Cuando
nos paramos a reflexionar un poco sobre el mundo que nos rodea, lo primero
de que nos percatamos es de la inmensa variedad de cosas que podemos discernir.
Toda esa gran multiplicidad se nos presenta, además, en continua
variación, en movimiento, en incesante cambio.
Sentimos
el impulso natural, necesario e irrefrenable, de ordenar de alguna manera esas
representaciones para conseguir comprender, y así poder actuar, sobre
la realidad. Pretendemos descubrir relaciones entre sus distintos elementos,
y aspectos permanentes dentro del cambio. Intentamos sustentar la opinión
de que hay una unidad fundamental por encima, o por debajo, de esa multiplicidad,
y de que hay cierta estabilidad, o equilibrio, detrás de esos cambios.
En resumen, tratamos de descubrir el "cosmos" a partir del aparente
"caos".
Podría
pensarse que el mundo está en "equilibrio dinámico",
que todo el cambio que vemos es necesario para que, en el fondo, todo permanezca
igual. Cambian las personas, se agitan los seres vivos, se mueven y combinan
los objetos, para que persistan la Humanidad y la Naturaleza, en el fondo
siempre iguales a sí mismas. No habría creación, ni siquiera
verdadera modificación, sino sólo mantenimiento. Así
eternamente, en el pasado como en el futuro.
Pero el pensamiento actual reconoce unos cambios mucho más profundos
en la historia de la humanidad y del universo. Ambos han evolucionado en el
tiempo hasta llegar a ser lo que ahora vemos, desde comienzos tan modestos
que puede afirmarse que hubo tiempos en que la humanidad no existía,
e incluso que el universo se reducía a prácticamente nada.
No
hay por lo tanto tal "equilibrio dinámico" del universo,
sino un proceso de cambios tan profundos que han sido capaces de ir construyendo
toda la realidad que ahora vemos, paulatinamente a través de los siglos
pasados, y que probablemente continuará durante los siglos futuros.
¿Desde cuándo? ¿Existió un equilibrio primordial
que se rompió por alguna causa? ¿Hasta cuándo? ¿Existirá
un equilibrio final --estático o dinámico-- al que se llegará
en el futuro?
Todo
cuanto ahora existe es parte de ese proceso. No hay absolutamente nada permanente.
Todas las cosas han sido "construidas"; incluso el espacio y el tiempo
que antiguamente habían sido considerados como "marcos absolutos".
Todo es también material para futuras "construcciones".
Nada es definitivo ni acabado. Incluso las personas, son pasajeras e inconclusas.
Somos ínfimos y efímeros. Y somos parte del proceso; no realidades
acabadas sino elementos para la construcción de las realidades futuras.
2._ NOVEDAD
En épocas anteriores, se percibían cambios significativos
sólo en las vidas de los individuos concretos. Incluso los cambios evidentes
en la historia humana podían considerarse como meros episodios superficiales
sobre una trama permanente. La historia parecía cíclica --como
cíclicos son el día y la noche, y cíclicas son las estaciones--
puesto que a cada civilización sucedía otra de características
similares. Y la Naturaleza parecía esencialmente siempre la misma,
a pesar de los cambios "locales, superficiales y pasajeros" causados
por catástrofes, o por la erosión, o por la acción de los
seres vivos. Pero, fundamentalmente, podía pensarse que la Tierra
siempre estaba allí, con mares, montañas, ríos, valles,
etc., siempre similares, habitada por seres vivos, animales y humanos siempre
similares, comportándose siempre similarmente. "Nada hay nuevo
bajo el sol". Y los cambios que se advertían no parecían
producir realmente novedades, sino corresponder a comportamientos repetitivos.
Por encima de todo, los astros parecían incuestionablemente inmutables
y eternos, remotos e impasibles en su divina perfección; hasta sus mismos
movimientos, supuestamente de geometría perfecta, eran más bien
manifestaciones de estabilidad y reposo.
Pero
sabemos muy bien que un movimiento puede tener las apariencias del reposo, si
se observa a una "escala temporal" muy diferente a la suya intrínseca.
Así, los vegetales nos parecen a primera vista inmóviles, puesto
que tienen una escala temporal intrínseca --un ritmo vital-- muy diferente
de la nuestra. Durante el lapso de tiempo en que dedicamos nuestra atención
a una flor, ésta nos parece estática, como si fuera de papel o
plástico; sabemos que si posteriormente, al cabo de horas o días,
la volvemos a observar, ella habrá variado, como ser vivo que es, pero
este movimiento no lo notamos con facilidad dentro de nuestra escala temporal.
Si la filmamos y vemos la película a ritmo acelerado, a otra escala temporal,
veremos a la flor brotando, abriéndose, desplegándose, agitándose,
con una sorprendente vitalidad en absoluto estática.
Pues
algo así es lo que ocurre --ahora lo sabemos-- con la naturaleza. Cuando
la investigación científica ha avanzado lo suficiente, y ha conseguido
explorar el pasado en intervalos de tiempo enormes para la escala humana, ha
trazado una "película" del pasado que exhibe la grandiosa evolución
biológica y cósmica precedente, en la que estamos insertos como
su minúsculo último fotograma.
En
dichas evoluciones, los cambios son radicales y sucesivos; la trama general
no es estática ni cíclica de ninguna manera. Hubo tiempos
en que no había ninguna civilización humana. Hubo tiempos en que
no había seres humanos. Hubo tiempos en que no había ningún
animal de los ahora conocidos. Hubo tiempos en que todos los seres vivos eran
microscópicos. Hubo tiempos en que no había seres vivos. Hubo
tiempos en que no había Tierra ni Sol. Hubo tiempos en que no había
estrellas. Hubo tiempos en que no había compuestos ni elementos químicos
como los actuales. Y todo esto en sucesión temporal inversa...
hasta llegar a un momento inicial en que no había "prácticamente
nada", ni espacio ni tiempo siquiera, sino...¿una pura virtualidad?
Si
esta gran "película" la vemos imaginariamente desde su inicio,
a escala temporal cósmica, esto es, a una velocidad suficientemente acelerada,
veremos brotar y desplegarse el Universo, como una enorme flor. Un segundo de
película podría equivaler a un siglo de nuestra escala temporal;
a esta velocidad, tardaríamos unos cinco años en ver la película
entera -sin tomarnos un momento de descanso-; y toda la historia humana aparecería
sólo en el último minuto de proyección.
Seguramente, habría tramos de película
más agitados que otros. Después de un lapso largo --tal vez de
varios "días o semanas de proyección"-- en que prácticamente
no pasa nada, empieza de pronto una gran actividad: aparecen nuevos seres, nuevos
fenómenos, nuevos comportamientos sorprendentes que no podríamos
haber sospechado previamente. Así, probablemente, sería el momento
de la aparición de los primeros seres vivos, y también el momento
de la aparición de las primeras culturas humanas. Tendríamos
la sensación de que algo nuevo, radicalmente nuevo, ha brotado repentinamente
en cada caso; y ya que esto nuevo no puede sino referirse a sus orígenes,
por distintos que hayan sido, tendríamos que concluir que ha "emergido"
de alguna manera de ellos. Lo que había antes estaba evolucionando,
cambiando lentamente, insensiblemente --o tal vez rápidamente, en ocasiones--
hasta que ha llegado un momento crítico, ha alcanzado un estado crítico,
ha traspuesto un umbral, y --como una explosión-- ha emergido otra cosa.
3._ NOVEDAD ÚLTIMA
La capacidad de producir novedad, cuyos efectos se advierten por todas partes
en la naturaleza, pero que no es propiedad de ninguna de sus partes sino de
la totalidad, es la que le confiere la cualidad de finalidad o sentido.
Visto
"a posteriori", cada nuevo nivel de emergencia --o nivel de realidad,
o de complejidad, o de conciencia, como suele también decirse-- aparece
como fin, como meta --no como propósito-- de los estadios anteriores.
Así, cuando consideramos la serie de niveles sucesivos, cada uno dotado
de suficiente estabilidad como para ser prácticamente irreversible, y
cada uno apareciendo como finalidad del anterior, descubrimos una cadena o escala
ascendente --¿la "Gran Cadena del Ser"?-- que nos lleva de
eslabón en eslabón, de peldaño en peldaño, de novedad
en novedad, en un progreso sin propósito propio, pero que "a posteriori"
define un finalismo intrínseco evidente.
Si
pensamos, o postulamos, un nivel máximo o límite superior de esta
serie, que sería pues el nivel de novedad último y definitivo,
el "Novum Ultimum", deducimos que para poder ser realmente el último
debe tener necesariamente la característica de trascender, de ir "más
allá" de toda la realidad anterior.
Si
bien cada nivel de emergencia, por su radical novedad, puede considerarse
trascendente respecto de los niveles anteriores, éste, al ser el último
y definitivo, debe alcanzar un estado de equilibrio e irreversibilidad total,
que dé cumplimiento completo a toda capacidad de novedad de la realidad,
que satisfaga definitivamente todas sus tendencias. Esto define la trascendencia
especial y única del Novum Ultimum respecto del conjunto del universo.
En particular, podemos destacar que el espacio y el tiempo quedan en él
trascendidos, superados.
Puesto
que la Novedad Última es el fin supremo, el fin de los fines, del proceso
de emergencia de novedades, podemos afirmar que toda finalidad intermedia
se remite a él en último término, y que toda capacidad
de novedad parcial es sólo un aspecto de la capacidad de producir la
novedad última.
A
la "Novedad Última" la identificamos con Dios trascendente,
y a la capacidad de producirla, presente en todas las partes o aspectos de
la realidad, pero que no es propiedad sino de la totalidad, la identificamos
con la inmanencia de Dios, la potencia de Dios, el espíritu de Dios.
La
"capacidad de Dios" es pues inmanente a la Naturaleza, intrínseca
a ella, inseparable de su esencia, aunque no identificable con ella. Está
en ella, pero no es ella. Esto queremos decir cuando la llamamos "inmanente".
Y supone, obviamente, a Dios trascendente.
Si
reconocemos una capacidad intrínseca de la Naturaleza de producir novedades
parciales, una "potencia creadora" presente en el proceso evolutivo
como cualidad intrínseca y no como agente externo, o una capacidad libre
y creativa de la actividad humana, por ejemplo, estamos en el fondo reconociendo
la presencia y acción del espíritu de Dios, de Dios inmanente.
El proceso evolutivo cósmico se identifica así con la creación
divina.
4._ ESPÍRITU
Pero
la acción del Espíritu, con ser plenamente eficaz, no es absolutamente
determinante de cada parcela, o fenómeno particular, de la realidad.
Si así fuera, no habría espacio ni tiempo, ni podría
haber proceso ni capacidad alguna, puesto que todo sería "acto
instantáneo", realización inmediata de la Novedad Última.
Admite,
en cambio, cierta inercia, cierta espontaneidad, una resistencia, una tendencia
opuesta "hacia la nada", en cada evento, que sin embargo va venciendo
en el conjunto del proceso. La acción del Espíritu se parece más
a una "tendencia heurística" que a una fuerza impositiva e
irresistible; controla el proceso, pero no lo ahoga; dirige los acontecimientos,
los pilota, como con "unas gotas de providencia en un mar de azar y necesidad";
por eso sólo se descubre "como escondida" en su intimidad más
íntima. (El espíritu de Dios sí que "juega a los dados",
pero es algo tramposo: los "carga" un poco.)
Erramos
gravemente si cedemos a la tentación de considerar al Espíritu
como una fuerza de origen externo a la Naturaleza; como si Dios trascendente
no fuera la culminación y completitud del proceso cósmico sino
"un ser" que existe "paralelamente" a éste, y que
actúa desde fuera sobre él, continua o intermitentemente. No;
el espíritu de Dios es verdaderamente inmanente a la Naturaleza, es
enteramente inseparable de ella, de manera que, aun reconociendo la acción
de Dios, podemos decir que la Naturaleza experimenta el proceso creativo "por
sí misma".