Resucitación
XII.E.
Del libro "¿Vida
Eterna? , de Hans Küng
IV
¿RESURRECCIÓN
DE LOS MUERTOS?
(...)
3. ¿Todos
los caminos acaban en la tumba?
(...)
En
la misma época en que en la India los brahmanes hacían sus experiencias
de dolor y de superación del dolor por vía de abnegación
y renuncia, en el Próximo Oriente, en Palestina, vivió también
un judío no menos reflexivo y meditabundo. Se le conoce por el pseudónimo
de «Qohelet», que tradicionalmente se ha traducido
por «predicador», pero que también significa
«convocador» o «dirigente de la asamblea».
Bernhard
Lang, antiguo profesor católico de Antiguo Testamento en Tubinga,
ha dedicado al libro de Qohelet (compuesto probablemente entre el 190 y 180
a.c.) una hermosa meditación teológica, a la que vamos a atenernos
aquí primeramente; pues la interpretación de este libro es sumamente
controvertida y su misma forma, una especie de secuencia libre de aforismos
y «pensées», es tan inusual, que muchos
preferirían verlo fuera del canon veterotestamentario. No es extraño
que el libro haya atraído en todo tiempo a los espíritus más
críticos: La traducción de Voltaire al francés (¡significativamente
dedicada a Madame Pompadour!) hizo arder sin más el parlamento de París
en 1759.
Qohelet,
aunque presumiblemente también fue un maestro de sabiduría, representa
justamente la posición contraria a la antigua tradición sapiencial
(proverbios salomónicos, Jesús Sirá), que con harto optimismo
daba por supuesto un Dios justo y un recto orden moral del mundo, donde en forma
terrenal y visible se distribuye el premio a las buenas obras y el castigo a
las malas. También este predicador, que es más filósofo
que teólogo, que habla más de Dios y de los hombres al estilo
griego -Shaw tiene razón- que del Yahvé de los judíos al
estilo judío, fue miembro de la clase dirigente, vivió en una
sociedad opulenta y se había vuelto radicalmente escéptico ante
este mundo, para él por completo problemático:
donde
no impera justicia alguna reconocible, ni orden moral universal, ni armonía
preestablecida; donde ningún Dios conductor y remunerador muestra su
rostro benigno;donde el inescrutable azar parece regir en toda su arbitrariedad;
donde a algunos buenos les cae la suerte de los malos y a algunos malos la suerte
de los buenos; donde no siempre los más veloces ganan la carrera y los
más valientes la guerra y, menos aún, los más sabios la
riqueza y los más cuerdos el aplauso; no, sino más bien donde
toda infelicidad puede tocar a cada cual en cada momento y donde el hombre ignora
su destino.
¡Verdaderamente:
fútil, vano es este mundo! Tal es el refrán o ritornello
de este hombre: «Vanidad, solamente vanidad, todo es vanidad»
(vanitas vanitatum, en la traducción latina; Eitelkeit
der Eitelkeiten, en Lutero; «vanidad de vanidades», en
las versiones españolas). «Vanidad», «vacío»,
también pudiera decirse «vana apariencia», lo que al punto
nos recuerda el «maya» indio: todo es nulo, sin valor, «vana
apariencia».
Para
Qohelet, como realista crítico que es, está igual de claro que
para los indios: El Dasein, el existir del hombre es ser-para-la-muerte.
«Como salió del vientre de su madre, así volverá:
desnudo». Cierto que el hombre no termina en la nada, como dice el Qohelet
de Shaw, pero sí en el reino de los muertos, en la morada de las tinieblas,
donde ya no es más que la sombra de sí mismo: «Supongamos
que un hombre tiene cien hijos y vive muchos años: si no puede saciarse
de sus bienes, por muchos que sean sus días, yo afirmo: mejor es un aborto,
que llega en un soplo y se marcha a oscuras, y la oscuridad encubre su nombre;
no vio el sol ni se enteró de nada ni recibe sepultura, pero descansa
mejor que el otro. Y si no disfruta de la vida, aunque viva dos veces mil años,
¿no van todos al mismo lugar?».
¿Qué
hacer? También éste es el interrogante de Qohelet, pero Qohelet
responde de forma radicalmente distinta de los indios, que buscan la liberación
del dolor por la liberación del yo, distinta también de los platónicos,
que con la vista puesta en la inmortalidad del alma minusvaloran esta vida aquí
y ahora. ¡No; nada de renunciar a la vida, sino gozar de ella!
¡Mejor un perro vivo que un ladrón muerto! Lo que Dios
ha dado, eso debe el hombre aprovechar. Por tanto: celebrar fiestas, como caigan;
apurar la vida, mientras se pueda, y olvidarse de la muerte, que de todos modos
viene y alcanza igualmente a sensatos e insensatos. ¿Acaso no tiene todo
su tiempo y sazón? ¿El plantar y el arrancar, el llorar y el reír,
el amar y el odiar, el nacer y el morir? «Observé todas las tareas
que Dios encomendó a los hombres para afligirlos: todo lo hizo hermoso
en su sazón y dio al hombre el mundo para que pensara; pero el hombre
no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin».
Dios
es oscuro Dios es imprevisible, y la realidad, impenetrable. Puede
que haya un sentido en este mundo, en esta historia, en mi historia. Mas sólo
Dios lo conoce, no el hombre, que tiene que mirar el acontecer del mundo sin
comprenderlo: «Me dediqué a obtener sabiduría, observando
todas las tareas que se realizan en la tierra: los ojos del hombre no conocen
el sueño ni de día ni de noche. Después observé
todas las obras de Dios: el hombre no puede averiguar lo que se hace bajo el
sol. Por más que el hombre se fatigue buscando, no lo averiguará;
y aunque el sabio pretenda saberlo, no lo averiguará».
Libro «moderno»
en muchos aspectos, este Qohelet toca temas que nos son bien conocidos por
la filosofía existencial, por Kierkegaard, Heidegger, Jaspers y Sartre.
Y también la situación social de partida del
libro presenta asombrosas analogías con la nuestra, caracterizada por
«la progresiva disolución (cada vez más clara desde el
siglo pasado) de las estructuras segmentadas europeas, por la configuración
horizontal de las clases sociales, por el creciente aislamiento y por la falta
de formación del individuo en nuestra sociedad internacional, cada
vez más tecnificada. Esta situación también se ha producido
más entre la burguesía que entre las pobres gentes. Qohelet,
por su parte, pudo en su mundo haber trabado contacto con otras escuelas filosóficas
del helenismo. Que precisamente la filosofía popular ejerciese en él
tanta influencia puede que no sólo se deba al hecho de que fuese entonces
la que en el mercado internacional llevaba la voz cantante. Su planteamiento
pudo también responder en buena parte al desamparo que a raíz
del cambio social experimentaba el individuo, inserto como estaba en una realidad
que se le hacía inabarcable».
Qohelet, un libro
sin duda peligroso, en cuanto que coadyuva a mantener la estabilidad del sistema
con su llamada general a un prudente pero inactivo escepticismo, que sólo
se pueden permitir los instruidos, y a un sentido del goce que sólo
se pueden permitir los acomodados, pero no todas esas pobres gentes que en
su lucha por la vida, por la supervivencia, tienen muy otras preocupaciones.
Un libro, a pesar de todo, que con su melancólica alegría en
el más acá está muy lejos de la superficial
teología retributiva tradicional, que pretende que todo
en esta vida esté regulado por ella, y muy lejos también del
correspondiente -y a menudo puritano--- moralismo de la literatura sapiencial.
Mas también
un libro no menos ajeno a toda esperanza gozosa en el más
allá. Qohelet ha extraído sus propias consecuencias
en orden a esta vida terrena, que según él (a diferencia de
toda la sabiduría india) solamente, e irrevocablemente, se puede vivir
una vez. Y todo por su convencimiento de que nuestro existir es un existir
para la muerte y que con la muerte se acaba, si no todo, sí cuando
menos la mayor y mejor parte: «Los vivos por lo menos saben ... que
han de morir; los muertos no saben nada, no reciben un salario cuando se olvida
su nombre. Se acabaron sus amores, odios y pasiones, y jamás tomarán
parte en lo que se hace bajo el sol... Todo lo que esté a tu alcance,
hazlo con empeño, pues no se trabaja ni se planea, no hay conocer ni
saber en el abismo adonde te encaminas».
4.
La fe en la resurrección, una manifestación tardía
También
para Qohelet, pues, «no todo se acaba» con la muerte. Según
una antigua concepción israelita ya se creía que los
muertos siguen viviendo. Sí, pero ¡lo que hacen es vegetar
más que vivir! Es cierto que lo que sigue viviendo en este reino de los
muertos, en este mundo inferior de que Qohelet habla, no es solamente el «alma»
del hombre en sentido platónico, no es solamente una parte del hombre,
sino el hombre entero. Pero tampoco es el hombre viviente como tal, sino únicamente
su «sombra»: esa sombra que en la muerte se ha desligado de la persona,
pero que aún permanece atada a la tumba, a los restos mortales, Que por
eso mismo no deben ser incinerados. De ahí que tumba y mundo inferior
sean convertibles entre sí.
El
mundo inferior de los antiguos israelitas, o sea, el «sheol»
(que probablemente significa «no-tierra», «no-país»),
es imaginado como un espacio cerrado bajo la capa terrestre y entendido como
lugar de oscuridad y de silencio, de impotencia y olvido, donde los hombres
se ven condenados a llevar una existencia fantasmal. Todos ellos conservan,
ciertamente, su antiguo rango y estado: el rey lleva su corona, el profeta su
manto, el soldado sus armas; pero todos ellos no son más que las sombras
de sí mismos, sin comunicación entre sí, sin comunicación
con Dios. Una triste y desconsolada tierra sin retorno. Definitivo lugar de
reposo de toda vida, sin esperanza de volver a ver jamás la luz, la tierra.
Quien
como cristiano está acostumbrado sin mayores escrúpulos a ver
el Antiguo Testamento dentro de una supuesta continuidad histórico-salvífica
con el Nuevo, considera lo que esto significa: Todos los padres de
Israel, Abrahán, Isaac y Jacob, Moisés y los jueces,
los reyes y los profetas, Isaías, Jeremías y Ezequiel, partieron
al final de su vida -tal era su propia convicción y la de todos los demás-
hacia la oscuridad, a pesar de haber vivido y actuado apoyados en una imperturbable
fe en Dios. Todos estos judíos -durante más de un milenio- no
creyeron en la resurrección de los muertos, no creyeron en
una vida eterna en el sentido positivo de la palabra, no creyeron, en fin, en
el «cielo cristiano». Antes bien, con total consecuencia lógica,
vivieron centrados en el más acá, sin preocuparse para nada de
un más allá, de todos modos nebuloso, oscuro, impenetrable.
Es
cierto que la tradición hermenéutica cristiana se ha remitido
una y otra vez a lugares veterotestamentarios, para apoyar «ya ahí»
la afirmación cristiana de la resurrección de los muertos. Pero
las distintas expresiones veterotestamentarias que hablan de una supuesta «resurrección»
tienen sentido figurado, metafórico, y
dentro de ese-mundo simbólico no deben tomarse en sentido real.
Cuando, por ejemplo,
el profeta Oseas dice: «En dos días nos
hará revivir, al tercer día nos restablecerá y viviremos
en su presencia», no habla realmente de una resurrección de los
muertos, sino figuradamente del restablecimiento y pronta curación
del pueblo de Israel enfermo.
O cuando el profeta
Ezequiel, en grandiosa visión, contempla la reanimación
de los huesos secos: «La mano del Señor se posó sobre
mí y el espíritu del Señor me llevó, dejándome
en un valle todo lleno de huesos. Me hizo pasar revista: eran muchísimos
los que había en la cuenca del valle; estaban calcinados. Entonces
me dijo: Hijo de Adán, ¿podrán revivir estos huesos?
Contesté: Tú lo sabes, Señor. Me ordenó: Conjura
así a esos huesos: Huesos calcinados, escuchad la palabra del Señor.
Esto dice el Señor a estos huesos: Yo os voy a infundir espíritu
para que reviváis. Os injertaré tendones, os haré criar
carne; tensaré sobre vosotros la piel y os infundiré espíritu
para que reviváis. ¡Así sabréis que yo soy el Señor»!
Por el contexto de esta visión es evidente que aquí no
se trata de la resurrección de israelitas muertos sino de la vuelta
de los deportados de Babilonia, de su retorno del sepulcro del cautiverio
a una nueva vida en la tierra de Israel.
O,
finalmente, cuando el tardío Apocalipsis de Isaías habla
de los muertos de Yahvé, que viven, y de los cadáveres, que resucitarán:
«¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán,
despertarán jubilosos los que habitan en el polvo! Porque tu rocío
es rocío de luz y la tierra de las sombras parirá»! También
aquí podría tratarse de una imagen para simbolizar una salvación
de duración ilimitada, que se espera para el tiempo final, pero no necesariamente
de una verdadera y real resurrección de los muertos. Esto, al menos,
se desprende claramente de Is 26,14: «Los muertos no viven, las sombras
no se alzan; porque tú los juzgaste, los aniquilaste y extirpaste su
memoria.» Todos estos textos, pues, utilizan la idea de la resurrección
puramente como imagen particular del restablecimiento nacional del pueblo de
Israel.
También
algunas frases aisladas que encontramos en los salmos, en los cantos del siervo
de Yahvé y en el libro de Job, si las observamos detenidamente, hablan
de una resurrección a la vida -en el mejor de los casos- simbólica.
Pero
en la época persa, tras el exilio de Babilonia,
satisfacía cada vez menos la solución antigua, basada en el principio
de la correspondencia o retribución, en el cual también se apoyan
los argumentos de los amigos de Job: en la vida, entre el nacimiento y la muerte,
se saldan todas las cuentas. Era evidente, en efecto, y todo el mundo podía
comprobarlo cada día, que el bien y el mal no parecían compensarse
suficientemente ni en la vida del pueblo ni en la del individuo. Al malo le
suele ir tan bien y al bueno tan mal... Así, pues, no es extraño
que en los dos siglos inmediatamente anteriores a Cristo se fuese afianzando
cada vez con mayor claridad (apoyada en algunos textos bíblicos sobre
la posible intervención de Dios en todo momento de necesidad y peligro)
la expectativa -contraria al pensamiento del escéptico Qohelet unas generaciones
atrás- de que aún está por llegar la justicia universal,
la plenitud hasta ahora no alcanzada.
5. Los primeros
documentos
a) El más antiguo y, en rigor, el único
pasaje indiscutido que habla expresamente de la resurrección
de los muertos en todo el Antiguo Testamento de lengua hebrea procede
del siglo II a.e. (ca. 165/164), del tiempo de la resistencia
contra la brutal helenización de los judíos emprendida por el
seléucida Antíoco IV Epífanes (prohibición del
culto judío, adoración del dios del imperio, el Zeus Olímpico,
y del mismo soberano en el templo). Como se sabe, la rigurosa política
de helenización de Antíoco provocó en seguida el levantamiento
del pueblo, encabezado por los Macabeos, que concluyó con la victoria
del judaísmo.
Durante la crisis
de la época de los Macabeos, en lugarde la figura del profeta característica
de la crisis de los siglos VIII al VI, apareció la figura del apocalíptico
como avisador e intérprete del tiempo. Y fue en el libro
de Daniel donde la predicación apocalíptica -tras
algunos antecedentes en la literatura profética- alcanzó su
plena configuración. Hoy en día puede considerarse indiscutible
que el libro de Daniel, por su lenguaje, su teología (la posterior
teología de los ángeles) y su heterogénea
composición, no procede en absoluto de aquel profeta de la corte babilónica
que vivió en el siglo VI, sino más bien
de un autor del siglo II, justamente de la época de Antíoco
IV Epífanes. En lo que atañe al problema de la resurrección,
en el último capítulo de este libro de
Daniel (originariamente apocalíptico) se encuentra el siguiente pasaje,
presumiblemente influenciado por ideas persas: «Entonces se levantará
Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos
difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.
Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro (de
la vida). Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para
vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los maestros brillarán
como brilla el firmamento, y los que convierten a los demás, como estrellas,
perpetuamente».
Es obvio que en
un tiempo de persecución como éste (para el autor del libro
de Daniel, sin duda, un tiempo de penuria previo al tiempo final, en el que
hombres, mujeres y niños son cruelmente torturados por su fidelidad
a la ley) el viejo problema de la justa retribución se planteara con
mayor radicalidad que generaciones atrás, en la época de los
Ptolomeos y de Qohelet. A la vista de la fidelidad de la fe de muchos mártires
-enfrentados a la disyuntiva de apostasía o muerte-- tuvo que plantearse
por fuerza el interrogante: ¿Reparación de la injusticia en
esta vida únicamente? ¿Qué sentido puede tener la muerte
de un mártir, si los que se mantienen firmes en su fe no obtienen recompensa
ni en esta vida (pues ya están muertos) ni en la vida del más
allá (que es una pura existencia fantasmal)? ¿Dónde está
ahí la justicia de Dios? Así responde el apocalíptico:
A este tiempo de penuria seguirá el tiempo final, en el que Israel
será liberado y -esto es lo nuevo- los muertos resucitarán:
los testigos de la fe y sus perseguidores. Pues los muertos, que han dormido
en el «polvo», despertarán y con su entera humanidad (y
no sólo como «almas») retornarán a la vida, a esta
existencia de aquí, pero que ahora no tendrá término,
durará eternamente: para los sabios en forma de vida eterna, para los
otros en forma -que tampoco queda siquiera esbozada- de ignominia perpetua.
b) Fuera de la
biblia hebrea, en el Antiguo Testamento griego de los Setenta,
se encuentran otros testimonios de esta tardía esperanza en la resurrección,
especialmente en el libro segundo de los Macabeos, que
contiene los más antiguos relatos de los mártires judíos,
que a su vez sirvieron de modelo para las actas eclesiásticas de los
mártires. Pero precisamente en el famoso capítulo séptimo,
que relata el martirio de los siete hermanos Macabeos y su madre, es sorprendente
que no sea el martirio ni la fidelidad a la ley (la negativa a comer carne
de cerdo) lo que aparece en primer plano, sino el mensaje de la resurrección.
Con razón dice Ulrich Kellermann, después
de haber analizado monográficamente este texto .desde el punto de vista
de la historia de la tradición y la teología: «La forma
de constreñir el curso de la narración desarrollando una doctrina
no responde del todo a los propósitos de los relatos de mártires
hebreos, en los que de ordinario se trata de resaltar la inconmovible obediencia
a la ley como la obra piadosa par excellence. Nuestro
texto se presenta como un relato doctrinal sobre el destino posmortal de los
mártires fieles a la ley. En él se desarrolla toda una teología
de la resurrección».
Efectivamente, el
análisis detecta cómo el pensamiento de la resurrección
se va desarrollando y afianzando más y más en cada párrafo
del discurso. Con todo detalle se describe el proceso de la cruel mutilación
y lenta muerte del primer hermano en presencia del rey
(probablemente en Antioquía de Siria). Pero, a la muerte de éste,
los otros hermanos y la madre se animan entre sí con estas palabras:
«El Señor Dios nos contempla, y de verdad se compadece de nosotros»,
remitiéndose a las palabras de la Torá: «Se compadecerá
de sus siervos». La fundamentación teológica de la resurrección,
de esta manera, se establece apelando a la Torá, a la santa ley de
Dios.
Más
clara se expresa la fe en la resurrección después, con ocasión
del martirio del segundo hermano. «Y estando para
morir, dijo: "Tú, malvado, nos arrancas la vida presente. Pero cuando
hayamos muerto por su Ley, el rey del universo nos resucitará para una
vida eterna"». También aquí, por tanto, se trata de
un «resucitar» -una acción
de Dios mismo- y sólo secundariamente de un «resucitar»
(del hombre).
En el libro
de los Macabeos, no obstante, la resurrección se
presenta muy de otra manera que en el libro de Daniel. Pues aquí, evidentemente,
no se habla de una resurrección «escatológica»,
de una resurrección terrena definitiva, sino más bien -quizá
porque poco antes la expectativa próxima de Daniel no se había
cumplido- de una resurrección «trascendente», de una resurrección
celeste anticipada: se piensa, en efecto, en una posmortal acogida
o elevación al cielo (pensamiento que mucho más tarde
habría de tener una importancia capital en la fe en Jesús de
Nazaret y en su resurrección).
En nuestra narración,
de todos modos, las últimas palabras del tercer hermano concretan
ese mismo pensamiento haciendo referencia a la corporalidad de la
resurrección, que -aunque no se explica con más detalles-
se fundamenta en una creación nueva, celeste, por obra de Dios. Cuando
le van a amputar cruelmente algunas partes del cuerpo, dice: «De Dios
las recibí, y por sus leyes las desprecio. Espero recobrarlas del mismo
Dios». Y el cuarto hermano demuestra saber incluso
el doble desenlace del destino humano. Pues el fiel a la ley tiene (el don
de) «la esperanza de que Dios mismo lo resucitará»; pero
el perseguidor ateo, sin Dios, «no resucitará para la vida».
Así, pues, contrariamente al libro de Daniel, no una resurrección
para ignominia perpetua, sino muerte eterna (para el judío de entonces,
obviamente, la máxima expresión de la ignominia). En esta misma
tesitura se mantienen los discursos del quinto y el sexto hermanos.
La
argumentación a favor de la resurrección, en fin, alcanza su punto
culminante con los dos discursos de la madre, la cual aparece,
de manera estilizada, más como filósofa que como simple madre.
En su primer discurso se tematiza expresamente la idea de la creación
-aunando la teoría helénica de los elementos con el antiguo pensamiento
israelita de la creación (nos encontramos en la diáspora judía)-,
para fundamentar así la posibilidad de una nueva creación: «Es
el creador del universo, que modela la raza humana y el origen de todo, el que
con su misericordia os devolverá el aliento y la vida si ahora os sacrificáis
por su Ley».
En su segundo discurso,
la madre hace mayor hincapié en la creación del mundo que en
la creación del hombre, expresando la idea -posiblemente por primera
vez en todo el Antiguo Testamento- de una creación de la nada, idea
que difícilmente se puede deducir del relato sacerdotal de la creación
en Gn 1,2: «Hijo mío, te lo suplico», dice la madre a su
hijo más pequeño, «mira el cielo y la tierra, fíjate
en todo lo que contienen y verás que Dios lo creó todo de la
nada (literalmente: "no de algo que fuese"), y el mismo origen tiene
el hombre. No temas a ese verdugo, no desmerezcas de tus hermanos y acepta
la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto
con ellos».
Muy de otra manera
que entre los egipcios, donde la momia necesariamente debe permanecer intacta
para la vida eterna, para el Dios de Israel no hay límites establecidos,
ni siquiera por mutilación corporal o por destrucción física.
Estos textos veterotestamentarios muestran que la fe en la resurrección
de los muertos es una consecuencia de la fe en el Dios creador.
Aquí se pone de manifiesto lo particular, lo distintivo
de las expectativas judías de la resurrección, que tan distintas
son -no obstante sus coincidencias en cuanto a una existencia celeste inmediatamente
después de la muerte- de las expectativas helenístico-platónicas
de la inmortalidad. Pues para el Antiguo Testamento el alma humana no sobrevive
por sí misma, en razón de su esencia espiritual y divina; el
hombre entero es más bien resucitado por obra de Dios: por el milagro
de una nueva creación, milagro que se basa en la fidelidad de Dios
a su criatura. De esta manera nada, ni siquiera el mundo inferior o sheol
se sustrae a la soberanía de quien es el creador de todo.
Como en el apocalipsis
de Daniel, también en el libro segundo de los Macabeos tiene especial
importancia el problema de la teodicea: la resurrección
está al servicio de la autojustificación de Dios, que en este
mundo tan injusto acabará por imponer su causa para el bien del pueblo
y del individuo. Frente a esto, la cuestión del destino de
los muertos era secundaria. Tanto, que obtuvo
respuestas del todo distintas, según fueron apareciendo tras el apocalipsis
de Daniel muchos otros apocalipsis, enteramente centrados en la revelación
y figuración del tiempo final. A pesar de que todos ellos atribuían
sus visiones a grandes figuras del pasado (Henoc, Abrahán, Moisés,
Elías y otros), sin embargo no fueron incluidos en el canon veterotestamentario.
De suerte que, a
la postre, podemos encontrar una infinidad, un tanto desconcertante, de concepciones
apocalípticas sobre la resurrección y el juicio final: Unos
anunciaban la resurrección de todos antes del
juicio final, para recibir la sentencia de salvación o condenación;
otros, únicamente la resurrección de los justos tras
el juicio final, para participar en la salvación eterna.
Distintas también eran las concepciones de la edad dorada, que se esperaba
inmediatamente después de la inminente transición y se pintaba
con rasgos cada vez más concretos: Unos pensaban más en un reino
terreno-mesiánico-nacional (eventualmente también universal);
otros, en cambio, bien por la conservación, bien por la destrucción
o transformación de este mundo, en un reino cósmico, en un nuevo
cielo y en una nueva tierra. Todas las posibles variaciones y combinaciones
tenían aquí cabida.
Walter
Eichrodt, en su «Teología del Antiguo Testamento»,
resume la mentalidad del Antiguo Testamento en lo concerniente a la esperanza
de la resurrección escatológica como sigue: «Si se estudia
la imagen de la esperanza escatológica de la resurrección en su
evolución a lo largo del Antiguo Testamento, se tiene la impresión
de encontrarse ante un concepto de fe que, lejos de haber llegado ya a cuajar
y fijarse en dogma, sigue siendo elástico y estando vinculado a las luchas
del momento por mantener la confianza en Dios; está en primer plano la
simple afirmación de que la muerte no puede separar para siempre de la
relación con Dios a los yahvistas fieles muertos, sino que tiene que
dejarlos libres después de la victoria final de Yahvé sobre sus
enemigos. No se dan más detalles, sin embargo, ni sobre cómo será
esa resurrección ni sobre cuál será luego la forma de existencia
(si con un cuerpo totalmente terrenal o glorioso). Sólo una cosa es clara:
que la resurrección de los muertos se realiza de acuerdo con las ideas
del israelita sobre la condición humana después de la muerte.
Los muertos "despiertan", igual que antes dormían en el polvo
de la tierra; por tanto, vuelven a la vida con todo su ser de hombres, o sea,
también con un cuerpo. Lo mismo que la muerte no supone una separación
del alma y del cuerpo, tampoco la resurrección puede afectar a uno solo,
por ejemplo, al espíritu glorioso. La misma expresión "resucitar"
sugiere un salir del sepulcro o del mundo inferior. Pero, por lo demás,
no se dan más detalles sobre este acontecimiento, porque el verdadero
interés se centra en el hecho de entrar nuevamente de lleno en una vida
de comunión con Dios. El pasaje de Daniel citado es el único que
da importancia al hecho de tener parte en la gloria divina, cosa que, por otra
parte, se ajusta perfectamente a la concepción del nuevo mundo divino
como revelación del kabod de Dios; hay en el texto,
sin duda, base para más especulaciones, pero en la época de que
nos ocupamos aún no se ha hecho uso de ella».
6.
La fe en la resurrección, ¿una especulación apocalíptica?
Tomando
ahora en serio la alusión de Eichrodt a la posibilidad de «otras
especulaciones», nos vemos al punto obligados a planteamos esta pregunta
sobre la literatura apocalíptica: Si nos metemos en ella, ¿no
caeremos en toda una maraña de burdas especulaciones sobre el fin del
hombre y el mundo, que tan atractivas son aún hoy para muchas personas?
¿ Qué debe pensarse en general de estos apocalipsis, donde por
primera vez se articuló y tal vez, ya desde el principio,
se comprometió la esperanza de la resurrección?
No podemos olvidar
que ya entonces una buena parte de los judíos fieles a la Ley no aceptaba
la fe en la resurrección y, aún hoy, sigue sin aceptarla. Así,
el libro primero de los Macabeos, al contrario que el segundo, nada sabe de
una posible resurrección de los muertos; los héroes macabeos,
muertos harto prematuramente, cosecharon fama y honor, pero siguen viviendo
«sólo» en la memoria del pueblo. En esta misma línea,
ya en tiempos de Jesús de Nazaret (siglo y medio después), el
grupo de los saduceos, «los que decían que no hay resurrección»,
tampoco creía en la resurrección de los muertos, a pesar de
que la idea judeo-apocalíptica de la resurrección solía
entonces ir conectada con la concepción popular helenista (también
muy difundida en Palestina) de la inmortalidad del alma. En resumen, el interrogante
que hoy se nos plantea es el siguiente: Esa fantástica apocalíptica
en su totalidad, ¿no descalifica de antemano toda fe seria en la resurrección?
¿No es la fe en la resurrección pura y simple especulación
ilusoria bajo ropaje apocalíptico, nacida de una situación de
opresión y penuria de hombres que sufren? ¿Justamente el clásico
paradigma histórico de la teoría de la proyección de
Feuerbach y de la teoría de la ilusión de Freud?
De entrada debe
confesarse sin rodeos que el contenido del libro de Daniel abre
más interrogantes que los que contesta. Las preguntas, en efecto, se
agolpan no sólo en lo que respecta a la autenticidad de los vaticinios
que hace, sino también en lo que respecta a su cumplimiento, a saber,
que las profecías de Daniel sólo se cumplen a lo largo de la
historia en tanto en cuanto están localizadas antes del tiempo real
de su redacción. ¡Vaticinia ex eventu! Este
libro, en efecto, tiene como objeto de sus predicciones acontecimientos futuros.
Es igualmente sabido que el curso de la historia profetizado por el libro
de Daniel (como sucesión de cuatro imperios o reinos: el reino babilónico,
medo, persa y griego) ha sido desautorizado por la misma historia, de modo
que su esquema, aun en la variante eclesiástica posterior (reino babilonio,
medo-persa, griego y romano), fue definitivamente abandonado en la Edad Moderna.
No cabe duda: este
libro apocalíptico, cuyas visiones parecen más pensadas e imaginadas
que «contempladas», robusteció a los creyentes de la época
de los Macabeos en su fe en el único Dios Yahvé, amenazada por
el panteón helenista, y en la esperanza de un futuro mejor. Tampoco
cabe duda: este libro ejerció luego fuerte influencia en los escritos
apocalípticos judeo-cristianos y aún hoy, en fin, constituye
el centro de la Escritura, por ejemplo, para los adventistas y los
testigos de Jehová. Pero también es innegable que el reinado
definitivo de Dios, profetizado por el libro de Daniel para un determinado
plazo, no ha llegado. Y, si esta expectativa del tiempo final no se ha cumplido,
¿por qué -cabe preguntarse- va a tener que cumplirse la expectativa
de la resurrección de los muertos? ¿ Cómo se va a poder
entonces fundamentar teológicamente la esperanza de la resurrección
en un libro tan cuestionable?
Todos estos interrogantes
se acrecen a la vista de la literatura apocalíptica posterior
al libro de Daniel, donde el cambio de los tiempos, la resurrección,
el juicio y la. nueva edad se pintan aún con mayor intensidad y fantasía.
Así describe Georg Fohrer, estudioso veterotestamentario,
este glorioso futuro pintado por los apocalípticos: «Fundamental
es la portentosa reconstrucción de Jerusalén como ciudad fabulosa,
convertida en centro del mundo y del reino eterno de Dios, a la que fluyen
riquezas inmensas para uso del templo y de la comunidad salvífica.
A esto se suman la paradisíaca fertilidad de la tierra, el crecimiento
del pueblo de Israel con numerosos descendientes, la supresión de las
dolencias corporales, la longevidad de los hombres (será joven el que
muera a los cien años, dice Is 65, 20) hasta la aniquilación
de la muerte (también mencionada una vez en Is 25, 8), la inclusión
de los justos muertos (pasando por la resurrección) y la paz eterna
en el mundo humano y animal. Y, además, los bienes religioso-espirituales
de la salvación: la supresión de la culpa, la integridad o impecancia
y la consagración de Israel a Yahvé ... La participación
en la salvación corresponde primeramente a toda la comunidad israelita
de la nueva edad. Luego, comúnmente, son admitidos los otros pueblos
(o su resto) formando un segundo círculo; éstos se asocian a
Israel en razón de su conversión, de una invitación de
Yahvé o como consecuencia de la misión entre ellos ... Respecto
al ejercicio de la soberanía en este tiempo de salvación, unos
creen que el rey será el mismo Yahvé. Pero otros círculos,
partidarios aún de la destronada dinastía de David, sostienen
que en lugar de Yahvé, y como su mandatario y representante, entronizado
por el mismo Yahvé, reinará un rey escatológico de la
familia de David. Sólo Zac 4 y en parte la comunidad de Qumrán
reparten la dignidad mesiánica entre dos representantes, uno terrenal
y otro espiritual».
Con
razón Fohrer, convertido del cristianismo al judaísmo (¡de
cuño profético, no apocalíptico!), se pregunta: «¿
Verdaderamente es posible dominar y configurar el futuro, tal como pretenden
la escatología y la apocalíptica? ¿Es esta la respuesta
de la fe a la exigencia de una transformación de un mundo indigente e
insoportable? En semejante expectativa del tiempo final, ¿se encuentran
criterios o modelos que representan la respuesta válida de una fe orientada
hacia el futuro ?».
¿Qué
puede significar para nosotros hoy la respuesta de una «fe orientada
hacia el futuro»? ¿Cómo habérselas -en cuanto cristiano-
con tan cuestionable herencia teológica? Antes de pasar a desarrollar
sistemáticamente la respuesta, y después de haber tomado nota
de los datos veterotestamentarios, debemos conocer los datos neotestamentarios.
Y lo haremos dejando a un lado lo secundario y centrándonos
en la cuestión principal: ¿Cómo ha hablado de la resurrección
ese que para los cristianos es el determinante, el Cristo; en qué creyó,
qué quiso, para que los hombres a quienes hablaba creyeran? Por lo
que respecta al paso del Antiguo al Nuevo Testamento, se podría aliviar
el problema y -como suele hacerse en general- avanzar en línea continua
desde las narraciones de la resurrección de la época de los
Macabeos a los relatos sobre la resurrección de Jesús. Se obtendría
entonces una sistemática aparentemente coincidente y, una vez más,
se interpretaría el Nuevo Testamento como plenitud y superación
de lo «apuntado» en el Antiguo. Pero, así, se habría
hecho caso omiso de la complejidad de contenidos entre el Antiguo Testamento
y el Nuevo.
Ciertamente,
Jesús -como también su primera comunidad y el propio Pablo- vivió,
predicó y actuó en un horizonte de ideas apocalípticas.
¿Cómo explicar, si no, su conciencia -en esta conciencia
vivió- de una cesura del tiempo? ¿ Su conciencia de vivir al final
de un tiempo viejo y al comienzo de uno nuevo? No; Jesús, al igual que
muchos de sus contemporáneos, vivió en un estado de expectativa
próxima de caracteres apocalípticos: ¡Llegue
su reinado! Toda una generación apocalíptica con él esperaba
el reinado de Dios, el reinado de la justicia, de la libertad, la alegría
y la paz en un tiempo cercanísimo, iY en ello se equivocó! Demasiado
bien documentado está esto en los estratos más antiguos de la
tradición sinóptica como para que se pueda negar, si bien más
tarde, en los estratos y escritos más tardíos del Nuevo Testamento
-y por el carácter escandaloso del hecho- quedó un tanto atenuado.
A diferencia de
los apocalípticos por antonomasia, Jesús
no tuvo ningún interés en satisfacer la curiosidad humana. No
dató ni localizó el reinado de Dios, ni se entretuvo en describir
el desarrollo del drama apocalíptico. Pero, pese a que él se
abstuvo de señalar expresamente las fechas del cumplimiento escatológico
y redujo al mínimo -al contrario que la apocalíptica paleojudaica-
la descripción plástica del reinado de Dios, se mantuvo siempre
dentro de horizonte de la apocalíptica, dentro de ese ámbito
conceptual, tan extraño a nosotros, de la expectación a corto
plazo. ¿Qué cabe decir al respecto?
Desde la perspectiva
actual no podemos por menos de conceder que este cuadro mental ha sido superado
por la evolución histórica, que el horizonte apocalíptico
se ha ido a pique definitivamente. En esa expectación a corto plazo,
más que de un error de Jesús se trata de una visión
del mundo condicionada y ligada a la mentalidad de la época, que
Jesús compartió con muchos de sus contemporáneos, como
otras muchas cosas. Jesús y sus contemporáneos, en suma, se
han «equivocado» tanto y tan poco como se han «equivocado»
las generaciones de hombres que antes de Copérnico han creído
en la imagen ptolemaica del mundo. Pero una cosa es cierta: Hoy no se puede
hacer resurgir tal horizonte apocalíptico artificiosamente, más
aún, no se debe, si no queremos caer en esa tentación siempre
tan seductora en los llamados tiempos «apocalípticos» (cosa
que no sólo ocurre entre los adventistas y los
testigos de Jehová, sino también a veces entre los
teólogos políticos). El cuadro representativo y conceptual
de aquella antigua apocalíptica, tan ajeno a nosotros, no haría
más que encubrir y distorsionar la realidad significada y despertar
falsas expectativas para el inmediato presente. Hoy todo se reduce a determinar
si la idea básica de Jesús, si la imperiosa y apremiante causa
que Jesús propugnó con su anuncio del inminente reinado
de Dios tiene todavía sentido en el nuevo -y tan distinto- horizonte
de experiencias de una humanidad que básicamente ha aceptado el hecho
de que el curso de la historia del mundo, provisionalmente al menos, sigue
adelante, si bien en dirección hacia un fin, como explicaremos después.
El
mismo Fohrer ha llamado la atención sobre el hecho de que Jesús
de Nazaret, con su mensaje y actitud básica personal, a pesar
de su horizonte apocalíptico, no se movió en la misma línea
de la apocalíptica, sino en la de las grandes figuras proféticas
preexílicas. Y efectivamente: con su idea fundamental, con su programa,
con la causa que defendió, con su predicación del reinado de Dios,
Jesús no siguió la línea de los apocalípticos, que
centraban todo su interés en el futuro, sino la línea
de los grandes profetas individuales preexílicos, que hablaban
a un tiempo del presente, del pasado y del futuro:
(a) Como los grandes profetas, también
Jesús desiste de predecir un futuro lejano y dar esperanzas en orden
a un tiempo final; lo que él quiere es determinar el presente y configurar
el aquí y el ahora, pues precisamente así se determina el futuro
cercano.
(b)
Como los grandes profetas, también Jesús desiste de obrar siguiendo
nuevas leyes o una piedad y teología tradicional, autojustificada, segura
de la salvación; lo que hace es, teniendo un claro conocimiento de lo
amenazante de la situación, anunciar a los hombres culpables, víctimas
de la muerte, que pueden salvarse simplemente por una fe radical, una total
convérsión y una nueva obediencia frente al solo y único
Dios.
Todo
esto entraña, si lo tomamos en serio con todas sus implicaciones, una
verdadera concentración, radicalización y superación de
la predicación profética. Pues, cuando Jesús, con la mirada
puesta en el inminente reinado de Dios, no establece ninguna ley o dogma como
norma suprema de la acción del hombre, sino sólo la voluntad de
Dios, centrada en la «salvación», esto es, en el bien total
del hombre, lo que hace es concentrar y concretar la predicación
de los profetas y su «haced el bien, no el mal».
Y
cuando coloca al hombre en el lugar de la ley y la liturgia hipostasiadas o
absolutizadas, cuando declara que los mandamientos son para el hombre, cuando
preconiza que la reconciliación y el servicio cotidiano van por delante
del servicio al altar, relativizando así, de hecho, todo el sistema religioso-social
y cultural, lo que hace es radicalizar la crítica de los profetas
a la injusticia y al ritualismo del pueblo de Israel.
Y
cuando Jesús, para escándalo de los piadosos, se solidariza con
todos los pobres, los infelices, los «pobres diablos», con los herejes
y cismáticos, los inmorales, los políticamente comprometidos,
los parias y marginados sociales, los débiles, las mujeres y los niños,
y en general, con el pueblo llano, lo que hace es sobrepasar de
forma inaudita todo lo que los grandes profetas habían
exigido en orden a la conversión y a la nueva configuración de
la vida. Jesús se atrevió, incluso, a lo que ningún profeta
se había atrevido: a proclamar en lugar del castigo de la Ley el perdón
de Dios -completamente gratis- y aun a otorgarlo personalmente -en la calle,
en medio de la vida-, para hacer así posible la conversión y el
perdón mutuo entre los hombres.
Sí;
como los profetas, Jesús dispuso únicamente del poder de la palabra,
que evidentemente también se exteriorizó en acciones carismáticas.
Como los profetas, careció de poder político y chocó con
la resistencia de los poderosos. Pero, confrontados con él, también
éstos, como todos los demás, se vieron abocados a tomar una decisión
radical, a saber en qué sentido querían orientar últimamente
su vida: en egoísmo, hacia sí mismos, o en amor, hacia Dios y
los demás hombres. Sí; como los profetas, también Jesús,
impotente, reivindicó para él plenos poderes, provenientes de
Dios. Sólo que sus plenos poderes superaron ampliamente los de un profeta.
Pues Jesús, en quien teoría y praxis se confunden insolublemente,
encarnó su propio mensaje: él mismo, con todo lo que dijo, hizo
y padeció, significó en toda su persona la exigencia de la decisión.
La palabra última de Dios antes del fin, el gran signo del tiempo. Palabra
de Dios - hecha carne.
De
esta manera Jesús supuso un desafío sin precedentes
para todo el sistema religioso-social y sus representantes. He aquí uno
que anuncia, en lugar del cumplimiento incondicionado de la Ley, una extraña
y nueva libertad para Dios y para el hombre. Con su relativización de
la Ley y el culto por mor del hombre, ¿no se tiene por más que
Moisés (Ley), más que Salomón (templo), más que
Jonás (profetas)? Un maestro de la Ley que se enfrenta a Moisés,
¿no es un maestro de falsedad? Un profeta que no sigue a Moisés,
¿no es un falso profeta? Uno que se considera superior a Moisés
y los profetas, que en orden al pecado hasta se arroga la función del
juez último, usurpando así algo divino y exclusivo de Dios, ¿no
es un blasfemo contra Dios? ¿No es, pues, cualquier cosa menos la víctima
inocente de un pueblo obstinado, más bien un fanático y hereje
y, como tal, un individuo sumamente peligroso, un demagogo y agitador que constituye
una seria y real amenaza para la posición de la jerarquía, un
transgresor del orden, un alborotador, un seductor del pueblo?
Como
los profetas, Jesús no tuvo un éxito arrollador; al contrario,
acabó siendo recusado. Como los profetas, tuvo que padecer. Pero su pasión,
más que el padecimiento de un profeta, se asemejó a los padecimientos
del misterioso siervo de Yahvé que aparece en el Deuteroisaías,
que cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores.
Así al menos se ha entendido después. La imagen que en su tiempo
ofreció la muerte de Jesús fue la imagen no de un fracaso casual,
sino de un fracaso ineludible.
De
ahí surge inevitable la pregunta: ¿No murió Jesús
en vano? Por mucho que podamos suponer que Jesús previó
su muerte violenta, desconocemos por completo lo que pensó y sintió
al morir. Según Marcos, el más antiguo de los evangelistas, no
había al pie de la cruz ninguno de sus discípulos que hubiera
podido trasmitir sus últimas palabras; sólo unas cuantas mujeres
galileas, entre las que no se contaba la madre de Jesús, miraban desde
lejos. Los discípulos habían huido. Harto fácil hubiera
sido cubrir esta laguna informativa con asombrosos o conmovedores detalles al
estilo de las leyendas de los mártires judíos y cristianos. De
hecho, esto llegó a hacerse más tarde, si bien de una manera por
lo demás muy digna: en Lucas, con la súplica por los enemigos
que no saben lo que hacen y con la conversión de uno de los malhechores
crucificados a su lado, que obtiene la promesa de estar con él en el
paraíso; en Juan, con la escena, llena de ternura, de la despedida de
la madre y del discípulo amado.
Pero
nada de esto encontramos en el relato más antiguo de la pasión.
Aquí se da cuenta escueta de su muerte, sin adornos edificantes,
sin palabras ni gestos solemnes, sin hacer siquiera alusión a su imperturbable
serenidad interior, de un modo desconcertante por su simplicidad: «Entonces
Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró.» Este grito fuerte,
inarticulado, responde fielmente a aquel horror y angustia ante la muerte de
que todos los sinópticos -si bien en Lucas está suavizado por
la aparición del ángel, signo de la cercanía de Dios- dan
noticia unánime.
Pero
¿qué es lo característico de esta muerte? Ya
entonces se hizo palpable. Jesús murió no sólo abandonado
de los hombres, sino absolutamente abandonado por Dios. La especial comunión
en que Jesús se creyó con Dios da la medida de su especial abandono
por parte de Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?». Este Dios y Padre, con quien él se había
identificado enteramente hasta el final, al fin no se identifica con él.
Todo parecía como jamás sucedido: en vano. Él, que ante
todo el mundo había anunciado públicamente la cercanía
y la venida de Dios, su Padre, muere ahora en este total abandono de Dios, y
así, públicamente, ante el mundo entero, se revela como un impío:
un hombre juzgado por el mismo Dios, liquidado de una vez para siempre. Y dado
que la causa por la que él había vivido y
luchado estaba tan ligada a su persona, también
su causa se derrumba con él. Independientemente de él, no hay
causa que valga. ¿ Cómo se iba a creer en su palabra si enmudeció
tras expirar con un grito tan desgarrador?
El
Crucificado no fue enterrado en la forma acostumbrada para con los ajusticiados
judíos. Su cadáver pudo, según la costumbre romana, ser
entregado a amigos o parientes. No fue ningún discípulo, pero
sí, según cuentan las fuentes, un simpatizante, el miembro del
sanedrín José de Arimatea, que no aparece más que en este
pasaje y al parecer no formó luego parte de la comunidad, quien hizo
sepultar el cadáver en un sepulcro privado. Sólo algunas mujeres
están presentes. Pero ya Marcos concede gran importancia a la constatación
oficial de la muerte. Y no sólo él; también la antigua
profesión de fe trasmitida por Pablo subraya el hecho de la sepultura,
del que no es posible dudar. No deja de ser extraño que, siendo enorme
en aquel tiempo el interés religioso que despertaban los sepulcros de
los mártires y profetas hebreos, en torno al sepulcro de Jesús
de Nazaret, sin embargo, no surgiera ningún culto. ¿Se acabó
todo con la muerte de Jesús? ¿Todo se acabó?
En
la próxima lección trataremos de buscar, a la vista de semejante
muerte, una justificación teológica para hablar de la resurrección
y de la vida eterna.
V
DIFICULTADES
CON LA RESURRECCIÓN DE JESUS
Una
cosa es cierta: La muerte de Jesús no fue una muerte aparente, sino tremendamente
real, cruel, en total abandono de Dios y de los hombres. La realidad de esa
muerte debe tomarse en serio también en la teología. ¿Se
acabó todo con su muerte? Así nos preguntábamos al concluir
la lección anterior. Si no queremos confirmar la sospecha de proyección
de Feuerbach, para responder tal pregunta hemos de proceder con la máxima
cautela. No en vano he puesto a esta lección el título de «dificultades
con», en lugar de «fe en» la resurrección. Si como
hombres del siglo XX pretendemos creer con honestidad y convicción, no
sólo a medias y con mala conciencia, en algo parecido a una resurrección,
hemos de afrontar estas dificultades con todo rigor y sin prejuicios tanto de
fe como de increencia.
No
han sido los teólogos críticos quienes han inventado tales dificultades,
como suelen opinar algunos oponentes ingenuos -a veces malévolos- de
la teología actual. Las dificultades no solamente residen en el hecho
mismo, sino también y sobre todo en los relatos, en los primitivos documentos
en torno al hecho. Desde que hace unos doscientos años el más
agudo polemista de la literatura clásica alemana, Gotthold
Ephraim Lessing, puso en manos de un público desorientado
los «Fragmentos de un anónimo» (que no era otro que el ya
fallecido ilustrado hamburgués Hermann Samuel Reimarus, t1768), a toda
teología cristiana le incumbe tratar siempre de nuevo este problema:
¿Qué credibilidad merecen los relatos de la resurrección
del Nuevo Testamento? La tesis central de Reimarus, expuesta ante todo en los
fragmentos «Del propósito de Jesús y sus discípulos»
y «Sobre la historia de la resurrección», reza así:
a la resurrección de Jesús no se le debe dar crédito, porque
las noticias de los evangelios sobre ella se contradicen. Frente a esto, en
su contrarréplica (1778), Lessing sostuvo su propia tesis: « Yo
replico: la resurrección de Jesús puede muy bien ser verdad, aunque
las noticias de los mismos evangelistas se contradigan».
Pero
¿es esto tan cierto? Lo que hemos expuesto anteriormente (en particular
sobre la ausencia de la fe en la resurrección de los muertos
en el Antiguo Testamento de lengua hebrea y sobre la aparición tardía
de la idea de la resurrección en la apocalíptica del s. II a.e.)
permite suponer que en la resucitación o resurrección no se trata
simplemente de una de esas «verdades eternas» independientes de
la historia, típicas de la Ilustración. En principio, pues, no
podemos ahorramos el trabajo de distinguir en las mismas fuentes lo auténtico
de lo inauténtico, lo canónico de lo apócrifo.
¿Resurrección
o resucitación? Por lo que respecta al Nuevo Testamento, es notoria mi
preferencia en general por el término resucitación,
sin excluir el de «resurrección», para expresar
que según la Escritura no se trata fundamentalmente de una acción
autónoma de Jesús, sino de una obra de Dios en Jesús, el
crucificado, muerto y sepultado. Sólo en cuanto resucitado (por Dios,
por su Padre) es Jesús el (mismo) Resucitado.
La
resucitación de Jesús es todo menos una cuestión
secundaria, como en el Nuevo Testamento pueden serlo otras cuestiones.
Que Jesús naciese en Belén o Nazaret, que estuviese en Jerusalén
una o varias veces, que hiciera milagros y cuáles: todas ellas son cuestiones
secundarias, de las que nada decisivo depende. Pero de que Jesús fuese
o no resucitado a la vida, de eso depende efectivamente mucho, casi todo. Y
no solamente para la verdad de nuestra fe personal en Cristo, que según
Pablo sin la resucitación de Jesús no tendría contenido,
sino, además, para la solución del enigma histórico de
la aparición del cristianismo. Nos corresponde, pues, explicar cómo
fue posible, tras semejante fracaso total y tan vergonzosa muerte, que el mensaje
y la comunidad cristianos se difundieran como una explosión, y precisamente
bajo el signo de un ajusticiamiento con toda ignominia en el patíbulo
de la cruz. ¡Cuán diferente de la paulatina y callada expansión
de las doctrinas de los sabios Buda y Confucio, tan admirables y aplaudidos!
¡Cuán diferente también de la arrolladora y violenta expansión
de las doctrinas del victorioso profeta y general Mahoma ...!
Sí; ¿
cómo sobrevino el gran cambio? En este punto concuerdan todos los testimonios
de que disponemos: El cambio se produjo por lo que comúnmente se conoce
con el nombre de «pascua», cuya etimología
permanece aún irresuelta. (Jacob Grimm, remitiéndose a Beda
el Venerable, refiere el término alemán de «pascua»
-«Ostern»/«Easter» a una diosa germánica de
nombre Ostara o a una fiesta germana de primavera). Por lo que bien se puede
decir que, sin saber lo que se esconde tras la «pascua» cristiana,
presumiblemente no entenderíamos ni una sola palabra de este Jesús
de Nazaret, que personalmente no escribió ni mandó escribir
nada. La historia de los hechos de Jesús, que culminó en aquella
historia de la pasión de tan catastrófico desenlace, no habría
entrado en los anales de la historia del mundo si no hubiera habido esa especie
de historia pascual, que hizo aparecer la historia de los hechos y la historia
de la pasión de Jesús bajo una luz completamente nueva. Pero
es aquí donde se agolpan las dificultades: ¿ Qué se esconde
tras la palabra «pascua»? ¿Qué sucedió
en esta primera pascua?
Algunos textos eclesiásticos,
cantos y sermones de pascua, como también algunas fiestas y representaciones
pascuales -entre ellas la magistral representación de la resurrección
de Matthias Grünewald en el «Altar de Isenheim»-, describen
el acontecimiento de la resurrección de forma directa: Un cadáver
vuelve maravillosamente a la vida, sale del sepulcro y asciende al cielo.
La descripción del suceso de la resurrección más antigua
de que disponemos reza así:
«En la noche
en que despuntaba el día del Señor, mientras los soldados hacían
guardia de dos en dos, retumbó un gran ruido en el cielo, y los soldados
vieron el cielo abierto y descender dos varones resplandecientes y acercarse
al sepulcro. La piedra que había sido colocada en la puerta, rodando
por su propio impulso, se apartó a un lado, el sepulcro se abrió
y los dos jóvenes entraron. Cuando vieron esto los soldados, despertaron
al centurión y a los ancianos, pues también éstos estaban
allí haciendo la guardia. Y mientras aún estaban contando lo
que habían visto, volvieron a ver cómo del sepulcro salían
tres hombres, dos de los cuales (los de antes) apoyaban al tercero, y una
cruz que iba tras de ellos, y la cabeza de los dos llegaba hasta el cielo,
pero la de aquel que era conducido por ellos sobrepasaba los cielos. Y se
oyó una voz del cielo que decía: "¿Has predicado
a los que duermen?". Y desde la cruz se dejó oír la respuesta:
"¡Sí!" Ellos entonces comenzaron entre sí a
tomar en consideración el ir a Pilato y comunicarIe lo que habían
visto».
¿Un relato
singular? Su fuente es el Evangelio de Pedro, del que
ya en el s. IV da noticia Eusebio, historiador y obispo de la corte del emperador
Constantino, y cuyo texto ya fue conocido por el obispo Serapión a
finales del s. II y principios del III; un largo fragmento del texto se ha
dado de nuevo a conocer gracias a un manuscrito en pergamino, descubierto
en un sepulcro de Akhmim en el Alto Egipto en el invierno de 1866/67. De él
se pueden sacar dos conclusiones:
Primera:
Esta primera descripción -difundida sólo en pequeños círculos-
del acontecimiento de la resucitación de Jesús procede, como ya
descubrió el obispo Serapión, no del apóstol Pedro, sino
de un autor anónimo del siglo II, escrito probablemente hacia el 150
d.C., por tanto unos 120 años después de la muerte de Jesús.
Segunda: La primitiva
Iglesia jamás aceptó este evangelio como «auténtico»;
más bien lo consideró siempre como «inauténtico»,
apócrifo y, por lo mismo, excluido de la lectura en el culto divino.
Por esa misma causa también ha permanecido mucho tiempo desconocido.
Y con toda razón.
Pues el Evangelio de Pedro, a pesar de su lenguaje sencillo, de estilo evangélico,
se diferencia esencialmente de los evangelios «auténticos»,
especialmente en lo que atañe a la resurrección. ¿Por
qué? No sólo porque presenta adornos fantásticos: la
piedra, que rueda por propio impulso; los dos ángeles y Jesús,
que aparecen como gigantes cósmicos; la cruz, que camina por sí
sola y es capaz incluso de hablar. Sino sobre todo porque describe la resurrección
en sí (dentro de un dramatismo ingenuo y ayudándose de detalles
legendarios) como un acontecimiento que se desarrolla a plena luz pública,
visible para toda la guardia judía y romana, adecuado -por así
decir- para un protocolo policial.
¡Cuán
distintos los escritos «auténticos», canónicos!
Estos nunca describen
la resucitación de Jesús en sí misma, sino únicamente
lo que tras la resurrección les aconteció
a los testigos fieles. En este sentido el Evangelio de Pedro, aparecido hacia
el 150 d.C., legítimamente puede considerarse como la más antigua
descripción del acontecimiento de la resurrección.
En todo el Nuevo Testamento, en cambio, nadie afirma haber sido testigo personal
del acontecimiento de la resucitación. Incluso en los sinópticos,
en que se habla de apariciones de ángeles, el acontecimiento como tal
antecede siempre a las apariciones, por tanto no es objeto directo de la descripción.
Es decir, según los evangelios auténticos, nadie fue testigo
presencial de la resucitación, y las subsiguientes apariciones no sirvieron
para el gran público, sino que se limitaron a algunas mujeres y discípulos
del grupo de los seguidores de Jesús. Comparemos, pues, estos testimonios.
2. Los
testimonios reconocidos
Transcribimos
como contraste la narración pascual -asombrosamente concisa- del más
antiguo de los evangelistas, Marcos, quien casi un siglo
antes del Evangelio de Pedro, probablemente hacia el año 70, escribió
la siguiente historia, que evidentemente no cuenta la resucitación como
tal: «Terminado el descanso del sábado, María Magdalena,
María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar
a Jesús. El primer día de la semana, muy de mañana, recién
salido el sol, fueron al sepulcro. Se decían unas
a otras: "¿Quién nos correrá la losa de la entrada
del sepulcro?" Al levantar la vista observaron que
la losa estaba corrida; y era muy grande. Entraron en el sepulcro,
vieron a un joven vestido de blanco sentado a la derecha y se espantaron.
El les dijo: "¡No os espantéis! Buscáis a Jesús
Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está
aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron. Y ahora,
marchaos, decidles a sus discípulos, y
a Pedro, que va delante de ellos a Galilea; allí
lo verán, como les dijo." Salieron huyendo del sepulcro, del
temblor y el desconcierto que les entró, y no dijeron nada
a nadie, del miedo que tenían».
Así
termina -y por extraño que parezca, es bastante- el evangelio de Marcos.
Toda especulación acerca de un final distinto, posiblemente perdido,
del evangelio de Marcos es ociosa e inútil.
Todo lo que sabemos de este primitivo evangelio en orden a la resucitación
son estos ocho versículos, y ellos solos bastan
para poner de manifiesto, a diferencia del Evangelio de Pedro, que todo lo que
aquí sucede, sucede después de la resucitación.
Marcos únicamente testifica la resucitación
o, más exactamente, anuncia el mensaje de la resurrección,
que aquí, por otra parte, no suscita asombro y alegría «pascual»
sino «temblor y desconcierto»: «Y no dijeron nada a nadie,
del miedo que tenían.» Puede que esto suene
un tanto extraño a muchos oídos eclesiásticos,
pues durante siglos, por lo menos en la Iglesia
católica, esta última frase, con la que propiamente termina el
evangelio de Marcos, simplemente no ha sido proclamada
en la fiesta de la pascua, por considerarse incompatible con la alegría
pascual.
Pero,
más allá de esto, es de notar que todo ocurre en presencia de
pocos testigos, y en principio en presencia de un grupo
de testigos tan dudosos como de hecho en aquel tiempo
lo eran las mujeres. El único nombre trasmitido sin excepción
en todos los relatos -incluidos los evangelios tardíos-
es el nombre de María Magdalena (de María, la madre de Jesús,
los evangelios sinópticos no dicen una sola palabra, ni al pie
de la cruz ni en los relatos de la resurrección); María
de Magdala es también, según el tardío Evangelio de Juan,
la única que en la mañana del domingo -por piedad, para embalsamar
a Jesús- acudió al sepulcro.
Esta
reserva de los evangelios neotestamentarios en lo concerniente a la resurrección
de Jesús, ¿no infunde más que nada confianza en su autenticidad?
Y, al contrario, el afán de exageración y el empeño en
la demostración, característicos de los apócrifos, ¿no
los hacen más bien in-creíbles? Los testimonios pascuales neotestamentarios
quieren ser, en todo caso, no testimonios de la resurrección
como. acontecimiento, sino testimonio del resucitado como
persona.
Decimos -nótese
bien- testimonios, no puros informes. Los relatos pascuales en su totalidad
no son relatos documentales imparciales de observadores neutrales, sino testimonios
de hombres profundamente implicados y comprometidos, de creyentes
que han tomado partido por Jesús. Es decir, documentos más teológicos
que históricos: no protocolos ni crónicas, sino testimonios
de fe. La fe pascual, que desde el principio determina toda la tradición
de Jesús, determina también, como es natural, los relatos pascuales,
lo que de antemano dificulta enormemente la tarea de su comprobación
histórica. Metodológicamente, pues, éste es el único
camino: El mensaje pascual hay que buscarIo no en sí mismo, aisladamente,
sino dentro de los relatos pascuales con sus múltiples
evoluciones e implicaciones, para descubrir en ellos
el mensaje originario.
3. Evoluciones
e implicaciones
Un
análisis minucioso de los relatos pascuales, en efecto, descubre en la
tradición discrepancias y contradicciones insuperables.
Es cierto que una y otra vez se ha ensayado toda clase de combinaciones y sinopsis
para construir una tradición unitaria. Pero todo en vano. Falta concordancia,
cuando menos en los puntos siguientes:
1)
en lo que atañe a las personas implicadas: Pedro, María Magdalena
y la otra María, los discípulos, los apóstoles, los Doce,
los discípulos de Emaús, los 500 hermanos, Santiago, Pablo;
2)
en la localización de los sucesos: Galilea (una montaña o el mar
de Tiberíades), Jerusalén (junto al sepulcro de Jesús o
en algún lugar de reunión);
3)
en la cronología de las apariciones: la mañana y la tarde del
domingo de Pascua, ocho y cuarenta días después. Por doquier la
armonización resulta imposible, a no ser que se esté dispuesto
a alterar los textos o minimizar las diferencias.
Pero,
evidentemente, en la Iglesia primitiva ni hizo falta ni se buscó de hecho
un esquema unitario; se pudo vivir sin una rotunda armonía entre los
evangelios y, más aún, sin una biografía del Resucitado.
Los autores neotestamentarios no muestran interés por una exposición
completa, ni por una sucesión cronológica determinada, ni, en
general, por una comprobación histórica crítica de las
diversas noticias; ello demuestra hasta qué punto es otra cosa la que
ocupa el primer plano en los distintos relatos: en primer lugar, como es evidente
en Marcos, la vocación y misión de los discípulos; luego,
en Lucas y Juan, la progresiva identidad real del Resucitado con el Jesús
prepascual.
En
los evangelios no se puede ocultar la tendencia a ampliar los materiales
de la tradición. Para una justa interpretación esto
es muy importante: El Evangelio de Marcos, el más
antiguo relato evangélico (escrito hacia el año 70), es, como
ya se ha dicho, de asombrosa parquedad. Sin embargo, los dos evangelios posteriores
al de Marcos, los grandes evangelios de Mateo y Lucas, presentan notables cambios
y ampliaciones, en parte por motivos apologéticos. Hasta un profano en
la materia lo puede fácilmente comprobar en una «sinopsis»
neotestamentaria, donde se vean uno junto a otro los textos evangélicos
fundamentales sobre la resurrección.
Mateo,
por ejemplo, establece con la aparición de Jesús a
las mujeres un nexo narrativo entre el suceso del sepulcro y la aparición
en Galilea. En él se encuentran las siguientes novedades: primero, el
terremoto; luego, el relato de los guardianes del sepulcro y la comunicación
del encargo del ángel y de Jesús de ir a Galilea; por último,
la aparición en un monte de Galilea a los Once, con el mandato de misionar
y bautizar.
Lucas,
por el contrario, suprime el encargo de ir a Galilea, silencia la
aparición correspondiente y concentra geográfica y cronológicamente
todo el acontecimiento pascual en Jerusalén, punto para él más
importante y decisivo desde el ángulo teológico y eclesial. Pero
añade, a su vez, el episodio, de factura realmente artística,
de los discípulos de Emaús, la aparición a los Once en
Jerusalén, un breve discurso de despedida y un corto relato de la ascensión
de Jesús, relato que vuelve a recoger y ampliar considerablemente en
los Hechos de los Apóstoles.
En
los evangelios más tardíos, algunas cosas que entretanto ya habían
pasado a ser praxis eclesiástica se atribuyen a la acción y al
mandato del Resucitado. Así, la misión a los gentiles y el bautismo,
en Mateo; la fracción del pan (que en el contexto del episodio de Emaús
tenía que evocar en todos los lectores el recuerdo de la cena del Señor),
en Lucas; el lugar de Pedro y el poder de perdonar los pecados (a todo
el que crea), en Juan. En Marcos y Mateo aparece un ángel,
en Lucas y Juan aparecen dos.
El
Evangelio de Juan, considerablemente más tardío,
escrito probablemente hacia el año 100, contiene, pese a sus numerosos
puntos de contacto con Lucas, algunos elementos y motivos nuevos: el diálogo
con María Magdalena, la carrera al sepulcro de Pedro y del discípulo
predilecto cuyo nombre se omite, la reunión en la sala de Jerusalén
con la transmisión del Espíritu en la tarde de Pascua y el episodio
de la incredulidad de Tomás con su amplio desarrollo del tema
de la duda. Más tarde, para coadyuvar nuevamente a la experiencia de
la identidad, se añadió un capítulo suplementario con la
aparición en el lago de Genesaret y una pesca milagrosa
seguida de una comida y un especial encargo a Pedro de apacentar las ovejas.
Otra vez aflora aquÍ el tema de la competencia entre Pedro, al cual le
es confirmada la primera aparición y la primacía, y el discípulo
amado, al que el cuarto Evangelio claramente presenta como el auténtico
garante de la tradición.
¡En
suma, un amplio y complejo desarrollo de la tradición sobre la Pascua!
Pero de todo ello cabe deducir algo importante: Históricamente,
es muy probable que la fe pascual surgiese en Galilea,
donde los partidarios de Jesús habían vuelto a reunirse después
de su huida, para trasladarse luego a Jerusalén en espera del retorno
del Hijo del hombre glorificado. Dado el propio carácter de las fuentes,
las múltiples ampliaciones, trasposiciones y elaboraciones del mensaje
pascual (expresado en números: 8 versículos en Marcos y 54 en
Juan) no pueden pretender de antemano que se les reconozca su historicidad;
más bien cabe que sean, en gran medida, legendarias. Los diversos matices
de los relatos proceden de la diversidad y particularidad teológica de
las comunidades, de los transmisores y de los redactores.
Ante
documentación tan compleja no cabe otra cosa que preguntarse: ¿Qué
es, pues, lo decisivo dentro de todo este contraste de afirmaciones y representaciones,
de imágenes, pinturas y leyendas? A alguno incluso puede que le acucie
esta pregunta: En los relatos pascuales, ¿no será todo, tal vez,
leyenda? Respuesta: ¡No, seguro que no, en el sentido de que todo sea
una piadosa invención! Pero sí en el sentido de que los relatos
pascuales, con todos sus condicionamientos en cuanto a la forma y al contenido,
pretenden una cosa: ilustrar, concretar y defender la realidad de la nueva vida
del Resucitado. Lo que para personas de formación tradicional puede a
primera vista parecer inquietante, en una visión más
reposada puede surtir efectos liberadores: ¡El mensaje pascual no se identifica
con los detalles descritos en estos relatos pascuales! Igual que el mensaje
bíblico de la creación tampoco se identifica con los detalles
del relato bíblico de la obra de los seis días del Dios creador!
Yo puedo creer en
la verdad de la Pascua sin necesidad de tener por ciertos palabra por palabra
todos los relatos pascuales. Digámoslo una vez más: No se trata
de informes policiales, sino de testimonios de fe (cada vez más perfeccionados
al servicio de la predicación). Y de aquí la consecuencia de
este descubrimiento: ¡Es ineludible concentrarse en lo esencial
del mensaje pascual! Para verlo con mayor claridad debemos recurrir
al testimonio más antiguo de la resurrección, que no abarca
más de cuatro frases.
4. El testimonio
más antiguo de la Pascua
El
testimonio pascual más antiguo no se encuentra en los evangelios. Se
encuentra en las cartas de Pablo, que anteceden toda una generación al
mismo Evangelio de Marcos y que realmente son los documentos más antiguos
de todo el Nuevo Testamento.
Allá
por los años 55/56, en efecto, el apóstol Pablo escribió
desde Éfeso, en el Asia Menor, una primera carta a la recién fundada
comunidad de Corinto. En esta primera carta a los Corintios, en
el capítulo 15, se encuentra el testimonio más antiguo de la Pascua,
que Pablo dice expresamente haber «recibido» y, luego, «transmitido»
a la comunidad de Corinto en el momento de su fundación y que, a juzgar
por el lenguaje, autoridad y círculo de personas, procede probablemente
de la primera comunidad de Jerusalén y, en todo caso, se remonta al período
comprendido entre los años 35 y 45, cuando Pablo -poco después
de la muerte de Jesús- se hizo cristiano y misionero. Pablo cita esta
profesión de fe y ofrece como apéndice toda una lista de testigos
de la resurrección, fácilmente controlable por los contemporáneos:
testigos a los que el Resucitado «se dio a ver», «se apareció»,
«se manifestó», con los que por tanto -de una u otra manera-
se encontró y de los que casi todos aún vivían en los años
55/56 y podían ser preguntados.
El
texto, en el que es fácil constatar las diferencias no sólo respecto
al Evangelio apócrifo de Pedro, sino también respecto a las narraciones
de los evangelios canónicos, dice así:
«Lo
que os trasmití fue, ante todo, lo que yo había recibido:
que el Mesías
murió por nuestros pecados,
como lo anunciaban
las Escrituras,
que fue sepultado
y que resucitó
al tercer día,
como lo anunciaban
las Escrituras;
que se apareció
a Pedro y más tarde a los Doce.
Después
se apareció a más de quinientos hermanos a la vez; la mayor parte
vive todavía, aunque algunos han muerto. Después se apareció
a Santiago, luego a los apóstoles todos. Por último se me apareció
también a mí, como el nacido a destiempo».
Las
diferencias entre el testimonio pascual más antiguo
y los relatos pascuales posteriores son manifiestas:
(a)
Los relatos de la resurrección de los evangelistas perfeccionan cada
vez más la noticia y difieren notablemente entre sí. El testimonio
pascual más antiguo, en cambio, es de una concisión notarial.
(b)
Los relatos pascuales de los evangelistas acusan una clara tendencia a dar cierto
colorido legendario (narraciones para asombrar a los oyentes). El testimonio
de Pablo habla en tono de profesión de fe, que pudo muy bien haber sido
un resumen a modo de catecismo, probablemente acuñado para ser aprendido
de memoria en la catequesis.
(c)
Los evangelistas, para ilustrar el mensaje de la Pascua, hacen hincapié
en el sepulcro vacío. Por el contrario, en Pablo (como en los restantes
escritos neotestamentarios) el sepulcro vacío (lo mismo que los ángeles)
ni siquiera se menciona; Pablo subraya más bien el hecho de que Jesús
se manifestó vivo a sus discípulos, se encontró con ellos
como ser viviente.
(d)
Y mientras los relatos del sepulcro no están avalados por testigos directos,
en las cartas paulinas (varios decenios anteriores a los evangelios) encontramos
testimonios del mismo Pablo sobre distintas «apariciones» o «revelaciones»
del Resucitado.
Así,
pues, no por el sepulcro vacío, sino por las «apariciones»
o «revelaciones» (visiones o audiciones objetivas o subjetivas:
de todos modos, vocaciones a la predicación similares a las de los profetas)
fue como los discípulos llegaron a creer en la resucitación de
Jesús a la vida eterna.
De
ahí que la controversia en torno al sepulcro vacío sea
una falsa controversia. La cosa ya está clara en la discusión
teológica: Para nosotros hoy, definitivamente, el sepulcro vacío
no es susceptible de verificación histórica. Hasta los exegetas
críticos cuentan con la posibilidad de que el sepulcro pudo haber estado
vacío. Pero ¿qué se prueba con eso? ¡Un sepulcro
vacío no es de suyo ninguna prueba de la resurrección! Para explicarlo
hay muchos caminos, y ya los mismos evangelistas señalaron algunas «posibilidades»,
naturalmente para rechazar los tendenciosos rumores de los judíos: fraude
de los discípulos, hurto del cadáver, cambio de persona, muerte
aparente.
Por
sí mismo, el sepulcro vacío sólo dice: «El no está
aquÍ.» Hay que añadir expresamente algo que de ninguna manera
es obvio: «Ha resucitado.» Y esto puede ser comunicado a cualquiera
sin necesidad de mostrarle un sepulcro vacío. Pues, como quiera que se
piense sobre la historicidad del sepulcro vacío, ni la resurrección
de Jesús ni la nuestra dependen de él. La reanimación de
un cadáver no es condición previa para la resucitación
a la vida eterna. Así, según Pablo, lo decisivo para su predicación
(y para la de las restantes cartas neotestamentarias) no es el sepulcro vacío,
que Pablo ni siquiera menciona, sino la manifestación de Jesús
como viviente. La fe cristiana no convoca al sepulcro vacío, sino al
encuentro con el mismo Cristo viviente: «¿Por qué buscáis
entre los muertos al que está vivo?».
¿Luego
la resurrección no es un acontecimiento histórico? Respondiendo
con toda exactitud: ¡No, no es un acontecimiento histórico, pero
sí un acontecimiento real!
Que
no sea un acontecimiento histórico quiere decir lo siguiente:
Que
el aserto «resucitado "al tercer día"» no es tanto
un dato histórico como teológico, pues el número «tres»,
tantas veces empleado como un número simbólico (por ejemplo, en
el caso del profeta Jonás, que permaneció tres días en
el vientre de la ballena ), debe entenderse no como fecha de calendario, sino
como «número sagrado», como fecha salvífica para un
día salvífico, similar a la ya citada palabra de Oseas, que habla
del restablecimiento al tercer día. Dado que se trata de un paso a la
vida eterna de Dios más allá del espacio y del tiempo, semejante
vida no puede constatarse con los medios y métodos de la investigación
histórica.
Resucitación
no es un acto espacio-temporal. Resucitación no entraña un milagro
que interrumpe las leyes de la naturaleza, comprobable intramundanamente, ni
se refiere a una intervención sobrenatural localizable y datable en el
espacio y en el tiempo. No pasó nada que pudiera fotografiarse y registrarse.
Sólo la muerte de Jesús y luego la fe y el mensaje pascual de
los discípulos son históricamente constatables; en esas dos cosas
-ambas acontecimientos públicos- sí puede adentrarse el historiador.
Pero la resucitación misma -como acontecimiento no público-no
se puede fijar ni objetivar con métodos históricos.
A la ciencia histórica
-que, como la ciencia química, biológica, psicológica,
sociológica o teológica, no capta más que uno
de los múltiples aspectos de la realidad-
no se le ha de preguntar más de lo que puede responder, ya que, de
acuerdo con sus propias premisas, excluye deliberadamente esa realidad que
en la resucitación, lo mismo que en la creación y en la consumación
final, es la única que entra en juego: la realidad de Dios.
Que no sea un acontecimiento
histórico, pero sí un acontecimiento real, quiere
decir lo siguiente:
Que
precisamente por eso, porque lo que entra en juego en la resucitación
es la acción de Dios, se trata de un acontecimiento
real en el sentido más profundo de la palabra, y no de un mero acontecimiento
ficticio o imaginario: pero, eso sí, sólo para aquel que no quiera
permanecer neutral ante el acontecimiento, sino que como creyente se abandone
a él. Lo sucedido rompe y sobrepasa los límites de la historia.
Se trata de un acontecimiento que trasciende desde la dimensión de la
muerte humana a la dimensión abarcadora de Dios.
La
resucitación se refiere a un modo de existir absolutamente nuevo en la
completamente distinta dimensión de lo eterno, y es descrita con un lenguaje
figurado que es preciso interpretar. El verdadero milagro de la resucitación
consiste en que Dios tiene la última palabra allí donde desde
el punto de vista humano se ha acabado todo: es el milagro de la nueva creación
de la vida desde la muerte. Lo cual no es objeto del conocimiento histórico,
sino una apelación y una oferta a la fe, única que puede tener
acceso a la realidad del Resucitado.
<pág.ant._____________________________________________________________________________________________pág.sgte>