PASIÓN                                                                                                                 SEGUNDA PARTE: REDENCIÓN

 45._ DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO

                        Ahora viene el Reino; pero para que ello sea posible es necesario que todo cambie. No puede guardarse el vino nuevo en odres viejos. El cambio afectará a nuestras personas: debemos convertirnos, hacernos como niños, volver a nacer; pero también afectará al mundo, a las estructuras, a las instituciones, a las naciones, a la historia, al universo. Hasta "las estrellas se bambolearán". Para que emerja Dios es necesario un cambio cósmico; en su nivel supremo de emergencia quedan superados todos los anteriores. El universo queda trascendido. El Reino de Dios no es de este mundo. La presencia de Dios en este mundo es pasajera. Su presencia simbólica en Israel ya no será necesaria, pues ahora se hará presente de verdad. Actualmente está "escondido", lo vemos oscuramente, como a través de un "cristal oscuro"; pero en su Reino lo veremos cara a cara. El velo del Templo se rasgará. El Templo mismo perderá su sentido, porque Dios estará presente en todos, para todos, en todas partes. Se acaba la Antigua Alianza, para dejar paso a la Nueva. Israel, como pueblo escogido, como ámbito hermenéutico, va a dar paso a un nuevo pueblo de Dios: toda la humanidad renovada, la comunidad de los santos.
                       El antiguo Templo será destruido para dejar sitio al nuevo; ahora será "casa de oración, no guarida de ladrones". La antigua Jerusalén será destruida para que en su lugar se alce la Nueva Jerusalén, gloriosa, "ataviada como una novia" para su boda eterna con Dios.
                       Esto era lo que esperaban todos los profetas, la realización de la Promesa.

 46._  PERNICIOSO

                      Para Jesús, todo esto está a punto de ocurrir. ¿Cómo va a callárselo? Debe proclamarlo por todas partes, y sobre todo en el propio corazón de Israel: en Jerusalén, y a sus autoridades. Es la culminación de su misión, su manifestación pública en el "monte santo" --Sión--, como Yahvé se manifestó en el monte Sinaí antiguamente. Así, pues, va a Jerusalén montado en un asno, como anunció el profeta Zacarías que vendría el nuevo rey de Israel, el Hijo de David; y va durante las fiestas de Pascua, conmemorativas de la liberación de Egipto y de la revelación en el Sinaí.

                      Su mensaje era también de liberación, de alegría para todo el mundo, y especialmente para las autoridades judías; si el Templo iba a ser destruido, era para construir uno nuevo, incomparablemente más amplio y hermoso, "no hecho ya por manos humanas". Pero las autoridades, cerradas, obtusas, no lo comprendieron, no le creyeron. "Los suyos no lo recibieron". (Ni ellos, ni tantos tantos otros, que hemos escuchado su mensaje y no hemos podido creerlo; lo hemos juzgado un mensaje absurdo, fantástico, ingenuo, utópico, pernicioso, engañoso, escapista, alienante, perturbador, perjudicial. Y más triste resulta cuanto más suyos hemos sido, cuando, después de haber "comido en su plato", nos hemos desilusionado de él hasta llegar quizá incluso a traicionarlo.)
                     Les incomodaba, les amenazaba, hería sus intereses, pretendía arrebatarles su poder, sus prerrogativas, sus sitiales. Ese nazareno insignificante era un alborotador, un sedicioso, y un hereje; debía ser eliminado.



 47._ SU VOLUNTAD

                     Jesús lo supo. ¿Debía huir, renunciar a su misión? No, por supuesto; Dios estaba con él; todo era un plan de Dios, debía hacerse Su voluntad. Si tenía que ser apresado y torturado, era por designio divino, tal como estaba predicho en las escrituras, en el poema del "Siervo de Yahvé". Pero, de algún modo misterioso, el plan de Dios se cumpliría, y él sería el también predicho "Hijo del Hombre" que está a la diestra de Dios y viene victorioso sobre las nubes.

  

                       El plan de Dios era hacerse un hombre como nosotros, con todas sus consecuencias, menos el pecado. Un hombre consecuente con su mensaje de amor y salvación, de paz y justicia, hasta al coste de su propia vida. Porque "el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la hallará". Dios no quiere la muerte de Jesús en sí misma, ni para aplicarle el castigo que los hombres merecen y así aplacar su ira; no, la acepta en consecuencia con su mensaje, como circunstancia inevitable en el cumplimiento de su misión; y también, más profundamente, para solidarizarse con nuestra condición mortal y sufriente, y poder así dialogar con nosotros "de tú a tú": ¿Eres ínfimo y efímero? - Yo también. ¿Eres perdedor? - Yo también. ¿Eres víctima del proceso, en aras de Dios? - Yo también. ¿Te sientes fracasado, abandonado por Dios? - Yo también.

 

                       Este diálogo es necesario para convencernos, para transformarnos, para cambiar nuestra condición, para lavar nuestras culpas, para convertirnos, para salvarnos. Éste es el sentido --no el propiciatorio-- en que podemos decir que Jesús "cargó con nuestras culpas", y murió para "reparar el pecado original de Adán".


 

 48._  CUMPLIMIENTO

                      Paradojalmente, en ningún momento se revela más Dios, en ningún momento está identificado/encarnado Dios más auténticamente en Jesús, que en la cruz, cuando exclama: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
                      Todo se ha cumplido. Dios ha realizado su voluntad. Ha proveído la víctima adecuada para el sacrificio, como hizo con Abraham: un cordero inocente para un sacrificio sin mancha; como aquel cordero pascual cuya sangre fue señal de salvación en las puertas de los hogares israelitas, y su carne alimento para la liberación.

 

 

 49._  COLABORACIÓN

                      Habrá quien hubiese pretendido, en su buen corazón, salvar a Dios de Dios. Recibirá una dura recriminación: "apártate satanás". Ésa no es la forma. Lo que debe hacer es colaborar con Dios en la realización de su voluntad, implicándose también, sin negarlo, hasta entregar su vida  --y podrá hallarla de verdad-- muriendo como Él si es necesario, pero "cabeza abajo, porque no es digno de sufrir la misma muerte de su Señor". Así habrá demostrado el amor que había en su corazón: "Tú sabes que te amo".

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 _         Profecías

Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - palabra de Yahvé-.
Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros.
Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado mi voluntad y haya cumplido lo que le encargué. (Isaías 55, 8-11)



           Epístola          

Puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida.
Porque ciertamente no ha venido en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abraham. Por eso tenía que ser hecho en todo semejante a sus hermanos, para llegar a ser un sumo sacerdote misericordioso y digno de confianza en las cosas de Dios, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo.
Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba.
(Carta a los Hebreos 2, 14-18)



           Evangelio          

Como el Padre me amó, yo también os he amado;
permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor,
como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os digo esto para que mi gozo esté en vosotros,
y vuestro gozo sea completo.

Este es el mandamiento mío:
que os améis unos a otros como yo os he amado.

Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor;
a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

(Juan 15, 9-15)

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