Pedro,
y los demás discípulos y discípulas de Jesús, constituían
un pequeño grupo brutalmente traumatizado por la crucifixión.
Dispersos, escondidos, avergonzados, desmoralizados. Destrozados sus sueños
y sus esperanzas. Tenían ahora que bajar a la realidad. Volver con sus
familias, a sus oficios, a continuar viviendo. Nos imaginamos que muchos habrán
oído el reproche: "¿no te dije que no te fueras con ese hombre?".
Su maestro había sido un iluso, un visionario, un loco. Ni siquiera había
muerto serena y dignamente como un Sócrates, sino de manera terrible
y vergonzante, como el peor de los criminales. Y ellos, que hacían cuentas
de sus beneficios futuros en el Reino mesiánico, que se repartían
ya los cargos más importantes y los mejores sitios, que habían
confiado en ser generosamente recompensados por seguirlo... ¡qué
estúpidos, qué utópicos, qué irresponsables, qué
inútiles, habían sido! Ahora serían perseguidos por las
poderosas autoridades de Jerusalén, quizá hasta en sus mismos
pueblecitos de Galilea; tal vez serían apresados por los temibles soldados
romanos y sometidos a tortura y a muerte, también. Y todas esas hermosas
doctrinas de paz, amor, perdón, desprendimiento, confianza, ¿de
qué servían?
No
había entre ellos un líder, un sucesor que pudiese animarlos.
Pedro, el que había sido el más decidido, había resultado
ser un cobarde; ¿con qué cara miraría a sus compañeros?
51._ FE
Pensamos que ése habrá sido el estado
de ánimo entre ellos.
Sin
embargo, en un corto plazo, ese grupo enfrentaría y vencería al
mundo. Quien no osaba confesar su verdad a una sirvienta, la proclamaría
a gritos a toda la muchedumbre. Quien se avergonzaba de ser un iluso, invitaría
a serlo, y convencería, a miles de personas. Quien temía a los
romanos y a los judíos de Jerusalén, por ser sólo un pobre
pescador galileo, enseñaría a las gentes de todas las lenguas,
de todas las naciones, y conquistaría espiritualmente el Imperio. Quien
apenas se expresaba torpemente en arameo, con la cultura básica de un
obrero de aldea, inspiraría la más elevada y famosa literatura
de todos los tiempos. Quien no tenía valor para defender a un amigo,
arriesgaría y daría su vida en el martirio por él, sin
dudarlo. Quien se quedaba dormido en los momentos en que había necesidad
de velar y orar, sería el confortador, el animador de los corazones de
millones y millones de hombres y mujeres, el cauce de sus oraciones, de sus
meditaciones, de sus raptos místicos, de sus poemas, de su arte, de su
música...
¡Cómo
es posible! ¡Qué pasó aquí!
La
respuesta es: "Creyeron en la resurrección de Jesús".
52._ RESURRECCIÓN
Recibieron
este mensaje, tuvieron esa convicción. Contaron que habían tenido
visiones, cada uno por separado y en conjunto. ¿Alucinaciones? ¿Autosugestión
provocada por la necesidad de consuelo? ¿Delirio colectivo? Desde luego,
tuvieron que ser unas alucinaciones extremadamente vívidas para crear
esa recuperación, esa confianza extraordinaria. Si locura había
sido seguir antes a ese Maestro, ¿qué sería ahora, en presencia
de su cadáver? Y no se reconfortaron por unos días, sino por el
resto de sus vidas, hasta entregarlas al martirio por su fe. Esta inmensa convicción,
no de un solo hombre sino de todo un grupo, no pudo haber sido alcanzada basándose
en dudosas visiones propias ni ajenas. ¿Qué ocurrió entonces?
Nosotros
creemos en lo que ellos mismos afirmaron: que su convicción fue obra
del espíritu de Dios, actuante en sus mentes, como antes actuó
en las mentes de los profetas de Israel. La capacidad creativa de los apóstoles,
que transformaría al mundo, no era sino la capacidad creativa de Dios,
inspirada de una manera directa y especial en ellos, para seguir realizando
la obra de la Redención. Y el mensaje del Espíritu era éste:
"Jesús, el que fue crucificado, ha resucitado; es verdaderamente
el Mesías, el Cristo; os precede en la resurrección universal
de todos los hombres a la vida eterna con Dios; creed en Él, convertíos
para entrar en su Reino".
53._ PRIMICIA
Dios,
en su nivel supremo de emergencia cósmica, prosiguió su plan de
salvación. Él no es un Dios de muertos, sino de vivos. Él
"es" la vida. Su poder es inimaginable. Él quiso, y pudo, resucitar
a su Ungido, a su representante único y auténtico, a su Hijo tan
amado en quien se complace; a la Palabra que salió de su boca para encarnarse
en la historia humana, en el interior del proceso temporal; a Sí mismo.
Dios
murió en Él, para hacerse como sus criaturas, ínfimo y
efímero; ahora Él vivirá en Dios, para hacer a esas criaturas
inmensas y eternas, como Dios.
Jesús
de Nazaret, ese galileo de una época perdida en la historia humana,
de un pequeño lugar de Asia, en el pequeño planeta Tierra, en
el pequeño Sistema Solar, en una pequeña galaxia perdida en
el Universo, es ahora la primicia de una Nueva Creación, la piedra
angular de una Nueva Construcción, la Palabra que vuelve a Dios no
vacía; el Hijo que, habiendo cumplido la voluntad del Padre, habiendo
cumplido su misión, trae sus frutos, sin haber perdido ninguno. El
que atraerá todo hacia sí; el que aglutinará una Nueva
Realidad, un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva; como el cristal que --inmerso
en una solución-- provoca la cristalización de todo su entorno.
Ese
hombre, Jesús, ha resucitado. En el umbral de la emergencia divina.
En ese momento culminante de la evolución cósmica, que --hablando
en el tiempo propio del universo-- dista de nosotros probablemente miles de
millones de años. Pero que coincide también con un momento concreto
pasado de nuestra historia, en un "bucle" temporal causado por la
acción redentora del espíritu de Dios, el Espíritu Santo,
procedente del Padre y del Hijo, que anuncia esta resurrección a los
hombres.
Los
discípulos fueron, pues, "llenos del Espíritu Santo".
De ahí vino su convicción en la resurrección de Jesús;
de ahí vino su enorme capacidad creativa. Ellos experimentaron en pasado
lo que es futuro, trocaron la incertidumbre de lo futuro por la certeza de lo
pasado; el acontecimiento de la resurrección de Cristo vino a ser un
momento de la historia, hace veinte siglos, que es anticipatorio de un momento
futuro en el umbral de la emergencia última, probablemente dentro de
miles de millones de años. Es una anticipación real, no simbólica
ni ilusoria. Cristo resucitó/resucitará al fin de los tiempos;
y nosotros resucitaremos con Él.
54._ REIMPLANTACIÓN
Nuestros
cuerpos serán destruidos por la muerte. Pero la información que
definía nuestra identidad: el programa genético que determinaba
la estructura y funciones de nuestros organismos, la memoria y la mente que
nos permitían ser conscientes y persistentes, todo nuestro "software",
--nuestra "alma"--, será accesible al conocimiento de Dios.
No habrá almas que subsistan como entes autónomos, incorpóreos,
como fantasmas que "vivan" en un ultra-mundo esperando el fin de los
tiempos. No; simplemente desapareceremos después de nuestra muerte y
volveremos a aparecer en el umbral de la emergencia final. Para nuestra conciencia
personal no habrá transcurrido plazo alguno entre ambos instantes: la
muerte y la resurrección coinciden en el tiempo personal, aunque en el
tiempo propio del universo estén separadas por miles de millones de años.
Esto ocurrirá a todas las personas que existen, hayan existido, y existirán
hasta ese momento final. Dios, desde las alturas, desde la cima del proceso
de evolución cósmica, verá, conocerá completa y
exactamente, toda la información universal de todos los tiempos, en particular
toda la información que nos determinaba, a cada uno, como personas. Y
querrá, y podrá, resucitarnos; reimplantar nuestro "software"
en un nuevo "hardware", nuestras "almas" en nuevos "cuerpos",
pero cuerpos diferentes a los antiguos para vidas diferentes de las antiguas,
cuerpos espirituales para vidas eternas.
55._ CUERPO MÍSTICO
Esto
lo hará Dios por intermedio de Jesucristo resucitado, el primero, la
primicia, entre los que resucitan. Él será el aglutinador, el
dispensador, el centro irradiador, el atractor, el impregnador, la fuente, la
puerta, el camino, la razón, la ocasión, la cabeza de un "Cuerpo
Místico" del que nosotros estamos llamados a ser miembros. "Él
es la vid, nosotros los sarmientos". El Espíritu Santo llenará
el Cuerpo Místico, fluyendo hacia sus miembros como sangre vivificante,
como agua viva, como fuego purificador, como luz iluminadora, como gracia edificante
y santificante, desde Jesucristo; y así el Cuerpo Místico vivirá
hacia Dios, se entregará a Dios, para ser uno con Él, para que
"Dios sea todo en todas las cosas".
La
recaudación o recapitulación de todos nosotros, de todas las personas
existentes --incluso de todas las personas, humanas o no, cuya existencia sea
posible-- en el Cuerpo Místico de Jesucristo, se llama "anacefaleosis".
Y la unión del Cuerpo Místico con Dios, para que Dios sea todo
en todo, se llama "apocatástasis". Más allá del
umbral de emergencia final, se habrá producido ya la apocatástasis:
Dios será todo en todo; sólo habrá Dios trascendente, uno,
eterno, perfecto, inmutable; todo cuanto haya sido en el universo - nosotros
incluidos, naturalmente - estará integrado en Él, en el único
Ser, el único Bien, la única Verdad, la única Belleza.
Entre
el momento de la resurrección y la apocatástasis hay el proceso
de la anacefaleosis: la incorporación de todo en Jesucristo, en su
Cuerpo Místico. Este tiempo se extenderá hasta que todo lo incorporable
haya sido incorporado; entonces Jesucristo "someterá todo a Dios".
La anacefaleosis durará para siempre en términos del tiempo
personal, vivencial, humano. Estaremos por siempre acabándonos de incorporar
al Cuerpo Místico; Dios estará siempre presente pero "más
allá"; será siempre el límite hacia el que nos aproximaremos.
El tiempo, inagotable, de la anacefaleosis, será la beatitud, la felicidad
más completa, la bienaventuranza cumplida. Al fin seremos "nosotros
mismos", unidos en el Espíritu de Amor, hacia el Padre, con el
Hijo; "con Él, por Él, y en Él, mediante el Espíritu
Santo, glorificando al Padre por los siglos de los siglos".
56._ JUICIO Y CONVERSIÓN
Afirmamos,
pues, que una persona, cuando muere, desaparece de este mundo; pero desde
su punto de vista interno, en su tiempo personal, resucita de inmediato, como
quien despierta de una operación quirúrgica larguísima,
pero sin haber sentido nada y sin haber experimentado el transcurso del tiempo,
gracias a la más eficaz de las anestesias: la muerte. Los miles de
millones de años transcurridos según el tiempo propio del universo,
no son nada en el tiempo personal: la muerte y la resurrección se experimentan
como ocurridas en el mismo instante.
Y
la persona resucita para la anacefaleosis: para el proceso de su incorporación
al Cuerpo Místico de Jesucristo. Pero esa incorporación implica
una radical transformación; tiene que cambiar, destruyendo sus aspectos
negativos, su "lado malo", y desarrollando sus aspectos positivos,
su "lado bueno". Una depuración que no termina nunca, y que
sólo es posible gracias al Espíritu Santo, a la gracia divina
que fluye desde Jesucristo, pero que necesita la aceptación y la colaboración
de la persona: requiere su conversión personal, su arrepentimiento,
su fe, su confianza, su apertura. Se obtiene mediante el auxilio de la gracia
de Dios, mediante Su persuasión, Su seducción, Su diálogo
"de tú a tú", Su llamada incesante, Su guía,
Su indulgencia, Su benevolencia acogedora.
Si
hay aceptación por parte de la persona, la incorporación se realiza
suavemente, aceleradamente, y redunda en la mayor felicidad suya, en la dicha
completa "que ningún ojo vio y ningún oído oyó",
--inimaginable--, que "Dios tiene preparada para sus elegidos". Pero
si hay rechazo, resistencia, por parte de la persona, entonces la incorporación
no puede efectuarse: es la condenación, la desolación; eternamente
--desde el punto de vista personal-- seguirá Dios insistiendo, llamándola,
convenciéndola, pero mientras se mantenga en su rechazo, permanecerá
condenada. La colaboración de la persona es exigida por Dios para respetar
su libertad, su voluntad; por eso hubo Encarnación, por eso sufrió
y murió Jesús, para poder convencernos íntimamente, de
igual a igual, respetándonos. La persona resucitada se verá a
sí misma a una nueva luz; será capaz de reconocer sus culpas,
sus pecados, sus crímenes, sus deficiencias; sentirá dolor por
ello, se sentirá avergonzada; pero podrá superarlo si confía
en el poder de la gracia de Dios. Éste es el "juicio personal",
inicio de la anacefaleosis para cada persona.
Todos
resucitaremos juntos, en el umbral de la emergencia última. A la expresión
de la voluntad de Dios, a su voz, al "son de la trompeta", todos
despertaremos de la muerte para ser así juzgados y transformados. Todos
experimentaremos a la vez el "juicio personal". El mundo humano
de los siglos pasados, lo que comenzó en el planeta Tierra y se extendió
después por todo el Universo, habrá alcanzado su acabamiento,
habrá sido superado. El universo entero se estará consumando;
no habrá ya galaxias; todo: materia, energía, espacio, tiempo,
se estará "sumiendo", o "sublimando", en la emergencia
de Dios. Y las personas resucitadas sentiremos, junto a una alegría
indescriptible, la tristeza del arrepentimiento, la vergüenza por nuestros
pasados crímenes, la ira por nuestra estupidez, por nuestra mezquindad,
por nuestra maldad, por nuestra injusticia. Éste será el llamado
"día de las lágrimas y de la ira". El "día
del Juicio Final Universal". Pero la gracia reparadora, consoladora,
indulgente, bondadosa, acogedora, de Dios, nos estará llamando para
separar nuestro lado "oveja" de nuestro lado "cabrito";
para conducirnos a la reconciliación y la paz; para mejorarnos y llevarnos
a la vida eterna, depurados, convertidos, transformados, inmaculados, salvados,
vueltos a nacer. A nuestro verdadero "hogar", a nuestra verdadera
"patria".
Capítulo
15 de la primera epístola de San Pablo a los Corintios
Os
recuerdo, hermanos, el evangelio que os he predicado,
el
cual recibisteis, en el cual perseveráis;
por
el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado,
sois
salvos, si no creísteis en vano.
Primeramente
os he enseñado lo que yo mismo recibí:
Que
Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;
y
que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las
Escrituras;
y
que se apareció a Cefas, y después a los doce;
después
se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales
muchos viven aún, y otros ya murieron;
después
se apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles;
y
en último término, como a un abortivo, se me apareció a
mí.
Porque
yo soy el más pequeño de los apóstoles,
que
no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la iglesia
de Dios.
Pero
por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo,
antes
he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios
que está conmigo.
Bueno,
sea yo o sean ellos, esto predicamos, y esto habéis creído.
Pero
si se predica de Cristo que resucitó de los muertos,
¿cómo
dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos?
Porque
si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó.
Y
si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana
es también vuestra fe.
Y
somos falsos testigos de Dios; por haber testificado de Dios que él resucitó
a Cristo,
al
cual no resucitó, si es verdad que los muertos no resucitan.
Porque
si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó;
y
si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en
vuestros pecados.
Entonces
también los que durmieron en Cristo perecieron.
Si
solamente para esta vida esperamos en Cristo,
somos
los más lastimosos de todos los hombres.
¡Pero
no! Cristo ha resucitado de entre los muertos; como primicias de los que durmieron.
Como
la muerte entró por un solo hombre, también por un solo hombre
viene la resurrección de los muertos.
Porque
así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos
revivirán.
Pero
cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo,
en su venida;
luego
el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre,
cuando
haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.
Es
preciso que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos a sus
pies.
Y
el postrer enemigo destruido será la muerte.
Porque
le han sido sometidas todas las cosas, exceptuando aquel que se las sometió.
Pero
luego que todas las cosas le estén sujetas,
entonces
también el Hijo mismo se someterá a quien sometió a él
todas las cosas,
para
que Dios sea todo en todos.
De
otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos,
si en ninguna manera los muertos resucitan?
¿Por
qué, pues, se bautizan por los muertos?
¿Y
por qué nosotros peligramos a toda hora?
Os
aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor
Jesucristo,
que
cada día vivo en peligro de muerte.
Si
como hombre batallé en Efeso contra fieras, ¿qué me aprovecha?
Si
los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos.
No
erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.
Velad
debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza
vuestra lo digo.
Pero
dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con
qué cuerpo vendrán?
Necio,
lo que tú siembras no revive si no muere antes.
Y
lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el simple grano desnudo,
ya sea de trigo o de otro grano;
pero
Dios le da el cuerpo como él quiere, y a cada semilla su propio cuerpo.
No
toda carne es igual, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la
de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves.
Y
hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los
celestiales, y otra la de los terrenales.
Uno
es el resplandor del sol, otro el de la luna, y otro el de las estrellas, pues
una estrella es diferente de otra.
Así
también es la resurrección de los muertos:
Se
siembra corrupción, resucita incorrupción;
se
siembra deshonra, resucita gloria;
se
siembra debilidad, resucita fortaleza;
se
siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual.
Pues
como hay cuerpo animal, hay también cuerpo espiritual.
Como
está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente;
el último Adán, espíritu vivificante.
Mas
lo espiritual no es lo primero, sino lo animal; luego lo espiritual.
El
primer hombre, Adán, es de la tierra; el segundo hombre, el Señor,
es del cielo.
Cual
el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales
también los celestiales.
Así
como hemos sido imagen del terrenal, seremos también imagen del
celestial.
Esto
os digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios,
ni
la corrupción heredar la incorrupción.
¡Mirad!
Os revelo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados,
en
un momento, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta final;
pues
sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles,
y nosotros seremos transformados.
Porque
es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal
se vista de inmortalidad.
Y
cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal
se haya vestido de inmortalidad,
entonces
se cumplirá la palabra que está escrita:
Sorbida
ha sido la muerte en la victoria.
¿Dónde
está, oh muerte, tu aguijón?
¿Dónde,
oh sepulcro, tu victoria?
El
aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley.
Mas
gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo.
Así que, hermanos
míos amados, permaneced firmes y constantes,
creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo
en el Señor no es en vano.
De la epístola
de San Pablo a los Efesios
Él nos manifestó el misterio de su voluntad
según su benevolencia,
por la cual se propuso
para la plenitud de los tiempos,
recapitular todas las cosas en Cristo:
las de los cielos y las de la tierra.
(Ef 1, 9-10)
Profecías
El
que te creó, te tomará por esposa; su nombre es Señor todopoderoso.
Tu
redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra.
Como
a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor.
¿Puede
ser rechazada la esposa tomada en la juventud?, dice el Señor.
Por
un breve instante te abandoné, pero ahora te recibo con inmenso cariño.
En
un arrebato de enojo me oculté de ti por un momento,
pero
el amor con que te amo es eterno, dice el Señor, tu redentor.
Me
sucede como en tiempos de Noé, cuando juré que las aguas del diluvio
no volverían a cubrir la tierra;
ahora
juro no volver a enojarme contra ti, ni amenazarte nunca más.
Aunque
las montañas cambien de lugar, y se desmoronen los cerros,
no
cambiará mi amor por ti,
ni
se desmoronará mi alianza de paz, dice el Señor, que te ama.
Entonces (Yahvé) me dijo: "Profetiza sobre estos huesos.
Les dirás: Huesos secos, escuchad la palabra de Yahvé.
Así dice el señor Yahvé a estos huesos: He aquí
que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros, y viviréis.
Os cubriré de nervios, haré crecer la carne sobre vosotros,
os cubriré de piel, os daré un espíritu y viviréis;
y sabréis que yo soy Yahvé".
Estos
huesos son todo el pueblo de Israel. Ellos andan diciendo: "Se han secado
nuestros huesos,
se
ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha terminado para nosotros".
Por
eso, profetiza; les dirás: Así dice el Señor Yahvé:
"He
aquí que yo voy a abrir vuestras tumbas; os haré salir de vuestras
tumbas, pueblo mío,
y
os llevaré de nuevo al suelo de Israel.
Sabréis
que yo soy Yahvé cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de ellas,
pueblo mío.
Infundiré
mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra
patria,
y
sabréis que yo, Yahvé, lo digo y lo hago; palabra de Yahvé."
El Señor es mi pastor,
¿qué me puede faltar?
Por las verdes praderas
él me lleva a apacentar,
me guía hacia las aguas de la paz
y mi alma reconforta.
Me conduce por sendas de justicia
por amor de su nombre,
en oscuros abismos yo no temo
porque está junto a mí;
su cayado, la vara de su brazo,
son ellos mi confianza.
Para mí tú dispones una mesa
frente a mis adversarios,
has ungido con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa,
de bienes y de gracias gozaré
en tu casa, cuando viva.
Gloria al Padre nuestro creador,
a Jesús el Señor
y al Espíritu que habita en nuestras almas
nuestro consolador,
al Dios que es, que era y que vendrá
por los siglos de los siglos.