
Jesús de Nazaret, como su nombre indica, provenía de una aldea de Galilea, una región apartada en el norte, lejos de Jerusalén. Los evangelios de Mateo y Lucas le atribuyeron, en una maravillosa alegoría, una concepción y un nacimiento prodigiosos, en el linaje de David y en la ciudad de Belén. En las genealogías que mencionan, además de emparentarlo con el rey David, le atribuyen una ascendencia que incluye las más importantes figuras de la historia de Israel, hasta Abraham, Noé, y Adán. Todo ello, ciertamente, no tiene otro propósito que el de situar a Jesús dentro del "contexto hermenéutico" propio del Mesías, y no el de una fiel narración histórica.
( El contexto interpretativo aludido, el del Antiguo Testamento, es esencial para comprender el mensaje y la vida de Jesús, y reconocerlo como el Mesías esperado; por eso dichas narraciones tienen un importante sentido, pero sólo en cuanto remiten conceptualmente a la Promesa y a su desarrollo, no en una supuesta realidad histórica de tales prodigios.Dios se ha hecho sitio en la historia humana, en un pueblo y una familia; el lugar que le corresponde es destacado, ha sido cuidadosamente preparado, pero no es aparente para el mundo. Es un sitio que contrasta con el poder y la gloria humanos; no un sitio en la "posada" de los acomodados sino en el "pesebre" de los marginados. Su nacimiento es una buena noticia para los humildes, y un descubrimiento para los "sabios" que han estado dispuestos a esperarlo y a buscarlo.


Cuando vemos a Dios encarnado en Jesús recién nacido estamos admitiendo que su identidad de Mesías no ha sido posteriormente recibida ni aprendida, como en el caso de otros "ungidos", sino que es intrínseca a su naturaleza. Jesús representa a Dios de un modo único, intrínsecamente, plenamente, auténticamente. Así, reconocemos en él una misteriosa filiación divina --no al modo de una filiación biológica humana--, que es obra del espíritu de Dios para la Redención. Por eso, afirmamos que cuando se llama a Jesús "Hijo de Dios" no se hace en el sentido lato que se aplica a otros ungidos, sino en un sentido estricto, nuevo, único, mucho más fuerte que el de ser un simple inspirado, un mero delegado o portavoz, o un investido, de Dios; mucho más fuerte incluso que el lazo que implica la palabra "hijo" en el sentido biológico. Por eso Jesús (nombre que significa "Dios salva") no es "un" ungido más, sino "el" Mesías, "el Hijo" de Dios.
Prosiguiendo su obra de encarnación, el Espíritu condujo a Jesús
al "desierto", es decir a acallar sus sentidos para escuchar la "voz"
de su Padre, su vocación. Durante "cuarenta días",
es decir durante un largo período, desde su infancia quizá, cuando
"crecía en gracia y sabiduría" y se apartaba de su ambiente
familiar para "perderse en el Templo", estudiar las escrituras y empezar
a ocuparse de los "asuntos de su Padre". Este
pensamiento recogía las reflexiones lógicas que inspiraba el
violento contraste entre la Promesa de Yahvé, interpretada como triunfo
y prosperidad de Israel, y la amarga realidad del destierro, opresión,
derrota y sufrimiento. Es una reflexión habitual entre los profetas
de Israel, y su conclusión es que la culpa de ello la tiene el propio
pueblo de Israel, por su comportamiento injusto, por su infidelidad a la alianza
con Yahvé. Proclaman que es necesario cambiar de actitud, hacer penitencia,
cumplir la Ley, practicar la justicia, porque si no las cosas seguirán
mal, e irán todavía a peor, como castigo de Yahvé. Pero
también piensan que Dios es misericordioso, y que no olvida su promesa
de salvar a su pueblo; por eso ha dado tiempo para el arrepentimiento, y para
eso ha enviado a los profetas, pero el plazo se agota. Llega el momento en
que Yahvé actuará con todo su poder, destruyendo a los opresores,
y castigando a los injustos, pero salvando al "resto" fiel. En el
libro de Daniel se expresa este mensaje en forma de visiones --como es habitual
en la literatura apocalíptica ("apocalipsis" significa "revelación")--
de bestias feroces y horrendas, que representan a los perseguidores, tales
como Babilonia o el reinado de Antíoco Epifanes; estos serán
destruidos por el poder de Dios, y entonces se acabarán las desdichas
y el pecado, y vendrá del cielo un "Hijo de Hombre" --es
decir, ya no una bestia-- que establecerá el Reino de los Santos para
siempre.
A estos conceptos se remitía la predicación de Juan el Bautista, quien llamaba a la conversión a los que le escuchaban, a un cambio de vida según la justicia requerida por Dios. Y, como signo de ello, a someterse a un rito de purificación e iniciación: el bautismo, o sea la inmersión ritual en las aguas del río Jordán, lo que puede interpretarse como muerte a la antigua vida de pecado (sumergirse) y nacimiento a una vida nueva (emerger); también puede hacer alusión al paso legendario de los israelitas por el Mar Rojo durante el éxodo de Egipto.
A ese bautismo se sometió Jesús, no como señal de su conversión personal, sino como anuncio del sentido de su misión: él traería un nuevo bautismo, no simbólico sino plenamente eficaz, una efusión del Espíritu que cambiaría las vidas de todos, de la muerte a la vida, realizando así el plan de salvación de Dios.
Jesús predicó un mensaje apocalíptico: la venida del Reino de Dios es inminente; esta es la buena noticia que hay que difundir, y también hay que prepararse para ello cambiando radicalmente de vida. El tiempo, el momento esperado, ha llegado. Se ha cumplido el plazo para la realización de la Promesa. Hay que creer en esta buena nueva, anunciarla, y convertirse a la práctica del bien.
Pero
Jesús da un nuevo sentido, mucho más amplio y profundo, al mensaje
apocalíptico. Según éste, el mundo estaba claramente
dividido en buenos y malos; los buenos eran los "hijos de Abraham",
los judíos observantes de la Ley, los fieles a Yahvé; y los
malos eran las naciones gentiles opresoras, los idólatras, los no observantes
de la Ley, los pecadores. Los buenos serían premiados y ocuparían
los lugares de honor en el Reino, en tanto que los malos serían arrojados
fuera. Sin embargo, para Jesús no había una división
tan tajante: él se mezclaba con los pecadores, hablaba de justificar
a gente "impura" o "hereje", tales como publicanos, prostitutas,
samaritanos, etc, y en cambio despotricaba a menudo contra los reputados como
buenos: los fariseos, los sacerdotes y los escribas, etc. En el concepto de
Jesús, nadie era realmente bueno --sólo Dios--, y nadie tampoco
enteramente malo. Él desenmascaraba a los que se creían buenos,
y acogía a los humildes pecadores arrepentidos. En el Reino que él
predicaba se daban vuelta las tornas: "muchos primeros serán últimos,
y muchos últimos, primeros".
A nosotros, que somos herederos de las enseñanzas de Jesús,
nos queda claro que el Reino de Dios viene para salvar a todos los seres humanos.
Todos somos buenos y malos a la vez. La división en buenos y malos
no separa a la gente en dos grupos, sino que la línea divisoria pasa
por el interior de cada uno. Nuestro lado malo será castigado, destruido;
y nuestro lado bueno será premiado, acogido. El Reino de Dios ofrece
una transformación a todas las personas para quitarles la maldad y
desarrollar su bondad. Pide sólo aceptación, fe, confianza.
Otorga perdón y misericordia a todos. No sólo unos pocos escogidos
--como los descendientes de Abraham-- sino todos los seres humanos, presentes,
pasados y futuros, son llamados a aceptar la salvación y a entrar en
el Reino que viene.
Porque todos somos pobres --incluso, y especialmente, los que se ufanan de
sus pequeñísimas riquezas--, todos somos pecadores --incluso,
y especialmente, los que se creen buenos--, todos sufrimos --incluso, y especialmente,
los que se entregan al placer--, todos necesitamos de justicia --incluso,
y especialmente, los que se reputan de justos--, todos necesitamos de misericordia
--incluso, y especialmente, los que no tienen compasión.

Quien se ufana de unas riquezas --materiales o no-- que son realmente pequeñísimas, absolutamente despreciables a unos ojos sabios y objetivos --a los ojos de Dios--, es ciertamente muy pobre, pero no tiene conciencia de ello y en esto reside su mayor pobreza: una pobreza "interior". Jesús llama a reconocer esta pobreza, a ser un pobre "de espíritu" --es decir consciente--, a poner el corazón en otras riquezas a las que "no corroa la polilla", a convertirse a la verdadera sabiduría para ganar un tesoro imperecedero. En esta transformación hemos de encontrar la bienaventuranza; en pasar de pobre interior a rico interior, de pecador a santo, de hedonista a prudente, de injusto a justo, de cruel a compasivo. Hemos de cambiar nuestros estrechos criterios y perspectivas por los de Dios.
Claro
que la aceptación del Reino implica una fe y una conversión
sinceras; quien en su conciencia esté dispuesto a acoger sinceramente
a Dios será necesariamente un imitador suyo en las relaciones con los
demás; si Dios lo compadece y lo perdona, también él
deberá ser compasivo e indulgente con los otros; no podrá amar
sinceramente a Dios sin amar similarmente a los demás, en quienes debe
ver, más allá de cualidades o méritos, a otros tantos
amados del mismo Dios, a sus hermanos.
Ha aparecido por fin entonces, revelado en Jesús, el verdadero "rostro" de Dios: ese padre --o madre-- bondadoso, benevolente, indulgente, que nos ama y nos espera, que nos salva para nosotros mismos y para Sí. Ese Dios que viene a nuestro encuentro, nos abraza y nos perdona --como al "hijo pródigo" de la parábola--, ese Dios que alivia a los cansados y agobiados, que se solidariza con nuestra condición ínfima y efímera, que llora con nosotros --como lloró Jesús ante la muerte de su amigo Lázaro--; ese Dios que "hace llover sobre justos e injustos", ese Dios que se identifica con nuestro prójimo, que vela por nosotros, que tiene contados nuestros cabellos, que llama a nuestra puerta, que siempre nos escucha, a quien podemos llamar "papá" --o "mamá"--, ese Dios que quiere misericordia en vez de sacrificios, ese Dios que ve en lo secreto de nuestros corazones, que no escudriña las culpas, que sale en busca de "la oveja perdida", que se alegra más por un pecador que se arrepiente que por "noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia", ese Dios que perdona "setenta veces siete", ese Dios que es amor.
La transformación radical exigida para el Reino puede parecer, y es, de hecho, imposible para los hombres. Supone no sólo una buena disposición moral sino unas capacidades reales que sobrepasan abrumadoramente nuestras posibilidades. Pero Jesús anuncia, con sus palabras y con sus hechos, que ese milagro será posible mediante el poder de la gracia de Dios: "los ciegos veremos, los cojos andaremos, los leprosos quedaremos limpios, los sordos oiremos, los muertos resucitaremos, y todos recibiremos las enseñanzas del Espíritu", si estamos dispuestos a acogerlo.
En los evangelios se narran muchos "milagros" hechos por Jesús, como señales de que él era el depositario del poder de Dios. Es posible que haya practicado algunas curaciones o acciones --explicables objetivamente--, que para los observadores de esa época y circunstancias fuesen hechos milagrosos, exagerados después al contarse "de boca en boca" en las tradiciones orales que se recogieron en los escritos evangélicos. Lo que no debemos creer es que fueron intervenciones directas de un Dios "deísta", "milagrero". No son estas curaciones concretas los dones del Reino; si así fuera, ¿cómo es que se concedieron a unos pocos solamente? Son realmente relatos alegóricos, significativos del gran regalo de salvación y transformación para la vida eterna que el Reino traerá para todos los hombres, y de que Jesús tiene la misión y el poder de darlo. No son bienes temporales, secundarios, por valiosos que nos parezcan, lo que Dios nos ofrece, ni lo que debiéramos pedirle, sino el gran bien de la vida eterna, que hace superfluos a todos los demás, y que es lo que Dios quiere darnos en respuesta a nuestras peticiones mezquinas, ya que nosotros "no sabemos pedir lo que nos conviene".

El mayor de los milagros: el de la resurrección de Lázaro, anuncia
simbólicamente la resurrección de todos los hombres. Jesús
llora, no como hombre solamente, sino en representación auténtica
de Dios. Dios llora por el destino trágico de sus criaturas, por su
condición ínfima y efímera, por su sacrificio "en
aras del proceso", en "aras de Dios mismo". Dios se solidariza
con nosotros, siente nuestro dolor ante la futilidad de nuestra existencia,
ante la muerte; y nos trae la resurrección a una nueva vida, pero no
como una vaga y remota promesa consoladora, sino aquí y ahora, en Jesús,
ya que él "es" la resurrección y la vida, no sólo
para su amigo, sino para todos.
Es
la respuesta a la queja de Marta: "Si hubieras estado aquí, no
habría muerto mi hermano"; y también la respuesta a esta
misma queja en su típica versión universal: "Si Dios existiera,
esto no habría ocurrido".
<pág.ant._____________________________________________________________________________________________pág.sgte>