Observando los diversos niveles de emergencia que podemos reconocer en el pasado, tales como el de las partículas materiales, el de los átomos, el de las moléculas, el de las células, el de los organismos pluricelulares, el de los animales..., podemos advertir una tendencia universal desde lo múltiple a lo uno, desde lo separado a lo unido, desde lo simple a lo complejo, desde los elementos al todo unificado.
Sin ir más lejos, en nuestra propia identidad tenemos el mejor ejemplo. Hay una complejísima multiplicidad: la de las células que componen nuestro cuerpo, la de nuestros órganos que se acoplan funcionalmente, la de nuestra psique que encierra tantos aspectos de la conciencia y la inconciencia. Pero esta multiplicidad que somos está tan bien organizada e integrada que provoca la emergencia de lo que sentimos íntimamente como una unidad, una mónada: nuestra persona.
Así, en el proceso creativo cósmico es posible establecer un principio de unificación, basado en la progresiva organización --o auto-organización-- de elementos básicos como partes de "todos", "mónadas", emergentes. Según esto, en el origen, en el límite inferior del proceso, estaría la mayor multiplicidad posible y la extrema desorganización --¿la nada?--, y en la cúspide, en el límite superior, estaría la unidad total, en la absoluta integridad de la más completa organización: Dios.
Ello
nos recuerda, haciendo un símil, no una identificación, lo que
ocurre cuando se forma un "agujero negro", cuando una enorme cantidad
de materia implosiona hacia una singularidad
en la que las leyes de la física quedan invalidadas.
Otro
símil sería el de un embrión, representando al universo,
que se desarrolla pasando por diversas fases hasta acabar rompiendo la "cáscara"
de su "huevo espacio-temporal".
Afirmamos que desde el interior del nivel de emergencia humano es imposible predecir --conocer "a priori"-- las características o comportamientos de los emergentes de niveles superiores. Eso no significa necesariamente que los comportamientos emergentes en el nivel humano, y en los niveles anteriores, no puedan reducirse exitosamente --"a posteriori", claro-- a los de niveles precedentes.
Si
esto sigue cumpliéndose en los niveles futuros, como creemos, entonces,
aunque nos sea imposible predecirlos con certeza, podemos esperar que asuman,
sobrepasándolas sin contradecirlas, las cualidades esenciales humanas.
Dicho de otro modo, los futuros emergentes serán más que humanos
pero, por lo menos, serán básicamente como los humanos en sus
características esenciales, de la misma manera que los seres humanos
somos más que animales, pero tenemos básicamente las características
esenciales de los animales.
Los humanos somos esencialmente seres autoconscientes y dotados de pensamiento simbólico. Ello nos lleva a ampliar el impulso natural de satisfacción y supervivencia que poseemos en cuanto seres vivos, en un desarrollo ético, estético y cognitivo, que va desde el "sí mismo" individual hacia el "todo" universal. Así se conforman nuestras cualidades de entendimiento y voluntad. Lo resumimos diciendo que cada individuo humano es una "persona".
Siguiendo el razonamiento anterior, podemos afirmar que los emergentes superiores al nivel humano --de haberlos-- serán, por lo menos, personas, aunque irán mucho más allá; serán, podríamos decir, "ultra" personales, pero sí, básicamente, personales.
En particular, esto se aplica a Dios. Aunque en nuestro nivel nos sea imposible conocerlo, y no podamos decir nada positivamente cierto acerca de Él, creemos que podemos afirmar que es, por lo menos, personal. Es radicalmente diferente, sobrepasándolo, a cualquier ser actualmente existente, pero se parece, básicamente, más a un ser humano que a ninguna otra cosa que actualmente podamos conocer. Somos la "imagen y semejanza" de Dios. Así, en una analogía válida, podemos hablar del entendimiento y la voluntad divinas.
Por otra parte, si vemos en nuestro desarrollo ético, estético y cognitivo la presencia del espíritu de Dios, una manifestación de la tendencia creativa que impulsa hacia Dios, entonces podemos afirmar a Dios como la consumación de nuestras esperanzas, como el bien, la belleza, y la verdad, perfectos.
Pero aun cuando el "umbral" de emergencia divina podemos pretender situarlo en un tiempo futuro, Dios es trascendente al Tiempo y al Espacio; no "existe" en un momento futuro, ni presente, ni pasado; es "eterno", lo que suele expresarse diciendo que "Él es, era y será". Es la culminación del universo, pero no pertenece al universo, no es ni será un ente "existente en el universo".

Sin embargo, mediante un esfuerzo de abstracción podemos colocarnos en un punto de vista que ordena las realidades "ontológicamente"(orden óntico), en vez de "cronológicamente" (orden noético). Conscientes de que el tiempo no es un referente absoluto sino más bien aparente, conferimos más verdad a esta visión que a la habitual. Según ella, Dios es la realidad más verdadera, incomparablemente. Dios es la razón de ser, la causa final, el fundamento, de todas las realidades temporales. Según esta visión, que hemos llamado "de vuelta", la verdad es que es Dios quien crea al universo, al proceso y cuanto éste contiene. El ordenamiento temporal, que sugiere que la naturaleza crea a Dios, proyectando la concepción de causalidad eficiente que es interior al proceso, es ilusorio. El proceso sólo existe "en función de" Dios, quien es así verdaderamente el sujeto, no el objeto, de la Creación.
Claro que para ver con la visión "de vuelta" hay que creer primero en Dios. Pensamos que es una actitud perfectamente legítima --es la que nosotros mantenemos--, y no meramente como hipótesis plausible o postulación útil, aunque requiere de unos fundamentos especiales de que hablaremos posteriormente.