Divinidad
XII.F.
¿Era Jesús divino? El descubrimiento de los
primeros cristianos. - Mark D. Roberts
"Estoy de acuerdo
con que Jesús fue un gran maestro e incluso hasta un revelador celestial",
me dijo alguien, "pero no del todo con esa noción de que Jesús
sea Dios. Esto me resulta difícil de aceptar." ¿Le suena?
¿Lo ha escuchado alguna vez? ¿Tal vez lo ha dicho Ud. mismo?
Efectivamente,
la divinidad de Jesús no es una de las creencias cristianas más
fáciles de aceptar, aunque es una de las más centrales. Y, podría
añadir, una de las más controvertidas. Si decimos que Jesús
fue solamente un inspirado maestro humano, uno que señaló el camino
(o un camino) hacia Dios, esto calza perfectamente en nuestro
medio religioso contemporáneo. Pero si los cristianos claman que Jesús
no fue meramente un profeta humano, sino además, de alguna manera, el
único verdadero Dios encarnado, entonces esto pone al cristianismo aparte
de las otras religiones. Esto implica que Cristo no es meramente uno de los
caminos posibles hacia Dios, sino el único camino auténtico. En
nuestro mundo actual, esta pretensión parece arrogante y dura, si no
anticuada.
Los
partidarios del movimiento New Age parecen no tener, a primera
vista, problemas con la divinidad de Jesús, porque ellos creen que todas
las personas son, en algún sentido, divinas. Como los gnósticos
del pasado, los new agers afirman que una chispa de lo divino
habita en cada persona, y que experimentaremos la vida más plenamente
si nos percatamos de que todos somos divinos en cierta medida. Desde esta perspectiva,
la divinidad de Jesús no parece plantear un problema, ya que, a fin de
cuentas, todo el mundo es divino. ¿Que Jesús es el Hijo de Dios?
-No hay problema, porque todos somos hijos e hijas de Dios.
Pero
la ortodoxia cristiana ha afirmado siempre, no que Jesús sea divino de
una manera común a todo el mundo, sino de una manera única. Jesús
no tuvo simplemente algunos elementos de lo divino implantados dentro de él.
Más bien, él fue la encarnación única y perfecta
del único verdadero Dios. Estén los new agers acertados
o no en su creencia acerca de la chispa divina en los seres humanos, lo que
se afirma respecto de Jesús es radicalmente diferente a esta creencia,
aun si resultara verdadera.
Una
pregunta que la gente suele plantear, en relación con la divinidad de
Jesús, es: "¿De dónde vino esta idea?" O, para
ponerla de otro modo: "¿Por qué los discípulos de
Jesús empezaron a pensar que él era, no sólo un maestro
y salvador humano, sino Dios encarnado?" Es una pregunta crucial, que los
cristianos deberían ser capaces de responder. En esta serie de blogs
intentaré responder a esta pregunta examinando los registros históricos
de la fe cristiana primitiva.
La
pregunta de por qué los primeros cristianos creyeron que Jesús
es divino es importante, no sólo como un tema de interés histórico,
sino también porque la divinidad de Jesús es a menudo rechazada
hoy día sobre la base de que ello no fue parte esencial de la fe cristiana
primitiva sino una adición posterior. Debido a que es posterior, han
argüido muchos, puede ser dejada de lado con seguridad, y podemos volver
todos a la versión más auténtica y políticamente-correcta
del cristianismo, en la que Jesús es un hombre inspirado, pero sólo
un hombre.
Puede
encontrarse esta opinión en eruditos tomos guardados en bibliotecas de
seminarios, y también en los volúmenes pseudo-doctos sobre Jesús
que repletan hoy en día los anaqueles de las librerías seculares.
Pero uno de los vehículos de difusión más populares de
la teoría de que "Jesús fue sólo un gran tipo que
posteriormente resultó divinizado" es "El Código Da
Vinci", la novela enormemente exitosa de Dan Brown. Consideremos la siguiente
escena, por ejemplo, en que el "erudito" Sir Leigh Teabing explica
a la ingenua Sophie Neveu lo que pasó realmente en el Concilio de Nicea
del año 325 E.C.
"En
esta reunión", decía Teabing, "fueron debatidos muchos
aspectos del cristianismo, y se votó sobre ellos -la fecha de la Pascua,
el papel de los obispos, la administración de los sacramentos, y, por
supuesto, la divinidad de Jesús."
"No
lo entiendo. ¿Su divinidad?"
"Querida,
declaró Teabing, hasta ese momento de la historia, Jesús era considerado
por sus seguidores un profeta mortal... un hombre grande y poderoso, pero no
obstante un hombre. Un mortal."
"¿No
el Hijo de Dios?"
"Exacto",
dijo Teabing. "El establecimiento de Jesús como `el Hijo de Dios'
fue oficialmente propuesto y votado en el Concilio de Nicea."
"Veamos.
¿Dice Ud. que la divinidad de Jesús fue resultado de una votación?"
"Una
votación bastante estrecha", añadió Teabing. (El Código
Da Vinci, p.233).
No
tengo tiempo de refutar el montón de inexactitudes históricas
que hay en la descripción del Concilio de Nicea hecha por Teabing/Brown.
Pero sí quiero examinar atentamente en esta serie las raíces históricas
de la fe cristiana en la divinidad de Jesús. En particular quiero ver
si hay evidencia, contrariamente a Leigh Teabing y otros, de que los primeros
cristianos de hecho sostuvieron que Jesús es, de alguna manera, Dios
encarnado. También pretendo averiguar por qué llegaron a esta
peculiar convicción.
Si
encontráramos que los primeros cristianos consideraban a Jesús
como divino, esto no probaría que ellos estuvieran en lo cierto, por
supuesto. Podrían haber estado equivocados. Pero si el registro histórico
indica que la fe en la divinidad de Jesús se remonta a los primeros cristianos,
entonces esa noción popular de que su divinidad fue un añadido
posterior al cristianismo auténtico aparecerá como rechazable,
no porque no les guste a los cristianos ortodoxos, sino porque simplemente no
se atiene a los hechos.
(...)
Hay
muchas teorías populares acerca de por qué los primeros cristianos
consideraron a Jesús como divino. Se pueden encontrar expuestas regularmente
en variadas formas por predicadores, maestros, profesores de religión,
y confrontadores del cristianismo. Como Ud. ya sospechará, yo no hallo
que esas teorías sean convincentes. Pero como son tan corrientes, he
pensado en comenzar por resumirlas e ir mostrando por qué son inadecuadas.
Empezaré examinando teorías expuestas por fieles cristianos, y
luego me desplazaré hacia el lado de los confrontadores.
Teoría
#1: Los primeros cristianos creían que Jesús era divino debido
a que creían que él era el Mesías, el Hijo de Dios.
La
fe en el mesianismo de Jesús es ciertamente una de las creencias más
antiguas y centrales del cristianismo. En la narración de Mateo de la
confesión de Pedro, después de que Jesús preguntara a sus
discípulos quién pensaban que era él, Pedro respondió:
"Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo" (Mateo 16:16).
El evangelio de Marcos es introducido como "El comienzo de la buena noticia
de Jesucristo [En griego=christos, Cristo o Mesías], el Hijo de Dios
(Marcos 1:1). Similarmente, el autor del evangelio de Juan manifiesta su propósito
de sta manera: "[He escrito sobre los signos que hizo Jesús] para
que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para
que creyendo tengáis vida en su nombre" (Juan 20:31).
Así
pues, ¿no queda claro en estos pasajes que debido a que los primeros
cristianos pensaron que Jesús era el Mesías, también lo
consideraron como el divino Hijo de Dios? Bueno, no exactamente. Déjenme
explicarlo.
En
primer término, debemos recordar que el título de "Mesías"
no implicaba divinidad. En hebreo, un mashiach era alguien que
había sido ungido con aceite para cumplir un propósito especial.
Reconocer a alguien como un mesías era más bien como decir que
esa persona tenía una autoridad especial o una vocación especial.
Pero no implicaba de ninguna manera que ese alguien era divino. En tiempos de
Jesús, muchos judíos anhelaban la venida del Mesías, un
ungido que traería la libertad, la liberación de Roma. Esta persona
sería bendecida por Dios, ejecutaría el juicio de Dios, y sería
finalmente un vehículo de la salvación de Dios, pero no sería
Dios, y mucho menos "un dios". Recuerden que los judíos eran
monoteístas acérrimos. Así que la creencia cristiana en
Jesús como Mesías no los hubiera llevado a reconocerlo como Dios
encarnado. No hay implicación lógica desde la mesianidad a la
divinidad.
Pero,
podría Ud. preguntarse, ¿qué pasa con la aparente equivalencia
entre "Mesías" e "Hijo de Dios" establecida en los
textos evangélicos que hemos citado antes? ¿No indican éstos
que el Mesías era divino? Podríamos pensar así fácilmente
porque tendemos a usar "Hijo de Dios" en el sentido de "Hijo
divino único de Dios". Este uso se remite a los primeros tiempos
del cristianismo. Pero entre los judíos en tiempos de Jesús, "Hijo
de Dios" se utilizaba de otras maneras. Por ejemplo, el pueblo de Israel
pudo ser llamado hijo de Dios (Oseas 11:1). Y así también el hombre
justo que se mantiene fiel a Dios (Sabiduría 2:12-18). El rey judío
también era llamado hijo de Dios, aunque, a diferencia de sus naciones
vecinas de la antigüedad, los judíos no deificaban a sus reyes.
Consideremos, por ejemplo, lo que Dios dijo del rey Salomón: "Seré
un padre para él, y él será un hijo para mí"
(2 Samuel 7:14). Similarmente, leemos en el salmo 89: "He encontrado a
David, mi servidor, con mi santo óleo lo he ungido;...él me invocará:
`¡Tú eres mi Padre, mi Dios, y la roca de mi salvación!'
Y yo haré de él mi primogénito..." (vv. 21; 27-28).
Noten que en este pasaje Dios unge (hace mesías) al rey, quien llama
"Padre" a Dios, y es el primogénito de Dios.
Así
que, cuando Pedro confesó que Jesús era "el Mesías,
el Hijo del Dios vivo", es improbable que quisiera decir: "el Ungido,
que es también el Hijo divino de Dios". Más bien, esta confesión
empleó simplemente dos expresiones que eran algo así como sinónimos
de "el rey elegido por Dios y redentor".
Ahora
bien, yo sí creo que la identificación de Jesús como Hijo
de Dios tuvo de hecho algo que ver con la primitiva fe cristiana en su divinidad.
Examinaré más profundamente esta posibilidad posteriormente. Pero
por ahora, quiero señalar simplemente que cuando los judíos (como
Pedro) pensaban en Jesús como Mesías o hasta como Hijo de Dios,
estaban pensando en su realeza, no en su divinidad.
Así
que la teoría corriente que iguala virtualmente la mesianidad con la
divinidad no corresponde a la evidencia histórica y lingüística.
Un judío del siglo I podía reconocer a Jesús como el Mesías
sin tener la menor noción de que Jesús fuera algo más que
un hombre especial, inspirado y autorizado por Dios para liberar al pueblo de
Dios de su sometimiento a Roma.
(...)
La
otra teoría popular que quizá es esgrimida por muchos cristianos
apunta a la resurrección de Jesús como evidencia de su divinidad.
De acuerdo a este argumento, los primeros cristianos creyeron que Jesús
era divino porque creyeron que fue resucitado de entre los muertos. "Con
toda seguridad", se alega, "los seres humanos no resucitan de entre
los muertos. Por lo tanto, la buena nueva pascual convenció a los primeros
cristianos -como nos convence a nosotros hoy- de que Jesús era en realidad
Dios."
Claro
que hay algo de verdad en esta teoría, como la había en la teoría
previa acerca del Mesías/Hijo de Dios. No hay duda de que la resurrección
de Jesús incidió significativamente en el desarrollo de la fe
cristiana primitiva sobre la divinidad de Jesús. Pero el argumento de
"resurrección por lo tanto divinidad" es demasiado simple para
ser correcto, al menos superficialmente.
Muchos
judíos de la época de Jesús esperaban que, en la hora de
Dios, los seres humanos experimentarían la resurrección. Marcos
12:18 anota que "algunos saduceos, quienes dicen que no hay resurrección,
vinieron a Jesús..." Se implica que su negación de la resurrección
ponía a los saduceos aparte de muchos, si no de la mayoría, de
los demás judíos de la época de Jesús. Muy de notar,
los fariseos creían en alguna clase de resurrección más
allá de la muerte.
Pero
seguramente los fariseos no estaban solos en esta creencia. Encontramos la idea
de la resurrección entre los profetas del Antiguo Testamento, especialmente
Daniel. Daniel 12 describe la visión de un tiempo futuro en el que "muchos
de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, algunos para
la vida eterna, y otros para la vergüenza y la condenación eterna.
Los sabios brillarán como resplandece el firmamento, y los que condujeron
a muchos a la justicia, como las estrellas por siempre jamás" (Daniel
12:2-3). El libro post-bíblico de la Sabiduría, escrito un par
de siglos antes de Jesús, afirma que "las almas de los justos están
en las manos de Dios, y ningún tormento podrá nunca alcanzarlos"
(Sabiduría 3:1). A su tiempo, "ellos se encenderán"
y "gobernarán a las naciones y regirán a los pueblos"
(Sabiduría 3:7-8). La promesa de la resurrección daba ánimos
a los judíos para morir antes que abandonar su fe en Dios. En el segundo
libro de Macabeos, un hombre que está siendo torturado hasta la muerte
dice: "Es aceptable morir a manos de hombres cuando se abriga la esperanza
que da Dios de ser resucitado de nuevo por Él. ¡Pero para ti no
habrá resurrección a la vida!" (2 Macabeos 7:14).
De
modo que, a ojos de los primeros discípulos de Jesús, que eran
judíos por supuesto, la resurrección de Jesús probaba que
él era justo. Reivindicaba su vida, su ministerio, su mensaje, y aun
su muerte. Pero no demostraba, al menos a primera vista, que Jesús era
Dios. Los primeros cristianos confesaban que "Dios lo resucitó"
de entre los muertos (Hechos 2:24; Romanos 10:9; I Corintios 6:14), pero no
decían que Jesús resucitó por sí mismo, mostrándose
así como Dios.
(...)
Pero
ciertamente reconozco, sin embargo, que sin la resurrección de Jesús,
los primeros discípulos no habrían llegado nunca a la conclusión
de que él era Dios encarnado. De hecho, no habría habido ningún
seguidor de Jesús después de su crucifixión de no ser por
su resurrección. Así que la resurrección es crucial en
la deducción que conduce a la divinidad de Jesús. Pero el desarrollo
de las ideas es más complejo que el simple argumento de "resurrección
implica divinidad" que a veces se escucha en los sermones pascuales. Jesús
podría haber sido el Mesías/Hijo de Dios, y aun podría
haber sido resucitado por Dios al tercer día después de su crucifixión,
sin ser divino. Estas características apuntan ciertamente a la singularidad
de Jesús, pero se requiere algo más para llegar a su divinidad.
(...)
Pronto
trataré de este "algo más", pero antes quiero examinar
una teoría muy común que intenta explicar la divinización
de Jesús en el cristianismo primitivo sin recurrir al milagro de la resurrección.
Esta teoría sostiene que los primeros cristianos, como fieles judíos
monoteístas que eran, aclamaban a Jesús como a un inspirado maestro
y/o como Mesías de Israel, pero no como a un ser divino. No obstante,
cuando el cristianismo se expandió dentro del mundo romano, el cristianismo
auténtico original experimentó una transformación. Bajo
la influencia de la religión y la cultura greco-romanas, en las cuales
se cruzaba frecuentemente la línea divisoria entre lo humano y lo divino,
el Jesús plenamente humano comenzó a ser divinizado. Pronto, como
Hércules o Julio César, Jesús fue considerado un dios.
Así, el cristianismo auténtico primitivo, de un Jesús humano,
fue contaminado por las tendencias divinizadoras del mundo greco-romano.
Esta
teoría no es implausible. Seguramente se da Ud. cuenta de que yo no la
suscribo al fin y al cabo, pero reconozco que la teoría en sí
tiene mucho mérito. Efectivamente hubo una línea fina y permeable
entre la divinidad y la humanidad en los mundos griego y romano. Consideremos
el mito de Hércules, por ejemplo (en griego, Heracles). Su padre fue
un dios (Zeus) mientras que su madre (Alcmene) fue un ser humano. Hércules
vivió como una especie de hombre-dios, con fuerza sobrehumana entre otras
habilidades. Después de su muerte se convirtió en un dios. Básicamente,
esta historia suena parecida a la fe cristiana primitiva sobre Jesús.
Además,
no sólo eran humanos míticos los que eran endiosados en el mundo
romano. A los Césares también se les otorgaba este honor. Julio,
por ejemplo, fue reconocido como dios después de ser asesinado en el
año 44 A.C. Sus sucesores inmediatos (Augusto, Tiberio) también
fueron divinizados, pero sólo después de muertos, por lo menos
en principio. Augusto estaba ciertamente más que dispuesto a sugerir
su divinidad durante su vida terrena. Hacia mediados del siglo primero E.C.,
los emperadores romanos empezaron a ser reconocidos como dioses aun antes de
su muerte. Hacia fines del siglo primero, el emperador Domiciano no dejó
lugar a ambigüedades, al llamarse a sí mismo "Señor"
y "Dios", y obligar a los demás a hacer lo mismo. Quienes no
le rendían el culto debido, como los cristianos, por ejemplo, eran ejecutados.
En
medio de este ambiente, los primeros cristianos proclamaban a Jesús como
un enviado de Dios para traer la salvación al mundo. No es imposible
imaginar que, en competencia con dioses tales como Hércules (que tenía
un templo cerca del Foro romano) y héroes humanos como el divinizado
Julio César, se haya llegado a pensar a Jesús como divino. Además,
este proceso de deificación habría coincidido con el apartamiento
del cristianismo desde el judaísmo hacia el paganismo. Así que
el monoteísmo judío se habría perdido por el camino, y
he aquí como Jesús llegó a ser divino.
Como
he dicho, esta teoría tiene su mérito. Pero la cuestión
es: ¿Se atiene a los hechos en el cristianismo primitivo? Cuando examinamos
las fuentes originales que nos muestran lo que de hecho creían los primeros
cristianos acerca de Jesús, ¿se sostiene la teoría de "la
divinización por influencia de la cultura greco-romana"? ¿O
es más plausible históricamente otra teoría?
(...)
¿Cuál
es la evidencia de que disponemos sobre de la fe cristiana primitiva? Desafortunadamente,
no tenemos artículos periodísticos o entrevistas reveladoras hechas
a los primeros seguidores de Jesús. No había muchos bloggers
en que confiar en el siglo primero E.C., tampoco. Por lo demás, no tenemos
ninguna información sobre las creencias cristianas muy primitivas, aparte
de lo que encontramos en el Nuevo Testamento mismo. Las antiguas descripciones
romanas y judías del cristianismo confirman lo que vemos en las fuentes
cristianas, pero fueron escritas al final del siglo primero E.C., décadas
después que las fuentes cristianas de que disponemos.
Únicamente
el Nuevo Testamento proporciona información histórica auténtica
sobre los primeros cristianos, aunque no venga en forma sistemática ni
exhaustiva. Los Hechos de los Apóstoles dan ciertas claves de las creencias
cristianas primitivas, pero cuentan sólo una pequeña parte de
la historia del cristianismo primitivo, y fueron, de hecho, escritos quizá
cincuenta años después de los eventos mismos (aunque con la ayuda
de fuentes escritas anteriores que ya no nos son accesibles). Los evangelios
del Nuevo Testamento cuentan la historia del ministerio terreno de Jesús,
pero proporcionan escasa evidencia de lo que hicieron y pensaron sus primeros
seguidores después de que Jesús saliera de la escena. (La crítica
de las formas provee cierto acceso a esta evidencia, pero sus resultados son
a menudo bastante especulativos.)
Algunos
eruditos y muchos pseudo-eruditos señalan al documento conocido por "Q"
como útil fuente de conocimiento de las creencias cristianas primitivas.
"Q" obtuvo su nombre de la palabra alemana "Quelle" que
significa "fuente". Pueden encontrarse algunos eruditos que escriben
acerca de varias versiones de "Q", que se remontan a los primerísimos
días del cristianismo. En los primeros borradores de "Q", que
convenientemente no incluyen versículos que contradigan la teoría
del "Jesús humano", Jesús es un inspirado maestro de
sabiduría, pero no divino. El problema con esta teoría es que
es absolutamente ficticia. No existe un documento "Q". Es completamente
teórico. Ahora que la teoría de que Mateo y Lucas hayan tenido
acceso a un documento que consistía principalmente de dichos de Jesús
es plausible. Yo tiendo a creerla. Pero los eruditos que piensen poder desentrañar
este documento teórico, y así recuperar cierto núcleo auténtico
de la fe cristiana, están perdidos en el país de las maravillas.
Todo lo construyen sobre la base de poquísima evidencia real. De manera
que aun si hubo un documento "Q", la discusión acerca de las
fases de "Q" y sobre las "comunidades Q" primitivas provee
un endeble fundamento para llegar a comprender las creencias cristianas primitivas.
Si
los Hechos de los Apóstoles, los evangelios del Nuevo Testamento, y aun
el huidizo "Q", no nos dan mucha información sobre las creencias
cristianas primitivas, ¿a qué podemos recurrir? A los escritos
del apóstol Pablo. Aunque los entendidos están debatiendo los
detalles, todos los eruditos serios están de acuerdo en que las cartas
de Pablo fueron escritas dentro de un período de cincuenta años,
empezando al final de la década de los años 40 E.C. Esto significa
que las primeras cartas paulinas fueron escritas sólo 15-20 años
después de la muerte de Jesús. Así que las cartas en sí
son evidencia primaria de lo que creían algunos de los primeros cristianos
(Pablo, con seguridad, y también sus iglesias y sus oponentes teológicos).
Además,
en las cartas de Pablo hay pasajes que, con toda probabilidad, apuntan a creencias
cristianas que son anteriores a los últimos años 40. Del mismo
modo en que un predicador de hoy puede citar un trozo de un himno o canción,
Pablo incluyó esos elementos en sus cartas. Algunos de ellos pueden ser
identificados con un alto grado de probabilidad. Así que estos pasajes
en particular nos hacen remontarnos hasta algunas de las primeras creencias
cristianas, de fechas previas a los propios escritos de Pablo.
En
algún momento a mediados de la década de los años 50 E.C.,
el apóstol Pablo escribió una carta a la Iglesia de Corinto. Concluía
la carta del modo siguiente:
"Yo,
Pablo, escribo este saludo por mi propia mano. El que no quiera al Señor,
sea anatema. ¡Ven, Señor nuestro! Que la gracia del Señor
Jesús sea con vosotros. Os amo a todos en Cristo Jesús."
Este
pasaje se lee bien en español. Pero si lee el original en griego, tropezará
con un misterio. Lo que encontrará es esto:
"Yo,
Pablo, escribo este saludo por mi propia mano. El que no quiera al Señor,
sea anatema. Marana tha. Que la gracia del Señor Jesús sea con
vosotros. Os amo a todos en Cristo Jesús."
Por
mucho griego que sepa, no será capaz de entender las palabras "marana
tha" porque, aunque aparecen en letras griegas, no son palabras griegas.
Son
palabras arameas, en realidad. Significan "¡Ven, Señor nuestro!"
(o tal vez "Nuestro Señor viene").
El
arameo era el idioma hablado corrientemente en el este del Imperio Romano, en
tierras tales como Judea y Siria. Pero no era el idioma de Corinto. De hecho,
muy pocos de entre los cristianos de Corinto hubieran sabido lo que significaba
"marana tha" si no fuera porque Pablo les enseñó este
significado en una visita anterior a Corinto. El hecho de que lo emplee en su
carta sugiere fuertemente que así fue como ocurrió. Los corintios
conocían esta expresión aramea porque Pablo se la había
enseñado durante su primera visita a Corinto, que fue alrededor del año
52 E.C.
Muy
bien entonces, puede pensar Ud., ya sé algo acerca del origen de la frase
"¡Ven, Señor nuestro!" en I Corintios 16. ¿Y qué?
¿Qué puede decirnos esto sobre la fe primitiva en Jesús
y su divinidad? Bueno, déjeme explicarlo.
En
primer lugar, el hecho de que "marana tha" sean palabras arameas sugiere
que nacieron, no de la pluma del apóstol Pablo, sino de la vida y la
liturgia de la Iglesia de habla aramea. Esto quiere decir que su origen puede
datarse, no a mediados de los años 50 E.C., sino mucho antes. "Marana
tha" proviene de la década de los 40, si no de la de los 30. En
otras palabras, esta frase preserva una de las oraciones cristiana más
antiguas de que tenemos noticia.
En
segundo lugar, el hecho de que Pablo enseñara estas palabras arameas
a los corintios, que eran de habla griega, sugiere que no se trataba de una
expresión casual que Pablo hubiera recogido por ahí en sus primeros
días como cristiano. Más bien, era suficientemente importante
y suficientemente utilizada en la Iglesia primitiva como para que Pablo la transmitiera
en su lengua original. Algo así como ocurre con las palabras hebreas
"amén" y "aleluya", que conocemos en su lengua original
porque han desempeñado un papel tan crucial en la alabanza cristiana.
Así
que la expresión "marana tha" es a la vez muy antigua y muy
importante. Pero ¿qué nos dice esto sobre la concepción
cristiana primitiva sobre Jesús?
Primero,
está bastante claro por el contexto en I Corintios 16 (y otros sitios),
que el "Señor" a quien se dirige como "Señor nuestro"
(marana) es concretamente Jesús, no Dios (el Padre). Jesús es
aquel a quien los primeros cristianos piden que venga.
Segundo,
consideremos el hecho de que los primeros cristianos, la mayoría judíos,
estuvieran llamando a Jesús como en oración. No sólo creían
que resucitó de entre los muertos y ascendió al cielo, sino que
creían que él podía atender sus súplicas. Del modo
en que se dirigían al Dios único, así también oraban
a Jesús. Esto es un acontecimiento absolutamente pasmoso si se considera
que ocurría en un contexto monoteísta judío.
Tercero,
la palabra "Señor" en arameo (mar) tenía varios significados.
Podía usarse como término de respeto hacia un ser humano. Pero
era también la palabra que utilizaban los judíos de habla aramea
cuando hablaban al SEÑOR Dios. Durante su vida terrena, Jesús
fue llamado "señor" por gente que quería simplemente
mostrarle respeto como ser humano honorable (por ejemplo, en Mateo 8:6). Pero,
después de la resurrección de Jesús, el uso cristiano de
"Señor" empesó a cambiar. Lo vemos ilustrado poderosamente
en la historia del "incrédulo Tomás". Cuando al final
se da cuenta de que Jesús ha resucitado de verdad, Tomás exclama.
"¡Señor mío y Dios mío!" (Juan 20:28).
De
modo que cuando los primeros cristianos, que todavía mantenían
su identidad judía con su fe central en el Dios único, se dirigían
en oración a Jesús, llamándolo "Señor",
se sugiere mucho más que mero respeto. Aunque sería ir más
allá de la evidencia concluir que los judíos cristianos primitivos,
de habla aramea, creían que Jesús era de alguna manera "Dios
verdadero", en términos del Credo de Nicea del siglo cuarto, es
cierto que iban claramente en esa dirección.
(...)
Otro
texto muy antiguo de fe cristiana confirma y amplía esta conclusión.
En su carta a los Filipenses, escrita entre mediados y fines de los años
50 E.C., el apóstol Pablo habla de Cristo de un modo completamente exaltado:
"Tened
los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús,
quien,
aunque era de condición divina,
no
lo consideró como algo a lo que aferrarse,
sino
que se vació de sí mismo,
tomando
la condición de un siervo,
haciéndose
semejante a los hombres.
Y
apareciendo como hombre,
se
humilló a sí mismo
y
se hizo obediente hasta la muerte,
y
muerte de cruz.
Por
eso Dios lo exaltó
y
le dio un nombre
sobre
todo nombre,
de
modo que ante el nombre de Jesús
toda
rodilla se doble,
en
los cielos, en la tierra y en los abismos,
y
toda lengua confiese
que
Cristo Jesús es Señor,
para
gloria de Dios Padre.
(Filipenses
2:5-11).
Noten
que Jesús, antes de hacerse humano, tenía la condición
de Dios y la igualdad con Dios. Además, por su muerte obediente, Dios
lo exaltó y le dio el nombre mismo de Dios, de modo que toda la creación
se inclina ante él y lo alaba como Señor. Queda claro que Jesús
ya no pertenece a la categoría "meramente humana".
Como
muy tarde, este pasaje fue escrito unos 25 años después de la
muerte de Jesús -todavía muy al principio. Y la mayor parte de
los entendidos creen que Pablo no fue el que realmente compuso este texto, sino
que lo tomó de una pieza anterior de liturgia cristiana. La peculiar
forma lingüística de este pasaje, combinada con su uso de un lenguaje
inusual en Pablo, y combinada con su calidad "confesional", han persuadido
a los eruditos en Nuevo Testamento de que Pablo empleó un himno que fue
escrito anteriormente a la carta a los filipenses. Cuánto antes, exactamente,
no podemos decirlo. Pero, de nuevo, tenemos en las cartas de Pablo, que son
los documentos cristianos más antiguos de que disponemos, un trozo de
tradición que, con toda probabilidad, se remonta a una etapa más
primitiva de la historia cristiana.
Esto
es aun más impactante cuando se compara este texto de Filipenses con
pasajes del libro de Isaías, del Antiguo Testamento. En Filipenses 2:9-11,
Dios dio a Jesús el "nombre sobre todo nombre" para que toda
lengua confiese que "Jesucristo es el Señor". Comparemos esto
con Isaías 42:5-8:
Así
dice Dios, el SEÑOR,
el
que crea los cielos y los extiende,
el
que hace firme la tierra y lo que en ella brota,
el
que da aliento al pueblo que hay en ella,
y
espíritu a los que por ella andan.
Yo,
el SEÑOR, te he llamado en justicia,
te
así de la mano, te formé;
...
Yo
soy el SEÑOR, ése es mi nombre,
no
cedo mi gloria a ningún otro,
ni
mi alabanza a los ídolos.
Pero
en Filipenses 2, el Señor comparte su gloria con Cristo, hasta dándole
el nombre de Señor.
Tres
capítulos más adelante, en Isaías 45:21-23, leemos:
Exponed,
aducid vuestras pruebas,
deliberad
todos juntos:
¿Quién
hizo oír esto desde antiguo
y
lo anunció hace tiempo?
¿No
he sido yo, el SEÑOR?
No
hay otro Dios fuera de mí.
Un
Dios justo y salvador,
no
hay otro fuera de mí.
¡Volveos
a mí y seréis salvados,
confines
todos de la tierra!
Porque
yo soy Dios, no hay otro.
Yo
juro por mi nombre;
de
mi boca sale palabra verdadera
que
no será vana:
"Ante
mí se doblará toda rodilla
y
toda lengua jurará."
Pero
Filipenses 2 dice que toda rodilla se doblará ante Jesús, y toda
lengua confesará que él es el Señor. ¿Por qué?
Noten,
no obstante, que Filipenses 2 no confunde a Jesucristo con Dios Padre. El Padre
exalta al Hijo, y es glorificado cuando toda la creación confiesa que
Jesús es el Señor. Así que, aunque no tenemos aquí
una teología trinitaria bien desarrollada, tenemos ciertamente el germen
del cual brotó la confesión cristiana de un único Dios
en tres personas.
Finalmente,
tenemos que recordar que el apóstol Pablo era un fiel judío monoteísta.
No hay evidencia alguna de que su reconocimiento de Jesús como Dios sea
resultado de haber sido influenciado por la tendencia greco-romana hacia la
divinización. De hecho, lo que es tan impactante en el himno de Filipenses
2 es que se trata de una aplicación enteramente intencional de Isaías
a Jesús. Pasajes que en Isaías se reservaban únicamente
a Dios han sido aplicados a Jesús, quien recibe el nombre de Señor
y comparte la alabanza divina. El uso aquí de Isaías sugiere que
el reconocimiento de Jesús como Dios tuvo lugar entre judíos fieles,
respetuosos de las Escrituras, que vieron en Jesús a la persona misma
de su Dios.
Además,
lo más asombroso de Filipenses 2:5-11 es que la muerte de Jesús,
aun siendo una muerte escandalosa en la cruz, contribuye a que sea considerado
Dios, más que a separarlo de ello. Aquel que murió tan ignominiosamente
es quien recibe la adoración de toda la creación como Dios, y
esta adoración es de algún modo un resultado de su muerte humillante.
Esta es una paradoja que bien merece posterior consideración.
Una
de las afirmaciones judías clásicas aparece en el capítulo
sexto del Deuteronomio:
"Escucha
Israel: El SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR es único. Ama
al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con
toda tu fuerza" (Deuteronomio 6:4-5). A esto se le llama comúnmente
la Shemá, que en hebreo significa "escucha", en imperativo.
La Shemá era central para la fe y la adoración judías en
la época de Jesús, y también lo es aún hoy en día.
Afirma la unicidad de Dios, así como el hecho de que este único
Dios era también el SEÑOR propio de Israel, Aquel que se reveló
a sí mismo como Yahvé. (Cuando aparece la palabra "SEÑOR"
en cualquier capítulo de la Biblia, traduce el nombre hebreo de Dios:
YHWH).
El
apóstol Pablo, que creció en una piadosa familia judía,
habrá oído la Shemá incontables veces. Aunque el gran mundo
pagano de su entorno estaba lleno de otros llamados "dioses", Pablo
y sus compatriotas judíos afirmaban que el suyo era el único Dios
verdadero, una afirmación que a veces provocó la persecución
de los judíos, y hasta en ocasiones el martirio. Pero ningún judío
fiel abandonaría se fe en un único Dios, el SEÑOR, que
merece ser amado con todo el corazón, alma, y fuerza. Jesús mismo
afirmó la importancia de la Shemá cuando se le preguntó
cuál era el mandamiento principal: "El principal es: `Escucha
Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es único; amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente, y con toda tu fuerza'" (Marcos 12:29-30).
Cuando
aceptó a Jesús como el Mesías de Dios, Pablo continuó
considerándose un judío fiel. Pero su concepción de Dios
empezó a cambiar. No sólo vio con mayor claridad la gracia de
Dios, sino que vio también una mayor complejidad en la propia naturaleza
de Dios. Esto queda evidente en un pasaje de su primera carta a los corintios,
en una discusión sobre la cuestión de si los cristianos debían
o no comer comida que había sido sacrificada a los ídolos. Pablo
escribe:
"Ciertamente,
aunque haya unos llamados dioses en el cielo o en la tierra -como de hecho hay
muchos dioses y señores-, para nosotros hay un único Dios, el
Padre, de quien provienen todas las cosas y para quien nosotros existimos, y
un único Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por
quien nosotros existimos" (I Corintios 8:5-6).
Aquí
hay un claro eco de la Shemá. Al contrario que los paganos, para quienes
hay muchos "dioses", para Pablo y los cristianos de Corinto hay un
"único Dios, el Padre". Este es el Dios que creó todas
las cosas, y que da propósito a nuestra vida.
Pero
entonces Pablo añade algo radicalmente nuevo en la historia del judaísmo.
No sólo hay un único Dios, sino también "un único
Señor, Jesucristo". De nuevo se llama "Señor" a
Jesús. El contexto hace patente que Pablo no usa esta palabra meramente
en referencia a un humano digno de respeto. Más bien, Jesús recibe
el "nombre sobre todo nombre", el nombre que Dios reveló como
suyo propio, el nombre de SEÑOR.
En
Corintios 8, la relación de Jesucristo a Dios Padre es extraordinariamente
estrecha. Jesús no sólo recibe el nombre del Dios único,
sino que es también el agente a través del cual Dios creó
todas las cosas y todas las personas. De modo que Jesús ha empezado a
tener los atributos de la Sabiduría de Dios, tal como está retratada
en las Escrituras hebreas y otros escritos judíos antiguos. En Proverbios,
por ejemplo, cuando Dios crea el universo, la Sabiduría habla así:
"Cuando [Dios] asentó los cimientos de la tierra, yo estaba a su
lado, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en
su presencia todo el tiempo" (Proverbios 8:29-30). Dios creaba, pero la
Sabiduría era el arquitecto. En I Corintios 8, todas las cosas provienen
de Dios, pero todas la cosas vienen por Jesucristo el Señor.
Este
pasaje revela que la confesión cristiana primitiva de Jesús como
Señor no significaba, en las mentes de los primeros cristianos, que hubiesen
abandonado el monoteísmo judío por el politeísmo pagano.
Todavía sostenían la existencia de un único Dios. Pero
de alguna manera este Dios único ahora incluía al único
Señor, Jesucristo.
Un
espíritu crítico diría que eso era una locura. Los primeros
cristianos dirían que eso es parte de la naturaleza misteriosa de Dios.
Más tarde, los teólogos intentarán explicar este misterio
en términos más sistemáticos, afirmando que el Dios único
existe en tres personas (incluyendo al Espíritu Santo). Podemos ver las
simientes de esta teología trinitaria en textos como el de I Corintios
8. Aunque estas simientes son de la clase diminuta de las semillas de mostaza,
muestran no obstante el comienzo de la reflexión cristiana sobre la naturaleza
de Cristo, que llevó al trinitarianismo plenamente florecido de los siglos
cuarto y quinto E.C.
Hasta
aquí hemos visto que los primeros cristianos se dirigían y referían
a Jesús resucitado como Señor, aplicándole un nombre reservado
para el Dios de Israel. Le rezaban (I Corintios 16:22). Lo adoraban (Filipenses
2:9-11). Se relacionaban con él como con Dios mismo. Por lo tanto, la
idea de que la divinización de Jesús fue un desarrollo tardío,
lejano del auténtico cristianismo, no se atiene a la evidencia. Al contrario,
la evidencia sugiere que los primeros cristianos veían a Jesús
como mucho más que meramente humano. Además, este desarrollo teológico
ocurrió, no bajo la influencia del politeísmo pagano, sino mientras
la cristiandad estaba todavía creciendo en la cuna del judaísmo.
¿Por
qué? ¿Por qué los primeros cristianos, muchos de los cuales
eran fieles judíos monoteístas, consideraron a Jesús como
divino? ¿Qué los motivó para ver al Mesías humano
como mucho más que humano? ¿Por qué unos fieles judíos
monoteístas empezaron a creer que Jesús, el Mesías humano,
era también en algún sentido el Dios único verdadero?
Ya
que todo esto pasó tan al comienzo de la historia cristiana, y ya que
pasó entre los seguidores de Jesús de habla aramea, que eran,
en su mayoría, judíos devotos, la teoría de la "divinización
por influencia del paganismo greco-romano" no explica los hechos. Además,
en uno de los textos cristianos primitivos que habla de Jesús como del
divino Señor (I Corintios 8:5-6) hay un claro rechazo del politeísmo
pagano. Entonces, si la teoría de la "influencia pagana" no
puede explicar la temprana fe cristiana en la divinidad de Jesús, ¿qué
otra cosa puede explicar este sorprendente hecho teológico?
Respondería
a esta pregunta, en parte, indicando las implicaciones de la salvación
por Jesucristo.
Los
primeros cristianos creían que la salvación de Dios ha venido
por medio de Jesús, preeminentemente mediante su muerte y resurrección.
Los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo, describe a Pedro proclamando
a los jefes de los judíos: "Este Jesús es `la piedra rechazada
por vosotros, los constructores; se ha convertido en la piedra angular'. No
hay salvación en ningún otro, porque no hay otro nombre bajo el
cielo que haya sido dado a los mortales por el cual debamos salvarnos"
(Hechos 4:11-12). Similarmente, en el que podría ser el más antiguo
de todos los escritos cristianos existentes, la primera carta de Pablo a los
tesalonicenses, el apóstol escribe: "Porque Dios no nos ha destinado
para la cólera sino para obtener la salvación por medio de Nuestro
Señor Jesucristo" (I Tesalonicenses 5:8). La buena noticia acerca
de lo que Dios ha hecho en Jesús es, según Pablo, "la fuerza
de Dios para la salvación de todo el que tiene fe, del judío primero
y también del griego" (Romanos 1:16).
Por
el hecho de que la salvación de Dios viene por medio de Jesús,
los primeros cristianos llegaron a concebir a Jesús como más que
meramente un agente de la salvación divina. Empezó a ser visto
como el verdadero Salvador. Consideremos los siguientes pasajes del Nuevo Testamento:
Lucas
2:11: "...os ha nacido este día, en la ciudad de David, un Salvador,
que es el Mesías, el Señor."
Filipenses
3:20: "Pero nuestra ciudadanía es del cielo, y desde allí
estamos esperando un Salvador, el Señor Jesucristo."
I
Juan 4:13-14: "Por esto sabemos que habitamos en él y él
en nosotros, porque nos ha dado su Espíritu. Y hemos visto y testimoniamos
que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo."
Nosotros,
que estamos tan acostumbrados a ver a Jesús como Salvador, podemos no
darnos cuenta de lo escandalosa que es esta confesión. Pero una cuidadosa
mirada al Antiguo Testamento subraya el escándalo. Rara vez se refieren
las Escrituras hebreas a seres humanos como agentes de la salvación divina.
En la gran mayoría de los textos, Dios y sólo Dios es el verdadero
Salvador. Por ejemplo, en Isaías Dios dice:
"Cuando
vayas por aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando cruces los ríos,
no te ahogarás. Cuando atravieses el fuego, no te quemarás; las
llamas no te consumirán. Porque yo soy el SEÑOR, tu Dios, el Santo
de Israel, tu Salvador... Yo soy el SEÑOR, y no hay otro Salvador"
(Isaías 43:2-3, 11).
O
leamos el comienzo del salmo 62:
En
Dios sólo descansa mi alma
porque
de Él viene mi salvación.
Sólo
Él es mi roca y mi salvación,
mi
fortaleza en que no he de vacilar.
(Salmo
62:1-2)
Los
primeros cristianos, la mayoría de los cuales estarían familiarizados
con éstos y muchos otros pasajes del Antiguo Testamento que proclaman
a Dios como el único Salvador, asignaron no obstante este título
de Salvador a Jesús. Ahora, si Jesús era el Salvador, y Dios solamente
era el Salvador, qué implicaba esto sobre el propio Jesús?
Consideremos
otro texto más del Nuevo Testamento que conecta a Jesús como Salvador
con Jesús como Dios. Éste viene de las llamadas "narraciones
de la infancia" en el evangelio de Mateo. José acababa de encontrarse
con que su prometida, María, estaba embarazada, a pesar de que él
no había tenido relaciones sexuales con ella. Entonces resolvió
romper el compromiso. Pero mientras estaba durmiendo, un ángel se le
apareció en sueños. El ángel dijo:
"José,
hijo de David, no temas tomar a María por esposa, porque el niño
concebido en ella viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un
hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará
a su pueblo de sus pecados. Todo esto ocurrió para dar cumplimiento a
lo que había dicho el Señor por medio del profeta: `Mirad, la
virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán por
nombre Emmanuel', lo que significa `Dios con nosotros'". (Mateo 1:20-23).
José
debía llamar "Jesús" al hijo de María. ¿Por
qué? Porque "él salvará a su pueblo de sus pecados".
Hay aquí un juego de palabras que se pierde en español. El nombre
de Jesús en arameo era Yeshua, o en hebreo Joshua. Este nombre significa,
en ambos idiomas semíticos, "El SEÑOR salva". De modo
que el hijo de María será llamado "El SEÑOR salva"
aun cuando él mismo será el que salva a Israel de sus pecados.
De aquí puede obtenerse un nítido silogismo:
Premisa
mayor: El SEÑOR salva.
Premisa
menor: Jesús salvará a su pueblo de sus pecados.
Conclusión:
Jesús es el SEÑOR.
El
ángel aclara esta conclusión añadiendo una cita de Isaías
7:14: "Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo a
quien pondrán por nombre `Emmanuel', lo que significa `Dios con nosotros.'"
Jesús cumplirá la promesa de Isaías. Él será,
no sólo el Salvador, sino Aquel que es Emmanuel: Dios con nosotros.
Empecé
con una pregunta: ¿Por qué los primeros cristianos llegaron a
ver a Jesús como divino? Parte de la respuesta es ahora evidente. La
divinidad de Jesús fue una extrapolación de su papel de Salvador.
Debido a que experimentaron la salvación por medio de Jesús, y
debido a que sabían que sólo Dios era el Salvador, los primeros
cristianos concluyeron que Jesús tuvo que haber sido el Emmanuel, Dios
con nosotros.
Cuando
utilizo las expresiones "extrapolación" y "conclusión",
no quiero decir que los primeros cristianos se sentaran juntos a hacer deducciones
lógicas para probar la divinidad de Jesús. La fe es mucho más
fluida y vital que eso, por supuesto. Pero cuando se profundiza bajo las confesiones
cristianas primitivas hasta alcanzar sus fundamentos teológicos, se encuentra
que la salvación por medio de Cristo condujo a la fe en que él
era el Salvador, lo que condujo a esos fieles judíos seguidores de Jesús
a la inaudita conclusión de que él era también, en alguna
medida, el único verdadero SEÑOR.
Siglos
más tarde, los teólogos cristianos continuaron definiendo la naturaleza
de Jesús a la luz de su papel de Salvador. Si Jesús iba a salvarnos,
argüían, tenía que ser plenamente humano. Sólo de
esta forma podía cargar con la pena por el pecado humano. Pero si hubiese
sido meramente humano, no habría sido capaz de vencer al poder del pecado.
Así que tenía que ser también plenamente Dios. De esta
manera, la lógica de los primeros cristianos, partiendo de la salvación
por medio de Jesús hasta llegar a Jesús como Salvador divino,
preparó los estudios más sistemáticos posteriores de la
naturaleza única de Jesús como plenamente divina y plenamente
humana.
Uno
de los movimientos teológicos más influyentes del judaísmo
antiguo fue el que los entendidos llaman "La Tradición de Sabiduría".
Desde muchos siglos antes de Cristo, los fieles judíos desarrollaron
una sabiduría popular, como la que encontramos en el libro bíblico
de los Proverbios. Por todo este libro hay dichos sabios del tipo de los que
Ben Franklin popularizó en América. Por ejemplo, hallamos consejos
pragmáticos como estos:
"No
te querelles contra nadie sin motivo,
si
no te ha hecho mal alguno". (Proverbios 3:30).
"No
sigas la senda de los perversos,
ni
vayas por el camino de los malvados". (Proverbios 4:14).
"Una
mano indolente empobrece,
pero
una mano diligente enriquece". (Proverbios 10:4).
Pero
hay otro tapiz tejido por la fábrica de la Tradición de Sabiduría,
de fibra más teológica y reflexiva. Algunos sabios judíos,
además de dedicarse a los consejos prácticos, empezaron a meditar
sobre la propia naturaleza de la sabiduría, que para ellos era la sabiduría
divina. Estas meditaciones eran envueltas en alabanzas poéticas de la
sabiduría de Dios, en que la sabiduría era descrita como una mujer,
una compañera femenina de Dios. En Proverbios 8, por ejemplo, leemos:
¿No
está llamando la Sabiduría?,
y
la Prudencia, ¿no alza su voz?
...
"A
vosotros, hombres, os llamo,
para
los humanos es mi voz.
Aprended,
simples, la prudencia
y
vosotros, necios, sed razonables.
...
Preferid
mi enseñanza a la plata,
el
conocimiento al oro puro.
...
El
SEÑOR me creó al principio de su obra,
el
primero de sus hechos antiguos.
...
Cuando
asentó los cielos, allí estaba yo,
cuando
trazó un círculo sobre la faz del abismo.
...
Cuando
puso los cimientos de la tierra,
yo
estaba a su lado, como arquitecto;
y
yo era todos los días su delicia,
jugando
en su presencia todo el tiempo..."
(Proverbios
8:1,4-5,10,22,27,29-30)
Por
supuesto, los judíos monoteístas que escribieron y leyeron estas
líneas no pretendían describir literalmente a la sabiduría
como una diosa femenina distinta del Señor. Sino que, en la libertad
creativa de su poesía, pintaban elocuentemente la gloria femenina de
la sabiduría de Dios.
En
la Tradición de Sabiduría post-bíblica, la Sabiduría
fue descrita crecientemente como una consorte femenina del Señor. Vemos
esto, por ejemplo, en libros apócrifos del Antiguo Testamento, que incluyen
la Sabiduría de Salomón y la Sabiduría de Ben-Sirá
(conocido también como Sirácida o Eclesiástico). Los sabios
judíos creían, además, que la Sabiduría había
venido a morar en Israel en la forma de la Ley mosaica o del Templo. Así
fue como la Sabiduría universal de Dios encontró lugar en la tradición
y la revelación de la religión y la teología judías.
No
hay duda de que los primeros cristianos, junto con otros judíos del siglo
primero, fueron influidos por la Tradición de Sabiduría. Puede
verse esto claramente, por ejemplo, en la carta de Santiago, en el Nuevo Testamento,
cuyos dichos de consejos suenan a menudo como los de los Proverbios. También
algunos de los dichos de Jesús contienen claros ecos de la sabiduría
judía. Uno de los ecos más impactantes se halla en Mateo 11:
"Venid
a mí, todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi
yugo es suave y mi carga ligera." (Mateo 11:28-30).
Ahora
comparemos esto con un par de pasajes del libro judío pre-cristiano de
Sirá.
"Ven
a ella [la sabiduría] con toda tu alma,
y
guarda sus caminos con toda tu fuerza.
Persíguela y búscala, y se te dará a conocer;
y
cuando la hayas asido, no la sueltes.
Porque al fin hallarás tu descanso,
y
ella se te trocará en gozo.
Sus anillos serán para ti una protección poderosa,
y
su collar un ornamento glorioso.
Su yugo es un adorno de oro,
y
sus cadenas un cordón púrpura."
(Sirá
6:26-30).
Otro
capítulo de Sirá muestra a la Sabiduría hablando ella misma:
"Venid
a mí, los que me deseáis,
y
saciaos de mis frutos.
Porque recordarme es más dulce que la miel,
y
poseerme es más dulce que el panal de miel.
Los que comen de mí quedan hambrientos de más,
y
los que beben de mí quedan sedientos de más."
(Sirá
24:19-21)
Sirá
continúa identificando la Sabiduría como "la ley que Moisés
nos mandó" (24:23), algo a lo que volveré más adelante.
Sirá 24:19-21 recuerda, no sólo a la invitación de Jesús
descrita en Mateo 11:28 como "Venid a mí", sino también
a su oferta de agua viva a la samaritana en Juan 4, para no mencionar sus palabras
en Juan 6, donde habla de comer y beber su carne y sangre. Como Sabiduría
personificada, Jesús dice: "Quien me coma vivirá por mí"
(Juan 6:57).
Ciertamente,
no fue accidental que Jesús se hiciera eco de la invitación de
la Sabiduría divina. Su múltiple oferta de Mateo 11 -Venid a mí;
os daré el descanso; tomad mi yugo; aprended de mí; mi yugo es
ligero- es una imitación intencional de la Sabiduría. Al emplear
este lenguaje, Jesús en cierto modo decía: "Lo que ofrece
la Sabiduría de Dios, lo ofrezco yo. Lo que proporciona la Sabiduría
divina, lo proporciono yo." Así que, aunque no dijo directamente:
"Soy la encarnación de la Sabiduría divina", sus palabras
lo implicaban claramente. Jesús no era el maestro de sabiduría
judío tradicional que señalaba fielmente hacia la suprema Sabiduría
de Dios. Más bien, hablaba como si él mismo fuera la Sabiduría
encarnada.
(...)
Los
primeros cristianos se hicieron cargo de esto y lo continuaron. En varios pasajes
del Nuevo Testamento retratan a Jesús como la Sabiduría de Dios
que ha venido a la tierra (ver, por ejemplo, Colosenses 1:15-20; Hebreos 1:1-4).
Quizá el más obvio y significativo de estos textos sea Juan 1:1-18,
el prólogo del evangelio de Juan. Este pasaje empieza así:
"En
el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra
era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por medio de ella,
y sin ella no se hizo cosa alguna. Lo que se hizo por ella era la vida, y la
vida era la luz de todos los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las
tinieblas no la vencieron."
A
primera vista, este pasaje parece asociar a Jesús con la Palabra de Dios,
no con la Sabiduría de Dios. Y ciertamente así lo hace. En el
Antiguo Testamento, Dios habla para llamar a la creación a la existencia
(Génesis 1). Así que podría decirse, como lo dijeron quienes
escribieron los libros del Antiguo Testamento, que la Palabra de Dios creó
al mundo. Por ejemplo en el salmo 33:
4 Pues la palabra del SEÑOR es recta,
y toda su obra hecha en la fidelidad.
...
6 Por la palabra del SEÑOR fueron
hechos los cielos,
y todo lo que contienen por el aliento de su boca.
Además,
como el Antiguo Testamento dice que "la palabra del Señor"
viene a alguien para revelarle la verdad de Dios, por eso el prólogo
de Juan reconoce a Jesús la Palabra como aquel mediante el cual ha venido
la revelación definitiva de Dios.
Sin
duda, entonces, la noción de "Palabra de Dios" del Antiguo
Testamento está detrás de los versos introductorios del evangelio
de Juan. Pero esto no es todo, porque los ecos de la Sabiduría en Juan
1:1-18 son tan intensos que no pueden ser pasados por alto por nadie que conozca
la tradición judía de la Sabiduría. Consideremos por ejemplo
Proverbios 3:19: "El SEÑOR con la sabiduría fundó
la tierra; con la inteligencia estableció los cielos." ¿Suena
mucho como Juan 1:3, no es cierto? Pero esto es sólo el principio. Consideremos
los siguientes paralelos entre la Palabra de Dios en Juan 1 y la Sabiduría
en la tradición judía:
La
Palabra de Dios en Juan 1:1-18:
"En
el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra
era Dios. Ella estaba en el principio
con Dios. Todo se hizo por medio de ella, y sin ella no se hizo
cosa alguna." (vv. 1-3).
La
Sabiduría de Dios en las Escrituras judías:
"En
el principio de su obra me creó Dios, fui el primero de sus actos antiguos.
Hace muchas eras fui moldeada, al comienzo, antes del principio de la tierra"
(Proverbios 8:22-23).
"Cuando
Él estableció los cielos, yo estaba allí; cuando trazó
un círculo en la superficie del abismo, cuando consolidó la bóveda
del cielo, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando asignó
al mar sus límites para que las aguas no rebasaran su orilla, cuando
asentó los cimientos de la tierra, yo estaba allí a su lado, como
arquitecto; y era yo todos los día su delicia, jugando en su presencia
todo el tiempo" (Proverbios 8:27-30).
La
Palabra de Dios en Juan:
"Lo
que se hizo por ella era la vida, y la vida era la luz de todos los hombres."
La
Sabiduría de Dios en las Escrituras judías:
"Porque
quien me encuentra encuentra la vida y obtiene la gracia del SEÑOR."
(Proverbios 8:35).
"La
Sabiduría es radiante y jamás pierde su brillo, la descubren fácilmente
los que la aman, y la hallan los que la buscan."
(Sabiduría
6:12).
La
Palabra de Dios en Juan:
"Vino
a lo suyo, y los suyos no la recibieron" (v.11)
La
Sabiduría de Dios en las Escrituras judías:
"Os
he llamado y habéis rehusado, os he tendido mi mano y nadie ha hecho
caso" (Proverbios 1:24).
La
Palabra de Dios en Juan:
"Estaba
en el mundo, y el mundo había sido hecho por ella; pero el mundo no la
conoció. Vino a lo suyo, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los
que la recibieron, a los que creyeron en su nombre, les dio el poder de llegar
a ser hijos de Dios" (vv. 10-12)
La
Sabiduría de Dios en las Escrituras judías:
"Envíala
desde los cielos santos, mándala desde tu trono de gloria, para que trabaje
conmigo, y aprenda yo lo que a ti te agrada. Pues ella todo lo sabe y todo lo
entiende, y me guiará sabiamente en mis actos y me protegerá con
su gloria." (Sabiduría 9:10-11).
La
Palabra de Dios en Juan:
"Y
la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,
la gloria del hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad."
(v. 14).
La
Sabiduría de Dios en las Escrituras judías:
"Pues
ella es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la
gloria del Omnipotente; por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo
de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de
su bondad." (Sabiduría 7:25-26).
En
realidad hay muchos más paralelos entre la Palabra de Dios del prólogo
de Juan y la Sabiduría de la tradición judía, un par de
los cuales examinaré más adelante. Pero creo que lo principal
ha quedado claro. El retrato hecho por Juan, de Jesús como la Palabra
de Dios, ha sido pintado tomando a la Sabiduría judía como modelo.
La
asociación hecha por Juan entre Palabra y Sabiduría, como resulta
ser, es algo que también se halla en fuentes judías más
antiguas. Consideremos los pasajes siguientes:
"Porque
el SEÑOR da la sabiduría; de su boca vienen el conocimiento y
el entendimiento" (Proverbios 2:6).
"Él
es quien hizo la tierra con su poder, quien estableció el mundo con su
sabiduría, y con su inteligencia expandió los cielos. Cuando Él
emite su voz, hay estruendo de aguas en los cielos, y Él hace subir las
nubes desde los extremos de la tierra." (Jeremías 10:12-13).
"Oh
Dios de mis ancestros, Dios de misericordia, que has hecho todas las cosas con
tu palabra, y que con tu sabiduría has formado la humanidad..."
(Sabiduría 9:1-2)
"Pues
la sabiduría se reconoce por el habla, y la educación por las
palabras de la lengua" (Sirá 4:24).
Así
que, siguiendo las huellas de los sabios judíos, Juan pintó un
retrato de la Palabra/Sabiduría de Dios en el prólogo de su evangelio.
El elemento más desconcertante de este retrato, por supuesto, es la identificación
sin precedentes de la Palabra/Sabiduría con un hombre, con Jesús
de Nazaret.
(...)
Ahora
quiero examinar otras conexiones, aún más impactantes, entre la
Sabiduría de la tradición judía y la Palabra de Juan 1:1-18.
La
primera viene del libro sapiencial post-bíblico conocido como Sirácida
(o Eclesiástico). Aquí se retrata a la Sabiduría divina
del siguiente modo:
La
Sabiduría hace su propio elogio,
En medio de
su pueblo se gloría.
...
"Yo
salí de la boca del Altísimo,
y cubrí
la tierra como niebla.
...
Las
ondas del mar, la tierra entera,
Todo
pueblo y nación era mi dominio.
Entre
todas estas cosas buscaba reposo,
En
qué territorio habitar.
Entonces
el Creador del universo me dio una orden,
Mi
Creador eligió un sitio para mi tienda.
Me
dijo: `Pon tu tienda en Jacob,
entra
en la heredad de Israel.'
Antes
de los siglos, en el principio, me creó,
y
por los siglos subsistiré.
En
la Tienda Santa he ejercido el ministerio en su presencia,
y
así me he establecido en Sión."
(Sirá
24:1-3,6-10)
La
gloriosa Sabiduría, que existía desde el principio y salió
de la boca de Dios (como Palabra de Dios) buscaba sitio entre los hombres. Dios
escogió un sitio especial para su tienda, y dijo a la Sabiduría
que pusiera su morada (literalmente, que instalara su tienda) en Jacob. Y ¿qué
clase de tienda era ésta? Era el tabernáculo, posteriormente el
Templo, en el que Dios se hizo presente en la tierra.
Otro
sabio judío llamado Baruc también habló elocuentemente
sobre la presencia de la Sabiduría entre el pueblo judío:
"Aprende
dónde está la sabiduría,
dónde
está la fuerza,
dónde
está la inteligencia.
...
¿Quién
ha encontrado su morada,
quién
ha entrado en sus tesoros?
Nadie
conoce el camino hacia ella,
ni
imagina sus senderos.
Pero
el que todo lo sabe la conoce,
con
su inteligencia la encontró.
...
Este
es nuestro Dios;
ningún
otro es comparable a Él.
Él
halló todos los caminos a la ciencia,
y
la dio a su siervo Jacob,
y
a Israel, su amado.
Después
apareció ella en la tierra,
y
convivió entre los hombres.
Ella
es el libro de los preceptos de Dios,
la
Ley que subsiste eternamente.
Todos
los que la guarden vivirán,
y
los que la rechacen morirán.
Vuélvete,
Jacob, y abrázala;
camina
hacia el resplandor de su luz."
(Baruc
3:14-15, 31-32, 36-38; 4:1-2)
Según
la concepción de Baruc, la Sabiduría quería ser hallada
por los hombres, pero ellos no se interesaban por ella. Así que Dios
la envió a la tierra en la forma de la Ley de Moisés. Quien abraza
la Ley camina hacia el resplandor de la Sabiduría.
Ambos,
Sirá y Baruc, ven a la Sabiduría de Dios como deseosa de ser hallada
por los hombres, quienes han sido incapaces de recibirla. Pero la Sabiduría,
gloriosa y resplandeciente, viene a la tierra a morar entre los hombres. Según
Sirá, su "tienda" es el tabernáculo/templo judío.
Para Baruc, ella toma la forma de la ley mosaica. La persona que abrace a la
Sabiduría encontrará la verdadera vida, ya sea participando en
el culto sacrificial judío o aceptando a la Torá y viviendo de
acuerdo a ella.
Ahora,
con esta descripción de la visita de la Sabiduría a la tierra
en mente, leamos nuevamente estas líneas del prólogo de Juan:
"En
el principio existía la Palabra...
Lo que se hizo por ella era la vida,
y la vida era la luz de todos los hombres.
Estaba en el mundo,
y el mundo había sido hecho por ella,
pero el mundo no la conoció.
Vino a lo suyo,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creyeron en su nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros,
y hemos visto su gloria,...
La Ley fue dada por medio de Moisés;
la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
(Juan
1:1, 3-4, 10-12, 14, 17).
La
descripción de la Sabiduría en Juan recuerda claramente a la Sabiduría
en Sirá y Baruc. La Palabra quiere ser hallada por los hombres, pero
es primero rechazada. Sin darse por vencida, la Palabra viene finalmente en
su forma definitiva en medio de los judíos, no como tabernáculo
o ley, sino como un ser humano: Jesucristo.
El
paralelo entre Juan y Sirá es aun más claro en griego. Nuestra
traducción es: "Y la Palabra se hizo carne y habitó entre
nosotros". En realidad, "habitó entre nosotros" traduce
un verbo griego: "skenoo". Significa, literalmente, "armar una
tienda" ("skene" significa tienda en griego). Estas son las mismas
palabras que aparecen en Sirá 24: "y mi Creador escogió un
sitio para mi tienda [skene]. Él dijo: pon tu tienda [kataskenoo] en
Jacob...'" (v. 8). Un paralelo tan estrecho no puede ser casual. Juan utiliza
intencionalmente el lenguaje de la Sabiduría judía, aunque dándole
un significado completamente nuevo. La Sabiduría de Dios ha ciertamente
"armado una tienda" en la tierra, no en el tabernáculo/templo,
sino en la carne de Jesús.
Similarmente,
en el versículo 17, Juan contrasta la ley mosaica con la "gracia
y verdad" que ha venido por medio de Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada.
Mientras que Baruc concibe a la Sabiduría como viniendo en la Ley, Juan
localiza la presencia de la Sabiduría en la persona de Jesús.
Sólo él da la gracia y la verdad, haciéndonos conocer a
Dios. (v. 18).
Entonces,
para resumir lo visto hasta aquí, entre los sabios judíos se veía
a la Sabiduría de Dios como "armando una tienda" en la tierra
en forma de tabernáculo/templo o de ley. Juan, utilizando un lenguaje
e imágenes similares, dice que la Palabra/Sabiduría de Dios se
hizo carne en Jesús. La "tienda" de la Sabiduría no
era el tabernáculo o la Ley, sino la persona plenamente humana de Jesucristo.
Si
Jesús era la encarnación de la Sabiduría divina, ¿no
implicaba esto que él era mucho más que humano? Sí, según
Juan. Como dice en el versículo 18: "Nadie ha visto jamás
a Dios. El Hijo único de Dios, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer""(1:18). ¿¿¡¡
El Hijo único de Dios!!?? Esto parece serio, y realmente lo es.
(...)
Sugiere que la filiación divina de Jesús era parte de lo que capacitaba
a los primeros cristianos para identificarlo como Dios. Vamos pues al tema de
la "filiación" de Jesús.
Para
aquellos, de entre nosotros, que están acostumbrados a referirse a Jesús
como el "Hijo de Dios", viene a ser un shock darse cuenta
de cuán raramente aparece esta expresión en los propios labios
de Jesús. De hecho, en los evangelios, la expresión "Hijo
de Dios", para referirse a Jesús, es mucho más utilizada
por Satanás y los demonios que por el propio Jesús (p.ej. Mateo
4:3,6; 8:29). Sólo dos veces, en los evangelios bíblicos, se refiere
directamente Jesús a sí mismo como Hijo de Dios:
"En
verdad os digo que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos
oirán la voz del Hijo de Dios, y los que escuchen vivirán."
(Juan 5:25).
"Esta
enfermedad no es mortal; es para la gloria de Dios, de manera que el Hijo de
Dios sea glorificado por medio de ella." (Juan 11:4).
Podríamos
preguntarnos por qué, si Jesús era realmente el divino Hijo de
Dios, no se llamó a sí mismo Hijo de Dios más a menudo.
Puede encontrarse una respuesta en el significado que tenía la expresión