Hemos recibido un mensaje, una tradición: la cristiana, que afirma que Dios nos salvará; más aún: nos ha salvado "ya", de la injusticia, del sufrimiento y de la muerte, para darnos la vida eterna junto a Él, en su "reino". ¿Es ésta otra de las creencias consoladoras con las que el ser humano quiere auto-convencerse --de forma insensata y desmesurada-- de su anhelada inmortalidad y felicidad individual? ¿Cómo podemos interpretar ese mensaje según nuestra concepción de Dios: la Novedad Última, el emergente final del proceso creativo cósmico?
Pues bien, hemos dicho que creemos que Dios tiene (tendrá, tuvo) conocimiento de todas y cada una de las personas que han existido formando parte del proceso. Él puede "ver", desde la cúspide de la evolución cósmica, como desde la cima de una enorme montaña, a todo el sinnúmero de minúsculas existencias individuales que han vivido, luchado, sufrido, y desaparecido finalmente en la inmensidad del proceso.
¿Cómo no imaginarlo entonces compasivo y misericordioso, lleno de bondad y benevolencia hacia los seres pequeños, injustos y fracasados, hacia los minúsculos proyectos inconclusos?
Es
cierto que la razón nos alega que Dios trascendente debe bastarse a
sí mismo. Es irrisorio pensar que pueda tener necesidad de nosotros.
Si Él es trascendente, es el "todo". Nada puede haber fuera
de Él.
¿Tal vez sería lógico pensar entonces que, para
su misma trascendencia, quiera recapitular el universo antiguo en Sí,
para que incluso lo temporal, lo pasado, lo que ya no es, quede recreado y
transformado en Él? Pero, ¿no ha sido renovado
ya el universo en Dios mismo? ¿Y cómo lo temporal puede quedar
asumido en lo eterno sin contradicción? Cuando ha emergido lo eterno,
todo lo temporal debe quedar anulado definitivamente.
Sin embargo, íntimamente comprendemos --puesto que somos su imagen y semejanza-- que Él, desde su cima, quiera, en su inmenso amor y benevolencia, salvarnos de la insignificancia y la muerte.

Una
persona tiene, pues, una doble condición: Por una parte, en cuanto
pertenece al proceso creativo de la naturaleza, es una "criatura",
un espécimen, una instancia de su especie, de la Vida, de la Naturaleza;
un fenómeno significativo pero minúsculo y transitorio, cuya
significación proviene de su infinitesimal participación en
la evolución cósmica hacia Dios. Sin embargo, esta primera condición
es incompleta y trágica, porque el individuo anhela irremediablemente
a Dios; aspira a la eternidad, al bien, a la belleza, a la verdad completos,
y es consciente de que le son inalcanzables porque es ínfimo y efímero;
se siente un "proyecto fracasado" y una "víctima del
proceso". 
Hay entonces una especie de bucle en el tiempo: para un individuo, Dios está en el futuro del Universo, en cuanto criatura, pero, en cuanto "redimible", se ha manifestado en el pasado, se comunica con su presente, y le espera en su futuro personal, que ya no termina con la muerte.
El "emergente" por antonomasia se "sumerge" en el tiempo para solidarizarse con sus criaturas, movido por su benevolencia, por su bondad, por su amor misericordioso hacia ellas.

Creemos que su plan implica que Él aparezca identificado --plenamente y auténticamente identificado-- con una persona humana --plenamente y auténticamente humana.
Antes
advertimos cómo en la naturaleza hay una capacidad creativa cuya finalidad
es Dios, y la atribuimos al "espíritu de Dios". Ahora vemos
en los profetas, y ungidos, la presencia de una nueva capacidad creativa,
que viene de Dios para llevar a cabo una nueva creación, y que reconocemos
como una nueva, y mayor, manifestación de ese espíritu de Dios;
una nueva inmanencia, no simplemente sobrepuesta, y menos contradictoria,
con la anterior, sino confluyendo y reforzándose ambas en dos aspectos
--¿"Eros" y "Ágape"?-- de un mismo fin:
la Creación y la Redención.
El Espíritu no actuó directamente sobre los acontecimientos históricos. No actuó como una causa eficiente externa que interviene milagrosamente en el proceso histórico. Actuó solamente en la intimidad de los pensamientos de los profetas, y ungidos, respetando incluso aquí su libertad personal, en su visión e interpretación de los hechos históricos "normales". Por un lado, los profetas y ungidos recibían la influencia --no determinante, ni coercitiva, ni coaccionante, pero sí vehemente, insistente y exigente-- del Espíritu; pero por otro, eran personas de su época, de su mundo; el resultado tenía que ser forzosamente una mezcla en la que el mensaje divino quedaba envuelto en palabras y obras humanas, a menudo "demasiado" humanas. Pero, en medio de tanto "ruido", fue preservado y transmitido el mensaje, fue construyéndose ese ambiente histórico propicio, para que en un hombre se realizara la completa encarnación de Dios; viviendo en ese pueblo así preparado, reconociendo y proclamando el mensaje en toda su pureza, y cumpliendo en sí y por sí el proyecto amoroso de salvación.
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(Sal 103, extracto)

_ Profecía
Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra
y, al ver todo lo que hay en ellos,
sepas que a partir de la nada lo hizo Dios
y así también al género humano.
No temas a este verdugo, antes bien
muéstrate digno de tus hermanos,
acepta la muerte,
para que con ellos vuelva yo a encontrarte
en el tiempo de la misericordia.
(II Macabeos 7.28-29)
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