Cada
individuo humano aparece esencialmente
como una conciencia personal, dotada de entendimiento y voluntad para llevar
a cabo su desarrollo, en búsqueda de supervivencia y satisfacción
en la relación con su entorno. Sin embargo esta "conciencia volitiva"
que lo caracteriza es realmente una cualidad emergente de una complejísima
multiplicidad organizada: el organismo humano, que está compuesto a
su vez por emergentes de niveles sucesivamente inferiores, recapitulando en
sí la evolución creadora cósmica. Su "ontogénesis"
es parte y reflejo de la "cosmogénesis". Desde este punto
de vista, cada "yo" humano es la cúspide integradora, controladora,
dominadora, de un "mini-universo" fuertemente organizado, una colectividad
que se ha unificado hasta el umbral de emergencia de esa "conciencia
volitiva".
Naturalmente,
la dependencia del "yo" respecto de su organismo constitutivo es
enorme. Es como un jinete que cabalga sobre una poderosa cabalgadura, a la
que debe conducir diestramente, suavemente, haciendo uso apropiado de sus
riendas y aperos; ese gran caballo llamado "organismo" e "inconsciente",
sobre el que está montada la conciencia volitiva individual, es a la
vez dócil y díscolo. No obstante, para el "yo", es
el "sí mismo", fuente de las necesidades que busca satisfacer
y de la vida que quiere mantener y prolongar por encima de las contingencias
del entorno. El cuerpo está incrustado en una realidad que a la vez
lo satisface y lo amenaza, lo sostiene y lo destruye continuamente, de la
que el "yo" quisiera apoderarse por completo para su beneficio.
Pero
por otra parte, el individuo humano es un "espécimen", un ejemplar
de la especie humana. No sólo porque posee las cualidades comunes a los
individuos de su especie, sino porque es una "instancia" de ella,
un servidor suyo en cuanto, a través de la mutabilidad genética
y de su reproducción, proporciona a la especie, en el conjunto de los
individuos, la variedad evolutiva que hará posible su progreso. A esta
calidad de espécimen debe el individuo no sólo su vida, sino también
su muerte, necesaria para dejar paso a la progresión evolutiva de nuevas
instancias.
Además,
en cuanto miembro de una cultura y de una organización social, el individuo
humano recibe y aporta la información necesaria para estructurar su "yo"
y las sociedades a que pertenece, en una dialéctica que sirve también
al progreso de la especie humana, ahora en cuanto detentadora y procesadora
de información.
Por
supuesto, la especie humana se inscribe también en el ecosistema terrestre,
y éste en el Universo, colaborando todo al desarrollo evolutivo cósmico
que tiende a Dios.
18._ TRAGEDIA
En
este cuadro parece quedar enteramente justificada la realidad de cada individuo
humano. Si es importante y poderoso respecto del mini-universo del que emerge,
es significativo --aunque ínfimo y efímero-- respecto del gran
Universo que lo incluye y le da razón de ser, en función de
su meta: Dios.
Sin
embargo, el "yo" humano es desmesurado en su ambición: a
pesar de que puede tener conciencia de ése su lugar en el universo,
no queda exento por ello de un sentimiento trágico cuando experimenta
frustraciones, carencias, dolores, sufrimientos e insatisfacciones, y sobre
todo al considerar la necesidad de su propia muerte, aspecto fundamental de
su autoconciencia humana. En este sentido trágico puede considerarse
un fracasado; un "proyecto fracasado de Dios". (En el sentido de
que el Espíritu lo ha creado proyectando llegar ya a Dios en él,
y manifiestamente no lo ha conseguido). En compensación, su capacidad
imaginativa le permite proyectar sus ansias de dominio, satisfacción
y felicidad como atributos del mismo Dios, con el que --insensatamente-- quisiera
identificarse.
Por
otro lado, su conciencia ética y estética le plantea metas para
él inalcanzables, que le sirven de acicate para progresar hacia el
bien y la belleza que se obtendrán finalmente en Dios, pero que --otra
vez insensatamente quizá-- generan en él un sentimiento trágico
de culpa cuando considera sus propias deficiencias y transgresiones. Especialmente
al tomar conciencia del terrible sufrimiento e injusticias presentes en la
vida cotidiana y en la historia, aun creyendo en la acción del Espíritu
y confiando en su triunfo final, no puede evitar un sentimiento de desgracia
y futilidad de la existencia humana individual, continuamente sacrificada
en sus más íntimas ambiciones de felicidad, en aras del
progreso universal, en último término en aras de Dios.
19._ ALMA
¿Debemos
entonces desechar esas ambiciones
que hemos calificado ya de insensatas y desmesuradas? ¿Debemos superarlas
estoicamente para aceptar con serenidad nuestro lugar ínfimo y efímero
en el Universo? ¿Debemos contemplar con resignación, y hasta
con alegría, la futura e inevitable disolución de nuestro "yo"
en el depósito indiferenciado de la Naturaleza?
¿Debemos considerar cumplida nuestra "misión" y conformarnos
cualquiera que haya sido nuestra suerte en la vida? ¿Debemos contentarnos
con sobrevivir en nuestra descendencia, en las obras que dejemos, en la memoria
de los que nos recuerden? ¿O debemos apartar cualquier pensamiento
acerca de la muerte para vivir con intensidad y despreocupación cada
momento presente? ¿Debemos abandonar las actitudes "melancólicas"
para sumergirnos en la acción, en la sensación, en la alegría
dionisíaca?
¿Debemos
considerar a la muerte como una amiga que nos libera definitivamente de los
sufrimientos y las preocupaciones? ¿O debemos buscar la impasibilidad,
la aniquilación de nuestra voluntad individual, para aceptar disolvernos
en lo colectivo, en lo impersonal, incluso finalmente en la nada?
Esto
es muy difícil. El ser humano tiende más bien a auto-convencerse
de su inmortalidad individual. Considera tan valiosa su conciencia personal
que le atribuye la capacidad de una existencia independiente de la materia,
del cuerpo y del mundo: el alma inmortal. Un alma individual que animaría
provisionalmente un cuerpo, pero podría subsistir por sí misma
cuando éste muere, o reencarnarse en otros cuerpos sucesivamente, o persistir
por la eternidad junto a las demás almas y fundirse con ellas en un alma
única, en un supra-universo inmaterial.
Pero
nosotros lo vemos de otra manera, puesto que creemos que nuestra conciencia
individual no podría subsistir por sí misma independientemente
de nuestro cuerpo, al ser una emergencia de éste.
Más
allá del enfoque racionalista-materialista-mecanicista que afirma que
la mente humana es sólo un epifenómeno del cuerpo, y más
acá del vitalismo que postula un "aliento vital" añadido
misteriosamente a la materia, con el emergentismo pensamos que es la organización,
de gran complejidad, del cuerpo humano, lo que hace que emerja una realidad
radicalmente nueva y superior: la mente, la razón, la personalidad.
En
el cuerpo se descubre un programa genético que determina su identidad
y funciones, en el cerebro se descubren las capacidades que sirven de base
al pensamiento y a la memoria. Falta mucho por descubrir --casi todo-- pero
nos estamos convenciendo cada vez más de que hay algo que nos define
que es más esencial que nuestro cuerpo --cuerpo que varía continuamente,
puesto que sus células se van renovando durante la vida--, y que puede
describirse en nuestra época con este símil: es nuestro "software".
Cuando
morimos, cuando se destruye nuestro "hardware", nuestro "software"
--¿nuestra alma?-- no puede seguir subsistiendo "por sí
mismo" en el espacio ni en el tiempo, pero creemos que, como información
que es, no desaparece, sino que se conserva de alguna manera hasta llegar
al conocimiento de Dios.