de Norwich. Caemos de
nuevo en el error del teísmo clásico si invocamos la trascendencia
de Dios para garantizar por adelantado a la evolución un final feliz.
Teilhard, al situar empíricamente el esfuerzo humano frente a un auténtico
futuro, evita este desliz. Jürgen Moltmann ha escrito --y ha desarrollado
la misma idea, más plenamente, en su "Teología de la Esperanza"--:
<<El hombre obedece la voluntad de Dios cuando abandona la "fortaleza
segura" de su concha social y, en el horizonte del futuro permitido por
Dios, se consagra a la alteración del mundo, penetrando así en
la misma Historia>>. Así, Moltmann quiere expresar, en lenguaje
teológico, que la divinidad de Dios sólo será declarada
con el advenimiento de su Reino que "todavía no" es. Por consiguiente,
es completamente compatible con la fe cristiana decir que el "conocimiento
acerca" de Dios tal como es en sí pertenece también al "todavía
no". Nuestras facultades cognoscitivas como seres humanos se refieren solamente
al orden empírico y, por consiguiente, son incapaces, en principio, de
abarcar tal trascendencia. Sólo a través de una insistencia
--como la de Teilhard-- en la incorporación total de Cristo en el orden
empírico, tiene el hombre alguna otra alternativa más que la de
guardar silencio acerca del tema de Dios.
Así,
la siguiente afirmación de Teilhard es infinitamente más importante
de lo que él mismo pretende al presentarla en su contexto. <<Si
se nos permitiera alterar ligeramente una expresión sacra, podríamos
decir que el gran misterio del cristianismo no es exactamente la aparición,
sino la transparencia, de Dios en el Universo>>. Esto, tal como yo lo
entiendo, no es una ligera alteración, sino un cambio de visión
fundamental. Aplicar la palabra "aparición" de Dios es invitar
al descrédito en que ha incurrido todo el lenguaje trascendente tradicional.
La palabra "transparencia", en cambio, resulta perfectamente congruente
con la perspectiva inmanente que Teilhard aporta en su concepto de la cristogénesis.
Es
posible que en este punto esté forzando el pensamiento de Teilhard más
allá de mis propias intenciones. No estoy seguro de si Teilhard se dio
cuenta de hasta qué punto su coherencia de Cristo con la evolución
implica una reformulación de vasto alcance del lenguaje trascendente.
Ilustraré mi punto de vista con una cita extraída del exelente
estudio de Christopher Mooney titulado "Teilhard de Chardin and the mystery
of Christ". En su final apreciación crítica de los "riesgos"
contenidos en el pensamiento de Teilhard, Mooney escribe: <<Ni los cristianos
ni la Iglesia pueden concebir su misión principalmente en términos
de favorecer la evolución, aun cuando ésta sea vista como un crecimiento
en espíritu y una realización personal en el reino del conocimiento
y del amor. En la vida del cristiano individual, como en la vida de la Iglesia
en conjunto, hay una relación inmediata y trascendente con la persona
de Cristo que es independiente de todo progreso humano y que no puede ser reducida
a ninguna energía meramente humana>>.
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