EMERGENCIA                                                                                                      PRIMERA PARTE: CREACIÓN

   1._ PROCESO

                      Cuando nos paramos a reflexionar un poco sobre el mundo que nos rodea, lo primero de que nos percatamos es de la inmensa variedad de cosas que podemos discernir. Toda esa gran multiplicidad se nos presenta, además, en continua variación, en movimiento, en incesante cambio.

                   Sentimos el impulso natural, necesario e irrefrenable, de ordenar de alguna manera esas representaciones para conseguir comprender, y así poder actuar, sobre la realidad. Pretendemos descubrir relaciones entre sus distintos elementos, y aspectos permanentes dentro del cambio. Intentamos sustentar la opinión de que hay una unidad fundamental por encima, o por debajo, de esa multiplicidad, y de que hay cierta estabilidad, o equilibrio, detrás de esos cambios. En resumen, tratamos de descubrir el "cosmos" a partir del aparente "caos".

                     Podría pensarse que el mundo está en "equilibrio dinámico", que todo el cambio que vemos es necesario para que, en el fondo, todo permanezca igual. Cambian las personas, se agitan los seres vivos, se mueven y combinan los objetos, para que persistan la Humanidad y la Naturaleza, en el fondo siempre iguales a sí mismas. No habría creación, ni siquiera verdadera modificación, sino sólo mantenimiento. Así eternamente, en el pasado como en el futuro.

                    Pero el pensamiento actual reconoce unos cambios mucho más profundos en la historia de la humanidad y del universo. Ambos han evolucionado en el tiempo hasta llegar a ser lo que ahora vemos, desde comienzos tan modestos que puede afirmarse que hubo tiempos en que la humanidad no existía, e incluso que el universo se reducía a prácticamente nada.

                   No hay por lo tanto tal "equilibrio dinámico" del universo, sino un proceso de cambios tan profundos que han sido capaces de ir construyendo toda la realidad que ahora vemos, paulatinamente a través de los siglos pasados, y que probablemente continuará durante los siglos futuros. ¿Desde cuándo? ¿Existió un equilibrio primordial que se rompió por alguna causa? ¿Hasta cuándo? ¿Existirá un equilibrio final --estático o dinámico-- al que se llegará en el futuro?

                    Todo cuanto ahora existe es parte de ese proceso. No hay absolutamente nada permanente. Todas las cosas han sido "construidas"; incluso el espacio y el tiempo que antiguamente habían sido considerados como "marcos absolutos".  Todo es también material para futuras "construcciones". Nada es definitivo ni acabado. Incluso las personas, son pasajeras e inconclusas. Somos ínfimos y efímeros. Y somos parte del proceso; no realidades acabadas sino elementos para la construcción de las realidades futuras.


   2._ NOVEDAD

                      En épocas anteriores, se percibían cambios significativos sólo en las vidas de los individuos concretos. Incluso los cambios evidentes en la historia humana podían considerarse como meros episodios superficiales sobre una trama permanente. La historia parecía cíclica --como cíclicos son el día y la noche, y cíclicas son las estaciones-- puesto que a cada civilización sucedía otra de características similares.  Y la Naturaleza parecía esencialmente siempre la misma, a pesar de los cambios "locales, superficiales y pasajeros" causados por catástrofes, o por la erosión, o por la acción de los seres vivos.  Pero, fundamentalmente, podía pensarse que la Tierra siempre estaba allí, con mares, montañas, ríos, valles, etc., siempre similares, habitada por seres vivos, animales y humanos siempre similares, comportándose siempre similarmente.  "Nada hay nuevo bajo el sol".  Y los cambios que se advertían no parecían producir realmente novedades, sino corresponder a comportamientos repetitivos.  Por encima de todo, los astros parecían incuestionablemente inmutables y eternos, remotos e impasibles en su divina perfección; hasta sus mismos movimientos, supuestamente de geometría perfecta, eran más bien manifestaciones de estabilidad y reposo.

                        Pero sabemos muy bien que un movimiento puede tener las apariencias del reposo, si se observa a una "escala temporal" muy diferente a la suya intrínseca. Así, los vegetales nos parecen a primera vista inmóviles, puesto que tienen una escala temporal intrínseca --un ritmo vital-- muy diferente de la nuestra. Durante el lapso de tiempo en que dedicamos nuestra atención a una flor, ésta nos parece estática, como si fuera de papel o plástico; sabemos que si posteriormente, al cabo de horas o días, la volvemos a observar, ella habrá variado, como ser vivo que es, pero este movimiento no lo notamos con facilidad dentro de nuestra escala temporal. Si la filmamos y vemos la película a ritmo acelerado, a otra escala temporal, veremos a la flor brotando, abriéndose, desplegándose, agitándose, con una sorprendente vitalidad en absoluto estática.

                     Pues algo así es lo que ocurre --ahora lo sabemos-- con la naturaleza. Cuando la investigación científica ha avanzado lo suficiente, y ha conseguido explorar el pasado en intervalos de tiempo enormes para la escala humana, ha trazado una "película" del pasado que exhibe la grandiosa evolución biológica y cósmica precedente, en la que estamos insertos como su minúsculo último fotograma.

                      En dichas evoluciones, los cambios son radicales y sucesivos; la trama general no es estática ni cíclica de ninguna manera.  Hubo tiempos en que no había ninguna civilización humana. Hubo tiempos en que no había seres humanos. Hubo tiempos en que no había ningún animal de los ahora conocidos. Hubo tiempos en que todos los seres vivos eran microscópicos. Hubo tiempos en que no había seres vivos. Hubo tiempos en que no había Tierra ni Sol. Hubo tiempos en que no había estrellas. Hubo tiempos en que no había compuestos ni elementos químicos como los actuales.  Y todo esto en sucesión temporal inversa... hasta llegar a un momento inicial en que no había "prácticamente nada", ni espacio ni tiempo siquiera, sino...¿una pura virtualidad?

                      Si esta gran "película" la vemos imaginariamente desde su inicio, a escala temporal cósmica, esto es, a una velocidad suficientemente acelerada, veremos brotar y desplegarse el Universo, como una enorme flor. Un segundo de película podría equivaler a un siglo de nuestra escala temporal; a esta velocidad, tardaríamos unos cinco años en ver la película entera -sin tomarnos un momento de descanso-; y toda la historia humana aparecería sólo en el último minuto de proyección.

                       Seguramente, habría tramos de película más agitados que otros. Después de un lapso largo --tal vez de varios "días o semanas de proyección"-- en que prácticamente no pasa nada, empieza de pronto una gran actividad: aparecen nuevos seres, nuevos fenómenos, nuevos comportamientos sorprendentes que no podríamos haber sospechado previamente. Así, probablemente, sería el momento de la aparición de los primeros seres vivos, y también el momento de la aparición de las primeras culturas humanas.  Tendríamos la sensación de que algo nuevo, radicalmente nuevo, ha brotado repentinamente en cada caso; y ya que esto nuevo no puede sino referirse a sus orígenes, por distintos que hayan sido, tendríamos que concluir que ha "emergido" de alguna manera de ellos.  Lo que había antes estaba evolucionando, cambiando lentamente, insensiblemente --o tal vez rápidamente, en ocasiones-- hasta que ha llegado un momento crítico, ha alcanzado un estado crítico, ha traspuesto un umbral, y --como una explosión-- ha emergido otra cosa.




   3._ NOVEDAD ÚLTIMA

                     La capacidad de producir novedad, cuyos efectos se advierten por todas partes en la naturaleza, pero que no es propiedad de ninguna de sus partes sino de la totalidad, es la que le confiere la cualidad de finalidad o sentido.
                       Visto "a posteriori", cada nuevo nivel de emergencia --o nivel de realidad, o de complejidad, o de conciencia, como suele también decirse-- aparece como fin, como meta --no como propósito-- de los estadios anteriores. Así, cuando consideramos la serie de niveles sucesivos, cada uno dotado de suficiente estabilidad como para ser prácticamente irreversible, y cada uno apareciendo como finalidad del anterior, descubrimos una cadena o escala ascendente --¿la "Gran Cadena del Ser"?-- que nos lleva de eslabón en eslabón, de peldaño en peldaño, de novedad en novedad, en un progreso sin propósito propio, pero que "a posteriori" define un finalismo intrínseco evidente.
                       Si pensamos, o postulamos, un nivel máximo o límite superior de esta serie, que sería pues el nivel de novedad último y definitivo, el "Novum Ultimum", deducimos que para poder ser realmente el último debe tener necesariamente la característica de trascender, de ir "más allá" de toda la realidad anterior.

                   Si bien cada nivel de emergencia, por su radical novedad, puede considerarse trascendente respecto de los niveles anteriores, éste, al ser el último y definitivo, debe alcanzar un estado de equilibrio e irreversibilidad total, que dé cumplimiento completo a toda capacidad de novedad de la realidad, que satisfaga definitivamente todas sus tendencias. Esto define la trascendencia especial y única del Novum Ultimum respecto del conjunto del universo. En particular, podemos destacar que el espacio y el tiempo quedan en él trascendidos, superados.

                     

                      Puesto que la Novedad Última es el fin supremo, el fin de los fines, del proceso de emergencia de novedades, podemos afirmar que toda finalidad intermedia se remite a él en último término, y que toda capacidad de novedad parcial es sólo un aspecto de la capacidad de producir la novedad última.

                 

                       

                       A  la "Novedad Última" la identificamos con Dios trascendente, y a la capacidad de producirla, presente en todas las partes o aspectos de la realidad, pero que no es propiedad sino de la totalidad, la identificamos con la inmanencia de Dios, la potencia de Dios, el espíritu de Dios.

                         La "capacidad de Dios" es pues inmanente a la Naturaleza, intrínseca a ella, inseparable de su esencia, aunque no identificable con ella. Está en ella, pero no es ella. Esto queremos decir cuando la llamamos "inmanente". Y supone, obviamente, a Dios trascendente.
                        Si reconocemos una capacidad intrínseca de la Naturaleza de producir novedades parciales, una "potencia creadora" presente en el proceso evolutivo como cualidad intrínseca y no como agente externo, o una capacidad libre y creativa de la actividad humana, por ejemplo, estamos en el fondo reconociendo la presencia y acción del espíritu de Dios, de Dios inmanente. El proceso evolutivo cósmico se identifica así con la creación divina.



   4._ ESPÍRITU

                        Pero la acción del Espíritu, con ser plenamente eficaz, no es absolutamente determinante de cada parcela, o fenómeno particular, de la realidad. Si así fuera, no habría espacio ni tiempo, ni podría haber proceso ni capacidad alguna, puesto que todo sería "acto instantáneo", realización inmediata de la Novedad Última.

                        Admite, en cambio, cierta inercia, cierta espontaneidad, una resistencia, una tendencia opuesta "hacia la nada", en cada evento, que sin embargo va venciendo en el conjunto del proceso. La acción del Espíritu se parece más a una "tendencia heurística" que a una fuerza impositiva e irresistible; controla el proceso, pero no lo ahoga; dirige los acontecimientos, los pilota, como con "unas gotas de providencia en un mar de azar y necesidad"; por eso sólo se descubre "como escondida" en su intimidad más íntima. (El espíritu de Dios sí que "juega a los dados", pero es algo tramposo: los "carga" un poco.)

                        Erramos gravemente si cedemos a la tentación de considerar al Espíritu como una fuerza de origen externo a la Naturaleza; como si Dios trascendente no fuera la culminación y completitud del proceso cósmico sino "un ser" que existe "paralelamente" a éste, y que actúa desde fuera sobre él, continua o intermitentemente. No; el espíritu de Dios es verdaderamente inmanente a la Naturaleza, es enteramente inseparable de ella, de manera que, aun reconociendo la acción de Dios, podemos decir que la Naturaleza experimenta el proceso creativo "por sí misma".







 
Imagen de mapa de bits

                                             


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