Ahora
viene el Reino; pero para que ello sea posible es necesario que todo cambie.
No puede guardarse el vino nuevo en odres viejos. El cambio afectará
a nuestras personas: debemos convertirnos, hacernos como niños, volver
a nacer; pero también afectará al mundo, a las estructuras, a
las instituciones, a las naciones, a la historia, al universo. Hasta "las
estrellas se bambolearán". Para que emerja Dios es necesario un
cambio cósmico; en su nivel supremo de emergencia quedan superados todos
los anteriores. El universo queda trascendido. El Reino de Dios no es de este
mundo. La presencia de Dios en este mundo es pasajera. Su presencia simbólica
en Israel ya no será necesaria, pues ahora se hará presente de
verdad. Actualmente está "escondido", lo vemos oscuramente,
como a través de un "cristal oscuro"; pero en su Reino lo veremos
cara a cara. El velo del Templo se rasgará. El Templo mismo perderá
su sentido, porque Dios estará presente en todos, para todos, en todas
partes. Se acaba la Antigua Alianza, para dejar paso a la Nueva. Israel, como
pueblo escogido, como ámbito hermenéutico, va a dar paso a un
nuevo pueblo de Dios: toda la humanidad renovada, la comunidad de los santos.
El
antiguo Templo será destruido para dejar sitio al nuevo; ahora será
"casa de oración, no guarida de ladrones". La antigua Jerusalén
será destruida para que en su lugar se alce la Nueva Jerusalén,
gloriosa, "ataviada como una novia" para su boda eterna con Dios.
Esto
era lo que esperaban todos los profetas, la realización de la Promesa.
46._ PERNICIOSO
Para
Jesús, todo esto está a punto de ocurrir. ¿Cómo
va a callárselo? Debe proclamarlo por todas partes, y sobre todo en el
propio corazón de Israel: en Jerusalén, y a sus autoridades. Es
la culminación de su misión, su manifestación pública
en el "monte santo" --Sión--, como Yahvé se manifestó
en el monte Sinaí antiguamente. Así, pues, va a Jerusalén
montado en un asno, como anunció el profeta Zacarías que vendría
el nuevo rey de Israel, el Hijo de David; y va durante las fiestas de Pascua,
conmemorativas de la liberación de Egipto y de la revelación en
el Sinaí.
Su
mensaje era también de liberación, de alegría para todo
el mundo, y especialmente para las autoridades judías; si el Templo iba
a ser destruido, era para construir uno nuevo, incomparablemente más
amplio y hermoso, "no hecho ya por manos humanas". Pero las autoridades,
cerradas, obtusas, no lo comprendieron, no le creyeron. "Los suyos no lo
recibieron". (Ni ellos, ni tantos tantos otros, que hemos escuchado su
mensaje y no hemos podido creerlo; lo hemos juzgado un mensaje absurdo, fantástico,
ingenuo, utópico, pernicioso, engañoso, escapista, alienante,
perturbador, perjudicial. Y más triste resulta cuanto más suyos
hemos sido, cuando, después de haber "comido en su plato",
nos hemos desilusionado de él hasta llegar quizá incluso a traicionarlo.)
Les
incomodaba, les amenazaba, hería sus intereses, pretendía arrebatarles
su poder, sus prerrogativas, sus sitiales. Ese nazareno insignificante era un
alborotador, un sedicioso, y un hereje; debía ser eliminado.
47._ SU VOLUNTAD
Jesús
lo supo. ¿Debía huir, renunciar a su misión? No, por supuesto;
Dios estaba con él; todo era un plan de Dios, debía hacerse Su
voluntad. Si tenía que ser apresado y torturado, era por designio divino,
tal como estaba predicho en las escrituras, en el poema del "Siervo de
Yahvé". Pero, de algún modo misterioso, el plan de Dios se
cumpliría, y él sería el también predicho "Hijo
del Hombre" que está a la diestra de Dios y viene victorioso sobre
las nubes.
El
plan de Dios era hacerse un hombre como nosotros, con todas sus consecuencias,
menos el pecado. Un hombre consecuente con su mensaje de amor y salvación,
de paz y justicia, hasta al coste de su propia vida. Porque "el que quiera
salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la
hallará". Dios no quiere la muerte de Jesús en sí
misma, ni para aplicarle el castigo que los hombres merecen y así aplacar
su ira; no, la acepta en consecuencia con su mensaje, como circunstancia inevitable
en el cumplimiento de su misión; y también, más profundamente,
para solidarizarse con nuestra condición mortal y sufriente, y poder
así dialogar con nosotros "de tú a tú": ¿Eres
ínfimo y efímero? - Yo también. ¿Eres perdedor?
- Yo también. ¿Eres víctima del proceso, en aras de Dios?
- Yo también. ¿Te sientes fracasado, abandonado por Dios? -
Yo también.
Este
diálogo es necesario para convencernos, para transformarnos, para cambiar
nuestra condición, para lavar nuestras culpas, para convertirnos, para
salvarnos. Éste es el sentido --no el propiciatorio-- en que podemos
decir que Jesús "cargó con nuestras culpas", y murió
para "reparar el pecado original de Adán".
48._ CUMPLIMIENTO
Paradojalmente,
en ningún momento se revela más Dios, en ningún momento
está identificado/encarnado Dios más auténticamente en
Jesús, que en la cruz, cuando exclama: "Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?".
Todo
se ha cumplido. Dios ha realizado su voluntad. Ha proveído la víctima
adecuada para el sacrificio, como hizo con Abraham: un cordero inocente para
un sacrificio sin mancha; como aquel cordero pascual cuya sangre fue señal
de salvación en las puertas de los hogares israelitas, y su carne alimento
para la liberación.
49._ COLABORACIÓN
Habrá
quien hubiese pretendido, en su buen corazón, salvar a Dios de Dios.
Recibirá una dura recriminación: "apártate satanás".
Ésa no es la forma. Lo que debe hacer es colaborar con Dios en la realización
de su voluntad, implicándose también, sin negarlo, hasta entregar
su vida --y podrá hallarla de verdad-- muriendo como Él
si es necesario, pero "cabeza abajo, porque no es digno de sufrir la misma
muerte de su Señor". Así habrá demostrado el amor
que había en su corazón: "Tú sabes que te amo".
Porque
no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos
- palabra de Yahvé-.
Porque
cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a
los vuestros y mis pensamientos a los vuestros.
Como
descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino
que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente
al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga
de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado
mi voluntad y haya cumplido lo que le encargué. (Isaías 55, 8-11)
Epístola
Puesto
que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también
Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que
tenía poder para matar, y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte
tenía esclavizados de por vida.
Porque
ciertamente no ha venido en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de
la raza de Abraham. Por eso tenía que ser hecho en todo semejante a sus
hermanos, para llegar a ser un sumo sacerdote misericordioso y digno de confianza
en las cosas de Dios, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo.
Precisamente
porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer
ahora a los que están bajo la prueba.
(Carta
a los Hebreos 2, 14-18)
Evangelio
Como
el Padre me amó, yo también os he amado;
permaneced
en mi amor.
Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor,
como
yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os
digo esto para que mi gozo esté en vosotros,
y
vuestro gozo sea completo.
Este
es el mandamiento mío:
que
os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie
tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros
sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
No
os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor;
a
vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo
he dado a conocer.