Presencia
I.F:_
De los capítulos 1, 3 y 18
de "La Presencia del Pasado" de Rupert Sheldrake (1988)
De la ciencia del siglo XIX heredamos una visión dual del
mundo: por una parte, el gran proceso evolutivo de la Tierra, por otra, la eternidad
física de un universo mecanicista. Se creía que toda la materia
y la energía del cosmos eran eternas, que todo estaba gobernado por leyes
eternas de la naturaleza.
Desde esta perspectiva dual, la vida evolucionaba en la Tierra en
una eternidad física. La evolución de la vida no tenía
efecto sobre las realidades fundamentales del universo físico. Lo mismo
ocurría con la extinción de la vida en la Tierra. La cantidad
total de materia, energía y carga eléctrica permanecería
constante,así como las leyes de la naturaleza. La vida evoluciona, pero
la realidad física fundamental no.
Esta visión doble del mundo
se ha convertido en habitual, y en muchos aspectos continúa configurando
el pensamiento científico. En este capítulo examinamos de forma
más detallada esta visión convencional del mundo, y analizamos
los puntos en que empieza a ser superada. En su lugar surge una visión
evolutiva de la realidad a todos los niveles: subatómico, atómico,
químico, biológico, social, ecológico, cultural, mental,
económico, astronómico y cósmico.
El universo mecánico que heredamos de la física del
siglo XIX era eterno. Era una gran máquina gobernada por leyes eternas.
La máquina mundial de la física nació en el
siglo XVII. Al principio, se supuso que la había creado Dios, que había
sido puesta en movimiento según su voluntad, y que se regía de
acuerdo con sus leyes inmutables. No obstante, durante sus primeros cien años
de existencia, la máquina newtoniana mostró una persistente tendencia
a fallar. De vez en cuando, Dios tenía que dar cuerda de nuevo al reloj
celestial.
A principios del siglo XIX se perfeccionó la maquinaria teórica
y el mundo se convirtió en una máquina en continuo movimiento.
La maquinaria era eterna, y continuaría funcionando, como siempre había
hecho, de forma completamente determinística y previsible: o al menos
de forma totalmente previsible por un superhombre de inteligencia omnisciente,
si existiera tal inteligencia.
Para el gran físico francés Pierre Laplace y para
muchos científicos posteriores, no era preciso contar con Dios para mover
o dar origen a las cosas. Dios pasó a ser una hipótesis innecesaria.
Sus leyes universales permanecieron, pero no como ideas en su mente eterna.
No había razón fundamental alguna para su existencia; no tenían
propósito alguno. Todo, incluso los mismos físicos, se convirtió
en materia inanimada de acuerdo con estas leyes ciegas.
Hacia finales del siglo diecinueve, la máquina empezó
a pararse de nuevo. No podía ser una máquina en continuo movimiento,
porque según las leyes de la termodinámica no existen máquinas
de movimiento continuo. El universo debe dirigirse hacia una muerte final, un
estado de equilibrio termodinámico en que la maquinaria dejaría
de funcionar, para no volver a arrancar jamás. La máquina se habría
quedado sin combustible, y no se podría esperar que un Dios convertido
en hipótesis innecesaria volviera a llenar las calderas. Sin embargo,
toda la materia y energía del mundo perdurarían por siempre jamás;
los vestigios de la maquinaria exhausta no se deteriorarían nunca.
Las revoluciones en la física del siglo XX han trascendido
a las viejas metáforas mecanicistas. Las indestructibles bolas de billar
que eran los átomos se convirtieron en complejos sistemas de partículas
vibrantes y en órbita, que son, a su vez, complejas estructuras de actividad.
El determinismo riguroso de la teoría mecanicista clásica se ha
ablandado convirtiéndose en una ciencia de probabilidades. La espontaneidad
desempeña un papel en todo. Hasta el vacío ha dejado de ser un
vacío vacuo; ahora es un agitado océano de energía, que
produce constantemente innumerables partículas vibrantes y las vuelve
a absorber. "El vacío no es inerte ni sin rasgos característicos,
sino vivo, con una energía y vitalidad palpitantes."
La relatividad y la física
cuántica han convertido a la máquina de materia del mundo en un
sistema cósmico de campos y energía. Tal como lo concibió
Einstein, el universo existe eternamente dentro del campo de gravitación
universal. Con sus ecuaciones no concluyó que el universo era esencialmente
constante, sino que ajustó sus ecuaciones dotando al universo de una
estabilidad eterna:
Cuando Einstein aplicó por primera vez sus ecuaciones de
campo de relatividad general al problema cosmológico, descubrió
que era imposible dar con soluciones estáticas. Como por aquel entonces
no existían pruebas que sugirieran que el universo se encontraba en un
estado no estático y los prejuicios filosóficos sostenían
el concepto de un universo inmutable, Einstein modificó sus ecuaciones
de campo incorporando la constante cosmológica. Las ecuaciones de Einstein
con la constante cosmológica tienen una solución cosmológica
estática: el universo estático de Einstein.
Los modelos estáticos del universo fueron ortodoxos hasta
la década de los años sesenta, y muchos de los hábitos
de pensamiento engendrados por la idea de una eternidad física aún
persisten con gran fuerza.
De la ciencia del siglo diecinueve también heredamos una
gran visión evolutiva, cuyo espíritu distaba mucho del universo
eterno de la física. Todas las clases de organismos vivos, ciempiés,
delfines, bambús, golondrinas y millones de otras formas de vida, se
han originado a través de un gran proceso creativo. El árbol evolutivo
ha crecido y echado ramas espontáneamente durante más de tres
mil millones de años. Nosotros mismos somos un producto de la evolución,
y la evolución continúa a un ritmo cada vez más acelerado
en la humanidad. Las sociedades y culturas evolucionan, las civilizaciones evolucionan,
las economías evolucionan, y la ciencia y la tecnología evolucionan.
Nosotros experimentamos el proceso evolutivo directamente en nuestras
vidas: el mundo que nos rodea experimenta más cambios que nunca. Tras
los cambios a los que nosotros mismos hemos asistido radica la evolución
de la civilización, basada en civilizaciones anteriores y en formas de
sociedad más primitivas. A éstas les precede un período
largo y misterioso de la humanidad prehistórica; y a éste, nuestros
antepasados simios; antes, mamíferos más primitivos, reptiles,
peces, vertebrados primitivos, quizás algún tipo de gusano, hasta
llegar a las células individuales, a los microbios, y finalmente a las
primeras células vivas en la tierra. Antes de éstas nos remontamos
al terreno químico de moléculas y cristales, y finalmente a los
átomos y partículas subatómicas. Éste es nuestro
linaje evolutivo.
Durante el período de crecimiento y educación, la
mayoría de nosotros, en aras de la modernidad, hemos aceptado implícita
o explícitamente ambos modelos de realidad: una eternidad física
y un proceso evolutivo. En ciencia, ambos modelos coexistieron de forma pacífica
hasta hace relativamente poco tiempo. Se mantuvieron alejados uno de otro. La
evolución se atribuyó a la Tierra, y la eternidad, a los cielos.
La evolución terrestre incumbe a la geología, biología,
psicología y ciencias sociales. El terreno celestial incumbe a la física,
a la energía, campos y partículas fundamentales de la materia.
Charles Darwin y algunos biólogos que le siguieron intentaron
adaptar el árbol evolutivo de la vida a un universo mecánico que
no evolucionaba y que, en cualquier caso, se iba quedando sin cuerda. La máquina
del mundo no tenía propósito alguno, y en ella no se admitía
nada parecido a un propósito. Desde el punto de vista mecanicista, los
organismos vivos son máquinas complejas, inanimadas y sin propósito
alguno. Según la doctrina darwiniana la evolución de los organismos
vivos no implica ningún proceso de esfuerzo deliberado, ni está
diseñado o guiado divinamente, sino que los organismos varían
al azar, su descendencia tiende a heredar sus variaciones, y a través
del hacer ciego de la selección natural, las distintas formas de vida
evolucionan sin diseño ni propósito, consciente o inconsciente.
Los ojos y las alas, los mangos y pájaros tejedores, las colonias de
hormigas y termitas, los sistemas de detección por ultrasonidos de los
murciélagos, y en realidad todos los aspectos de la vida, se originan
por azar, a través de una operación mecanicista de fuerzas inanimadas
y de la fuerza de la selección natural.
La teoría darwiniana de la evolución siempre ha despertado
cierta controversia, y continúa haciéndolo hoy en día.
Algunos siguen afirmando que no ha habido evolución alguna; pero los
que han aceptado la realidad del proceso evolutivo han ido mucho más
allá que la teoría darwiniana; consideran que el proceso evolutivo
no es únicamente un suceso local y temporal de la Tierra en una máquina
eterna, sino que forma parte de un proceso evolutivo universal.
Las teorías filosóficas sobre la evolución
universal, como la teoría del progreso general tan popular en la Inglaterra
victoriana, chocaban con la visión que del universo daba la física.
Lo mismo ocurría con las visiones evolutivas, como la de Teilhard de
Chardin, quien atribuía al proceso evolutivo un fin u objetivo, un estado
inconcebible de unidad final. Desde el punto de vista de la ciencia mecanicista,
tales filosofías y visiones se han considerado ilusorias: la evolución
de la vida en la Tierra no forma parte de un proceso evolutivo cósmico
con un destino determinado; es una especie de fluctuación local en un
universo mecanicista sin propósito alguno.
A todos nos parece familiar este punto de vista, que ha ejercido
una influencia honda y penetrante en el pensamiento del siglo veinte. Así
lo expresaba Bertrand Russell en el contexto de la máquina del mundo:
"Que el hombre es el producto de causas cuyo fin es imprevisible;
que su origen, su crecimiento, sus esperanzas y temores, sus amores y creencias,
son sólo el resultado de colisiones accidentales de átomos; que
no hay fuego, ni heroísmo, ni profundidad de pensamiento o sentimiento
que tenga vida propia después de la muerte; que todo el esfuerzo de la
eternidad, toda la devoción, toda la inspiración, toda la luz
de mediodía del genio humano están destinados a la extinción
en la muerte del sistema solar; y que todo el templo de las hazañas del
hombre debe quedar inevitablemente enterrado bajo los restos de un universo
en ruinas -- todo ello es tan cierto que no puede sostenerse firmemente ninguna
filosofía que lo rechace. Sólo considerando estas verdades, sólo
sobre la firme base de la desesperación inflexible puede hallarse una
morada para el alma."
Esta perspectiva tan triste resultó inevitable para muche
gente moderna, y la sustitución de la máquina del mundo por un
universo estático einsteiniano no mejoró este panorama pesimista.
La teoría mecanicista no es una mera teoría científica:
se ha convertido en una espantosa verdad que nadie racional puede negar, a pesar
de la angustia existencial que pueda causar. Refiriéndose a esta fe austera,
el biólogo molecular Jacques Monod escribía: "El hombre debe
despertar de su sueño milenario y descubrir su total soledad, su aislamiento
fundamental. Debe darse cuenta de que, como un gitano, vive en el límite
de un mundo extraño; un mundo sordo a su música y tan indiferente
ante sus esperanzas como ante sus sufrimientos y crímenes."
Pero las teorías científicas están sujetas
a cambios, y en la década de los años sesenta el universo teórico
de la física se escapó de su eternidad. Dejó de parecer
una máquina eterna, para asemejarse a un organismo en proceso de desarrollo.
En la naturaleza todo es evolutivo. La evolución de la vida en la Tierra
y el desarrollo de la humanidad dejan de ser una fluctuación local en
una realidad física eterna; son aspectos de un proceso evolutivo cósmico.
Varios filósofos y visionarios han defendido esta posición durante
muchos años, pero ahora constituye física ortodoxa.
Actualmente la mayoría de los cosmólogos creen que
el universo se inició con una explosión primitiva hace unos quince
mil millones de años y que desde entonces continúa expandiéndose.
Se cree que esta expansión no fue causada por una especie de repulsión
cósmica, sino por el mismo Big Bang. La velocidad a la que las galaxias
se alejan unas de otras disminuye gradualmente bajo la influencia de la gravedad.
Si la densidad de la materia del universo es suficientemente baja, la expansión
continuará eternamente. Pero si se sobrepasa una cierta cantidad de materia
en el universo, la expansión se detendrá y el universo empezará
a contraerse, produciéndose finalmente una inversión del Big Bang
en una implosión terminal denominada Big Crunch. La mayoría de
los físicos se decantan por la expansión continua; pero algunos
prefieren el Big Crunch, encontrando en él un medio para volver a una
eternidad repetitiva: el Big Crunch podría constituir el Big Bang del
próximo universo, y así sucesivamente.
Sin embargo, aun suponiendo en aras del argumento que el nuestro
es un universo en una serie interminable de universos, jamás podríamos
saber si todos ellos se desarrollan del mismo modo o si evolucionan cada vez
de forma distinta. Todo lo que podemos llegar a saber se refiere a la evolución
del universo en que vivimos.
Existe diversidad de opiniones sobre lo que pasó durante
la primera 10exp-30 fracción de segundo, pero según el modelo
"inflacionista" actualmente en boga, el universo experimentó
un período muy breve de expansión extraordinariamente rápida
durante el cual se creó toda la materia y energía del universo
a partir de la nada. En lo restante, el modelo inflacionista coincide con el
ahora denominado modelo Big Bang "estándar".
Una centésima de segundo después del inicio, cuando
el universo se enfrió hasta alcanzar cientos de miles de millones de
grados, estaba formado por una sopa indiferenciada de materia y radiaciones.
A los tres minutos, los neutrones y protones se combinaron formando un núcleo
de helio. A los treinta minutos, la mayor parte de neutrones y protones se combinaban
de este modo, o permanecían como protones libres, núcleos de hidrógeno.
Tras 700.000 años de expansión y enfriamiento, la
temperatura descendió lo suficiente como para que los electrones y los
núcleos formaran átomos estables. A causa de la falta de electrones
libres el universo quedó al alcance de las radiaciones, y el "desparejamiento"
de materia y radiación permitió que se empezaran a formar galaxias
y estrellas.
La evolución de la materia prosiguió en las estrellas,
en las que reacciones nucleares produjeron los distintos elementos químicos
que se encuentran en las nubes de polvo que existen entre las estrellas, en
los cometas, meteoros y planetas. Se cree que tales elementos se forman con
especial intensidad cuando las estrellas explotan como supernovas. Las frías
condiciones del espacio interestelar permiten la formación de moléculas;
y en los agregados fríos de materia, tales como los planetas, se origina
una gran variedad de cristales, como los que constituyen las rocas terrestres.
En esta secuencia, lo único,
la "singularidad primordial" se diversifica, y a medida que el universo
crece, en él se diferencian formas cada vez más complejas.
Esta imagen dista mucho del universo mecánico constante de
la física clásica. La concepción evolutiva se amplía
a todo, incluso a las partículas fundamentales y a los campos de la física.
A continuación reproducimos una descripción reciente del físico
teórico Paul Davies:
"Al principio, el universo era un fermento de energía
cuántica sin rasgos distintivos, un estado de simetría excepcionalmente
elevada. Ciertamente, el estado inicial del universo podría haber sido
el más simple posible. A medida que el universo se expandía rápidamente,
enfriándose, las estructuras familiares del mundo se "deshicieron"
del horno primitivo. Una a una, las cuatro fuerzas fundamentales se separaron
de la superfuerza. Paso a paso las partículas que debían constituir
la materia del mundo adquirieron su identidad actual... Podría decirse
que el cosmos complejo y altamente ordenado que vemos ahora supone una "petrificación"
de la uniformidad sin estructura del Big Bang. Todas las estructuras fundamentales
que nos rodean son una reliquia o fósil de esa fase inicial. Cuanto más
primitivo es un objeto, antes se forjó en el horno primitivo."
El universo se habría desarrollado de forma muy distinta
si las leyes y las constantes de la física hubieran sido algo diferentes.
A priori no hay razón alguna para pensar que la física debe ser
tal como es. Pero es como es, y gracias a ello la vida sobre la Tierra y nosotros
mismos hemos podido evolucionar. Las leyes de la física deben dar una
explicación al hecho de que la física existe. Esta consideración
es esencial para la cosmología moderna, y se expresa en el Principio
Cosmológico Antrópico. Actualmente se acepta la forma "flexible"
de este principio: "Los valores observados de todas las cantidades físicas
y cosmológicas no son igualmente probables, sino que toman valores limitados
por el requisito de que existen lugares en los que la vida basada en el carbono
puede evolucionar y por el requisito de que el universo es lo suficientemente
viejo para que dicha evolución haya tenido lugar."
Algunos físicos van más allá y defienden una
"forma rigurosa" del Principio Antrópico: "En alguna fase
de su historia, el universo debe haber tenido las propiedades que permiten que
la vida haya evolucionado."
A primera vista parece una tautología, una reafirmación
pesada de una verdad obvia. Sin embargo, resulta muy controvertida ya que implica
que, al fin y al cabo, el universo puede responder a un gran propósito
o diseño. Algunos cosmólogos llevan este principio más
lejos:
"Supongamos que por alguna razón desconocida el Principio
Antrópico Intenso es verdadero y que la vida inteligente debe nacer en
alguna fase de la historia del universo. Pero si desaparece en nuestra fase
de desarrollo, mucho antes de ejercer una influencia no cuántica sobre
el universo, cuesta ver por qué TUVO que nacer. Esto motiva la siguiente
generalización del Principio Antrópico Intenso: Principio Antrópico
Final: El procesamiento inteligente de información DEBE originarse en
el universo, y una vez originado, NUNCA DESAPARECE."
Naturalmente, es una cuestión de opiniones. Pero la misma
existencia de tales debates entre los físicos contemporáneos demuestra
hasta qué punto la cosmología moderna ha superado la visión
dualista del mundo que durante tantos años constituyó la posición
ortodoxa. Generaciones de científicos consideraron que la base de toda
realidad era una eternidad física sin propósito alguno. Pero ésta
no era una verdad científica absoluta, aunque a menudo se considerara
como tal; sólo era una teoría -- una teoría desbancada
ahora por la misma física. Según la nueva cosmología, tanto
si el proceso evolutivo cósmico tiene un propósito como en caso
contrario, la vida sobre el planeta y nosotros mismos hemos evolucionado en
un universo en evolución.
(...)
La visión dual que heredamos de la ciencia decimonónica,
la evolución en la Tierra dentro de una eternidad física, tiene
sus raíces en una dualidad cultural mucho más antigua. Refleja
la doble herencia cultural de Europa: por una parte las trdiciones intelectuales
de las civilizaciones de Grecia y Roma, y por otra parte la fe cristiana. Las
eternidades de la física tienen sus raíces en nuestra herencia
griega, mientras que nuestra fe en el desarrollo progresivo se fundamenta en
la religión de los judíos.
En la síntesis medieval de estas dos tradiciones, se creía
que la humanidad experimentaba un desarrollo histórico progresivo a través
de la revelación de Dios en sucesos históricos y mediante la fe
en los propósitos de Dios. Pero el resto del mundo no progresaba: la
esencia de la naturaleza permanecía constante.
A finales del siglo dieciocho, la fe en el progreso humano, gracias
a la mayor comprensión del hombre, estaba muy generalizada; los avances
de la misma ciencia, así como la revolución industrial, reforzaban
dicha fe. Pero se mantenía la vieja división: la humanidad progresaba,
pero el mundo natural no.
Con la llegada del siglo diecinueve se adoptó una nueva visión
del desarrollo progresivo: se consideraba que todos los seres vivos evolucionaban,
no sólo el hombre. Pero la teoría de la evolución continuaba
reservándose a la Tierra.
Ahora, finalmente, se piensa que todo el cosmos ha crecido y se
ha desarrollado con el paso del tiempo: toda la naturaleza es evolutiva. No
podemos continuar pensando en la naturaleza bajo el prisma de la eternidad.
En este capítulo nos referiremos a las raíces religiosas
de la fe en el progreso del hombre; al modo en que el concepto de progreso implica
una concepción evolutiva de toda la vida del planeta; y a la tentativa
darwiniana de hacer encajar la evolución en un mundo mecanicista. Para
terminar consideraremos la posibilidad de una nueva síntesis evolutiva
en que la evolución de la vida se considera un aspecto del proceso evolutivo
cósmico.
Los filósofos griegos, como los filósofos de otras
antiguas civilizaciones, se referían en general al tiempo en términos
de ciclos infinitamente repetidos: ciclos de respiración, del día
y la noche, de la Luna, del año, los grandes ciclos astronómicos
de los años y grandes ciclos de ciclos. En algunos sistemas hindúes
un gran ciclo o "mahayuga" dura 12.000 años; luego hay otros
ciclos antes de llegar al gran ciclo de Brahma, que comprende 2.560.000 mahayugas.
Casi todas las antiguas teorías de ciclos temporales se combinaban
con mitos de una edad dorada. El ciclo se inicia con una edad dorada, seguida
de sucesivas edades de decadencia y degeneración en todos los aspectos.
Al final de la última edad del ciclo el mundo sufre una disolución
general y vuelve a generarse. Se entra en una nueva era dorada, y así
sucesivamente en una recurrencia eterna.
De acuerdo con esta visión cíclica y eterna de las
cosas, las filosofías hindú y budista ven la vida misma en términos
de ciclos repetidos de nacimiento, crecimiento y muerte, pasando las vidas humanas
por sucesivos ciclos de renacimientos. De modo parecido, los pitagóricos,
al igual que Platón, creían en la reencarnación.
En cambio, en la tradición judeocristriana sólo existe
un único proceso de desarrollo en el tiempo. La Biblia empieza con la
historia de la creación, cuando "Dios creó el cielo y la
tierra", y termina con la visión de la nueva creación en
el Libro del Apocalipsis: "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, ya que
el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido." Toda la
historia de la Biblia se desarrolla según una visión cósmica
de creación, destrucción y recreación. Pero no forma parte
de un sistema de recurrencias eternas: a la nueva creación del Libro
del Apocalipsis no le sigue ninguna otra fase de disolución, sino que
constituye la consumación de todas las cosas, en la que toda la creación
es absorbida por la vida divina, pasando de su estado presente de existencia
en el espacio y el tiempo a su estado final de realización. Los seis
días de creación del Libro del Génesis representan la semana
del tiempo y de la actividad terrenal, mientras que el séptimo día
es el día de la eternidad, cuando toda labor cesa. Éste es el
"mito de la historia" judeocristiano. Se inicia, como muchos otros
mitos, con una edad dorada: nuestros primeros padres vivían en el Paraíso
en armonía entre sí, con el mundo y con Dios. Luego se produjo
la caída, al comer el fruto del árbol del conocimiento del bien
y del mal, y finalmente la expulsión del Paraíso a un mundo de
trabajo, sufrimiento y muerte. Pero así se inicia un gran viaje hacia
un nuevo Paraíso, hacia la nueva tierra prometida por Dios.
El prototipo de este proceso histórico fue el viaje del pueblo
de Israel escapando de la cautividad de Egipto, a través de sufrimientos,
y la alianza con Dios en el desierto, hacia la tierra prometida. Tras esta metáfora
del viaje se oculta el concepto de progreso, de avance. No puede avanzarse a
menos que exista una dirección en la que avanzar; y los viajes tienen
una dirección porque tienen un destino o propósito u objetivo.
En las civilizaciones antiguas no faltaba la creencia en el desarrollo
progresivo. En efecto, las mismas ciudades se consideraban un progreso respecto
a un estado primitivo o bárbaro del hombre. Las pruebas estaban a la
vista en el esplendor de los edificios, en los avances de las artes y la destreza
de los artesanos y en la organización de los imperios. Pero el desarrollo
de la civilización se contradecía con el mito del declive de la
edad de oro. El futuro sólo podía traer más decadencia
y destrucción. En cambio, la tradición judeocristiana profesaba
una intensa fe religiosa en el futuro. Como se expresa en la Epístola
a los Hebreos:
"La fe es la garantía de lo que se espera, la prueba
de lo que no se ve... Por la fe, Noé, avisado por divina revelación
de lo que aún no se veía, movido por el temor, fabricó
el arca para salvar su casa... Por la fe, Abraham, al ser llamado, obedeció
y salió hacia la tierra que había de recibir en herencia, pero
sin saber adónde iba... En la fe murieron todos sin recibir las promesas;
pero viéndolas de lejos y saludándolas y confesándose peregrinos
y huéspedes sobre la tierra, pues los que tales cosas dicen dan bien
a entender que buscan la patria. Que si se acordaran de aquélla de donde
habían salido, tiempo hubieran tenido para volverse a ella. Pero deseaban
otra mejor, esto es, la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de llamarse
Dios suyo, porque les tenía preparada una ciudad."
Según una corriente de la fe cristiana, basada en la autoridad
del Libro del Apocalipsis, tras su segunda venida Cristo establecerá
un reino mesiánico aquí en la Tierra y reinará durante
mil años, hasta el Juicio Final. Este período se denomina milenio.
A lo largo de la historia de la cristiandad han nacido una y otra vez grupos
de milenaristas. Propia de la fe en el milenio es la creencia en la inminente
llegada de una nueva era en la Tierra, no en otro cielo terrenal, y no sólo
para almas individuales. La salvación de los fieles será colectiva,
y la vida en la Tierra se transformará totalmente.
Muchos de los puritanos de la Inglaterra del siglo diecisiete profesaban
una fe milenarista ciega en la inminente venida del Reino de Dios. En esta fe
los Padres Peregrinos dejaron el viejo continente por el nuevo, una Nueva Inglaterra
en el Nuevo Mundo. En la misma Inglaterra, el rey fue decapitado y el viejo
orden derrocado; en esa atmósfera revolucionaria empezó a desarrollarse
una visión completamente nueva del advenimiento de una nueva era sobre
la Tierra: una transformación del mundo gracias al progreso humano, ocupando
la ciencia un lugar de vanguardia.
El profeta de esta nueva visión fue Francis Bacon. En New
Atlantis, escrita en 1624, poco antes de su muerte, la nueva era de la fe en
el milenio se convirtió en una especie de utopía científica.
El progreso de "toda la humanidad" se conseguiría mediante
el dominio del hombre sobre la naturaleza gracias a medios mecánicos.
Sólo el conocimiento científico, basado en el método empírico,
podría fomentar la ambición "para esforzarse en establecer
y extender el poder y el dominio de la raza humana sobre el universo",
como indicó Bacon. Así, la raza humana podría "recuperar
el derecho sobre la naturaleza que le pertenece por orden divina". En la
Nueva Atlantis de Bacon, el progreso se dejó en manos de un grupo de
científicos y técnicos que estudiaban la naturaleza mediante el
método experimental. Se obligaba a la naturaleza a revelar sus secretos,
de forma que la humanidad los pudiera aprovechar en beneficio propio. Estos
científicos y técnicos trabajaban en un instituto de investigación
científica prototipo llamado la Casa de Salomón, llevaban ropas
especiales y constituían una especie de sacerdocio científico.
En Inglaterra, durante el régimen revolucionario de los puritanos,
empezó a constituirse informalmente un grupo visionario parecido de científicos
y filósofos. Este grupo, conocido con el nombre de la Escuela Invisible,
constituía el núcleo de la Sociedad Real, fundada en 1660, poco
después de la restauración de la monarquía. La "Sociedad
Real de Londres para la Mejora del Conocimiento Natural" supuso una realización
deliberada de la visión de Bacon. La Sociedad Real era la Casa de Salomón.
En el mundo occidental se formaron oficialmente cuerpos similares de científicos
en academias de ciencias estatales.
Los éxitos de la ciencia y el crecimiento de nuevas industrias
confirmaban la fe en el progreso científico, y esta fe crecía
y se extendía continuamente en el siglo XVIII por toda Europa y América;
en el siglo XIX por los imperios de las potencias europeas; y en el presente
siglo hasta los rincones más remotos del planeta. Allí donde habían
fracasado los misioneros cristianos, triunfaban los misioneros del progreso
tecnológico.
Esta fe se ha exportado desde su tierra natal en el mundo occidental
a la Unión Soviética y China en formas marxistas; y en formas
capitalistas al Japón y al Extremo Oriente; y en distintas formas a todas
las naciones del mundo, que han ido convirtiéndose en "países
en vías de desarrollo". Y ahora el proceso de conversión
se extiende a las tribus y aldeas más remotas por medio de la educación
y el desarrollo económico.
La aspiración al progreso contribuye al desarrollo. Incluso
para aquellos sujetos sin educación, son muchas las pruebas evidentes
del progreso industrial. ¿En qué lugar del mundo moderno no hay
transistores o relojes de pulsera digitales? ¿Y en qué lugar del
mundo habían visto algo parecido con anterioridad? No son meras repeticiones
de objetos conocidos; son completamente nuevos. Gracias a la ciencia y a la
tecnología, en el mundo suceden cosas que no habían ocurrido jamás.
Podemos preguntarnos si estos cambios suponen en realidad un progreso.
No obstante, tanto si nos gusta como si no, los procesos de cambio acelerado
que nos rodean nacen de la fe en el progreso, una fe que continúa siendo
muy intensa. Pero el ideal de la transformación del mundo a través
del progreso científico es sólo un aspecto del milenarismo. Vivimos
bajo la influencia de otros aspectos.
Nueva Inglaterra fue fundada en el siglo diecisiete por los Padres
Peregrinos en un espíritu milenarista. Los movimientos políticos
revolucionarios de los últimoa años del siglo dieciocho eran milenaristas:
el viejo orden sería derrocado y se establecería una nueva era,
una era de Libertad, Igualdad y Fraternidad, según el eslogan de la Revolución
Francesa. Y la visión de una era completamente nueva echó los
cimientos de los recién formados Estados Unidos. En el sello real de
la nación se inscribe: "Novus ordo saeculorum", un nuevo orden
secular. Puede leerse en cualquier billete de dólar.
El comunismo es otra forma de fe mesiánica; y ahora, a medida
que nos acercamos al final del milenio, las grandes potencias milenaristas de
la Unión Soviética y los Estados Unidos se enfrentan mutuamente
en la continua preparación de una guerra apocalíptica. En los
últimos días de esta era, según el Libro del Apocalipsis,
habrá plagas, incendios, la Tierra se sumirá en una profunda oscuridad,
estallará una gran guerra en los cielos, y mucho más. Este aspecto
apocalíptico de la visión judeocristiana de la historia no se
ha desvanecido: muy al contrario, ha adquirido una plausibilidad nueva y espantosa.
El progreso de la ciencia ha tenido lugar en el marco de una amplia
visión del progreso humano, desarrollada en el contexto de una fe religiosa
en la orientación divina de la historia hacia la nueva creación.
Durante el siglo diecinueve, la visión de un desarrollo progresivo se
amplió de forma que abarcara a toda la vida sobre la Tierra. La evolución
de la ciencia preparó el terreno a la ciencia de la evolución.
A finales del siglo dieciocho, para muchos europeos y americanos era evidente
que el progreso humano y el creciente poder del hombre sobre la naturaleza tenían
lugar gracias al crecimiento de la comprensión humana y, sobre todo,
gracias al progreso de la ciencia. Pero, ¿seguía este desarrollo
progresivo los propósitos de Dios y estaba guiado por la voluntad divina?
Mucha gente respondía afirmativamente, y muchos continúan haciéndolo.
Pero para los ateos de la Ilustración, el progreso humano era consecuencia
de la misma razón humana. La razón humana era la forma suprema
de conciencia en un universo mecanicista; y los únicos propósitos
que existían eran los propósitos humanos. Durante la Revolución
Francesa, las iglesias de París fueron cerradas, y la catedral de Notre
Dame fue transformada en un Templo de la Razón.
Pero si la razón humana estaba desarrollándose, ¿cómo
y por qué lo hacía? A principios del siglo XIX el filósofo
Hegel encontró una respuesta en términos de un sistema evolutivo
que describe los procesos dinámicos de desarrollo progresivo. Hegel veía
la evolución del pensamiento humano como un aspecto del proceso del Absoluto,
o en lenguaje religioso la manifestación de Dios. Era un proceso rítmico
de desarrollo de la totalidad, en el que el pensamiento progresa dialécticamente,
a través de la contradicción y el argumento. Dicho proceso tiene
su origen en una proposición inicial, la tesis; ésta resulta inadecuada
y da lugar a su proposición contraria, la antítesis. A su vez,
ésta resulta igualmente inadecuada, y las proposiciones contrarias se
fusionan en una síntesis superior. La síntesis conduce a una nueva
tesis, contra la que surge una nueva antítesis, y así sucesivamente.
El sistema de Hegel demostró cumplirse por su propia naturaleza;
a esta tesis, Karl Marx opuso la antítesis: el espíritu no se
desarrolla dialécticamente, sino la materia. El materialismo dialéctico
en la tradición de Marx y Engels es una filosofía progresiva y
evolutiva que considera que el progreso histórico está gobernado
por leyes objetivas y científicas. El progreso humano es sólo
un aspecto del desarrollo progresivo general de la materia, del que procede
la mente.
En la filosofía evolutiva de Herbert Spencer, el progreso
no se consideraba como una mera realidad científica objetiva, sino como
la ley suprema de todo el universo. A Spencer, como a Marx, le interesaba principalmente
el progreso humano; su filosofía de la evolución universal representó
una magnífica generalización que permitió ver la evolución
humana como un aspecto de un proceso universal. Spencer, y otros filósofos
de la evolución del siglo XIX, como C.S.Peirce, propusieron una visión
profunda de la evolución como proceso universal mucho antes de que la
cosmología evolutiva se convirtiera en doctrina ortodoxa de la física.
La idea de la evolución nació en dichas filosofías evolutivas;
sólo después se convirtió en la idea dominante en biología,
y mucho más tarde en física.
Fue Spencer, y no Darwin, quien popularizó la palabra "evolución",
incluso antes de que Darwin publicara su "Origen de las Especies",
en 1859. En la primera edición de este libro, Darwin utilizó muy
poco la palabra "evolución"; sólo en la sexta edición
empezó a utilizarla refiriéndose a su teoría, y aun con
moderación. En su lugar empleaba frases como "descendencia con modificación"
o simplemente "progreso".
La palabra "evolución" significa literalmente "desenrollamiento".
Originalmente se utilizaba para referirse al desplegamiento progresivo de estructuras
embrionarias como yemas. La escuela "evolucionista" de la biología
del siglo dieciocho mantenía que el desarrollo de embriones tenía
lugar mediante la evolución de una estructura microscópica preformada
presente en el huevo fertilizado.
Así, la palabra "evolución" implicaba un
plan o estructura preexistente que con el tiempo se desplegaba progresivamente.
Probablemente sea ésta la razón por la que Darwin decidió
no utilizar este término cuando propuso su teoría. La "evolución"
de la vida implicaría la existencia de una estructura o plan previo,
presumiblemente un plan divino, y esto es precisamente lo que Darwin quería
descartar.
Pero si las formas de vida sobre la Tierra no respondían
a un plan divino, ¿cómo podían haber evolucionado mediante
procesos naturales espontáneos? Darwin dio con una respuesta en términos
que reflejaban procesos propios del progreso en el comercio y la industria:
innovación, competencia y eliminación de lo ineficaz. Y, por supuesto,
la herencia de bienes.
En el reino de la vida, afirmaba Darwin, los organismos varían
espontáneamente, la descendencia tiende a heredar las características
de sus progenitores, y en la competencia que inevitablemente resulta de la prodigiosa
fertilidad de las plantas y animales, los que no se adaptan son eliminados por
la selección natural. Pensaba, pues, que la selección natural
podía dar cuenta de las sorprendentes adaptaciones al ambiente por parte
de plantas y animales y del desarrollo progresivo de las nuevas formas de vida.
Este concepto quedó resumido en el título de su libro más
famoso, "El origen de las especies por medio de la selección natural,
o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida."
La teoría de Darwin nació en el contexto de un universo
mecanicista; su árbol de la vida evolutivo creció un un mundo
de eternidades físicas. Consideraremos ahora con más detalle cómo
esta trama preevolutiva de pensamiento modeló la teoría de Darwin
sobre la evolución. Más tarde consideraremos la posibilidad de
una nueva síntesis evolutiva, una síntesis en la que la evolución
de la vida pueda entenderse como un aspecto de un proceso evolutivo cósmico
en el que no sólo evoluciona la naturaleza, sino también las "leyes
de la naturaleza".
Una condición previa esencial para la teoría
darwiniana de la evolución progresiva por medio del cambio gradual era
la expansión del tiempo terrestre. En general se suponía que la
explicación que la Biblia da sobre la creación se refería
a sucesos que ocurrieron hace miles de años: según una conocida
cronología el mundo fue creado el año 4004 a.C. Pero la cosmología
mecanicista aportó un contexto muy distinto para el origen de la Tierra:
el universo de la astronomía y de la mecánica celeste, un universo
que existía eternamente.
Descartes, por ejemplo, supuso que los planetas giraban alrededor
del Sol en un vórtice de éter transparente, y no vio razón
alguna para que un vórtice desapareciera mientras otro aparecía
en otro lugar. De esta forma, un sol y un sistema planetario, como el nuestro,
podía formarse en los constantes movimientos del universo físico.
O, según otras teorías, la Tierra había sido
un cometa, formado por condensación de partículas de polvo en
el espacio bajo la influencia de la gravedad en un cuerpo sólido, que
quedó atrapado en una órbita alrededor del Sol. O la Tierra se
formó a causa del enfriamiento de la materia incandescente que el Sol
liberó cuando un cometa colisionó con éste.
La teoría que más resonancia obtuvo fue la propuesta
por el filósofo Kant en 1755. Según su "hipótesis
nebular" el origen de todo el sistema solar fue una nube de partículas
de polvo que se condensaron bajo la fuerza de su propia gravedad y que gradualmente
adquirieron una tendencia a girar. Pequeñas cantidades se condensaron
formando cuerpos sólidos que giraban alrededor de la concentración
principal, que se encendió dando lugar al Sol. En la obra "Sistema
del Mundo"(1796) Laplace suponía que todas las estrellas se condensaron
de igual guisa: de forma de que la mayoría tenía un grupo de planetas
girando a su alrededor. La formación gradual de un sistema planetario
como el nuestro se convirtió, pues, en un fenómeno perfectamente
natural y mecanicista. No era necesario atribuir a Dios la creación de
la Tierra, del Sol, o de nada.
Tales teorías fomentaron un sinnúmero de especulaciones
en torno a la historia de la Tierra. El Libro del Génesis hacía
lo propio: la Tierra y las criaturas vivientes fueron creadas en etapas, representadas
por los días de la creación. Tras la creación, una serie
de catástrofes asoló la Tierra, en particular las inundaciones.
A lo largo de la larga historia del debate evolutivo, estos dos
modelos han continuado chocando e interaccionando mutuamente. Generalmente los
mecanicistas preferían el cambio lento, gradual; los que creían
en la guía divina de la evolución solían ver en ella una
serie de fases y saltos súbitos. Ni que decir tiene que los cambios abruptos
no implican necesariamente una intervención divina, pero con la Biblia
en segundo plano a menudo se ha considerado así.
A medida que la ciencia de la geología se desarrollaba a
finales del siglo dieciocho y a principios del diecinueve, algunos geólogos
encontraron en los estratos rocosos pruebas de procesos similares a los descritos
en el Libro del Génesis: pruebas de una inundación o de una serie
de inundaciones; pruebas de discontinuidades súbitas; y en los estratos
situados por encima de las rocas primarias, encontraron fósiles que seguían
el mismo orden indicado en el Génesis -- peces, animales terrestres,
y finalmente, el hombre.
Otros, a la luz de la eternidad física de la máquina
del mundo, intentaron dar con un concepto de la Tierra lo más gradual
y no progresivo posible. A finales del siglo XVIII, James Hutton insistía
en que el geólogo científico debe hacer cuanto pueda para explicar
la estructura de la Tierra en función de causas cuya acción pueda
observarse. "No encontramos vestigio alguno de un inicio, ni perspectivas
de un final". Descartaba, por falta de rigor científico, la idea
de que se hubieran producido catástrofes a una escala que ya no podemos
observar. Constatamos que las masas de tierra padecen la erosión continua
del agua y del viento; los detritos van a parar al mar y son depositados sobre
el fondo oceánico, donde se endurecen formando estratos rocosos; y estas
nuevas rocas pueden surgir al exterior a causa de terremotos y formar tierras
secas. Los terremotos se originan debido al calor y a la presión del
núcleo terrestre, y los volcanes entran en erupción cuando la
roca fundida de su interior encuentra su camino hacia la superficie.
Dado que los cambios que observamos son muy lentos, el esquema de
Hutton exigía de la Tierra una gran antigüedad, lo que constituía
una innovación de gran importancia.
Este sistema fue profundizado por Charles Lyell, cuyos "Principles
of Geology" (1830-1833) tanta influencia ejercieron sobre Darwin. Como
Hutton, Lyell adoptó un punto de vista estable sobre la Tierra, subrayando
el papel de los cambios graduales, de acuerdo con las leyes físicas del
universo. Negaba cualquier tendencia direccional en el desarrollo de la vida.
Intentaba dar una explicación al creciente número de pruebas fósiles
en términos de climas fluctuantes, y suponía que todas las formas
vivas siempre habían estado presentes en todos los períodos geológicos
y que no se había producido ningún desarrollo secuencial de formas
superiores a partir de formas inferiores, salvo en el caso de la aparición
del hombre.
Sin embargo, los estudios que de los estratos rocosos efectuaban
los geólogos apoyaban la idea de los cambios direccionales en el desarrollo
de la Tierra. Las súbitas roturas de la formaciones rocosas implicaban
cambios súbitos de las condiciones. Más impresionantes aún
eran las distintas clases de fósiles que se encontraron en formaciones
rocosas sucesivas. Pero lo más espectacular eran los restos de reptiles
gigantes, como los dinosaurios. La secuencia de restos fósiles convenció
a muchos naturalistas de que la historia de la vida animal se inició
con una era de invertebrados, seguida de otras eras de peces, reptiles, mamíferos,
y finalmente del hombre.
Algunos teólogos vieron en este proceso la dirección
creativa de Dios. Las nuevas especies no aparecían gradualmente por la
acción de las leyes cotidianas de la naturaleza, sino que aparecían
a causa de la intervención divina en la historia de la vida. Las extinciones
periódicas se producían como resultado de catástrofes,
y luego se creaban nuevas formas de vida.
Darwin, en cambio, rechazaba cualquier idea de intervención
divina. Insistía en el hecho de que la evolución se producía
gradualmente por medio de la lenta acción de las leyes ordinarias de
la naturaleza: no había lugar para los cambios súbitos. Este aspecto
de su teoría despertó polémicas desde el primer momento,
pero Darwin se mantuvo fiel al principio de la evolución gradual a pesar
de todas las críticas. Admitir la existencia de cambios abruptos e inexplicables
suponía, en su opinión, "entrar en el terreno de los milagros,
y abandonar el terreno de la ciencia".
En la sexta edición del "Origen de las Especies",
Darwin hizo una concesión a sus críticos:
"Una clase de hechos, sin embargo, apoya, a primera vista,
la creencia en el desarrollo brusco: la aparición súbita en nuestras
formaciones geológicas del hombre y de formas de vida distintas. Pero
el valor de esta prueba depende enteramente de la perfección del registro
geológico en relación con períodos remotos de la historia
del mundo. Si el registro es tan fragmentario como afirman enérgicamente
muchos geólogos, no hay nada de extraño en que aparezcan formas
nuevas, como si se hubiesen desarrollado súbitamente."
Este argumento suena familiar, y sigue esgrimiéndose con
asiduidad hoy en día. Por lo general los darwinistas han seguido el ejemplo
de Darwin al subrayar el papel del cambio gradual, y la falta de pruebas de
las conexiones perdidas siempre se ha explicado en términos de imperfecciones
del registro fósil. Pero las pruebas de catástrofes y de la aparición
brusca de nuevas formas de vida no se han desvanecido. Al contrario, se ha profundizado
en ellas con estudios cada vez más detallados sobre el registro fósil.
Parece que una evolución que se haya producido a trompicones encaja mejor
con los hechos que un proceso de cambio lento y constante, y la primera idea
se ha propuesto una y otra vez. Su forma más reciente corresponde a la
hipótesis del "equilibrio puntual".
Mientras, la noción de grandes catástrofes globales
ha experimentado un reciente renacimiento gracias a una forma científicamente
respetable. En 1980, se encontraron cantidades anormales de iridio y otros metales
en las capas de arcilla situadas en el límite de los estratos del Cretácico
y del Terciario, en otras palabras, en capas que se formaron hace unos 65 millones
de años, cuando se extinguieron los dinosaurios y otros muchos animales
y plantas. Se sugirió la siguiente explicación: un asteroide colisionó
con la Tierra, y como consecuencia de la gran cantidad de polvo lanzado a la
atmósfera, la Tierra se quedó sin luz solar durante unas semanas,
causando la extinción de los dinosaurios y de muchas otras formas de
vida. Esta hipótesis ha adquirido plausibilidad tras los cálculos
de los efectos que tendría una guerra nuclear, y en particular de la
perspectiva de un "invierno nuclear" provocado por la falta de luz
solar debida al humo y a los restos presentes en la atmósfera.
Posteriormente, varios cálculos han sugerido que durante
los 250 millones de años se han producido extinciones en masa con una
periodicidad de unos 26 millones de años. La regularidad de este ciclo
sugiere una explicación astronómica; varias han sido las explicaciones
propuestas. Topamos de nuevo con grandes ciclos de tiempo astronómico.
Una de las explicaciones propuestas sugiere que el Sol tiene una
estrella acompañante oscura, Némesis, en una órbita muy
excéntrica. Cuando Némesis se acerca a la nube de cometas de los
límites del Sistema Solar, provoca una perturbación de la misma
y desencadena una intensa lluvia de cometas. Las consiguientes series de impactos
sobre la Tierra duran hasta un millón de años. Otro modelo propone
un ciclo debido a la oscilación del Sol por el plano de la galaxia, oscilación
que provocaría alteraciones de la radiación cósmica suficientes
para causar grandes cambios climáticos. Otro modelo propone que la Tierra
puede haber pasado periódicamente a través de nubes interestelares
de polvo o gas. Pero algunos científicos sostienen que las grandes extinciones
no siguen ciclos tan regulares. El debate continúa.
Al principio, según el Génesis,
"Plantó
Yahvé Dios un jardín en Edén... Hizo Yahvé Dios
brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la
vista y sabrosos al paladar; y en medio del jardín, el árbol de
la vida."
Según la visión evolutiva de Darwin, toda la vida
se ha desarrollado con el paso del tiempo como un gran árbol: el árbol
evolutivo de la vida. Desde que la primera semilla de vida apareciera sobre
la Tierra, este árbol ha ido creciendo por sí mismo, de forma
enteramente natural y de acuerdo con las leyes del mundo natural. La evolución,
como el crecimiento de un árbol, es un proceso orgánico y espontáneo
de crecimiento continuo y de adaptación a las condiciones de vida imperantes.
Todo sucede de forma natural.
Para Darwin, ningún Dios plantó el árbol de
la vida, ni ningún Dios lo cuidaba: el concepto que Darwin tenía
de Dios era muy distinto. Dios era el gran diseñador y creador de la
máquina del mundo, y había diseñado todos los seres vivos
de la forma más maravillosa y compleja. Todas las criaturas, salvo el
hombre, eran inanimadas; eran máquinas cuya inteligencia diseñadora
se hallaba fuera de ellas mismas, en la mente de Dios, del mismo modo que la
inteligencia diseñadora de las máquinas fabricadas por el hombre
no se halla en la materia de las máquinas, sino fuera de las mismas,
en sus creadores humanos.
Uno de los exponentes de esta clase de teología fue William
Paley. Su "Natural Theology" ( que tanto influenció a Darwin
en su juventud) toma los bellos y correctos diseños de los organismos
vivos como prueba de una inteligencia diseñadora, y por tanto, como prueba
de la existencia de Dios. Este libro empieza con su famoso ejemplo del reloj.
Supongamos, escribió, que caminando por un brezal encuentro un reloj.
Sin saber cómo llegó allí, su diseño preciso y complejo
nos obligaría a concluir: "que el reloj debe tener un creador: que
debe de haber existido, en algún momento y en algún lugar, un
artífice o artífices que le dieron forma con el propósito
de que lo encontráramos; alguien que comprendía su construcción
y diseñó su uso."
Luego ampliaba este argumento por analogía con las
obras de la naturaleza:
"Cualquier signo de ingenio, cualquier manifestación
de diseño, existente en el reloj, existe en las obras de la naturaleza;
con la diferencia de que las obras de ésta son mayores o en mayor número,
y en grado que supera cualquier cálculo."
Paley comparaba el ojo humano con un instrumento artificial, como
un telescopio, y concluía que: "existen las mismas pruebas de que
el ojo fue hecho para ver, como de que el telescopio fue creado para asistirlo."
En un universo mecanicista diseñado por un Dios semejante,
no hay libertad o espontaneidad en le naturaleza. Todo ha sido perfectamente
diseñado. Para que el árbol de la vida de Darwin creciera espontáneamente,
Darwin tenía que librarse de un Dios que todo lo diseñaba. Pero
para hacerlo tenía que encontrar alguna otra forma de explicar los intrincados
diseños y adaptaciones deliberadas de las flores, las alas, los ojos,
de cualquier cosa viva. Darwin, como Paley, encontró esta fuerza creadora
fuera de los organismos vivos, pero no en Dios, sino en la naturaleza. La selección
natural escogía los mejores diseños de entre los que la propia
naturaleza generaba espontáneamente. Y, actuando gradualmente generación
tras generación, la selección natural ha configurado todas las
formas de vida que existen, y todas las formas que han existido.
Darwin partió de la analogía de la selección
humana, cuyo poder puede verse claramente en la amplia gama de variedades de
perros, palomas, y otros animales domésticos y plantas. Todas estas variedades
se han producido por variación espontánea y por reproducción
selectiva, por medio de la selección humana consciente o inconsciente.
Darwin admitía que podía considerarse que el témino "selección
natural" implicaba cierta elección consciente, pero esto no era
lo que él afirmaba. La selección natural no era una fuerza activa:
"Se ha dicho que hablo de la selección natural como
de una fuerza activa o divinidad; pero, ¿quién hace cargos a un
autor que habla de la atracción de la gravedad como si regulase los movimientos
de los planetas? Todos sabemos lo que significan tales expresiones metafóricas;
que son casi necesarias para la brevedad... Familiarizándose un poco,
estas objeciones superficiales quedarán olvidadas."
Y así Darwin sustituyó la inteligencia diseñadora
del Dios de Paley por las fuerzas ciegas de la selección natural. Los
darwinianos han adoptado esta versión desde entonces.
Richard Dawkins, uno de los modernos defensores del darwinismo más
contundente, ha vuelto a responder a Paley recientemente. Su libro "El
relojero ciego (The blind watchmaker) (1986) empieza con una declaración
de fe: "Este libro ha sido escrito con la convicción de que nuestra
propia existencia presentó una vez los mayores misterios, pero ha dejado
de ser un misterio porque ha sido resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron,
aunque continuaremos añadiendo notas a su solución durante un
largo período... Quiero persuadir al lector, no sólo de que la
visión darwiniana del mundo es cierta, sino de que es la única
teoría conocida que podía, en principio, resolver el misterio
de la existencia."
El argumento de Dawkins, como el de Darwin, es la antítesis
del de Paley. Pero merece la pena observar que las dos partes de este debate
comparten una suposición que ninguna de ambas cuestiona: la visión
mecanicista del mundo. Las plantas y los animales son como máquinas;
han sido diseñados de forma inteligente por el Dios de la máquina
del mundo, o son el producto de las fuerzas ciegas de la evolución a
través de la selección natural. Pero, ¿y si modificamos
nuestra forma de pensar acerca de la inteligencia diseñadora externa,
o acerca de la naturaleza de la vida? Se abren entonces distintas posibilidades
que no encajan en ninguna de estas posiciones estándares. Algunas de
dichas posibilidades ya han sido exploradas; aquí consideraremos sólo
dos ejemplos. El primero implica una concepción modificada de la inteligencia
diseñadora externa, y el segundo, la idea de principios organizativos
creativos en la misma vida.
Alfred Russell Wallace, como Darwin, comprendió la fuerza
de la selección natural; Wallace, como Darwin, la descubrió. Pero
se convenció de que los mecanismos darwinianos por sí mismos no
podían dar una explicación a la evolución de la vida. Su
último libro se tituló "The world of life: a manifestation
of creative power, directive mind and ultimate purpose (1911) ("El mundo
de la vida: una manifestación de poder creativo, mente directiva y propósito
último"). En él proponía que "inteligencias superiores"
habían dirigido las líneas principales del desarrollo evolutivo
de acuerdo con propósitos conscientes.
"Llegamos a la conclusión, pues, de que debemos postular
un cuerpo de lo que podríamos denominar espíritus organizativos,
que cargarían con el deber de influir a miríadas de células-alma
para que ejecuten su parte del trabajo con exactitud y corrección...
En fases sucesivas del desarrollo del mundo de la vida, podrían necesitarse
más inteligencias, y tal vez superiores, para dirigir las líneas
principales de variación en direcciones definidas de acuerdo con el diseño
general a seguir... Semejante concepción, de fuerzas delegadas a seres
de un elevado grado de vida e intelecto y a seres de un grado semejante muy
bajo, me parece menos improbable que la concepción según la cual
la Divinidad infinita no sólo diseñó todo el cosmos, sino
ella misma es la fuerza que actúa conscientemente en todas las células
de todos los seres vivos que existen o que hayan existido sobre la Tierra."
En cambio, Henri Bergson consideraba que los principios organizativos
deliberados del proceso evolutivo se encontraban en el interior de las formas
de vida en proceso de evolución. Comparaba el proceso evolutivo con el
desarrollo de la mente a través del movimiento hacia adelante del curso
de la vida, el "élan vital".
"Esta corriente de vida, que recorre los cuerpos que ha organizado
uno tras otro, pasando de generación en generación, se ha dividido
entre las especies y distribuido entre los individuos sin perder nada de su
fuerza, sino intensificándose en proporción a su avance... Ahora,
cuanta más atención prestamos a la continuidad de la vida, más
vemos que la evolución orgánica se parece a la evolución
de una conciencia, en la que el pasado ejerce presión sobre el presente
y origina el inicio de una nueva forma de conciencia, inconmensurable en relación
con sus predecesoras."
Sin embargo, Bergson no creía que este proceso de evolución
creativa tuviera algún propósito último, externo. Si existía
un Dios del proceso evolutivo, no se trataba de un Dios externo, sino de un
Dios que se crea a sí mismo en el proceso de la evolución.
Las teorías evolutivas de Wallace y Bergson nos muestran
lo que ocurre si escapamos de la antítesis Paley-Darwin. Pero cuando
volvemos a adoptar la visión mecanicista del mundo, sólo puede
elegirse entre la inteligencia diseñadora del Gran Artífice o
los mecanismos ciegos e inanimados de la evolución darwiniana.
Pero, ¿por qué tenemos que seguir considerando a los
organismos vivos con metáforas mecanicistas? ¿Por qué no
pensamos en ellos como en lo que en realidad son: organismos vivos?
Durante más de sesenta años viene desarrollándose
una alternativa a la filosofía mecanicista de la naturaleza: la filosofía
del organismo. Esta filosofía, denominada algunas veces "filosofía
holística u organicista", o planteamiento de "sistemas",
es en cierto sentido una nueva forma de animismo: de nuevo se considera que
la naturaleza está viva, y que todos los organismos que viven en ella
contienen sus propios principios organizativos. Dichos principios no se consideran
almas, como sucedía en la filosofía aristotélica, sino
que se les da una variedad de nombres tales como "propiedades de los sistemas"
o "principios emergentes de organización" o "patrones
que conectan" o "campos organizativos". Pero la moderna filosofía
del organismo difiere en dos aspectos esenciales del animismo premecanicista:
en primer lugar, es posmecanicista, y se desarrolla a la luz de los conocimientos
y descubrimientos de la ciencia mecanicista; y en segundo lugar, es evolutiva.
Como señaló el filósofo Alfred North Whitehead
hace más de sesenta años:
"El materialismo se contradice con cualquier filosofía
evolutiva completa. La sustancia o materia original, de la que parte la filosofía
materialista, es incapaz de evolucionar. Esta materia es la última sustancia.
La evolución, según la teoría materialista, es sólo
otra palabra para describir los cambios de las relaciones entre porciones de
materia. Nada evoluciona, porque un conjunto de relaciones externas es tan bueno
como otro conjunto de relaciones externas. Sólo existe el cambio no progresivo
y sin objeto alguno. Pero la principal cuestión de la doctrina moderna
es la evolución de los organismos complejos a partir de estados anteriores
de organismos menos complejos. La doctrina pide a gritos una concepción
de organismo en la que éste sea fundamental para la naturaleza."
En el discurso de Whitehead, los organismos son "estructuras
de actividad" a todos los niveles de complejidad. Incluso las partículas
subatómicas, los átomos, las moléculas y los cristales
son organismos, y por tanto, en cierto sentido, están vivos.
Desde el punto de vista organicista, la vida no es algo que ha surgido
de la materia muerta y que deba explicarse en términos de los factores
vitales del vitalismo. Toda la naturaleza está viva. Los principios organizativos
de los organismos vivos son distintos en grado, pero no son diferentes en naturaleza
de los principios organizativos de las moléculas o de las sociedades
de galaxias. "La biología estudia los organismos superiores, mientras
que la física estudia los organismos inferiores", como afirmaba
Whitehead. A la luz de la nueva cosmología, la física estudia
también el organismo cósmico global, y los organismos galácticos,
estelares y planetarios que en éste se han originado.
"El universo nos presenta este hecho evidente pero trascendental.
No es una mera confusión, sino que se dispone en unidades que llaman
nuestra atención, unidades mayores y menores de una serie de "niveles"
discretos, que para precisar denominamos jerarquía de todos y partes.
Lo más importante sobre el universo natural es que se organiza como un
sistema de sistemas de mayor a menor, al igual que cada organismo en particular."
Pensemos, por ejemplo, en una colonia de termitas, que es un organismo
constituido por insectos individuales, que son organismos constituidos por órganos,
constituidos por tejidos, constituidos por células, constituidas por
átomos, constituidos por unos electrones y un núcleo, constituido
por partículas nucleares. Cada nivel está ocupado por todos organizados,
constituidos a su vez por todos organizados. Y en cada nivel el todo es mayor
que la suma de sus partes; presenta una integridad irreductible.
¿Cuáles son estos evasivos principios de organización
que se manifiestan en organismos o sistemas en cualquier nivel de complejidad?
En palabras de L.L.Whyte: "Un olvidado principio de orden, o mejor, un
proceso de ordenación, está presente en todos los niveles; el
universo muestra una tendencia hacia el orden, que denomino "mórfica";
en el organismo viable esta tendencia mórfica se convierte en la tendencia
hacia la coordinación orgánica (aún por comprender), y
en la mente del hombre sano se convierte en la búsqueda de la unidad
que da lugar a la religión, al arte, a la filosofía y a las ciencias."
En un universo evolutivo, los principios organizativos de todos
los sistemas a todos los niveles de complejidad deben haber evolucionado; los
principios organizativos de los átomos de oro, por ejemplo, o de las
células bacterianas, o de las bandadas de gansos, se han originado todos
con el paso del tiempo. Ninguno de ellos existía al principio, cuando
se produjo el Big Bang.
Pero, ¿se hallaban ya presentes como arquetipos platónicos
trascendentes en forma inmaterial, esperando el momento de manifestarse por
primera vez en el universo físico? ¿O son como hábitos
que se han desarrollado con el paso del tiempo?
Éstas son las cuestiones que exploraremos en los siguientes
capítulos de este libro. Empezaremos considerando las estructuras de
las moléculas, de los cristales, de las plantas y de los animales, y
cómo se originan.
Este libro supone una tentativa de desarrollar una nueva concepción
de la naturaleza evolutiva de las cosas. En los tres capítulos finales
reemprenderemos la discusión sobre la evolución de la vida y del
universo físico, y acabaremos con una reflexión sobre la naturaleza
de la creatividad evolutiva.
La eterna cuestión sobre si el proceso evolutivo tiene o
no un objetivo último, permanece abierta.
(...)
La creatividad es un profundo misterio precisamente porque comporta la
aparición de patrones que no han existido nunca anteriormente. Nuestro
método habitual de explicar las cosas es en términos de unas causas
preexistentes: la causa de alguna manera contiene el efecto; el efecto surge
de la causa. Si aplicamos este modo de pensar a la creación de una nueva
forma de vida, una obra de arte nueva, o una teoría científica
nueva, llegamos a la conclusión de que de alguna manera el nuevo patrón
de organización ya existía: era una posibilidad latente. Dadas
las circunstancias apropiadas, este patrón latente se manifiesta. La
creatividad, entonces, consiste en la manifestación o descubrimiento
de esta posibilidad preexistente. En otras palabras, el nuevo patrón
no ha sido creado, sino que simplemente se ha manifestado en el mundo físico,
mientras que anteriormente no se había manifestado.
Ésta es esencialmente la teoría platónica de
la creatividad. Todas las formas posibles han existido siempre como formas eternas,
o como potencialidades matemáticas implícitas en las las eternas
leyes de la naturaleza. Como expresa Henri Bergson: "Lo posible habría
estado allí desde siempre, un fantasma esperando su hora; y por tanto
se habría convertido en realidad por la aparición de algo, por
alguna transfusión de sangre o vida." Y viene a señalar que
ésta es la concepción inherente en las filosofías europeas
tradicionales: "Los antiguos, platónicos en mayor o menor grado...
imaginaron que el Ser fue hecho de una vez por todas, completo y perfecto, en
el inmutable sistema de las Ideas; el mundo que se revela antes de que nuestros
ojos puedan aportar algo al mismo; al contrario, fue solamente una disminución
o degradación; sus estados sucesivos se midieron como si fuese la distancia
creciente o decreciente entre lo que es, una sombra proyectada en el tiempo,
y lo que debería ser, una idea fijada en la eternidad. Los modernos,
es cierto, adoptan un punto de vista muy diferente. Ya no tratan al tiempo como
a un intruso, perturbador de la eternidad; les gustaría reducirlo a una
simple apariencia. Lo temporal es, luego, solamente la forma confusa de lo racional.
Lo que nosotros percibimos como sucesión de estados es concebido por
nuestro intelecto, una vez aparecida la confusión, como un sistema de
relaciones. Lo real se convierte una vez más en eterno, con esta simple
diferencia, que es la eternidad de las leyes en las que los fenómenos
se resuelven en vez de ser la eternidad de las Ideas, que les sirven de modelos."
Tanto la filosofía platónica como las teorías
de la física mecanicista fueron concebidas en el contexto de un mundo
que no evolucionaba. Las Formas o leyes eternas parecieron suficientemente apropiadas
en un universo eterno. Sin embargo, quedan cuestionadas inevitablemente por
la idea de que la evolución es un proceso de desarrollo creativo. Ahora
ya no podemos ignorar la posibilidad de que la creatividad sea real; puede que
no todo fuese hecho con anterioridad; los nuevos patrones de organización
podrían aparecer a medida que el mundo avanza. Todo lo nuevo que ocurre
es posible en el sentido tautológico de que solamente lo posible puede
ocurrir. Sin embargo no es necesario atribuir a estas posibilidades, que se
desconocen hasta que ocurren, una realidad preexistente que hubiese trascendido
el tiempo y el espacio.
En este capítulo consideramos diferentes modos de imaginar
la creatividad del proceso evolutivo. Pero es importante reconocer al principio
que ninguno de ellos puede llegar a disipar el misterio. En caso de adoptar
el enfoque platónico, nos quedamos con el misterio de un reino trascendente
de posibilidades latentes. Si, en cambio, aceptamos que existe una creatividad
genuina en el proceso evolutivo, ¿cómo podemos explicarla? Podemos
atribuirla a Dios, o a unos espíritus inteligentes como los ángeles,
o bien a las diosas, a la naturaleza misma, al azar, a la vida, o a unos campos.
Pero entonces no podemos explicar por qué algunos de estos tendrían
la capacidad de crear nuevos patrones de organización: tarde o temprano
alcanzamos los límites de nuestro entendimiento. Si atribuimos la creatividad
a unos poderes divinos o inteligencias sobrehumanas por una parte, o al azar
por otra parte, alcanzamos estos límites antes; si reconocemos que las
capacidades creativas son inherentes a los mismos campos mórficos, alcanzamos
estos límites más tarde, pero los alcanzamos igualmente.
Empezaremos por considerar el concepto de creatividad inherente
a la visión mecanicista del mundo en su forma original del siglo diecisiete
y el cambio radical aparecido con la teoría de la evolución.
En la filosofía mecanicista de la naturaleza, tal como fue
concebida originalmente en el siglo disecisiete, toda creatividad se atribuía
a Dios. Dios era la única fuente de toda materia y movimiento, de todas
las leyes de la naturaleza, y de toda la creación de plantas y animales.
La naturaleza era inanimada, ciega, inconsciente y mecánica, sin ningún
tipo de libertad ni espontaneidad. La naturaleza no era creativa, sino que era
creada.
Antes de la aparición de la filosofía mecanicista,
se creía que la naturaleza era viva; el mismo mundo era animado, como
todos los seres que viven en él. Tenían vida por ellos mismos,
y tenían sus propios objetivos internos. La naturaleza estaba personificada,
era la Gran Madre. Cuando fue despersonificada, la Madre se convirtió
en materia en movimiento, siempre fuente y esencia de todas las cosas, pero
ya sin vida o espontaneidad; era gobernada por las leyes eternas del Padre Celestial.
En efecto, la filosofía mecanicista consideraba al mundo material en
su conjunto como si estuviera muerto; no tenía vida. En la medida en
que las estructuras de las flores, las estructuras de los órganos como
el ojo, o los instintos de las aves para construir nidos, parecían tener
diseños intencionados, éstos, como todos los demás aspectos
del mundo natural, reflejaban la suprema inteligencia diseñadora del
Dios de la máquina del mundo.
Sin embargo, este mundo mecanicista de los físicos newtonianos
no evolucionaba: todo había sido diseñado y creado por Dios al
principio, y si no, para aquéllos que rechazaban esta idea de Dios, el
universo y las leyes que lo gobernaban eran eternos y autosubsistentes; no había
ninguna necesidad de creatividad, porque todo se daba con una necesidad inexorable
y mecánica y era por principio completamente previsible.
A medida que la visión evolutiva fue desarrollándose
en el siglo diecinueve, empezó a devolver de nuevo la naturaleza a la
vida. Una espontaneidad creativa reapareció en el mundo natural.
Darwin lo explicó muy claramente. La fuente de la creatividad
evolutiva no está "más allá" de la naturaleza,
en los diseños y planes eternos de un Dios productor, el Dios de la teología
natural de Paley. La evolución de la vida se ha dado espontáneamente,
"dentro" del mundo material. La misma naturaleza ha dado lugar a las
innumerables formas de vida.
Darwin nos ayudó a personificar la naturaleza. Y en términos
de personificación, su teoría nos dice que la Madre Naturaleza,
más que el Padre Celestial, es la fuente de toda vida. La Gran Madre
es prodigiosamente fértil; pero también es cruel y terrible, devoradora
de sus propios frutos. Este aspecto destructivo de la naturaleza impresionó
muy profundamente a Darwin, y en la forma de la selección natural lo
consideró como el poder creador primario, "un poder incesantemente
preparado para la acción."
De esta manera, a la luz de la tería darwiniana de la evolución,
la naturaleza se vuelve creativa, y asume al menos algunos de los atributos
de la Madre Diosa arcaica, de cuyas entrañas surge toda vida y adonde
toda vida regresa. Cuando se despersonifica, pude llamarse simplemente naturaleza,
materia, vida, o evolución emergente. Y así la creatividad evolutiva
puede atribuirse tanto a la Gran Madre como a las abstracciones despersonificadas
que la sustituyen.
En el materialismo dialéctico, por ejemplo, la fuente creativa
de todas las cosas se llama materia y experimenta un desarrollo continuo, espontáneo
y dialéctico, que resuelve conflictos y contradicciones en síntesis
sucesivas. Pero, claramente, la "materia" en este sentido tiene unas
propiedades creativas prodigiosas que no tiene la materia de la física
mewtoniana; los átomos permanentes en forma de bola de billar no tenían
este poder para crear células o jirafas o las teorías filosóficas
de Marx y Engels. Ni siquiera los átomos dinámicos, auto-organizativos,
de la física cuántica moderna tienen ese poder creativo. Y si
ampliamos el significado de la palabra "materia" de forma que incluya
no solamente la materia como los físicos la conciben sino también
los campos de energía, e incluso toda realidad física, entonces
sí podemos llamarla naturaleza; pero no la naturaleza inanimada, no creativa,
de la física newtoniana, sino la naturaleza creativa de un mundo evolutivo.
Henri Bergson atribuyó esta creatividad al "élan
vital" o ímpetu vital. Como los darwinianos, marxistas, y otros
partidarios de la evolución emergente, negó que el proceso evolutivo
fuera diseñado y planeado con anterioridad en la mente eterna de un Dios
trascendente; es más bien espontáneo y creativo: "La naturaleza
es algo más y mejor que un plan en vías de realización.
Un plan es un término asignado a un trabajo: cierra el futuro cuya forma
indica. Antes de la evolución de la vida, por el contrario, los portales
del futuro quedan abiertos de par en par. Es una creación que se da eternamente
en virtud de un movimiento inicial. Este movimiento constituye la unidad del
mundo organizado, una unidad prolífica, de una riqueza infinita, superior
a cualquier unidad que el intelecto pudiese soñar, porque el intelecto
es solamente uno de sus aspectos o productos."
La teoría neodarwiniana de la evolución comparte esta
visión de la evolución como un proceso creativo vasto y espontáneo.
Como el biólogo molecular Jacques Monod escribió en su libro sobre
la visión del mundo neodarwiniano, "Azar y necesidad", "la
emergencia evolutiva, debido a que surge de lo esencialmente imprevisible, es
la creadora de la novedad absoluta". Lo que Bergson atribuyó al
"élan vital", Monod lo atribuyó a los "inagotables
recursos del pozo del azar", expresados mediante mutaciones fortuitas en
el ADN.
Según esta concepción, el papel creativo del azar,
que es indeterminado, es expresado en su interacción con la necesidad,
que es determinada. Aquí, de nuevo, es instructivo ver qué ocurre
cuando estos principios abstractos son personificados. Del mismo modo en que
la naturaleza se convierte en Gran Madre, éstos también llegan
a la vida en forma de diosas. En la Europa precristiana, la Necesidad era uno
de los nombres para el Hado o el Destino, a menudo representado por las Tres
Parcas, las severas hilanderas que alargan, asignan y cortan el hilo de la vida,
aplicando a los mortales su destino al nacer. Esta antigua imagen tiene su paralelismo
en el pensamiento neodarwiniano de un modo curiosamente literal; el "hilo
de la vida", que determina el destino genético de un organismo,
está formado por moléculas helicoidales de ADN dispuestas en cromosomas
parecidos a hilos. Por otro lado, el Azar es uno de los nombres de la diosa
Fortuna. Los giros de su rueda, la Rueda de la Fortuna, otorgan tanto prosperidad
como desgracia. Ella es la patrona de los jugadores; otro de sus nombres tradicionales
es Dama de la Suerte. La diosa Fortuna es ciega; y también lo es el azar:
"El azar por sí mismo está en la fuente de cada innovación,
de toda creación en la biosfera. Puro azar, absolutamente libre pero
ciego, en las profundas raíces del formidable edificio de la evolución:
este concepto central de la biologia moderna ya no es una entre otras hipótesis
posibles o imaginables. Hoy es la única hipótesis imaginable,
la única compatible con hechos observados o probados. Y nada garantiza
la suposición (o la esperanza) de que las concepciones sobre esto debiesen,
o pudiesen, ser revisadas algún día."
Sin embargo, el mundo material, reino en el que dominan el azar
y la necesidad, es solamente un aspecto de la visión mecanicista del
mundo. El otro es el reino platónico de las Formas, leyes o fórmulas
matemáticas eternas. Algunos biólogos prefieren ver en este reino,
más que en las bases de un azar ciego, la fuente de todas las nuevas
formas de vida. La evolución del dinosaurio, de la estrella de mar, o
de las palmeras, representa la manifestación de arquetipos no materiales
preexistentes. Estos arquetipos, en sí mismos, no emergen, al estar más
allá del tiempo y del espacio. O bien son ideas en la mente de Dios,
o, si prescindimos de Dios, tienen una existencia independiente que es inexplicable
de cualquier otro modo.
Así, el neodarwinismo nos conduce a un atolladero. En la
medida en que la creatividad evolutiva depende de la manifestación de
Formas o principios de orden eternos, no es creatividad verdadera, sino solamente
la manifestación de unos patrones que han existido siempre en un reino
no material. Y en la medida en que la creatividad depende del azar ciego, es
esencialmente ininteligible, y tenemos que terminar ahí.
Tradicionalmente, en Europa, el reino trascendente ha sido considerado
como competencia del Padre Celestial, y el reino material, competencia de la
Gran Madre. En estos términos personificados, el enfoque platónico
recalca el principio creativo racional masculino, mientras que el enfoque materialista
subraya los aspectos no racionales femeninos. ¿Representan estos arquetipos
personificados un entendimiento del misterio de la creatividad más profundo
que las abstracciones despersonificadas del pensamiento moderno? ¿O acaso
representan estas abstracciones impersonales una forma de entendimiento mayor
que se ha desarrollado más que los modos primitivos y personificados
del pensamiento hallado en los reinos del mito y la religión? Esto es
obviamente cuestión de opiniones; sin embargo, cualquiera que sea el
punto de vista que se prefiera, los métodos arcaicos y modernos de expresar
la creatividad muestran notables paralelismos.
Hasta aquí es donde podemos llegar en el contexto del neodarwinismo.
La filosofía evolutiva del organismo nos permite llegar más lejos.
Los principios organizativos de la naturaleza no están más allá
de ella, en un reino trascendente, sino dentro de ella. No sólo emerge
el mundo en el espacio y en el tiempo, sino que estos principios organizativos
inmanentes también emergen.
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