Según la tradición que hemos recibido, ese hombre en quien se encarnó Dios fue Jesús de Nazaret, hace veinte siglos, y su pueblo era el pueblo judío, el Israel histórico. En la Biblia --los libros que interpretan en clave religiosa los acontecimientos de la vida de Jesús y de la historia de Israel--, tiene pues que estar contenido el mensaje de salvación y el testimonio de su realización.
La Biblia atribuye a Dios, a la acción directa de Dios, cada una de las peripecias y logros del pueblo israelita: su fundación, sus leyes, sus estructuras políticas y sociales, etc. Las épocas triunfales se interpretan como dones de Dios, y las derrotas como castigos. Cualquier costumbre, norma jurídica o social, riquezas materiales y espirituales, etc, se atribuyen u orientan a Dios.
No obstante, no debemos conformarnos sólo con eso; para contemplarlo en toda su profundidad, en todo su relieve, a plena luz, debemos indagar en esa tradición, reinterpretar continuamente los textos de la Biblia, para ir descubriendo, como en una especie de puzzle, los rasgos --más o menos logrados-- de ese rostro divino que ya sabemos reconocer.
Claro que, tenemos que admitirlo y denunciarlo, el mensaje sigue estando amenazado de deformaciones y ruidos. Desde que se expresó en Jesús hasta ahora ha sufrido continuas malinterpretaciones y manipulaciones. Incluso los Evangelios, la fuente más fiable por su cercanía a Jesús, se debieron a testimonios de segunda o tercera mano, y fueron, naturalmente, influídos por las mentalidades y los acontecimientos de la época --posterior en medio siglo a la de Jesús--, en que fueron escritos. El mensaje de Dios queda siempre inmerso en el "ruido" de los hombres. Por eso ese "ámbito", ese "contexto interpretativo", resulta inapreciable para seguir depurándolo, mediante la exégesis y la hermenéutica de los textos y las tradiciones implicados.
Por supuesto, nosotros, como buenos repudiadores del Dios "milagrero"
de cierto deísmo, no podemos aceptar intervenciones directas de Dios
en la historia ni en los fenómenos naturales. Menos podemos atribuir
la autoría de los libros de la Biblia al "dictado" de Dios,
como sugiere la visión ingenua que sostiene incluso una inspiración
literal minuciosa --palabra por palabra-- de los textos "sagrados".
No; sabemos, sin duda, que los libros de la Biblia son una colección de piezas literarias, de diverso género, de factura humana. Incluyen relatos míticos y fabulosos, poemas épicos y epopeyas, crónicas, piezas jurídicas, discursos, reflexiones y meditaciones, leyendas, alegorías, parábolas, narraciones maravillosas, visiones fantásticas, canciones, poemas líricos, etc. Reflejan la vida entera de un pueblo a través de los siglos, en la versión de muchos cronistas de diversas tendencias y escuelas, quienes recogían las innumerables tradiciones orales comunicadas de generación en generación, por los viejos a los jóvenes, las madres a los hijos, los maestros a los discípulos, los sacerdotes a las comunidades; quizá al calor de las fogatas de los campamentos, en las tiendas, en los poblados, en los palacios, a la orilla de los ríos, en tiempos de paz como de guerra, en años de victoria y prosperidad como de cautiverio y sufrimientos.
¿Es pues un dios mítico el Dios de los israelitas? Indudablemente, a juzgar por los relatos de la Biblia, tiene a menudo todas sus características; como podía esperarse, puesto que Israel es un pueblo de la historia humana, como todos los demás. Pero, ¿hay algo más en ese Dios? Nosotros creemos que sí, basándonos en los mismos textos bíblicos. Creemos que la revelación y el mensaje del Dios trascendente están contenidos en el Antiguo Testamento, como una armonía oculta en medio del "ruido humano"; que sólo es percibida por quien escucha con atención y sabe "filtrar" esos ruidos perturbadores. Sin embargo, cuando ello se advierte, queda claro que el mensaje y los rasgos del Dios verdadero no son secundarios ni marginales, sino aspectos centrales y destacados de los escritos bíblicos.

El Dios de Israel no es un dios entre otros dioses; no convive, ni lucha, ni pacta, ni domina o es dominado, ni emparenta, ni se relaciona, con otros dioses de Israel ni de otros pueblos. Es un Dios enfáticamente único, celoso, que abomina de esos "ídolos". Tampoco admite figuraciones ni representaciones de Sí, cualquiera sea su índole; ni tolera que su nombre santo sea pronunciado con ligereza. Ningún hombre puede ser capaz de "ver" su rostro, ni de mantenerse en su presencia. Creemos que estas características son revelaciones de la trascendencia; ningún dios mítico es así de "único"; ningún dios mítico es tan irrepresentable para el conocimiento humano; pero la Novedad Última, ¿no es el "todo" y la "unidad" misma?, ¿no es la emergencia de lo que no puede concebirse desde los niveles anteriores?, ¿no es el fin completo y absoluto de las tendencias éticas y estéticas humanas, que como tal no admite alternativas, alteraciones, o estancamientos parciales e intermedios?
Existe una narración de la Biblia en donde el Dios de Israel se revela con especial intensidad: nos referimos al libro del Éxodo, al relato de cómo las tribus de Israel fueron liberadas de la esclavitud de Egipto y conducidas a la Tierra Prometida. Dios se manifiesta a Moisés en el monte Sinaí (u Horeb), en medio de una zarza, o arbusto, que arde sin consumirse; le encomienda la misión de liberar al pueblo israelita de la esclavitud en Egipto, y se da a conocer como el Dios de los antepasados, que ahora revela su nombre: "ehyeh'asër'ehyeh", que dicho en tercera persona es: "Yahvé".
Este acontecimiento, narrado como comienzo del mito fundacional de la nación de Israel, nos muestra a Moisés como un "profeta", un inspirado por Dios, un receptor/emisor del mensaje que viene de Dios trascendente, desde el futuro de la Novedad Última.
Los
detalles físicos del relato: el monte, la zarza, la voz de Dios, no
son importantes en sí mismos, ni el acontecimiento como un hecho material
y real en la historia, sino en cuanto forman parte del mensaje y de su correcta
interpretación. Pensamos que la cima del monte es una imagen de la
cúspide del proceso de evolución cósmico, que la zarza
ardiendo es una imagen de la emergencia de la trascendencia, y el nombre,
que según la traducción sostenida por algunos filólogos
y expertos sería: "yo seré el que seré" (mejor
que el "yo soy el que soy" tradicional) --en tercera persona: "el
que será"--, expresa el futuro definitivo de la Novedad Última.
Queda la misión de liberación: ella es una imagen del plan de salvación de Dios, de liberar a toda la humanidad --representada por Israel-- de su condición ínfima y efímera --representada por la esclavitud-- en el universo temporal --representado por Egipto-- para llevarla a la vida eterna --representada por la Tierra Prometida.
Así pues, "Yahvé, en la cima del monte Sinaí, se propone liberar a Israel de su esclavitud en Egipto para llevarlo a la Tierra Prometida", debe interpretarse como: "El-que-será, desde su trascendencia en la cúspide del proceso cósmico, se propone salvar a la humanidad de su condición temporal y mortal, para darle la vida eterna con Él".
Después vienen los episodios sabidos: las plagas, la prodigiosa huída, la marcha por el desierto, la alianza en el Sinaí, la construcción del santuario, y posteriormente la conquista de la tierra de Canaán. No creemos que haya en ellos intervenciones milagrosas de Dios, sino, en cuanto tengan una base histórica, que son episodios "normales" narrados en clave mítica; representan leyendas y tradiciones ancestrales, fundacionales, de la nación de Israel, transmitidas primero oralmente y transcritas después en épocas muy posteriores a los hechos narrados, con las consiguientes fabulaciones legendarias, pero conservando un mensaje central esencial.

(Más de alguien podría preguntarnos: "¿y cómo es que Dios no se reveló en una época más avanzada, en la que hubieran entendido su mensaje en sus correctos términos de 'proceso cósmico', 'humanidad', 'salvación personal', etc?" Pero, ¿habríamos llegado nosotros, o cualquiera, a tener estos conceptos si no fuera porque hubo esa revelación en el pasado? Nosotros hemos podido comprender así el mensaje, y también llegar a nuestra concepción actual de la humanidad, de la naturaleza, del universo, del proceso cósmico, sólo porque ha habido una larga elaboración previa, en ese "ámbito hermenéutico", que nace de esa antigua, y en su momento mal comprendida, revelación de Dios.
En un sentido mucho más profundo e inquietante podemos plantearnos: ¿habría la posibilidad de una emergencia final exitosa del proceso cósmico si no hubiese habido Revelación, Encarnación, Redención? Esto parece una paradoja imposible para una mentalidad que concibe al tiempo - y por lo tanto a la causalidad - como un marco lineal, unidireccional, absoluto, pero no debería serlo para una mentalidad contemporánea, que concibe su relatividad y su curvatura. No olvidemos que al hablar de la Redención estamos hablando de un "bucle" en el tiempo.
El espíritu de Dios, actuante en la Redención, refuerza así su acción creadora inmanente en la naturaleza, en la humanidad. Dios "se realiza a Sí mismo" también mediante la Redención.
Yahvé, el Dios de la Promesa en el Sinaí, fue identificado
con el Dios ancestral de los antepasados míticos de Israel: Noé,
Abraham, Isaac, Jacob, José; y también la Promesa había
sido anunciada a ellos.
A Noé, en un pacto de paz, figurado por la paloma que vuelve con el ramo de olivo, y el arcoiris que señala el fin de la tormenta; indicadores de la protección de Yahvé para una humanidad renovada.
(Nosotros vemos en el arca de Noé, que preserva a su familia de morir en el diluvio, una prefiguración de la Alianza - también con su arca -, que preserva al "resto" fiel de Israel para el futuro de la Promesa, y - en un sentido más profundo - una figuración tanto del Espíritu que conduce al proceso de emergencia cósmico en medio del caos hasta su final, como del "Cuerpo Místico" de Cristo que incorpora a las personas, salvándolas de su condición mortal, para darles la vida eterna.)
A Abraham, en la bendición que le otorga una descendencia numerosa e imperecedera, y la futura posesión de una Tierra Santa. Yahvé llama a Abraham y lo lleva a un nuevo país, como Israel será llevado desde Egipto a Canaán, como la humanidad será salvada y llevada a la vida eterna.

(En
el "sacrificio de Isaac" vemos conmovidos una imagen del Dios que
se compadece de sus criaturas, destinadas a ser --como Isaac-- "víctimas
del proceso en aras de Dios", y se solidariza con ellas, deteniendo su
sacrificio para proveer Él mismo una víctima adecuada: Él
será ahora el padre que sacrificará a Sí-mismo-hijo.)

A José, el hijo amado soñador e intérprete de sueños, la Promesa se anuncia en hechos: Dios lo salva del odio de sus hermanos, y le da el poder para conducir a su pueblo a la prosperidad. (Imposible dejar de ver en él un anuncio alegórico del Hijo amado de Dios, que será resucitado de la muerte infligida por sus hermanos los hombres, y recibirá el poder de conducirlos a la vida eterna.)
De
manera que Israel concibe también su historia pasada, tribal, ancestral,
como historia de la Promesa, que prefigura la
Alianza del
Sinaí.
Pero
si todo es obra de Yahvé, ¿cómo es que existen el mal
y el sufrimiento? Dios lo "había" creado todo bueno, porque
Él es bueno. La explicación es la misma que se da para el retardo
en el cumplimiento de la Promesa: se trata del pecado, de la injusticia, de
la infidelidad de los hombres, merecedora de dicho castigo. Así se
concibe la "caída" de la Creación, desde su estado
de bondad original, al estado imperfecto lleno de maldad, sufrimiento y muerte,
que conocemos. Ha sido culpa de los primeros hombres, quienes pecaron desobedeciendo
a Dios, y transmitieron su pecado a toda su descendencia. Esto se narra en
el relato legendario de Adán y Eva, del "pecado original".
(Nosotros vemos aquí una alegoría de la toma de conciencia humana de su condición individual temporal: el individuo, no contento con colaborar simplemente en el devenir cósmico hacia Dios, y así "obedecerle", quisiera ser él mismo "como Dios", disfrutar en y para sí de la "ciencia del bien y del mal", pero experimenta esa resistencia, esa inercia, esa tendencia regresiva que se opone al Espíritu, que existe inevitablemente en las cosas temporales, y en particular en la voluntad humana, y que hace sentirse imperfecta a la persona; un sentimiento trágico de culpabilidad y futilidad, de "proyecto inacabado". Por supuesto, como hemos dicho anteriormente, el mal existe inevitablemente porque la Creación nunca estuvo acabada, sino que está inmersa en el proceso creativo; estamos y estaremos en el "sexto día" hasta la emergencia final y la desaparición -sólo entonces- del mal; en el "séptimo día", cuando trascenderá Dios, y, gracias a su benevolencia, por fin "seremos nosotros mismos".)
Nada
más lejos de Dios que el concepto de un salvador dominador, prepotente,
avasallador, que "te salva quieras o no quieras", por la fuerza, como
tantos "salvadores providenciales", en realidad dictadores y tiranos,
de la historia. Al contrario, como se puso de manifiesto en Jesús, Dios
es "manso y humilde de corazón", pacífico y bondadoso,
como un padre - o una madre - comprensivo, amoroso e indulgente, que respeta
la libertad de sus criaturas humanas, que quiere salvarlas pidiendo su consentimiento,
convenciéndolas, seduciéndolas, poniéndose a su nivel,
dialogando con ellas, solidarizándose sinceramente con ellas.Además de estar presente en un lugar, Dios estaba también representado simbólicamente por algunas personas escogidas: profetas, líderes religiosos o políticos, reyes, sacerdotes. Esa consagración especial se expresaba muchas veces ritualmente, por la aplicación solemne de una "unción" en la frente del elegido; por eso a tal persona se le llamaba "ungido", que en hebreo se dice "mesías" y en griego "cristo".
No obstante, en el "resto" fiel se afianzó la esperanza de que vendría un ungido "definitivo", que traería el Reino de Dios para siempre, que sería el liberador, el buen pastor, el príncipe de la paz, el siervo fiel de Yahvé, el instrumento del poder salvífico de Yahvé, que establecería a Israel a la cabeza de las naciones, y la consagraría como su "nación santa". Este hombre sería el verdadero ungido; ya no sólo simbólicamente; entre todos, el único representante auténtico de Dios: "el" Mesías por antonomasia. El "Emmanuel": Dios con nosotros.
Así, pues, se reveló a Israel el más hondo propósito de Dios: su encarnación.
Entonces Yahvé dijo: “He visto ciertamente la miseria de mi
pueblo en Egipto.
Los he oído pidiendo ayuda a gritos por culpa de sus capataces.
Sí, soy bien consciente de sus sufrimientos.
Y he bajado para rescatarlos”.
(Éxodo 3:7-8)
